Jornada Electoral 2019: primera aproximación a un método objetivo de análisis político y al problema de los nacionalismos

Hoy empezamos el primer gran proyecto de esta aventura compartida: un análisis de todos los partidos políticos españoles, ya sean representativos a nivel de votos, de peso histórico o de relevancia intelectual. En el fondo, vamos a hablar de política haciendo uso de esta; dado que, genuinamente hablando, la política empieza con el diálogo entre las personas. De esta manera, pretendemos que esta serie de artículos sea la base y el pretexto perfecto para ejercer la política en acto. Y, evidentemente, también queremos aprovechar la oportunidad de los próximos comicios para aportar algo de luz al respecto. En cualquier caso, nuestro análisis se extenderá en el tiempo todo lo que se tenga que extender; procurando, eso sí, atender en primer lugar a los partidos más representativos en votantes.

Esta idea surgió a raíz de la inquietante ignorancia que reside en las masas sobre los partidos a los que votan y que luego nos gobiernan. Y, también, como un ejercicio en contra de las modas y la caza de votos (una lógica más propia de un depredador que de un político), la cual suele aparecer en las campañas electorales bajo ideas sencillas y emocionales sin ningún tipo de actitud crítica que vaya al fondo de los asuntos. Por lo tanto, lo que nos proponemos aquí es establecer un intento de método objetivo, que ahora entraremos a perfilar, capaz de singularizar cada uno de los partidos y juzgarlos con conocimiento de causa mediante una especie de “guía de lectura” de los programas políticos; para que, así, el lector inteligente pueda decidir el partido que más le conviene votar. 

Podemos definir dos perfiles muy diferenciados de votantes: los que votan según su beneficio particular y los que votan por el beneficio colectivo. Así como los primeros serán los que menos puedan sacar de nuestro análisis, dado que seguro que ya tienen muy claro por quién decantarse, los que buscan con un interés noble el bien común podrán considerar esta serie de artículos interesantes. Dentro de estos últimos, podríamos a su vez diferenciar dos subgrupos muy claros: los que pueden taparse la nariz al votar y decantarse por aquello llamado “voto útil”, y los que genuinamente pretenden dar su voto a la mejor opción, teniendo en cuenta los datos disponibles. En este punto, el criterio de la utilidad (nunca mejor dicho) será el más importante para los primeros; dado que, siendo justos, la dinámica de partidos en una sociedad de masas se mueve en un espectro de mínimos. Resumiendo: no existe un partido evidentemente mejor al que votar. En este sentido, los del segundo subgrupo, salvo que sean unos militantes convencidos, seguro que, o nunca han votado, o hace mucho que dejaron de hacerlo. Así pues, para estos últimos presentaremos un aperitivo intelectual que lo más probable es que reafirme su actual posición. Es cierto que vivimos unos tiempos especialmente tediosos en todas las facetas del quehacer humano. De hecho, nos movemos en un capitalismo tan avanzado y en una sociedad de masas tan generalizada que hasta el propio Guy Debord se reiría desde su tumba al ver que la sociedad del espectáculo se encuentra ahora en una forma mucho más desarrollada y evidente que como él se la imaginó a finales de los años 60 del siglo pasado.

La democracia presenta un menú de partidos, que debería estar conformado por lo mejor, pero que, muy al contrario, suele ser y representar a grupos plutocráticos. Éstos, a través de unas fotos con hamburguesas grandes, jugosas, de tres centímetros de grosor y aderezadas con mucha demagogia, intentan movilizar los apetitos del paisanaje. Cuando, después de pasar por las urnas, nos encontramos con unos bocadillos aplastados, que comicios tras comicios parecen ser más pequeños y más caros, no cabe demasiado optimismo. Y esto es lo que hay hoy en día en todo el mundo, salvo que elijas otras opciones, que suelen estar ligadas a la pobreza, a sistemas corruptos o a totalitarismos primitivos. Por lo tanto, si sabes lo que debería ser un restaurante y no tienes estómago para un mundo de comida rápida, lo más coherente es quedarse en casa.

De todas maneras, este tema daría para un artículo entero que, tratado con más contexto y radicalidad, ocuparía mucho; lo que nos obliga a dejarlo para otro momento. La razón es que este trabajo, que nos va a llevar por lo menos gran parte de 2019, va dirigido, sobre todo, a aportar luz en un sentido objetivo sobre los partidos y, así, evitar las habituales manipulaciones que se pueden leer en todos los medios de comunicación. En primer lugar, pretende buscar la verdad explicitada en los programas y en los hechos de la actualidad política, en tanto en cuanto sea accesible; y, en segundo lugar, pretende poner sobre la mesa todas las opciones para que todos aquellos con estómago que decidan votar sepan, partiendo de la información disponible, comparar y elegir el partido que más concuerda con sus ideas.

Antes de entrar con el método de análisis, habrá que pensar qué intereses honorables se pueden defender respecto al bien común. Aunque pueden ser varios, fundamentalmente se pueden englobar en unas pocas tradiciones muy matizables, pero claramente diferenciadas entre sí. Estas tradiciones se suelen cimentar sobre distintas visiones sobre lo bueno y lo justo, encerrando posiciones antropológicas en muchos casos tremendamente dispares. Dejando estos temas de fondo para otros posibles futuros artículos, expondremos muy brevemente en qué consisten. Tampoco podemos dejar de lado el hecho de que pueden existir partidos que intenten estar entre varias corrientes, en cuyo caso intentaremos distinguir la dominante analizando los matices pertinentes.

La primera gran tradición que vamos a comentar, por su origen ilustrado, éxito histórico y viabilidad en la actualidad, es el liberalismo; que aparece hoy en su forma más mercantilista. Como su propio nombre indica, se centra en la noción de libertad; pero no en cualquier tipo de libertad, sino en la que gira entorno al individuo particular. Este liberalismo, muy ligado a la cultura anglosajona, se puede entender en diferentes grados: desde los que reconocen la necesidad de ciertas envolturas sociales que aseguren el desempeño de dicha libertad hasta los que exacerban el factor más individualista, centrándose en la no regulación y no negación de la libertad individual. De hecho, esta última forma de entender el liberalismo no se detiene a asegurar que dicha libertad tenga los medios para ser fecunda, pues dichos medios suelen ir ligados a una serie de obligaciones colectivas que profundizan en la cuestión de que, para conseguir que todos seamos plenamente más libres, todos particularmente debemos serlo un poco menos. Este liberalismo poco a poco se ha ido volviendo más utilitarista y pragmatista hasta encajar perfectamente con la concepción de que el único valor en este mundo es el valor en efectivo. Hablamos, sin lugar a dudas, de la próspera alianza entre liberalismo y capitalismo que, llevada a su extremo, es lo que hoy llamamos neoliberalismo; el cual, de una manera u otra, se ha vuelto total con la globalización.

No existe hoy en día partido o agrupación política con pretensiones realistas de llegar al poder que no sea de alguna manera liberal, lo cual, poniéndonos en el peor de los casos, nos puede hacer dormir tranquilos. El hecho de que el liberalismo sea una teoría eminentemente occidental e ilustrada nos lleva a sostener que, incluso cuando emerja en su versión más extrema, será dependiente de la individualidad y libertad de sus ciudadanos. Lo malo es que, en un mundo extremadamente neoliberal, un ciudadano que no se adapte a las modas y vaivenes del mercado más auto-regulado apenas podrá decidir con su libertad y se verá obligado, o bien a vivir una vida gris sometido a un sistema desalmado, o bien a vivir entre las grietas de dicho mercado o, en el límite, a suicidarse. Ciertamente, esta tradición permite ser libre, pero no permite hacer demasiado con tu libertad. Eso sí, siempre permitirá, dado que de ello depende, que, si consigues el dinero necesario, hagas con tu tiempo libre lo que te venga en gana; y eso incluye disfrutar de la vida y poder pensar, en cierta medida.

Tomando el extremo clásico para empezar a cartografiar el mapa donde nos vamos a mover, tendríamos que hablar de los conservadurismos o tradicionalismos, los cuales han sido derrotados prácticamente en todos los frentes. Esto es así porque, fuera cual fuera el modelo social que se buscara preservar, ese modelo siempre buscaba algo más que lo meramente práctico y, en último término, económico. Esto pone en evidencia su desventaja táctica, al no poder controlar el caramelo dorado que explota el egoísmo humano que vende todo individualismo liberal. Podríamos hablar largo y tendido sobre doctrinas clásicas, pero dejaremos eso para cuando comentemos los escritos disponibles sobre los partidos y agrupaciones políticas que se adhieran a este tipo de teorías. De facto, el conservadurismo ha quedado relegado a un barniz a la hora de entender políticas liberales; aunque sea preciso matizar que es un adorno particularmente fundamental en ciertos temas, de más o menos importancia, pero que en el fondo no son tan representativos de cara a las políticas económicas. En este sentido, el nivel de conservadurismo o, su contrario, el progresismo (en vez de valorar positivamente lo antiguo, se carga hacia lo moderno), son los ropajes con los que nuestros políticos se visten, casi siempre más como fruto de un análisis de mercado que por convicciones profundas.

Quedarían otras tradiciones políticas muy representativas en el plano de lo intelectual o de lo histórico, pero que a día de hoy son una opción más dentro de la parte ornamental: hablaríamos, por ejemplo, del socialismo en toda su variedad de especificaciones. El socialismo es hijo también de la Ilustración y está emparentado con el liberalismo en su espíritu emancipador, sobre todo, con las corrientes civiles o republicanas; pero también es adalid del terror geométrico soviético y sirve a día de hoy como insulto gastado o como bandera para los más estúpidos farsantes. Es una pena que el socialismo se encuentre en este estado, dado que en su interior se puede ver la fortaleza de la Ilustración; pero está claro que, ya sea por exceso de optimismo, de racionalismo o por la presión de los imperios anglosajones, se ha visto abocado al fracaso más rotundo.

Como movimientos históricamente delimitados quedaría por mencionar esa cosa tan particular que muy pocos entienden llamada fascismo. El fascismo combina, en general, una herencia del socialismo (no debemos olvidar que todos los fascismos vienen de una manera u otra de socialismos), con una nota muy marcada de particularismo (lo que se suele conocer como nacionalismo) y, luego, a su vez, con una reinterpretación retrofuturista mitológica de la propia historia y la tradición, emparentándose en este sentido con los tradicionalismos. No se pueden entender el fascismo y el comunismo dentro del totalitarismo, si no tenemos en cuenta que ambos movimientos son una respuesta a la desesperada ante la disolución en un capitalismo homogeneizado por la regla anglosajona. Ambas propuestas son una respuesta rabiosa y pulsional; por eso fueron poco prácticas y acabaron vencidas sin llegar a proponer ninguna alternativa viable. Habría mucho que matizar aquí entre diferentes movimientos, entre otras cosas, porque mirándolos con detenimiento se diferencian mucho: sólo hay que ojear la historia para entender que su alianza en la Segunda Guerra Mundial se produjo contra un enemigo común, es decir, que fue coyuntural y no porque de fondo se consideraran aliados. A su vez, la diferencia entre totalitarismo y autoritarismo queda para otro artículo, dado que el caso de España en la historia suele ser, para bien o para mal, “para dar de comer a parte”.

En este artículo se ha obviado un movimiento como el anarquismo, pues al margen de que puede ser interesante leer cierta literatura que ha generado, en un mundo liberal como el nuestro plantearlo es una locura tan gorda como de fondo su teoría es. En cualquier caso, quedaría por decir algo sobre cuestiones como las de “estado del bienestar”, “socialdemocracia”, “keynesianismo”, etc., sin olvidar las etiquetas más gastadas resumidas en las categorías de “ser de derechas” o “ser de izquierdas”. Empezando por el final, creo que en este caso la idea orteguiana no tiene parangón: bajo las nociones topográficas sólo queda una simplificación pueril que nos lleva a no decir nada y reducir el problema político a una discusión deportiva de bar. Ejemplos hay infinitos: si alguien tiene dudas sobre esto, le invito a pensar sobre el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán, quiénes son los Demócratas y los Republicanos en Estados Unidos o qué diferencias de facto han existido entre el PP y el PSOE en políticas económicas desde la transición.

Después, podríamos considerar que tanto el keynesianismo como el estado del bienestar no fueron otra cosa que políticas aplicadas a diferentes países de cara a frenar el comunismo y, así, evitar la tentación por parte de los trabajadores de empatizar con el modo de vida del bloque soviético. Caído el muro de Berlín y, por lo tanto, solucionado el problema, es normal que se disuelvan tales políticas. De hecho, ya podemos constatar que el modelo de las democracias liberales es un monopolio total. De esta manera, siempre que se habla de tales políticas se hace por razones propagandísticas; pues, de cara a la teoría imperante, esas políticas frenan el libre desempeño económico con el riesgo de volvernos menos competitivos, lo que es sinónimo de pobreza e inviabilidad en un mundo globalizado como el nuestro.

Nos queda pensar qué se dice cuando se habla de socialdemocracia. Lo que se suele expresar con dicho término no es otra cosa que manifestar la intención de mantener el liberalismo controlado y no perder en la medida de lo posible (éste el problema) unos servicios mínimos que aseguren la libertad de oportunidades en todos los estratos sociales. Pero claro: el mundo va muy rápido y, ante las presiones externas y el miedo a la recesión, esos servicios mínimos que hemos señalado tienden a volverse cada vez más ajustados. A este respecto, son pocos los que se atreven a proponer opciones, y menos aún los que proponen ideas realizables incluso en la mejor de las coyunturas.

El problema es ciertamente complicado e imposible de abarcar con rigor en tan pocas líneas. Esperamos, eso sí, que los siguientes artículos, que tratarán de ir desmenuzando los programas políticos y atender a los movimientos y hechos de la vida política, puedan aportar algo de claridad al problema que hoy nos ocupa. También pretendemos que, tomando los ejemplos reales sobre el terreno, se puedan matizar cuestiones particulares importantes, como los impuestos, los servicios públicos, la protección de los trabajadores, el medio ambiente, la política exterior (con el importantísimo tema de Europa), diferentes leyes y políticas muy poco ilustradas, la dependencia mayor o extrema de la propaganda, y otros matices singulares. Para terminar, comentaremos que creemos importante la coherencia de las políticas con nuestra constitución, la cual juzgamos como mucho mejor de lo que podría haber sido, sobre todo, si pensamos en los tiempos que corren. Pero un estudio más pormenorizado de la misma queda pendiente para otro artículo.

No nos hemos olvidado de tratar la segunda parte del título, sino que consideramos que está latiendo en el fondo de todo este artículo. En cualquier caso, para concretar, conviene señalar el peligroso desarrollo histórico de todos los nacionalismos. Debemos evidenciar que todo particularismo político no inclusivo parte de una minoría que se aprovecha de una ventaja, habitualmente económica, para movilizar la maquinaria propagandística y, así, vender la dulce idea de que alguien, por la mera razón de haber nacido en un determinado lugar, es intrínsecamente diferente y mejor que el vecino. En el fondo, es una estrategia egoísta y fratricida para manipular a un pueblo masificado y conseguir así que unos pocos tengan ese feudo personal que tanto anhelan. En un mundo cada vez más globalizado, con potencias tan poderosas como Estados Unidos, China o Rusia, empequeñecerse con este tipo de cuestiones implica dispararse en el pie. Cualquier movimiento que no esté enfocado hacia una cohesión más fuerte y generosa de todo aquello que compartimos es un error que nos empobrece y nos hace más dependientes. La clave no es disgregarse, sino unirse y ver si podemos intentar formar parte activa de eso tan complicado de pensar hoy en día: Europa.


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