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AutorBarbaRoja898

No existen los rumanos. Escribo en http://Zoonpolitikon.blog El que no hace lo que debe, hace lo que no debe. youtu.be/vDyRqnQ2DsE

Repaso del curso 2019-2020 y… ¡nos vamos de vacaciones!

Llegamos al final del segundo curso trabajando en Zoonpolitikon.blog en unas condiciones que nunca hubiéramos firmado a principios de año. Con todo, hemos conseguido escribir 30 artículos y superar la cifra de 1800 visitas, lo cual es un 5% más que el primer año. «La vida es dura, pero más dura es la verdura», pensaréis; y, en parte, tenéis razón. Si miramos el número de visitantes, nos encontramos más de 250; lo que implica —si la dislexia nos lo permite— un aumento del 150% respecto al año pasado. Por artículo, al final del día, nos quedamos aproximadamente con 30 visitas y 8 visitantes. También nos ha hecho mucha ilusión tener nuestros primeros comentarios. Hablando ya de artículos particulares, el ganador absoluto ha sido nuestro famoso artículo sobre el “Seminario Cine y Filosofía. Pensando a 24 imágenes por segundo (Conferencia 2019)”, que él solito aglomera 72 visitas; provocando, a su vez, el mejor día y mes del año, y atrayendo interés hasta el día de hoy. Siguen muy por detrás, pero no por ello con menos relevancia, “Love (2016-2018)”, con 37, y “COVID-19. Primera parte: cuatro ideas sobre el coronavirus chino y la imbecilidad humana”, con 24. Tenemos los datos; ahora, interpretémoslos.

La década de la Edad de Oro del cine y la ciencia ficción. Consideraciones finales

Hemos llegado al final de esta serie de artículos sobre las películas más representativas del cine clásico de ciencia ficción, y nos encontramos en una encrucijada inevitable si tenemos en cuenta la estructura general que nos habíamos planteado en un principio. Estamos en el artículo que correspondería a la década de los años 50 y, a la vez, ya hemos tocado dos grandísimas películas de los lustros que la componen: “El hombre del traje blanco” (1951) y “La hora final” (1959); representantes de los dos mayores imperios occidentales anglosajones, al ser una inglesa y la otra yanqui. Ambas son de una calidad incuestionable y, al mismo tiempo, se erigen como ejemplos magistrales de lo que podía hacer el cine en su momento de mayor esplendor; aunque, eso sí, desde dos enfoques muy diferentes, a pesar de estar bajo un mismo género y de tocar los mismos temas. Mientras que la primera es una película de ciencia ficción con toques de comedia romántica británica; la segunda, en cambio, toma un tono mucho más grave, pudiendo inscribirse dentro de la ciencia ficción dramática —muy dramática—. No pretendemos engañaros… Como casi siempre en la vida, uno sabe cómo empiezan las cosas, pero nunca cómo acabarán; y, en este caso, nos hemos visto superados por la necesidad de conocer a fondo el cine negro americano, junto con sus precedentes ‘oscuroimpresionistas’ alemanes, antes de emprender este análisis. El tiempo del que hemos dispuesto este curso ha sido limitado, y documentarnos en este sentido antes de poder meter mano a estas dos películas, con un mínimo de autoridad, era una imposibilidad. Por lo tanto, nos vemos en la obligación de dejar los análisis de estas cintas para un futuro, que esperamos que no sea muy lejano, a la vez que reconocemos que nunca se sabe suficiente de un tema; así que no desechamos seguir comentando películas del género de la ciencia ficción en algún otro momento, ni descartamos tampoco una segunda serie de artículos dentro de unos años.  Ahora proseguiremos con un pequeño desglose de lo que os hemos traído durante estos meses, para aclarar un poco la visión de conjunto, y cerraremos volviendo a las ideas que hemos ido manejando, comprobando si después de todo lo trabajado conseguimos sintetizarlas de una manera más depurada. Comencemos.

COVID-19. Primera parte: cuatro ideas sobre el coronavirus chino y la imbecilidad humana

Deseamos que estéis aprovechando estos momentos del año —esta vez, sin primavera— para disfrutar del confinamiento con moderación; así como empleando bien el tiempo a través del deleite intelectual que pueden dar la lectura, el cine, la música y demás artes solitarias. Y que, a su vez, estéis cumpliendo con vuestros deberes, asuntos o importancias del día a día con madurez —sobre todo si implican salir de casa—. Mientras tantos otros pensadores llevan desde el principio de esta coyuntura pandémica dando batalla desde variopintos lugares —teóricos e ideológicos— e intereses —dignos e indignos—, nosotros hemos querido esperar para tomar mayor perspectiva y dejar que las ideas fermentaran. Pero ya ha llegado el momento de decir un par de cosas, sobre todo acerca de lo que ha causado esa entidad microscópica, a medio camino entre lo vivo y lo inerte, llamada SARS-CoV-2: el famoso virus chino con pinta —echándole mucha imaginación— de corona. Eso sí, los que quieran respuestas simples, ya adelantamos que no las hay y que van a quedar muy desilusionados; salvo que acepten aquella generalidad simplísima de que esto se debe a una mezcla explosiva de imbecilidad y egoísmo —como siempre—, pero no atesorada únicamente por una camarilla de líderes zopencos, sino por un conjunto lo suficientemente amplio de la sociedad, compuesta por millones de hombres, donde posiblemente esté incluido usted, querido lector (esperamos que, en caso afirmativo, tenga a bien reconocer su parte de responsabilidad y no prosiga en el resentimiento). Esta es la primera parte de este tema, la cual se centrará en la cuestión política y técnica. Empecemos.

La hora final (1959)

Nos vamos acercando al final de esta travesía, que, poco a poco, va quedando más como una primera aproximación a la historia del cine de ciencia ficción que como un análisis en profundidad. Con todo, somos jóvenes, así que ya habrá tiempo para volver, ser más rigurosos y enmendar errores. Hoy toca centrarse en una película representativa —y, probablemente, poco conocida— del lustro que va de 1955 a 1960. Estamos en ese momento de brillo cegador, cual efervescencia de almendro en plena primavera, imposible de delimitar con precisión… Ya veréis en el artículo final cómo nos va a costar decidir cuál sería esa película digna de considerarse la mejor de la década. Pero, antes, no descuidemos el contexto y comentemos algo del resto.

El hombre del traje blanco (1951)

Antes de invitaros a descubrir esta obra maestra, si no la conocéis ya, vamos a dedicar un par de líneas a pensar qué está pasando en los años 50 respecto al cine de ciencia ficción. La moda de las películas de terror de baratillo con reanimaciones y cerebros parece ir llegando a su fin, no sin antes dar sus últimos coletazos en la frontera con el nuevo tema: la velada —o no tan velada— referencia a la Guerra Fría y lo nuclear. Encontramos en el primer lustro de los años 50 muchas peliculillas de monstruos, siendo en este caso fundamental lo nuclear o la radiación (el caso más conocido es la primera de “Godzilla”, de 1954). Con todo, hay una película de este subgrupo que merece una mención. Antes de comenzar a repasar el resto de las películas interesantes que no llegaron a ser las más representativas, he de reconocer que, salvo “Ultimátum a la Tierra”, de 1951, y la película del lagarto japonés, el resto de obras aquí comentadas —el caso del capitán Nemo lo cuento también como novedad porque la vi hace 20 años y se me podía pasar— se las debo al mismo que el análisis de la década de los 60. Y, en el caso de “La humanidad en peligro” (1954) —una película que se sustenta en la premisa de la aparición de hormigas mutantes gigantes—, ni jarto del más canónico Vodka podría haber sospechado que podría merecer la pena. De igual manera, pero con menos radicalidad, ha ocurrido con la película que hoy os vengo a recomendar, dado que mi corta experiencia me sugería no acercarme demasiado a todo lo que mezclara comedia y ciencia ficción; pero claro, la comedia inglesa no es cualquier comedia, y esta es una de esas realidades que sólo se empieza a descubrir con la edad. Entremos ya en materia, aunque comentando primeramente un par de cosas más sobre la obra de Gordon Douglas y acerca del resto de cintas que se han quedado fuera.

Punto Límite (1964)

Aquí estamos un día más. Hoy toca analizar un poco lo que pasó con el cine de ciencia ficción en la década de los años 60. Estamos hablando del final de la edad dorada y, como no podía ser de otra manera, nos encontramos ante variedad, cantidad y calidad. Antes de empezar propiamente a repasar el contexto, tengo que reconocer que nos adentramos en una época tan brillante como poco conocida para un servidor: salvo el conocimiento de algunos clásicos, era plenamente consciente de que había muchas grandísimas películas, bastantes obras maestras e innumerables cintas lo suficientemente interesantes para, por lo menos, ser vistas una vez…; una nebulosa por la cual navegaría en solitario en penumbra. Una lista exigente se iba perfectamente a 50 películas, y es imposible, dentro de los márgenes de tiempo donde se mueve este humilde análisis, atender a tanto y tan bueno, con el peligro a su vez de, por ignorancia, dejar alguna que mereciera la pena fuera. En este sentido, tengo que reconocer que he pedido consejo a un gran sabio y que este me ha mostrado el camino para no morir en el intento. Hechas estas apreciaciones, entremos en materia.

Repeat Performance (1947)

Continuamos con nuestro repaso a las películas de ciencia ficción clásicas, centrándonos hoy en el lustro entre 1945 y 1950. Nos encontramos a las puertas de la primera ola de cine de ciencia ficción propiamente dicha, pero aún en estos cinco años siguen triunfando las películas de terror de baratillo y no resulta fácil encontrar películas que vayan más allá de esto (dentro de los límites que, evidentemente, tiene el género), que estén disponibles, y que no sean una absoluta rareza sin ningún tipo de repercusión. La lista es corta y aparece encabezada por “Repeat Performance” (1947), el serial “El invasor Marciano” (1950) y “Con destino a la luna” (1950). Vamos adelantando que esta humilde crítica se va a centrar en la más valiosa de las tres, la obra de Alfred L. Werker, que mezcla ciencia ficción con cine negro bajo el telón de fondo del drama. Pero antes de dar razones de por qué merece la pena dicha película, vamos a dedicar un par de párrafos a explicar por qué las otras dos no son demasiado relevantes más allá del interés exclusivamente histórico.

Solaris (1972)

Hoy nos toca analizar la década de los años setenta, que no es otra que la que da comienzo a la edad de plata del cine. Como no podía ser de otra manera, nos encontramos con grandes de la ciencia ficción, entre las que cabe destacar “Alien el octavo pasajero” (1979), “La naranja mecánica” (1971) o “La guerra de las galaxias” (1977) en el plano comercial, y dos de las grandes de Tarkovsky en el cine más intimista: la que hoy nos incumbe y “Stalker” (1979), que ya analizamos en su momento. Sin contar, además, con gran cantidad de obras de referencia: la llegada a la gran pantalla de “Star Trek” (1979), la maltratada serie “Galáctica” (1978), “Westworld” (1973) —peor que la primera temporada de la nueva serie y mejor que el despropósito de la segunda—, “La invasión de los ultracuerpos” (1978) o “Encuentros en la tercera fase” (1977). Existen, a su vez, numerosas películas sobrevaloradas, destacando entre todas ellas la insufrible “El hombre que cayó a la tierra” (1977) o la asquerosa “La montaña sagrada” (1973). Respecto a “El planeta salvaje” (1973), la verdad es que he de reconocer que, puestos a ver animación surrealista, prefiero “Contact (C)” (1978), que resulta ser más interesante, sugerente y corta. Y sí, está pendiente “Doctor Who” (1963-1989)… aunque el problema es un poco como con la ya mencionada “Star Trek”: entre series y películas, da cierta sensación de infinito e, irremediablemente, de pereza; pues el tiempo que implicaría un visionado tranquilo sería de años, y todavía existen obras menos exigentes que merecen más la pena a la hora de analizar. Una vez comentado el contexto, hablemos ya de “Solaris” (1972).

Flash Gordon conquista el universo (1940)

Hoy teníamos que traer una película representativa de ciencia ficción del primer lustro de la década de los años cuarenta. El problema es que tal cosa no existe o, de existir, es muy difícil de encontrar, peca de resultar algo periférica y, lo que es aún peor, no siempre contamos con una fácil disponibilidad para visualizarla. En esta época reinan las películas de ‘terror de baratillo’, siendo la gran mayoría de ellas refritos y plagios velados de Frankenstein y de El hombre invisible. Predominan los muertos vivientes, los trasplantes de cerebros y los científicos locos. Esta moda —surgida justo a la vez que se cuajaba la Segunda Guerra Mundial— no puede ser casual y, por eso, la analizaremos con más cuidado en futuros artículos. En cualquier caso, y por su relación con “Flash Gordon”, es una cuestión sobre la que hoy también reflexionaremos. Pero antes de hablar del futbolista interespacial más famoso e influyente del siglo XX, vamos a repasar rápidamente algunas de las películas de terror que, clarísimamente, no encajan nada bien con la ciencia ficción pura y que son, además, productos sin demasiadas pretensiones más allá de alentar —por primera vez, con aceptación social— el morbo de las aburridas clases medias, que poco quieren meditar sobre temas importantes y dolorosos como es el de la guerra.

Sobre el conocimiento implícito. Primera aproximación

Después de unas ociosas navidades, volvemos con las energías renovadas y con una pequeña reflexión con la que empezar el año. Hoy vamos a sugerir unas notas sobre el conocimiento implícito o, también llamado, procedimental; es decir, aquello que aprendemos a través de la repetición y que, a la vez, no podemos recordar con claridad explícitamente en qué consiste. En términos sencillos, lo contrario de esto sería cuando uno se aprende un número de teléfono o una poesía, pues en esos casos parece que todos tenemos muy claro que lo recordamos. Sin embargo, quizá exista alguna otra semejanza con lo que hoy aquí tratamos más allá del procedimiento de aprendizaje basado en la reiteración. Ejemplos de aprendizaje implícito existirían muchos: desde aprender a montar en bicicleta hasta los deportes en general, pasando por cosas de tan distinto calibre como la mecanografía, que es lo que, de hecho, me ha suscitado el tema. Pero, antes de nada, delimitemos bien de lo que estamos hablando.

La vida futura (1936)

Nos encontramos un extraño caso donde el director, William Cameron Menzies, es menos conocido que el guionista, que no es otro que el extraordinariamente prolífico escritor H. G. Wells. Por poner algunos ejemplos, cabe señalar que escribió 51 novelas y 71 obras de ‘no ficción’, entre las que podemos encontrar desde ensayos hasta libros que describen las primeras formas de juegos de estrategia concretos, que resultan ser considerablemente distintos de aquellos abstractos como el ajedrez. También escribió 88 cuentos, 33 artículos (evidentemente, no como los de este blog) y cuatro guiones cinematográficos. Estamos hablando de 247 obras a lo largo de unos 60 años en activo… o lo que es lo mismo: escribir cuatro obras significativas cada 12 meses. Si bien es cierto que nada tiene que ver con Corín Tellado y sus 5.000 novelas, que serían casi 80 al año, también lo es que esta última no tiene en su haber algo que se pueda acercar mínimamente a “La máquina del tiempo” (1895) o a “El hombre invisible” (1897); siendo su obra muchísimo más monotemática que la del inglés y centrada casi exclusivamente en la novela rosa. En este sentido, el señor Wells no debe estar muy lejos del límite de lo que un ser humano completo puede escribir con un mínimo de sentido y calidad en una sola vida. Si a todo esto le sumamos sus clarísimas inquietudes intelectuales y el ser uno de los padres de la ciencia ficción, no podemos sino esperar volver a hablar de él en algún otro momento. De hecho, si hay algo valioso en esta película es su guión y las interesantes ideas que se ponen en juego en él.

Seminario Cine y Filosofía. Pensando a 24 imágenes por segundo (Conferencia 2019)

No queremos perder la oportunidad de hablar sobre el seminario que tuvo lugar la semana pasada en la Universidad Complutense de Madrid bajo el título “Cine y Filosofía. Pensando a 24 imágenes por segundo”. En él se incluían quince ponencias, entre las que se encontraba la del profesor Antonio Duarte Calvo, que era, a su vez, el responsable del seminario. Por mucho que a veces resulte interesante, incluso gratificante, mirar al pasado, no hay que descuidar los temas de actualidad; y, sobre todo, al margen de analizar las cuestiones que atañen a la masa, como las elecciones, es significativo, a su vez, analizar de vez en cuando qué se juega en conferencias de nivel, como ya hicimos hace unos meses con Sandel. En este caso, nos encontramos con un grupo de conferencias que han girado en torno al cine y la filosofía a lo largo de tres días: 11, 12 y 13 de este diciembre. De entrada, diremos que ha habido de todo: desde expertos pedantes hasta profesores interesantes, pasando por diferentes grados de mediocridad y algo de brillo y/u originalidad. Pero basta de introducciones. Entremos ya en materia.

Threads (1984)

Hoy toca analizar una película interesante y representativa de la década de los ochenta; lo que, como podréis sospechar, es una labor complicada, ya que en los 80 aún se hacía muy buen cine en general y, en especial, muy buenas cintas de ciencia ficción. Para acotar esta locura y poder tomar una muestra cinematográfica lo suficientemente pequeña como para poder visualizarlas en poco menos de un mes, nos quitamos clasicazos indiscutibles, tipo “Blade Runner” (1982) o “Aliens: El regreso” (1986), y también taquillazos al estilo “La guerra de las galaxias” o “Regreso al futuro” (1985), que ya analizaremos con detenimiento en otra ocasión. Con este criterio, y buscado películas con las mejores críticas o las sinopsis más interesantes, nos quedamos con 16: desde algunas de animación japonesa, tipo “Akira” (1988) o “El huevo del ángel” (1985); pasando por cositas soviéticas al estilo “Kin-Dza-Dza” (1986) o “Corazón de perro” (1988); ‘francesadas’ como “La muerte en directo” (1980); e, incluso, algún cortometraje como “Balance” (1989). Después de este empacho cinéfilo, que ha dolido, pero que, a su vez, no ha podido merecer más la pena, destacamos tres finalistas muy distintas entre sí: “Threads” (1984), “Hombre mirando al sudeste” (1986) y “Depredador” (1987).

La Atlántida (1932)

Hoy toca hablar de una película representativa, a la par que desconocida, del primer lustro de la década de los años treinta. En este caso, partiendo de que lo que hay visible no es tanto, nos hemos quedado con “La Atlántida” (1932), que es una adaptación sonora de la obra de 1921 del mismo nombre. Ambas coinciden en tres cosas: un bellísimo Sáhara, una estructura complicada, y mucho surrealismo; además de ser muy interesantes e innovadoras respecto a la historia del cine. Por mucho que, sin lugar a dudas, en esta época haya hitos muy claros dentro de la ciencia ficción, como “El doctor Frankenstein” (1931) o “El hombre invisible” (1933), así como otras películas también interesantes, como “La isla de las almas perdidas” (1932), todas ellas son demasiado conocidas y, sobre todo, se merecerían un análisis (o, incluso, varios) en profundidad, si tenemos en cuenta las obras literarias de las que beben, su impacto, las segundas partes que se han hecho de ellas, etcétera. En cambio, pese a su indiscutible calidad, la obra de G. W. Pabst es casi tan desconocida como el mismo director. Por esta razón, es la obra del séptimo arte que hoy os vamos a recomendar.

Sobre las cartas de propaganda electoral (10N 2019)

Tras leer las cinco cartas de propaganda electoral que inundan estos días las casas de todos los españoles, me he decidido (contra lo ya dicho en septiembre, pero sin que sirva de precedente) a volver durante unas horas a la actualidad y matizar nuestra opinión al respecto. Evidentemente, lo fundamental no ha podido cambiar en los últimos seis meses y, si alguien quiere un análisis más pormenorizado, nos seguimos remitiendo al grupo de artículos donde analizamos todos los programas políticos. Teniendo en cuenta lo anterior y tras la lectura de dichas cartas, es cierto que se nota con claridad las cuestiones que cada partido cree fundamentales, tanto en el propio contenido de la carta como en el diseño del sobre, lo cual es realmente significativo. En este sentido, y aplicando los conocimientos que destilamos de la lectura de los programas, vamos a repasar muy rápidamente cada una de las cartas, destacando sus puntos fuertes y flacos, a la vez que intentamos discernir en qué se diferencian sustancialmente (si se diera el caso). Tenemos los cinco sobres: los barajamos con los ojos cerrados y vamos cogiendo uno a uno al azar hasta el último (esto requiere que pongáis un poquito de fe en nosotros). El orden del análisis es el siguiente: PSOE, Podemos, Ciudadanos, PP y VOX.