Sobre el conocimiento implícito. Primera aproximación

Después de unas ociosas navidades, volvemos con las energías renovadas y con una pequeña reflexión con la que empezar el año. Hoy vamos a sugerir unas notas sobre el conocimiento implícito o, también llamado, procedimental; es decir, aquello que aprendemos a través de la repetición y que, a la vez, no podemos recordar con claridad explícitamente en qué consiste. En términos sencillos, lo contrario de esto sería cuando uno se aprende un número de teléfono o una poesía, pues en esos casos parece que todos tenemos muy claro que lo recordamos. Sin embargo, quizá exista alguna otra semejanza con lo que hoy aquí tratamos más allá del procedimiento de aprendizaje basado en la reiteración. Ejemplos de aprendizaje implícito existirían muchos: desde aprender a montar en bicicleta hasta los deportes en general, pasando por cosas de tan distinto calibre como la mecanografía, que es lo que, de hecho, me ha suscitado el tema. Pero, antes de nada, delimitemos bien de lo que estamos hablando.

En un principio, este conocimiento implícito parece ligado a cuestiones que implican movimientos físicos con un cierto grado de rutina; eso sí, de una manera no demasiado estricta, dado que entre el aprendizaje necesario para montar en bicicleta y la técnica de la mecanografía existen diferencias evidentes. Por un lado, así como lo primero parece más bien una tentativa guiada por el fin de mantener el equilibrio, la mecanografía parte de la redundancia de un método que, al principio, dista mucho del fin; lo que imposibilita que pueda ser aprendido a través de la mera prueba y error. En este sentido, la mayor parte de los deportes funcionarían igual que la bicicleta salvo una excepción: las artes marciales. Estas no tienen un fin nada claro y, por eso, comparten con la mecanografía la necesidad de un procedimiento muy estricto de repetición para comenzar y guiar el aprendizaje.

Como siempre en esta vida, y dada la variedad de situaciones posibles, los casos singulares se mueven en una escala de grises; pero lo que está claro —y este es otro de los puntos importantes que queremos sugerir— es que el hecho de aprender resulta muy emocionante, ocurre sin que nos demos cuenta y, cuando sucede, parece algo súbito. Este es un momento que se siente como mágico, al pasar en pocos instantes del fallo recurrente y la frustración al éxito moderado y a la gratificación. Se viven meses de absoluto hastío hasta que, de repente, en un día cualquiera más de reiteración anodina, ocurre el milagro y somos conscientes, por ejemplo, de que ya escribimos a máquina o de que, al caer, rodamos por el suelo con una gracilidad radicalmente diferente al peso muerto que acostumbrábamos a ser. Lo más curioso de este hecho es que, al principio, cuando nos hacemos conscientes del misterio, lo perdemos; por eso nos resulta irremediable aprender el sutil juego de concentración y atención implícita necesaria para mantener en funcionamiento este conocimiento que hemos adquirido y que funciona, en apariencia, automáticamente. Esto resulta también muy fácil de ver cuando uno se acaba de sacar el carné de conducir: si piensa en cómo tiene que utilizar los pedales, se da cuenta de que no sabe cómo hacerlo; de hecho, es justamente cuando lo hace sin pensarlo cuando realmente los usa bien. Es una sensación extraña, aunque también extremadamente sutil y gratificante. De cualquier modo, no pretendemos que este artículo sea algo diferente a una mera primera aproximación. Lo importante de esto —al margen de estudiar el propio fenómeno, que, evidentemente, es una función biológica como otra cualquiera, cuyo estudio en profundidad interesará especialmente a los biólogos— es reflexionar sobre la relación que tiene con la rutina y la fisicalidad; analizando si, en el fondo, es un método de aprendizaje singular y, por tanto, propio de ciertos conocimientos o si, por el contrario, estamos hablando de las raíces del funcionamiento que subyace a todo aprendizaje.

Para llevar esta reflexión al extremo, pensemos en las matemáticas: un conocimiento que podría no tener nada que ver con los tratados hasta ahora. En apariencia, poco tiene que ver montar en bicicleta o aprender mecanografía con las matemáticas; pero debemos analizar esto con cuidado. Lo primero que parece evidente —y es candidato a ser una constante de todo aprendizaje ligado a cualquier tipo de conocimiento— es el hábito. Las matemáticas se aprenden haciendo muchas matemáticas. Si bien es cierto que leer y entender la teoría es importante, esto no sirve de nada sin altas dosis de insistencia en la práctica. De hecho, podríamos decir que, del tiempo total empleado, un 1% es leer nuevas ideas y un 99% repasar las ya conocidas. En este sentido, la diferencia fundamental parece radicar en que las matemáticas no implican un movimiento físico y se muestran como algo estrictamente intelectual. Sin embargo, la realidad es que, siendo honestos, es difícil hacer matemáticas sin un papel y un lápiz o, al menos, parece que no se pueden aprender ni enseñar sin recurrir a toscos métodos físicos que, seguro que para muchos, corrompen la perfección y la pureza de las propias matemáticas. Este tema lo dejaremos para próximos artículos; pero, en cualquiera de los casos, es indiscutible que, por lo menos en el aprendizaje del conocimiento más abstracto que conocemos, es indispensable una forma de repetición física. ¿No existe acaso un momento semejante a la caída exitosa cuando se resuelve por primera vez un problema que hasta entonces parecía imposible?

Yendo más allá, podemos pensar ahora en ciertos tipos de conocimiento que se alejan de la bicicleta —aunque, en este caso, no por abstracción, sino por naturaleza— como puede ser el conocimiento político o moral o, también, el conocimiento lógico. Lo que caracteriza a estos conocimientos, igual de prácticos que la bicicleta o la mecanografía, es que lo son a una escala muchísimo mayor y que, en vez de servir a un fin concreto, sirven a un fin universal. Estos conocimientos, además de partir de una teoría muchísimo más amplia y complicada, cuentan con una aplicación de iguales características. Sin embargo, ¿cabría pensar que el momento de avance peculiar, casi implícito, juega también en estos tipos de conocimiento un papel capital? Tenemos indicios de ello, en tanto que la reiteración es, al mismo tiempo, clave en su aprendizaje. De hecho, aunque sea una repetición ilimitadamente variada, existe: las ideas se entienden y afinan dándoles una y otra vuelta, discutiéndolas innumerables veces, no parándolas de escribir, y leyéndolas una y otra vez —tanto las propias como las de otros—. Y la fisicalidad, que es el otro factor del que hemos hablado, evidentemente, también… con el matiz de estar dándole vueltas a algo en soledad en nuestro fuero interno. ¿Pero no es esto un diálogo como otro cualquiera, aunque con la diferencia de que nuestro interlocutor somos nosotros mismos? Esta idea no es de las más descabelladas que se suelen escuchar entre los eruditos actuales cuando hablan de estos temas. De cualquier manera, resulta muy interesante de cara a depurar el método de estudio; ya que, si la rutina tediosa es fundamental y el aburrimiento a lo largo del tiempo es necesario para abonar el terreno y avanzar en el conocimiento, muchas de las ideas pedagógicas que guían nuestros programas de estudios estarían flagrantemente equivocadas al considerar la diversión y la inmediatez como cuestiones tan importantes. También puede ser que no sea una equivocación y lo que se busque con ello no sea un genuino aprendizaje, sino un simple adiestramiento. Intentemos no dejar este artículo en una nota tan baja… con todo, los mejores profesores de matemáticas o de física siguen manteniendo esa coletilla que dice: «Aunque no entendáis todavía bien lo que estáis haciendo, no dejéis de hacer ejercicios, que la mano aprende antes que la cabeza».


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