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Monólogos disfrazados de diálogos

Si en algo podemos estar de acuerdo todos o la mayoría de personas es que no nos gusta que nadie nos imponga su opinión como absoluta. Pero, ¿acaso toda idea que sustenta alguien debe tomarse como una verdad que no admite discusión? Nos encanta siempre poner en boga la manida apuesta por el diálogo, pero este último no tiene ninguna relevancia en lo que hacemos, que meramente podría entenderse bajo el nombre de monólogos que no buscan ningún tipo de acuerdo, sino que ya parten de la premisa errónea de una verdad inamovible. Se nos llena la boca de palabras malsonantes cuando alguien pretende ponérsenos por encima sin que haya mediado la discusión en el proceso; pero, nosotros, entretanto, no nos olvidamos en ningún momento de nuestra postura, la cual somos incapaces de recular o matizar en los supuestos diálogos que compartimos con los otros. Si tan seguros estamos de ella, ¿por qué nos molesta tanto que alguien nos la cuestione? ¿Por qué nos ofendemos a la mínima de cambio y a la menor broma sobre algo que para nosotros es tan fundamental u obvio? ¿No será que nuestra vaguería llega a unos límites insospechados y que lo que nos da miedo es dialogar, por si de repente alguien nos pone en duda algo que defendemos con tanto ahínco? ¿No será que tenemos miedos o intereses que no queremos que salgan a la luz?
 
Uno sabe o debería saber que, cuando cree estar seguro de algo o tener una opinión fundada sobre algún tema, después de haberlo consultado consigo mismo, debe consultarlo con el otro, ponerlo sobre la mesa y, sobre todo, tener la humildad y la decencia de reconocer que se ha equivocado, si su compañero de discusión encuentra lagunas en su argumento. Sin ese afán de rectificar y repensar las cosas uno no puede creer que va por el buen camino. De hecho, si algo comparten tanto un lado como el otro de una discusión es su afán de universalidad; pero, en el proceso de uno y otro por dar sus razones, si realmente estamos dialogando, deberemos encontrar una opción que sea más prudente que la otra y, en consecuencia, reconocerla como mejor o más adecuada.
 
Desde luego, cabe enlazar esta temática con la torpe y burda afirmación de “esta es mi opinión y ésa es la tuya, y ambas deben respetarse”. Lo que me llama la atención de dicha formulación es que a eso se le llame “respeto”. Evidentemente, lo más fácil cuando uno discute o dialoga con alguien es acabar en dicha afirmación tan manida, pero, desde luego, está lejos de considerarse lo más apropiado. Realmente, cuando uno hace eso, lo que está poniendo sobre la mesa es que no siente ningún respeto por el otro; porque, si realmente lo sintiera y creyera estar en lo cierto, haría todo lo posible por convencer a su contrincante. Si uno dialoga con otro es porque le respeta y, si le respeta, es porque le considera lo suficientemente capaz como para hacerle cambiar de opinión en ciertos aspectos, si así lo cree mejor, y de ser capaz él mismo de rectificar si la ocasión lo merece. Si de entrada ninguna de las dos opciones es nuestra intención, sigamos diciendo aquello de “esta es mi opinión y ésa es la tuya”, pero, por favor, eliminando la coletilla final de “ambas tienen que respetarse”.
 
 

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