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Lo último

Nuestra parte de noche (2019)

Hoy vengo a hablar de “Nuestra parte de noche” (2019), la novela escrita por la argentina Mariana Enríquez. La arrastré durante todo el verano; y es que, más que incitarme a la lectura, me provocaba todo lo contrario: querer realizar cualquier otra actividad que no requiriera sumergirme en sus infinitas páginas. Además, confirmo que, por ahora, no he disfrutado de ninguna de las dos obras que he leído que han sido galardonadas con el Premio Herralde: ni de “Farándula” (2015), que me resultó excesivamente farragosa y de la que recuerdo el uso de ciertas palabrejas cuya existencia desconocía completamente (nuevos descubrimientos con los que me divierto, siempre y cuando no respondan a un afán pedante y rebuscado, como creo que es este caso), ni de la que nos ocupa (en cuyo jurado, para más inri, estaba la propia Marta Sanz). Es cierto que las expectativas que tenía puestas en esta novela eran muy altas, pero es que cualquiera al que oía hablar de ella la alababa como si se tratara de la octava maravilla. Y no. Ni de cerca. Para escribir 667 páginas que no resulten repetitivas, aburridas o innecesarias se requiere de un genio que casi nadie posee. Me sobra tanto libro… Lo he terminado por puro orgullo de poder criticarlo con un mínimo de entidad, pero reconozco que me ha costado horrores. Aquí está, en cualquier caso, el humilde resultado de semejante martirio.

American McGee’s Alice (2000)

Hablamos hace un tiempo de “Timeline” (2000), la primera obra ludófila en la cual American McGee tiene un cargo significativo. Como concluimos, ése era un videojuego literalmente malo, y abducimos la hipótesis de que podría ser que la mayor parte de sus fuerzas se estuvieran centrando en el que hoy nos ocupa. Ahora toca comprobar empíricamente si estábamos o no en lo cierto. Tomando como referencia indirecta el libro de Lewis Carroll, le da un giro de pesadilla al sueño de Alicia, explorando un tono mucho más oscuro y siniestro, que, en algunos de sus capítulos, toma elementos de la estética steampunk retrofuturista. Esta historia guarda un agradable lugar en mis recuerdos de juventud, así que, en este artículo, vamos a comprobar hasta dónde una intuición, guiada por la memoria y la nostalgia, es certera. Sin más dilación, comencemos.

El apocalipsis (1967). Star Trek: La conquista del espacio. Temporada 1: capítulo 23

“La ciudad al fin de la eternidad” (1967) es el capítulo mejor considerado de la serie original por parte de la crítica profesional, de los pocos en hacerse con el Premio Hugo —en el año 1968, por la mejor presentación dramática—, y mi favorito a la altura de este artículo. Cinematográficamente es impecable, la historia no puede estar mejor hilada y los personajes están especialmente brillantes. También ayuda la presencia de Joan Collins, la cual no puede hacer mejor tándem con nuestro querido capitán Kirk. Dicho todo esto, no tiene mucho mérito incidir en la verdad sobre lo que es obvio, claro y distinto; además de que han corrido no pocos ríos de tinta sobre este capítulo de la mano de plumas mucho más autorizadas que la de un servidor. Por esta razón, he decidido inclinarme ante la evidencia, constatar un hecho y reservarme este episodio para cuando sea digno de decir algo sobre él. Por lo tanto, como bien queda patente en el título, hoy no vamos a hablar sobre el capítulo 28 por orden de emisión —esto es un poco como “Rayuela” (1963), dado que está el orden de producción, el de emisión y el cronológico interno de la historia—, sino del 23, titulado “El apocalipsis” (1967). Considero a éste como el segundo mejor de la primera temporada; además, que no goce de tanto consenso respecto a su calidad y, a la vez, que esté preñado de una de las tramas más interesantes de lo que hasta ahora he visto en “Star Trek”, le convierten, sin duda, en un episodio indicado para comentar hoy. Comencemos.

La inquilina de Wildfell Hall (1848) y su adaptación de 1996

Esta vez, coincidiendo con el final del ciclo de las Brontë que empezamos el curso pasado, toca hablar de “La inquilina de Wildfell Hall” (1848), la segunda y última novela de Anne Brontë, escrita tan solo un año después de su primer libro, “Agnes Grey” (1847). La razón que me ha llevado a analizar las dos obras de Anne, a diferencia de lo que hice con Charlotte, que fue hablar sólo de la más conocida, “Jane Eyre” (1847), a pesar de tener también otras tres —que, sin duda, espero leer muy pronto y hablar de ellas por aquí—, y con Emily —aunque, en este caso, no había opción, dado que únicamente dejó su inolvidable “Cumbres Borrascosas” (1847)— es que las novelas de la pequeña de las hermanas han tenido mucha menos repercusión a nivel cinematográfico —de hecho, como bien señalamos en el artículo anterior, la primera de ellas no cuenta con ninguna adaptación—; queriendo compensar de alguna manera esa poca popularidad mediante la referencia a las dos, y no eligiendo solamente una, como en un principio estaba estipulado. Tras este breve —aunque necesario— inciso, pues bien merecía una explicación esta anomalía, centrémonos ya en “La inquilina de Wildefell Hall”, un estudio pormenorizado y exhaustivo de todas las cuestiones que en “Agnes Grey” quedaron meramente apuntadas —la importancia de la educación, los peligros de los vicios, las dificultades de las virtudes, las excelencias y los sufrimientos del amor, etc.—, y que aquí alcanzan mayor profundidad, aunque sólo sea por la longitud de este segundo libro, que es unas dos veces y media más extenso que su predecesor.

El videojuego del 2000 y la película del 2003 de «Rescate en el tiempo» (1999)

Hoy, inspirados por las aventuras de Alicia, hemos reparado en que dichas novelas tienen dos adaptaciones videojueguiles, que un servidor pudo disfrutar antaño y de las cuales guarda un recuerdo extraño. Estas adaptaciones son creación de un director llamado American McGee. Tras un repaso rápido de su trayectoria, nos hemos dado cuenta de que este hombre ha estado en el ojo del huracán de la edad dorada de los videojuegos. Vemos su nombre en los créditos de obras de suma relevancia: desde “Wolfenstein 3D” (1994) hasta “Doom II” (1994), pasando por el digno “Quake” (1996); comprobando después que, desde el 2000, se ha movido entre la dirección y la producción de muchísimos videojuegos, además de las mencionadas versiones lógicas de “Alicia”, y siempre con un especial interés en el apartado estético. Un acercamiento pormenorizado al trabajo del señor McGee nos llevaría mucho tiempo, del cual ahora no disponemos, pero una primera aproximación crítica, sobrevolando sus trabajos disponibles de manera informal, es perfectamente asumible. En este sentido, hemos decidido saltar a la primera obra donde tiene un cargo de responsabilidad como codiseñador y coescritor: un videojuego llamado “Timeline”, lanzado en el año 2000, del cual apenas hay referencias en la prensa anglosajona y sobre el que, sencillamente, no existe nada en la española. Su premisa es adaptar una novela menor de ciencia ficción, titulada “Rescate en el tiempo”, publicada un año antes de la mano del prolífico y comercial Michael Crichton —que es también el director del juego—. Si os suenan las campanas es gracias a la exitosa adaptación cinematográfica de su novela “Parque Jurásico”, de 1993, de la cual también es guionista, y, quizá, aunque en menor medida, debido a la irregular “Esfera” (1998). Lo más curioso de todo es que también existe una película de 2003 que adapta la novela de Crichton, y que cuenta con el sello del director de “Arma letal” (1987), “Los Goonies” (1985) y “Superman” (1978); lo que nos ha puesto en bandeja de plata afrontar una crítica dual, que no es tripartita porque un servidor no está dispuesto a leer una novela menor de 598 páginas, escrita por un autor de tercera, y fechada en 1999, sin que antes concurran las suficientes recomendaciones entusiastas —como mínimo, tres—. No nos entretengamos más con presentaciones y entremos ya en materia.

Agnes Grey (1847)

Tal y como se dejó apuntado en el último artículo del curso pasado, empezamos este nuevo septiembre con el primer libro que publicó Anne, la pequeña de las hermanas Brontë, bajo el nombre de “Agnes Grey” (1847). Estamos ante una historia contada principalmente en primera persona —aunque haya momentos en los que se pase a la segunda o a la tercera, lo que funciona como un recurso muy interesante que ya comentaremos más adelante— de la mano de la propia protagonista, Agnes Grey. En este sentido, pero no sólo en éste, coincide con “Jane Eyre” (1847), el exitoso libro de su hermana Charlotte. De este modo, las referencias al lector serán recurrentes, y no únicamente para advertirle de algo, sino también para disculpar ciertos comportamientos o pensamientos a destiempo o inapropiados. Tiene una narración sencilla, pero no carente de complejas reflexiones, especialmente sobre el carácter humano, con sus múltiples buenos y malos ejemplos; la religión, con la consiguiente meditación que emana de aquello que se espera de nosotros; y la familia, los vínculos y el sentirse en comunión con alguien. Empecemos ya a adentrarnos más profundamente en él.