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Amsterdam (1998)

Si bien llevaba tiempo queriendo acercarme a una de las novelas de Ian McEwan, en buena parte, por todo el amor que le suelen profesar quienes están más puestos en la literatura actual, mi decepción no ha podido ser mayor. Puede que el libro elegido no haya sido el adecuado: basta conocer un poco a este autor para saber que el más conocido de sus textos es el de “Expiación” (2001). Yo, como peco de cierto anarquismo en esto de comenzar a leer algo de un escritor, me decidí a hacerlo con “Amsterdam” (1998); aunque, si lo hubiera sabido, habría ido a lo seguro (o, quizás, no tan seguro; eso está por ver).

Sin querer contar más de lo estrictamente necesario, admito que esta historia, que ahonda en las vidas de cuatro hombres que fueron amantes de Molly Lane, me resulta, cuanto menos, tediosa. De entrada, los personajes principales de la novela, Clive y Vernon, me importan entre nada y menos. Las páginas dedicadas al día a día de Clive, músico de éxito, se me antojan tremendamente innecesarias, largas, excesivas y, en ocasiones, pedantes hasta más no poder. A su vez, los sucesos que le ocurren a Vernon, un hombre mediocre que, por vicisitudes de la vida, dirige un periódico, “El Juez”, tampoco creo que tengan la fuerza necesaria para aportar algo de luz a la historia que se nos pretende contar; la cual, por cierto, no queda del todo clara en ningún momento.

Este libro, en apariencia corto (198 páginas), se hace largo por su constante aleteo en tierra de nadie y su no profundización en aquellos aspectos relevantes que menciona, pero sí en otros la mar de superficiales y estúpidos. Por mucho que las cuestiones que laten detrás sean esas que a mí más me interesan (la muerte, la amistad, el amor, la hipocresía, el egocentrismo, etc.), se tratan siempre desde un prisma muy corto de miras, que impide que se les dote de la relevancia y enjundia que merecerían. Un empiece que resulta bastante sólido y que podría haber dado mucho más de sí deriva en una novelita sin demasiado interés y totalmente prescindible. Por si fuera poco, el final, del que tampoco pretendo detallar nada, es de lo más forzado que yo he visto en mucho tiempo, además de no acompañar para nada al relato y al tono que tiene la novela.

Su lectura me resulta especialmente pesada, sobre todo, por falta de interés en aquello que se me está contando y por cierta molestia al apreciar cómo se les dedican hojas y hojas a cuestiones completamente innecesarias para la trama y, en cambio, a otras que resultarían dignas de aprovechamiento, como la decadencia de una amistad sostenida por una persona que ya no está, la eutanasia o la hipocresía de ciertas personas, son meros adornos que no dotan de suficiente peso a esta novela. Reconozco apreciar infinitamente más aquellas narraciones que, a pesar de no tratar explícitamente conflictos morales y mostrarse como meros relatos cotidianos, esconden mucho más de lo que podría parecer a simple vista. Sin embargo, aquellas que parece que van a ser extremadamente profundas y que contienen, supuestamente, grandes decisiones o disputas, en ocasiones me resultan algo flojas, al pasar por encima de ellas de manera poco elegante y frívola. Y esto último es lo que me pasa con “Amsterdam”.

Sinceramente, esperaba mucho más de un relato que tenía todos los ingredientes para agradarme y hacerme pensar. Lejos de eso, me queda una sensación agridulce, mucha incertidumbre y ceños fruncidos a lo largo de su lectura, y la constatación de que la sutileza brilla bastante por su ausencia. De hecho, en ocasiones se mastican tanto ciertos planteamientos que resulta hasta molesto. La idea de si el fin justifica los medios, traída a raíz de un conflicto ocurrido en la trama, se plantea de una manera tan tremendamente obvia y extrema que le impide a uno empatizar con la crítica que se pretende hacer con ella. Y es que… ¡cuánto bien le habría hecho un poco de finura a este libro! Eso sí, aunque no lo parezca, lo empecé con toda mi buena predisposición y con un afán (quizá, un tanto excesivo) de que me gustara; puede que por eso la decepción haya sido mayor que la que me han producido otros libros por los que tampoco siento especial aprecio. Sin embargo, no por ello creo que las cuestiones que he señalado no hayan de ser tenidas en cuenta y pudieran ser advertidas igualmente por otros lectores. En cualquier caso, por no ser demasiado agoreros y acabar con una cierta nota positiva, diré que me interesa la defensa que se hace del paseo (y de la desconexión en general) como recurso para que ciertas ideas se hilen o como mecanismo para que aparezcan cuestiones que llevábamos tiempo buscando y no éramos capaces de atisbar en nuestro esfuerzo exhaustivo por encontrarlas.

No es la primera vez que me sucede esto que comento aquí con un autor o libro del que casi todo el mundo habla bien. En su momento, me ocurrió con Julian Barnes y su libro “El sentido de un final” (2011), al que quizá en algún momento dedique una crítica un tanto despiadada, y con “La flecha del tiempo” (1991) de Martin Amis, que fui incapaz de terminar de puro aburrimiento. Sin embargo, creo que rechazar a un autor por un solo libro no es estrictamente justo, por lo que a todos ellos les pretendo dar una segunda oportunidad (o tercera, si se tercia). Eso sí, como recomendación, desconfiad de aquellos que adoran en exceso a un autor, porque os pueden llevar a leer uno de sus libros con mucha ilusión y esperanza y, de paso, también a una decepción de dimensiones considerables. De todas maneras, también es cierto que hacer el esfuerzo de poner por escrito qué es aquello que no nos ha cuadrado de un libro y qué creemos que podría haberse hecho de otra manera es un trabajo que deberíamos hacer de vez en cuando. He aquí mi humilde aportación a la causa.

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