Una apuesta por la duda

A raíz del artículo “El beneficio de la duda” de Guillermo Altares, publicado en El País hace unas semanas, escribo hoy aquí. Porque nunca es tarde si la dicha es buena. Como tampoco viene mal recordar, una vez más, la duda de Sócrates, incluso la de Descartes. La duda, al fin y al cabo. Pero no la duda perdida, no la duda posmoderna ni líquida, sino la duda que repiensa, que vuelve a lo de siempre para matizarlo, para encontrar algo que se hubiera perdido por el camino. ¿No es este acaso el camino de la filosofía? ¿No es esta la esperanza del filósofo cuando abre cualquier libro de un pensador? No es tanto el afán de encontrar respuestas, sino la necesidad de que queden formuladas nuevas preguntas, nuevos interrogantes.

Sin embargo, en estos tiempos que corren, tan de buenos y malos, no hay lugar para la duda. Uno ya está condenado de antemano. Uno no puede explicarse. Será que igual hemos perdido nuestra condición de vulnerables por el camino o que la curiosidad quedó escondida en algún cajón de cuando éramos niños. Y a estas alturas ya nos da igual. Porque se vive mucho más desahogado en un mundo en el que uno ya sabe a quién castigar, sobre quién abalanzarse. No hay ningún interés en comprender al otro, porque ese otro no es “de los nuestros”. Pero, ¿quiénes son los “nuestros” y por qué? No está de más sacar esto a colación, ahora que las elecciones están a la vuelta de la esquina y que casi nadie se suele leer los programas electorales antes de ejercer su derecho al voto porque ya sabe quién está en su bando y a quién hay que apedrear.
 
Sin embargo, ¿acaso lo sano no es repensar, volver sobre lo mismo? Lo complicado es la vida, que es mucho más compleja de lo que acostumbramos a observar. La incertidumbre que genera a cada paso, el miedo a desaparecer, a que a uno no le haya dado tiempo a hacer de sí lo que esperaba. Y nos movemos justo en esa intersección entre lo que vivimos y lo que está por llegar. Por mucho que se empeñen en hacernos ver los políticos desde las redes sociales, las certezas absolutas pocas veces existen. Uno puede saber hacia dónde va, pero siempre ha de guiarse por la prudencia y por la reflexión, por las ganas de seguir repensando el mundo y por la ilusión de que, en vez de más respuestas, lo que surjan sean más interrogantes. Sobre todo, por un afán de no caer en el dogmatismo, en el: “déjame, que ya lo hago yo porque tú no sabes”.
 
En estos tiempos convulsos en los que nos encontramos, en vez de tratar de buscar algo firme donde agarrarnos, deberíamos volver a la duda, más a la de Sócrates que a la de Descartes. Sobre todo, porque la duda de Sócrates reside en la idea de que, cuanto uno más estudia y piensa acerca del mundo, más se da cuenta lo mucho que le queda por saber. Por tanto, la duda de Sócrates está más ligada a lo que falta aún por aprender y no tanto a deshacerse de todo lo que nos ha sido dicho y dado, como sí parece que se acerca más la de Descartes. De cualquier modo, también hay que hacer algo de ejercicio cartesiano, en tanto en cuanto uno no debe vincularse de manera dogmática a cómo ha sido educado, sin replantearse que gran parte de dicha educación puede estar equivocada o puede no haber sido crítica con aquellas enseñanzas que, a su vez, fueron transmitidas de forma similar de generación en generación. Esta idea ya está en el origen de Occidente, aunque a veces parece que se nos olvida. De hecho, Platón expulsa a los poetas en su obra “La República”, debido a que en los grandes poemas homéricos residía todo el conocimiento que un buen griego debía saber, sin crítica ni objeción. Estos eran, por tanto, conocimientos que se aprendían por repetición. Muy al contrario, la filosofía pretende romper con esto desde su nacimiento, apostando por un aprendizaje no mimético, sino crítico, y siempre en el seno de un diálogo. Pero, por desgracia, parece que existe una tendencia a volver a la mera repetición, quizá porque siempre es menos costosa y más cómoda.

De esta manera, el ejercicio que ha de hacerse habrá de ser tanto de duda como de crítica. De duda, en tanto en cuanto uno no debe obviar la complejidad ni adscribirse a respuestas que resultan extremadamente sencillas y que siempre entran bien porque obvian la dificultad del problema; pero también de crítica, en tanto que dicha duda debe instalarse también sobre aquellos aspectos que nos han sido transmitidos como absolutos y certeros y que, quizás, tienen más de mera transmisión que de elección racional y meditada. Es cierto que dicho ejercicio, en muchas ocasiones, nos resulta agotador, pues los seres humanos tenemos una tendencia a incorporarnos en grupos cerrados y a identificarnos con ellos de manera firme, pero uno no debe dejar nunca de lado esta pretensión, pues es la que menos simpatiza con ideologías opacas, incapaces de salir de sí mismas.
 


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