Desafío total (1990)

Nada mejor para afrontar el periodo navideño que un poquito de Verhoeven y, así, terminar de reír o llorar. Hoy os traigo la que a día de hoy me parece su mejor película, a falta de volver a hacer un ciclo sobre este complicado autor. Sin embargo, esto no siempre ha sido así. En su momento, cuando le descubrí, casi por casualidad y después de sufrir un primer visionado de “Starship Troopers”, quise buscar información sobre él inmediatamente, dado que esta última me había impresionado en todo lo bueno y en todo lo malo. De hecho, terminé valorándola como ejercicio de humor negro inteligente. Pero claro, al visionar alguna de sus otras películas, entre las que se encontraba la que hoy vamos a tratar, reconozco que el afán explícito y oscuro de sus brigadas espaciales me hicieron sesgar mi mirada y sólo atender a este mismo aspecto en el resto de sus películas, no tragando ninguna de ellas y dándole carpetazo al asunto como si de un David Fincher con su “club de la lucha” se tratara. Todo un error. Lo bueno es que el destino quería que le diera una segunda oportunidad, pues alguien a quien respeto y considero un maestro me indicó que había sido injusto con esta cinta; y no podía tener más razón.

Nos encontramos ante una obra redonda a todos los niveles y tocada por la cruda genialidad sin paliativos del cineasta holandés. Puntúa muy alto en una cuidadísima localización visualmente impresionante, con toda una serie de pequeños artefactos futuristas (entre los que cabe la pena resaltar las uñas que cambian de color automáticamente); una fotografía de esas que no se notan pero que tampoco estorban; y un tratamiento del color que no deja indiferente. A su vez, merece ser destacado su guion, que está muy bien llevado gracias a ese toque de humor negro típico de la casa (Esta escena me ha arrancado una carcajada como pocas); una banda sonora con una personalidad inconfundible; y, sobre todo, una carga de fondo, inteligente y crítica que, en mi opinión, pasa por encima de “Starship Troopers”. Tampoco debe obviarse el doblaje estelar, con un Constantino Romero en la cumbre de su carrera, y un elenco brillante, con un Schwarzenegger como nunca y una Sharon Stone como siempre; sin olvidar a Rachel Ticotin, a la cual veremos después en 1993 en “Un día de furia” y a Michael Ironside, un secundario a la altura.

Vayamos por partes. Como esto no pretende ser un análisis en profundidad, nos vamos a centrar en la carga de fondo y de sentido que tiene esta obra. Primeramente, comparte con el resto de las obras del autor la profundidad y la importancia que da a cada muerte, por casual que pueda ser. Está clarísimo que una de las obsesiones recurrentes de Verhoeven es mostrar la banalidad con la que se plantea la violencia en el cine y, en este caso, cumple con su objetivo con una crudeza comedida para lo que nos suele tener acostumbrados. Otra de las notas principales de su cine es la crítica social a través de la creación de villanos grises y complicados que, junto a los protagonistas, se encuentran en mundos crudos y opresores que, sin embargo, resultan muy realistas. De esta manera, hace constante referencia a los problemas que conlleva la ambición desmedida en la sociedad capitalista. Todo esto junto a policías sin escrúpulos, deformes pobres, prostitutas y tiranos millonarios; que se encargan de conformar esta distopía futurista tan coherentemente construida. Pero, en contra de lo que podría parecer, el metraje no cae en ningún momento en un pesimismo romántico, pues en él aparecen pequeños detalles, como la escena donde da limosna a la niña mutante, que dotan a la historia de una humanidad que yo no había visto antes en la obra de Verhoeven.

Es considerada por muchos precursora de “Matrix”, afirmación que antes me negaba a admitir, pero que ahora me resulta imposible no reconocer; sobre todo, si atendemos a esa escena genial donde aparece la icónica pastilla roja o a cierta escena de acción entre columnas. Tiene todos los ingredientes para que cada uno de los 109 minutos de metraje que dura merezca la pena. Sin lugar a dudas, estaría entre esas 200 películas redondas que todos deberíamos guardar con cariño e, incluso, quizá dentro de las 150 mejores. Por último, cabría decir que la relación entre el policía malo y su jefe está muy bien construida con ese ya clásico: “No pienses, obedece”. También merece reseñar cierta conversación en la que un personaje responde ante la pregunta sobre la identidad que “el hombre se define por sus actos, no por sus recuerdos” o la escena de los peces, que es toda una lección de buen cine.

Y, por cierto, ya para acabar, creo que se podría calificar a la película de eminentemente feminista; mucho más y a un nivel más inteligente y coherente del que hoy en día se deja ver por muchas obras mediocres tipo “Wonder Woman” o “Pantera Negra”, en las cuales se aglutinan un montón de prejuicios políticamente correctos cogidos con un clip. Reitero que las superproducciones hoy día han muerto como buen cine; sin embargo, no puedo dejar de entristecerme por ello ni de tener la esperanza de que en algún momento sean algo más que mera forma sin contenido. 


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