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EtiquetaMetafísica

La familia Brontë (1777-1861)

Resulta complicado, por no decir ridículo o pretencioso, resumir la vida de una familia, tan peculiar como la de los Brontë, en un espacio acotado como del que dispongo aquí. Y, por eso, no pretendo ni hacer el intento. Baste este pequeño artículo como mera muestra de aquello que rodeó a Charlotte, Emily y Anne, para tratar de entender mejor el universo de sus libros; pero sin poder llegar a ser mucho más que eso. De hecho, acercarse a la familia Brontë no resulta tarea fácil o, muy al contrario, puede quizá que sea de lo más sencillo; y es que, si bien hay mucho escrito y han corrido no pocos ríos de tinta por unas y otras cuestiones, esto hace el camino algo arduo, aunque, en igual medida, también emocionante. Una vez uno entra a investigar, cuesta frenar el ansia de seguir leyendo aquí y allá. Sin embargo, las circunstancias externas —y, en esta ocasión, quizá en particular, también las internas— han dificultado que este acercamiento haya sido tan exhaustivo como le habría gustado a quien escribe estas líneas. Sea como fuere, uno debe asumir con cierto estoicismo, y sin tratar de que le afecte en exceso, que suele haber un gran abismo entre lo que uno imagina y lo que luego acaba siendo. Tras esta digresión, he de señalar que los libros que me han servido para acercarme a una vida tan apasionante como la que hoy nos ocupa han sido: “Vida de Charlotte Brontë” (1857), de Elizabeth Gaskell; “El gabinete de las hermanas Brontë: Nueve objetos que marcaron sus vidas” (2015), de Deborah Lutz; e “Infernales: La hermandad Brontë” (2018), de Laura Ramos. Así que, en la medida de mis posibilidades, me dispongo a acercar someramente la vida de la familia Brontë a aquellos que no la conozcan, así como facilitar que vuelvan sobre ella quienes ya estén al tanto de algunas de sus curiosidades.

Fleabag (2016-2019)

Para cerrar bien este año tan sumamente extraño, me gustaría hablar de una de las series que más me ha sorprendido en estos últimos tiempos, y con la que me he reído, a la par que llorado (un sutil equilibrio que no siempre es fácil de conseguir, dicho sea de paso). Estoy hablando de “Fleabag” (2016-2019), un drama británico, con tintes de comedia, dirigido, escrito y protagonizado por la polifacética y maravillosa Phoebe Waller-Bridge. De ella, también me gusta “Crashing” (2016), en la que ya aparece su capacidad para estar a la altura en las facetas de directora, guionista y actriz; sin embargo, aborrezco bastante “Killing Eve” (2018-), de la que me cuesta entender su fama (es probable que simplemente responda a la tendencia tan extendida de encumbrar a alguien y luego no distinguir entre la calidad de las cosas que hace; pero ése es otro tema, que escapa a la temática de nuestro análisis de hoy, y que ya trataré en algún momento con más profundidad). Volviendo a “Fleabag”, cabe señalar que no es ésta una serie cualquiera, sino una que, aun rompiendo la cuarta pared constantemente, consigue hacerlo con suma elegancia y originalidad. Sin ser una tarea fácil, ya que, en ocasiones, este recurso puede resultar molesto, chapucero o pretencioso; en el caso de “Fleabag”, favorece que la protagonista, tan sumamente expresiva, congenie de una forma muy especial con el espectador desde el minuto uno. Quizá no sea para todos los paladares —hay quienes no conectan en absoluto con su tipo de humor y forma de hacer—, pero creo que, si uno aparca los prejuicios y se deja llevar por esta londinense de treinta y pocos, que anda sumamente estancada en errores del pasado y en pérdidas irreparables, encontrará en ella muchas de las preocupaciones que corroen a toda la especie humana y que son siempre dolorosas de digerir. Dicho esto, comencemos.

Catastrophe (2015-2019)

“Catastrophe” (2015-2019) es una de las series sobre las que más ganas tenía de escribir por aquí. Y, sí, nuevamente, como os podréis imaginar, es otra de mis preferidas. Hacía tiempo que quería volver a ella, para verla de seguido, ya que, en su momento, me fui viendo cada una de las temporadas a medida que las fueron sacando; y, claro, de un año para otro, cuesta hacerse una buena visión de conjunto. En ocasiones, volver a las cosas que a uno le han hecho feliz —así como a los lugares, como ya nos avisó Sabina en “Peces de ciudad”— puede tener sus riesgos, pero también nos permite hacer un análisis más certero y menos sesgado por el momento concreto; el cual, aun siendo relevante, debe tolerar que se le deje de lado —en la medida de lo posible— para ver hasta qué punto la calidad de lo que se juzga es tal o está demasiado contaminada por nuestro estado de ánimo o circunstancia. De hecho, creo que todo aquello que consideramos que tiene valor debe ser capaz de aguantar una segunda lectura o un segundo visionado. Por eso, me alegro enormemente de que “Catastrophe” haya superado la prueba —y, además, con nota—; pues eso también quiere decir que su calidad está por encima de la media, en tanto que, para que no se nos haga pesado soportar el retorno a un contenido audiovisual o literario, una de las condiciones que más ayudan es que no le sobre ni le falte nada, o que los pequeños deslices que pueda tener sean los menos; y esto, ciertamente, no es tan común como parece. Sin más dilación, comencemos ya con el análisis.

Togetherness (2015-2016)

Hoy os vengo a hablar de otra de mis series predilectas: “Togetherness” (2015-2016). Sin embargo, tal y como pasaba con “Love” (2016-2018), tampoco es demasiado conocida, ni suele aparecer entre las típicamente citadas. Por eso, espero fervientemente que este pequeño artículo sirva de humilde aportación para que todos aquellos que no la hayáis visto aún os animéis a hacerlo; y para que, entre los que la hemos visionado ya, consigamos que llegue a un público más amplio. “Togetherness” —disponible en HBO— es una serie creada y escrita por Mark Duplass, Jay Duplass y Steve Zissis. No sé hasta qué punto estaréis al tanto de quiénes son, pero yo tengo que reconocer que cualquier cosa que hacen los hermanos Duplass me genera siempre mucho interés; así que, sin duda, les dedicaré en algún momento —espero que no muy lejano— un capítulo aparte, ahondando en sus distintos proyectos audiovisuales. Pero, por ahora, toca centrarse en “Togetherness”, que motivos no me faltan.

COVID-19. Segunda parte: consecuencias personales y sociales de la pandemia

En esta segunda parte de lo que pretende ser una mera aproximación a las consecuencias de la pandemia originada por el coronavirus ahondaremos en las cuestiones ligadas al ámbito personal y social. Sin embargo, no va a ser esta una recopilación de datos de lo ya dicho en infinidad de artículos de muy diferentes maneras, sino más bien una reflexión propia de aquello que he podido apreciar en esta coyuntura, tanto a nivel individual como observando a mi alrededor. Por eso, no busco ni sentar cátedra ni hacer un análisis pormenorizado o estadístico. Lejos de ello, mi intención será la de intentar dar forma a las sensaciones por las que uno ha podido pasar durante este confinamiento, tratando de enfocarlas desde un contexto más amplio, que se extiende más allá de esta circunstancia concreta y que nos permitirá entender mejor —en la medida de lo posible— la forma característica que tenemos de funcionar. Comencemos.

La década de la Edad de Oro del cine y la ciencia ficción. Consideraciones finales

Hemos llegado al final de esta serie de artículos sobre las películas más representativas del cine clásico de ciencia ficción, y nos encontramos en una encrucijada inevitable si tenemos en cuenta la estructura general que nos habíamos planteado en un principio. Estamos en el artículo que correspondería a la década de los años 50 y, a la vez, ya hemos tocado dos grandísimas películas de los lustros que la componen: “El hombre del traje blanco” (1951) y “La hora final” (1959); representantes de los dos mayores imperios occidentales anglosajones, al ser una inglesa y la otra yanqui. Ambas son de una calidad incuestionable y, al mismo tiempo, se erigen como ejemplos magistrales de lo que podía hacer el cine en su momento de mayor esplendor; aunque, eso sí, desde dos enfoques muy diferentes, a pesar de estar bajo un mismo género y de tocar los mismos temas. Mientras que la primera es una película de ciencia ficción con toques de comedia romántica británica; la segunda, en cambio, toma un tono mucho más grave, pudiendo inscribirse dentro de la ciencia ficción dramática —muy dramática—. No pretendemos engañaros… Como casi siempre en la vida, uno sabe cómo empiezan las cosas, pero nunca cómo acabarán; y, en este caso, nos hemos visto superados por la necesidad de conocer a fondo el cine negro americano, junto con sus precedentes ‘oscuroimpresionistas’ alemanes, antes de emprender este análisis. El tiempo del que hemos dispuesto este curso ha sido limitado, y documentarnos en este sentido antes de poder meter mano a estas dos películas, con un mínimo de autoridad, era una imposibilidad. Por lo tanto, nos vemos en la obligación de dejar los análisis de estas cintas para un futuro, que esperamos que no sea muy lejano, a la vez que reconocemos que nunca se sabe suficiente de un tema; así que no desechamos seguir comentando películas del género de la ciencia ficción en algún otro momento, ni descartamos tampoco una segunda serie de artículos dentro de unos años.  Ahora proseguiremos con un pequeño desglose de lo que os hemos traído durante estos meses, para aclarar un poco la visión de conjunto, y cerraremos volviendo a las ideas que hemos ido manejando, comprobando si después de todo lo trabajado conseguimos sintetizarlas de una manera más depurada. Comencemos.

Love (2016-2018)

Si hay una serie a la que le tengo especial cariño, esta es, sin duda, “Love” (2016-2018). No os dejéis engañar por su título, un tanto minado, y haced el favor de verla. Protagonizada por Gillian Jacobs y Paul Rust (también co-creador y co-guionista), la historia ahonda en el proceso de conocer a alguien y en las muchas fases por las que puede llegar a pasar una relación desde que empieza hasta que se asienta. Si esta premisa no os resulta lo suficientemente atrayente, os puedo garantizar que tiene unos personajes inolvidables, sustentados por un guion irónico, ácido y original. Si ni siquiera todas estas razones os valen, espero que este análisis consiga generar algún interés en vosotros (aunque, si no la habéis visto aún, os aviso de que no me voy a cortar a la hora de hablar de algunas escenas; lo aclaro ya, por si preferís esperar a verla). Me da la sensación de que esta serie ha pasado desapercibida, por ser de Netflix y por tener un título y una portada que no destacan frente a infinitos contenidos absolutamente mediocres. Sin embargo, me parece que tiene mucho más fondo del que podría parecer en un principio. Por esta razón, así como por mi evidente predilección por los temas que trata, no descarto volver sobre ella en algún otro momento. Pero, por ahora, y sin más dilación, empecemos.

Los restos del día (1989)

Hoy vengo a hablaros del libro “Los restos del día” (1989), del japonés —afincado en Inglaterra y ganador del Nobel de Literatura en 2017— Kazuo Ishiguro. La realidad es que no me va a resultar nada fácil hacerlo, por ser un libro algo atípico en aquello que nos cuenta y en la manera de hacerlo, pero voy a hacer un esfuerzo por hacerme entender. “Los restos del día” nos plantea el viaje en coche de un mayordomo, mister Stevens, durante el que reflexiona sobre sus viejos tiempos en una gran casa, Darlington Hall, en la que sigue trabajando aún, aunque ahora a las órdenes de un diferente patrón. La narración combina presente y pasado, poniendo de relieve aquellos momentos más significativos de la vida de nuestro protagonista, y permitiendo de ese modo que entendamos mejor cómo es y la manera que tiene de comportarse.