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CategoríaCrítica

Pequeñas reseñas que intentan ser una recomendación al disfrute de una determinada obra, sin entrar en demasiadas profundidades.

Los restos del día (1989)

Hoy vengo a hablaros del libro “Los restos del día” (1989), del japonés —afincado en Inglaterra y ganador del Nobel de Literatura en 2017— Kazuo Ishiguro. La realidad es que no me va a resultar nada fácil hacerlo, por ser un libro algo atípico en aquello que nos cuenta y en la manera de hacerlo, pero voy a hacer un esfuerzo por hacerme entender. “Los restos del día” nos plantea el viaje en coche de un mayordomo, mister Stevens, durante el que reflexiona sobre sus viejos tiempos en una gran casa, Darlington Hall, en la que sigue trabajando aún, aunque ahora a las órdenes de un diferente patrón. La narración combina presente y pasado, poniendo de relieve aquellos momentos más significativos de la vida de nuestro protagonista, y permitiendo de ese modo que entendamos mejor cómo es y la manera que tiene de comportarse.

La hora final (1959)

Nos vamos acercando al final de esta travesía, que, poco a poco, va quedando más como una primera aproximación a la historia del cine de ciencia ficción que como un análisis en profundidad. Con todo, somos jóvenes, así que ya habrá tiempo para volver, ser más rigurosos y enmendar errores. Hoy toca centrarse en una película representativa —y, probablemente, poco conocida— del lustro que va de 1955 a 1960. Estamos en ese momento de brillo cegador, cual efervescencia de almendro en plena primavera, imposible de delimitar con precisión… Ya veréis en el artículo final cómo nos va a costar decidir cuál sería esa película digna de considerarse la mejor de la década. Pero, antes, no descuidemos el contexto y comentemos algo del resto.

El hombre del traje blanco (1951)

Antes de invitaros a descubrir esta obra maestra, si no la conocéis ya, vamos a dedicar un par de líneas a pensar qué está pasando en los años 50 respecto al cine de ciencia ficción. La moda de las películas de terror de baratillo con reanimaciones y cerebros parece ir llegando a su fin, no sin antes dar sus últimos coletazos en la frontera con el nuevo tema: la velada —o no tan velada— referencia a la Guerra Fría y lo nuclear. Encontramos en el primer lustro de los años 50 muchas peliculillas de monstruos, siendo en este caso fundamental lo nuclear o la radiación (el caso más conocido es la primera de “Godzilla”, de 1954). Con todo, hay una película de este subgrupo que merece una mención. Antes de comenzar a repasar el resto de las películas interesantes que no llegaron a ser las más representativas, he de reconocer que, salvo “Ultimátum a la Tierra”, de 1951, y la película del lagarto japonés, el resto de obras aquí comentadas —el caso del capitán Nemo lo cuento también como novedad porque la vi hace 20 años y se me podía pasar— se las debo al mismo que el análisis de la década de los 60. Y, en el caso de “La humanidad en peligro” (1954) —una película que se sustenta en la premisa de la aparición de hormigas mutantes gigantes—, ni jarto del más canónico Vodka podría haber sospechado que podría merecer la pena. De igual manera, pero con menos radicalidad, ha ocurrido con la película que hoy os vengo a recomendar, dado que mi corta experiencia me sugería no acercarme demasiado a todo lo que mezclara comedia y ciencia ficción; pero claro, la comedia inglesa no es cualquier comedia, y esta es una de esas realidades que sólo se empieza a descubrir con la edad. Entremos ya en materia, aunque comentando primeramente un par de cosas más sobre la obra de Gordon Douglas y acerca del resto de cintas que se han quedado fuera.

Repeat Performance (1947)

Continuamos con nuestro repaso a las películas de ciencia ficción clásicas, centrándonos hoy en el lustro entre 1945 y 1950. Nos encontramos a las puertas de la primera ola de cine de ciencia ficción propiamente dicha, pero aún en estos cinco años siguen triunfando las películas de terror de baratillo y no resulta fácil encontrar películas que vayan más allá de esto (dentro de los límites que, evidentemente, tiene el género), que estén disponibles, y que no sean una absoluta rareza sin ningún tipo de repercusión. La lista es corta y aparece encabezada por “Repeat Performance” (1947), el serial “El invasor Marciano” (1950) y “Con destino a la luna” (1950). Vamos adelantando que esta humilde crítica se va a centrar en la más valiosa de las tres, la obra de Alfred L. Werker, que mezcla ciencia ficción con cine negro bajo el telón de fondo del drama. Pero antes de dar razones de por qué merece la pena dicha película, vamos a dedicar un par de párrafos a explicar por qué las otras dos no son demasiado relevantes más allá del interés exclusivamente histórico.

Flash Gordon conquista el universo (1940)

Hoy teníamos que traer una película representativa de ciencia ficción del primer lustro de la década de los años cuarenta. El problema es que tal cosa no existe o, de existir, es muy difícil de encontrar, peca de resultar algo periférica y, lo que es aún peor, no siempre contamos con una fácil disponibilidad para visualizarla. En esta época reinan las películas de ‘terror de baratillo’, siendo la gran mayoría de ellas refritos y plagios velados de Frankenstein y de El hombre invisible. Predominan los muertos vivientes, los trasplantes de cerebros y los científicos locos. Esta moda —surgida justo a la vez que se cuajaba la Segunda Guerra Mundial— no puede ser casual y, por eso, la analizaremos con más cuidado en futuros artículos. En cualquier caso, y por su relación con “Flash Gordon”, es una cuestión sobre la que hoy también reflexionaremos. Pero antes de hablar del futbolista interespacial más famoso e influyente del siglo XX, vamos a repasar rápidamente algunas de las películas de terror que, clarísimamente, no encajan nada bien con la ciencia ficción pura y que son, además, productos sin demasiadas pretensiones más allá de alentar —por primera vez, con aceptación social— el morbo de las aburridas clases medias, que poco quieren meditar sobre temas importantes y dolorosos como es el de la guerra.

La vida futura (1936)

Nos encontramos un extraño caso donde el director, William Cameron Menzies, es menos conocido que el guionista, que no es otro que el extraordinariamente prolífico escritor H. G. Wells. Por poner algunos ejemplos, cabe señalar que escribió 51 novelas y 71 obras de ‘no ficción’, entre las que podemos encontrar desde ensayos hasta libros que describen las primeras formas de juegos de estrategia concretos, que resultan ser considerablemente distintos de aquellos abstractos como el ajedrez. También escribió 88 cuentos, 33 artículos (evidentemente, no como los de este blog) y cuatro guiones cinematográficos. Estamos hablando de 247 obras a lo largo de unos 60 años en activo… o lo que es lo mismo: escribir cuatro obras significativas cada 12 meses. Si bien es cierto que nada tiene que ver con Corín Tellado y sus 5.000 novelas, que serían casi 80 al año, también lo es que esta última no tiene en su haber algo que se pueda acercar mínimamente a “La máquina del tiempo” (1895) o a “El hombre invisible” (1897); siendo su obra muchísimo más monotemática que la del inglés y centrada casi exclusivamente en la novela rosa. En este sentido, el señor Wells no debe estar muy lejos del límite de lo que un ser humano completo puede escribir con un mínimo de sentido y calidad en una sola vida. Si a todo esto le sumamos sus clarísimas inquietudes intelectuales y el ser uno de los padres de la ciencia ficción, no podemos sino esperar volver a hablar de él en algún otro momento. De hecho, si hay algo valioso en esta película es su guión y las interesantes ideas que se ponen en juego en él.

La Navidad: entre la nostalgia y Love Actually (2003)

Ahora que se acercan estas fechas tan señaladas, compruebo con cierto estupor cómo el mundo se divide entre quienes disfrutan de las navidades y quienes las aborrecen sin piedad. Para tener las cosas claras y no llevar a error, aunque se me vaya a notar claramente durante este escrito, yo soy, indudablemente, del primer tipo de personas. De hecho, aquellos que se muestran muy críticos con estas fiestas me producen, de entrada, cierto rechazo. No puedo evitarlo.

Amsterdam (1998)

Si bien llevaba tiempo queriendo acercarme a una de las novelas de Ian McEwan, en buena parte, por todo el amor que le suelen profesar quienes están más puestos en la literatura actual, mi decepción no ha podido ser mayor. Puede que el libro elegido no haya sido el adecuado: basta conocer un poco a este autor para saber que el más conocido de sus textos es el de “Expiación” (2001). Yo, como peco de cierto anarquismo en esto de comenzar a leer algo de un escritor, me decidí a hacerlo con “Amsterdam” (1998); aunque, si lo hubiera sabido, habría ido a lo seguro (o, quizás, no tan seguro; eso está por ver).

La Atlántida (1932)

Hoy toca hablar de una película representativa, a la par que desconocida, del primer lustro de la década de los años treinta. En este caso, partiendo de que lo que hay visible no es tanto, nos hemos quedado con “La Atlántida” (1932), que es una adaptación sonora de la obra de 1921 del mismo nombre. Ambas coinciden en tres cosas: un bellísimo Sáhara, una estructura complicada, y mucho surrealismo; además de ser muy interesantes e innovadoras respecto a la historia del cine. Por mucho que, sin lugar a dudas, en esta época haya hitos muy claros dentro de la ciencia ficción, como “El doctor Frankenstein” (1931) o “El hombre invisible” (1933), así como otras películas también interesantes, como “La isla de las almas perdidas” (1932), todas ellas son demasiado conocidas y, sobre todo, se merecerían un análisis (o, incluso, varios) en profundidad, si tenemos en cuenta las obras literarias de las que beben, su impacto, las segundas partes que se han hecho de ellas, etcétera. En cambio, pese a su indiscutible calidad, la obra de G. W. Pabst es casi tan desconocida como el mismo director. Por esta razón, es la obra del séptimo arte que hoy os vamos a recomendar.

La mujer en la luna (1929)

Nos encontramos en la segunda mitad de los años 20 del siglo pasado: “El acorazado Potemkin” es cosa del pasado, “Metrópolis” tiene ya dos años y la incipiente industria cinematográfica no deja de crecer. Mientras Estados Unidos se recupera de la Primera Guerra Mundial con una impostada alegría, en el centro de Europa se vive una crisis de posguerra. Entre tanto, nos encontramos en un periodo de florecimiento intelectual y artístico muy claro, tanto para lo bueno como para lo malo, pues incluso las mejores ideas, pensadas con las mejores intenciones por parte de la gente más capaz y culta que ha dado la humanidad, pueden chocar con la realidad; una realidad que, para más dificultad, se complica por momentos. Es un tiempo donde los grandes cineastas de la historia del cine aún están en sus países de origen, la censura todavía no domina Hollywood y el arte cinematográfico está plenamente desarrollado en lo técnico.

Aelita: Reina de Marte (1924)

En el anterior artículo de esta serie dedicada a los clásicos de la ciencia ficción tratamos la primera obra de la historia del género; hoy, en cambio, hablaremos sobre la primera de la otra historia del siglo XX. Esa historia que dio incansable su particular réplica a todo lo que implicó el siglo. Hablamos de la Unión Soviética; el otro Occidente que ganó la Segunda Guerra Mundial, se elevó como último representante de otra manera de entender la civilización para finales de siglo, y terminó en ese oscuro octubre de 1993. Muchas son las películas soviéticas que merecen la pena, siendo “Aelita”, posiblemente, la primera de todas ellas. Queda pendiente, eso sí, dedicarle un artículo y ajustar cuentas con la sobrevaloradísima “El acorazado Potemkin”, que también es uno de los primeros ejemplos de cine de ciencia ficción del Bloque del Este. Si a todo esto le sumamos que es una película relativamente desconocida, no necesitamos más razones para dedicarla un pequeño espacio en nuestro blog e invitaros a verla. Está a muy buena calidad para descargar en archive.org

Viaje a la Luna (1902)

Nos encontramos de vuelta; y, sin perder un segundo, hoy empezamos con un ciclo de cine de ciencia ficción clásico para compensar el exceso de actualidad del curso pasado. También dedicaremos tiempo a otros temas, pero, para descansar, va a ser una temática recurrente en 2019 y en 2020. No, no vamos a volver a hablar de los partidos políticos; si alguien quiere saber nuestra opinión, que vuelva a repasar lo ya escrito y lea con más pesimismo y desesperación. Está bien meditar sobre el presente, pero demasiado presente puede llegar a no dejarnos ver el todo en un sentido más general y, además, en los tiempos que corren, darse una vuelta por ciertos lares es algo que deprime hasta al más curtido. Por esta razón, vamos a respirar un poco del mejor cine que ya está hecho y ver qué se nos ocurre atravesando el pasado, sobre todo, de cara a afrontar mejor el presente. En este sentido, todos los géneros cinematográficos tienen mucho que aportar, pero la ciencia ficción tiene un par de notas características que la hacen especialmente indicada para la reflexión.

Michael J. Sandel. Lo que el dinero no puede comprar: los límites morales de los mercados (Conferencia 2019)

La semana pasada tuvo lugar una conferencia del aclamado Michael J. Sandel, en la Universidad Complutense de Madrid, titulada “Lo que el dinero no puede comprar: los límites morales de los mercados” o como les gustaría a los pedantes: “What money can’t buy: the moral limits of markets”. Reconozco que no soy muy ducho en este autor: no me he leído ninguno de sus libros y, salvo lo que se puede leer en prensa, le conocía solamente de oídas. Pero teniendo en cuenta que hay quienes dicen de él maravillas y que se le considera ‘el filósofo que llena estadios’ o, incluso, ‘el filósofo que llena a reventar’, y que le fue concedido el Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales el año pasado, al igual que en otras ocasiones se lo dieron a autores como Jürgen Habermas  (2003) o José Luis Pinillos (1986), no me pude resistir a asistir a una de sus aclamadas conferencias. De entrada, nos encontramos con un salón de actos completamente abarrotado que, según datos oficiales, tiene un aforo para 385 personas. Por tanto, en lo que respecta a la parte de la cantidad, vemos que cumple con lo prometido; pero ¿y la calidad? Entremos en materia. 

Juego de Tronos (2011 – 2019)

Nos encontramos ante una de las series más importantes y con más repercusión de la década. Hay quienes hablan de que estamos ante “La Guerra de las Galaxias” de las series, y no les falta razón. Se ha hablado y se hablará mucho más de “Juego de Tronos”, además de que su influencia se notará por muchísimos años. En este sentido, la comparación con la trilogía clásica es evidente, pero me temo que también con la trilogía mediocre que vino después y con el esperpento de los últimos productos de Disney. “Juego de Tronos” nos regaló una de las mejores adaptaciones de una obra literaria al medio audiovisual, en este caso, en forma de serie. Sobre la base de una buena historia de luchas de poder y con unos personajes creíbles, interesantísimos y con mucho fondo, se crea una obra audiovisual con un guion portentoso, una banda sonora de esas que marcan época, y una fotografía y apartado técnico impecable. Estamos hablando, sin lugar a dudas, de las primeras cinco temporadas y del final de la sexta. “Juego de Tronos” en estas temporadas puntúa muy alto; tan alto como “Breaking Bad” o “Utopía”, pero con mucha más ambición.

Stalker (1979)

“Y si Dios es un triángulo… ya no sé qué pensar.”

Nos encontramos ante uno de los mejores ejercicios de la historia del cine a la hora de hacer de la necesidad, virtud. Concebida y filmada en el marco de la Unión Soviética, esta interesantísima película no pudo tener un desarrollo más tormentoso: desde los problemas y encorsetamiento típico de trabajar en un estado totalitario, hasta la desgracia de perder casi todo el metraje tras un accidente y tener que volverla a rodar prácticamente por completo con un presupuesto mucho menor, sin contar con la peligrosidad de trabajar en unos exteriores muy contaminados. Condicionantes que, en manos de otro, hubieran matado a “Stalker”, pero que al gran Tarkovski le permitieron hacer, probablemente, su mejor obra.

Desafío total (1990)

Nada mejor para afrontar el periodo navideño que un poquito de Verhoeven y, así, terminar de reír o llorar. Hoy os traigo la que a día de hoy me parece su mejor película, a falta de volver a hacer un ciclo sobre este complicado autor. Sin embargo, esto no siempre ha sido así. En su momento, cuando le descubrí, casi por casualidad y después de sufrir un primer visionado de “Starship Troopers”, quise buscar información sobre él inmediatamente, dado que esta última me había impresionado en todo lo bueno y en todo lo malo. De hecho, terminé valorándola como ejercicio de humor negro inteligente. Pero claro, al visionar alguna de sus otras películas, entre las que se encontraba la que hoy vamos a tratar, reconozco que el afán explícito y oscuro de sus brigadas espaciales me hicieron sesgar mi mirada y sólo atender a este mismo aspecto en el resto de sus películas, no tragando ninguna de ellas y dándole carpetazo al asunto como si de un David Fincher con su “club de la lucha” se tratara. Todo un error. Lo bueno es que el destino quería que le diera una segunda oportunidad, pues alguien a quien respeto y considero un maestro me indicó que había sido injusto con esta cinta; y no podía tener más razón.