Balthus y los límites del arte

1.    Balthus en el Museo Thyssen
 
Hace unos días asistí a la exposición sobre Balthus en el Museo Thyssen de Madrid. Iba ya conociendo la gran polémica que hay alrededor de este pintor por sus cuadros de adolescentes en posiciones algo estrambóticas y, en general, desnudas. Por nombrar alguna: hace un par de años se buscaron recaudar firmas para retirar del museo Metropolitan de Nueva York (Met) su cuadro “Thérèse soñando”. Este hecho levantó en mí una especial curiosidad, al querer conocer de primera mano cuál era el cuadro en cuestión y por qué una obra de un pintor del siglo XX estaba levantando tantas ampollas en la sociedad del siglo XXI.

 Esta exposición es una gran retrospectiva de su obra, abarcando desde algunos de sus primeros cuadros hasta algunos de sus últimos. Por ello, resulta una introducción bastante completa al tipo de cuestiones que le interesa retratar y a la manera en que las retrata. Si vais buscando únicamente esas ínfulas en cueros sobre las que antes hablábamos, olvidaos, pues esta exposición abarca muchas más facetas de su obra. Los temas que se recorren a lo largo de la misma son variopintos, pero los personajes retratados suelen ser grises, estar tristes y resultar algo enajenados de sí mismos. Muchos de ellos parecen autómatas o figuritas de madera, asemejándose a marionetas que parecen dirigidas por otros y que están completamente fuera de sí. En sus obras hay una especie de sensación de que el tiempo ha quedado detenido, y es que algunos de sus protagonistas carecen de todo tipo de movimiento y de vida. Al mismo tiempo, el carácter escenográfico de algunas de sus obras salta a la vista, como en el cuadro “La partida de naipes” (1948-50).
 
Otra de las cuestiones predilectas a lo largo de esta retrospectiva de Balthus es la transición de la infancia a la adolescencia, y todo lo que este proceso conlleva. Esta transformación se plasma con una gran complejidad, que pivota entre una cierta culpa y una extraña incomprensión, y también ahonda en un cierto narcisismo del que sabe de su belleza y quiere gritarla a los cuatro vientos. Para afrontar una transición tan compleja y, a la vez, tan maravillosa, Balthus eligió en ocasiones a Thérèse Blanchard, una residente en un inmueble vecino, que quedó retratada en cuadros como “Thérèse” (1938) o “Thérèse soñando” (1938). En muchos de estos cuadros se nota el eco de un pintor como Bonnard, que resultó ser una clara influencia para Balthus. De hecho, esas figuras esbeltas y desnudas en posición vertical aparecen en ambos pintores de manera similar.
 
Este tipo de cuadros, que ahondan en el desnudo de mujeres que notan su cuerpo mutar, nos hace entrar de lleno en la figura del voyeur. Este hacerse cargo de la madurez sexual de unas adolescentes que se empiezan a experimentar a sí mismas como diferentes aparece retratado también en cuadros como “El aseo de Georgette” (1948-49) o “Muchacha ante el espejo” (1948), en los que el espectador ocupa el lugar del espejo donde ellas se están observando. En otros, como “Los buenos tiempos” (1944-46), es la propia joven la que se mira en un pequeño espejo con una cierta sorpresa inocente y pícara ante semejante cambio. En muchos de estos cuadros, estas adolescentes que admiran su belleza y que son portadoras de juventud aparecen contrapuestas a ancianas, que dan cuenta de la celeridad del paso del tiempo y de lo lejos que están de esos años de lozanía.
 
A su vez, no sólo esa metamorfosis queda plasmada en sus cuadros, sino también el ensimismamiento propio de la infancia o de la adolescencia. Esta concentración y encapsulamiento propia de la niñez resulta la mar de llamativa en sus cuadros, que consiguen captar a la perfección esa forma que tienen los niños de evadirse de un mundo complejo y obstinarse en cualquier tipo de actividad de manera que el exterior quede completamente suprimido. Para retratar esta manera de estar, nuevamente se apoyó en Thérèse, pero también en su hermano, que quedaron retratados en cuadros como “Los hermanos Blanchard” (1937). Al mismo tiempo, cuadros como “El salón” (1941-1943) o “Las tres hermanas” (1955) también inciden en esta idea del ensimismamiento, tan característica de la adolescencia.
 
No podemos olvidar tampoco hacer alusión a sus cuadros “Bodegón” (1937), “Bodegón con figura” (1940) o “Muchacha en verde y rojo” (El candelabro) (1944-1945), que resultan de lo más interesantes y originales, y donde un cuchillo atravesando el pan aparece como un motivo frecuente en ellos. Se abandonan los bodegones clásicos de frutas o vasijas perfectamente colocadas para dar lugar a escenas desordenadas, sangrientas y oscuras, que pueden encajar perfectamente con el horror de la guerra o de la posguerra.   
 
2.    Los límites del arte
 
A raíz de la polémica a la que hemos hecho alusión al inicio de este artículo, me gustaría llevar la cuestión más allá y preguntar si el arte debe o no tener límites. Creo que, para afrontar una cuestión tan compleja como ésta, conviene preguntarnos acerca de la separación o no entre ficción y realidad. Puede que, para aquellos que no distinguen ambas dimensiones, sea oportuno e incluso necesario censurar ciertas exposiciones de arte o vetar ciertos cuadros o pintores. Pero, ¿es esto tolerable?, ¿debe esto hacerse? Si uno impone los mismos criterios de la realidad a la ficción, ¿no deja ésta de ser ficción? Si las mismas categorías que rigen la realidad se utilizan para juzgar la ficción, quizás estemos dejando de lado el supuesto papel que tiene esta segunda dimensión, que es el de replantearnos nuestra realidad, el de hacernos preguntas.
 
La censura, en términos generales, siempre tiene un lado tenebroso. Porque: ¿quién censura?, ¿bajo qué criterios se censura?, ¿qué es lo que debe censurarse y qué es lo que no? Quizás, lo que cabría preguntarse acerca de por qué una exposición o ciertos cuadros pretenden censurarse es qué dicen de nosotros, por qué nos desagradan, por qué nos estorban o molestan. La única función que debe tener el arte sobre nosotros es la de cuestionarnos a nosotros mismos y a las cosas que hacemos solos o en sociedad. Sin este papel, el arte o la ficción pierde su objetivo. Si el arte se dedica exclusivamente a ser un fiel reflejo de la realidad en la que vivimos o una mera evasión complaciente, sin cuestionarla y sin remarcar aspectos que deben ser pensados o puestos en cuestión, el arte deja de tener sentido. Para eso, conformémonos con la realidad, que ya es lo suficientemente compleja y vasta.
 
Si existe el arte y lo consideramos necesario es porque nos muestra una cara que la realidad mantiene oculta. El arte sirve para poner sobre la mesa nuestros miedos, nuestras inquietudes, nuestras inseguridades, nuestros sueños. Sin embargo, el arte también muestra lo intolerable, aquello que nos cuesta admitir o afrontar de nosotros mismos. Cuando uno quiere imponer sus categorías personales y censurar cierto tipo de arte porque le incomoda, está queriendo ir contra todo arte, cuya función es la de revolver o incordiar. Cuando uno busca en el arte la mera confirmación de sus convicciones, entonces no busca lo que pretende el arte, sino un mero seguro para recrearse en su manera de afrontar el mundo.
 
Censurar ciertas exposiciones de arte es un asunto muy serio y peligroso. Sobre todo, porque son espacios a los que uno acude libremente. Si uno no está de acuerdo o no comulga con cierto pintor, es libre de no ir a una exposición sobre su obra. El problema se produce cuando una determinada población se cree con la potestad de erguirse desde una especie de “jurado de lo bueno” acerca de cuestiones estéticas. De alguna manera, el arte supone para cada individuo particular algo diferente, que puede encajar o repudiar. El arte pretende dar cuenta de los propios límites del ser humano, y es en ese momento en el que se alza como algo sumamente poderoso. De alguna manera, el hecho de que estorbe a ciertos sectores no nos debe escandalizar, sino más bien alegrar; en tanto que el arte estará haciendo bien su trabajo al poner sobre la mesa las fisuras del propio ser humano.
 
Balthus pretendía escandalizar a los burgueses; pero, no sólo consiguió ser polémico en su momento, sino que, ahora, en pleno siglo XXI, levanta las mismas sospechas e injurias. ¿Acaso esto no nos hace pensar en el tipo de sociedad que tenemos? Cuando uno pretende censurar algo, está primando la sensibilidad sobre la libertad de expresión de una cierta idea o pensamiento. De alguna manera, el arte, con esa manera que tiene de llegar al público, busca resaltar tanto las virtudes como los vicios de los seres humanos. El hecho de que alguien quiera eliminar del arte las partes más oscuras o bochornosas que los seres humanos puedan tener, no las hace desaparecer de los seres humanos de carne y hueso. Por eso, el arte, en vez de ser un mero reflejo de la realidad, debe ir más allá de ella y señalar aquellos puntos oscuros, pero también lúcidos, que no se suelen ver en la vida cotidiana. El arte, por tanto, no debe comulgar con ninguna sensibilidad en particular ni representar a un colectivo concreto, sino que lo que debe hacer es cuestionar todas las sensibilidades y permitir que los seres humanos se repiensen a sí mismos y a la sociedad en la que se encuentran. Tal y como afirma el artista Bernardí Roig en el artículo “¿Debe tener límites el arte?”, publicado en el ABC, en la entrada de las exposiciones debería haber un cartel que pusiera: “El arte está para herir la sensibilidad del espectador. Sea la sensibilidad que sea”.
 
Creo que cuando uno censura es porque tiene por tontos a aquellos que van a sufrir dicha censura. Cuando uno elimina las zonas turbias de algo, impide que la gente pueda identificarlo. Cuando uno deja de nombrar ciertas cuestiones, estas cuestiones parece que han desaparecido, pero, a diferencia de eso, lo que hacen es más daño cuando aparecen. Si uno elimina de las películas, novelas, exposiciones, etc. todo contenido que, en la actualidad, resulte inadecuado, la gente va a vivir en una irrealidad pensando que dicho tipo de conductas no se producen realmente. Esto, lejos de ayudar a los sujetos, les infantiliza, al hacerles creer que viven en un mundo en el que las cosas suceden siempre de la mejor manera posible y en el que las personas son maravillosas todo el tiempo. En vez de adoptar esta manera de afrontar las cosas desagradables que nos rodean, uno debería ponerlas sobre la mesa; justamente para que la gente pueda juzgarlas, criticarlas o cuestionarlas.
 
A su vez, hay una gran tendencia al anacronismo a la hora de juzgar ciertas novelas o exposiciones. Tendemos a no poner las cosas en su contexto, y eso nos hace pecar de héroes, en tanto que consideramos que los individuos de las épocas pasadas eran, cuanto menos, estúpidos, al no haber reparado en ciertas cuestiones que a nosotros ahora nos parecen tan obvias. Eso sí, cuando uno confunde a un pintor que dibuja niñas que se están transformando en adolescentes, para captar ese momento de transformación, con un pederasta, las cosas se vuelven profundamente oscuras y graves. Esto casa perfectamente con la cuestión de si se debe o no legislar sobre ideas y pensamientos. Los llamados “delitos de odio” apuntan en esta dirección. Sin embargo, el hecho de que yo te diga “te voy a matar”, ¿me convierte en asesino?
 
Es evidente que los cuadros de Balthus ni son de un pedófilo ni son profundamente angelicales. Lo que logran es poner a prueba la sensibilidad del espectador. En ese tránsito entre infancia y adolescencia se encuentra una inocencia que va mutando en una cierta perversión de belleza contenida, de descubrimiento precoz de zonas del cuerpo que van cambiando de manera sustancial. En las obras del arte, como en tantas otras cuestiones, la mirada del espectador acerca de lo que ve dice mucho. Si alguien se escandaliza al ver estos cuadros, quizás sea porque hay algo en él que le hace sentirse incómodo con relación a estas imágenes. Balthus juega con la ambigüedad, con las zonas grises, con los puntos muertos; y es ahí donde la mirada del espectador resulta ser el engranaje que falta para condenarlos o para entenderlos como un proceso de transformación de la infancia a una especie de madurez sexual.
 
3.    La exposición como mero entretenimiento
 
Otra cuestión a tener en cuenta en lo que a las exposiciones en general se refiere son los tipos de sujetos que van y la manera que tienen de enfocarlas. Una exposición, lejos de ser un lugar donde alguien va a aprender, a entender o a cuestionar, pasa a ser un mero parque de atracciones donde la gente se refugia, o bien para soportar el calor que hace afuera, o bien para evitar la lluvia. Resulta bochornoso ver cómo la gente, en vez de atender a lo que está viendo, traslada su manera de funcionar en la vida cotidiana al museo, que se convierte en un cúmulo de gente haciendo fotos sin ton ni son a cuadros que sólo ven a través de sus pantallas y que no se dedican a observar en profundidad. Otra de las cosas habituales que uno suele ver son grupúsculos de personas que cuchichean como si estuvieran en un bar y no respetan el silencio que se supone que uno espera tener cuando va a una exposición. Cuando las exposiciones dejan de ser un lugar de reflexión y de cuestionamiento y pasan a ser un mero lugar de reunión pierden su principal sentido; y esto conviene recordarlo de vez en cuando, sobre todo, cuando las censuras pretenden volver a hacer su aparición en la escena política y social, y nadie parece echarse demasiado las manos a la cabeza.  
 
 


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s