Flash Gordon conquista el universo (1940)

Hoy teníamos que traer una película representativa de ciencia ficción del primer lustro de la década de los años cuarenta. El problema es que tal cosa no existe o, de existir, es muy difícil de encontrar, peca de resultar algo periférica y, lo que es aún peor, no siempre contamos con una fácil disponibilidad para visualizarla. En esta época reinan las películas de ‘terror de baratillo’, siendo la gran mayoría de ellas refritos y plagios velados de Frankenstein y de El hombre invisible. Predominan los muertos vivientes, los trasplantes de cerebros y los científicos locos. Esta moda —surgida justo a la vez que se cuajaba la Segunda Guerra Mundial— no puede ser casual y, por eso, la analizaremos con más cuidado en futuros artículos. En cualquier caso, y por su relación con “Flash Gordon”, es una cuestión sobre la que hoy también reflexionaremos. Pero antes de hablar del futbolista interespacial más famoso e influyente del siglo XX, vamos a repasar rápidamente algunas de las películas de terror que, clarísimamente, no encajan nada bien con la ciencia ficción pura y que son, además, productos sin demasiadas pretensiones más allá de alentar —por primera vez, con aceptación social— el morbo de las aburridas clases medias, que poco quieren meditar sobre temas importantes y dolorosos como es el de la guerra.

Por poner los ejemplos más graciosos de la escuela del moderno Prometeo, tenemos desde “El fantasma de Frankenstein” (1942) hasta un sinfín de películas donde hay trasplantes de cerebros, electricidad y un parentesco de familia muy claro, tal como se reúne en la cinta “Return of the Ape Man” (1944), cuyo tema principal es revivir a un cavernícola congelado a través del famoso trasplante. También encontramos “The Jungle Captive” (1945), en la que se trata de revivir a la ‘mujer simio’ —aparecida ya en “Captive Wild Woman“ (1943)— mediante un trasplante de cerebro o “Jungle Woman” (1944), donde una mujer se trasforma en primate a través de cirugía… Sí, amigos, la sombra del doctor Moreau es muy larga; notándose, asimismo, en películas como “The Monster and the Girl” (1941), en cuya trama se trasplanta —otra vez— el cerebro de una persona a un mono o en “El hombre que fabricaba monstruos” (1941), que parece un intento poco inspirado de no plagiar el nombre, mientras reaparece el mismo tema de la electricidad como clave de la vida. A su vez, así como en “Voodoo Man” (1944) se quiere revivir a una mujer zombi, en “Viernes 13” (1940) se vuelve a trasplantar un cerebro, aunque, en este caso, es el de un mafioso. En los años cuarenta está claro que se pusieron de moda los trasplantes cerebrales, pero también los muertos vivientes sin este tipo de cirugía eléctrica tuvieron mucho sitio en cintas como “The Mad Ghoul” (1943) o “Revenge of the Zombies” (1943), que nos muestra a un científico nazi que quiere crear un ejército de zombis. También podríamos incluir aquí a la divertida “Entierro a medianoche” (1942),  donde los asesinados reviven en busca de venganza. Hay un montón más en esta línea, como, por ejemplo, “The Mad Monster” (1942); aunque todas tienen una calidad muy justita. Al mismo tiempo, encontramos la misma estrategia respecto al tema de la invisibilidad en películas como “El hombre invisible vuelve” (1940), “El espía invisible” (1942), “La venganza del hombre invisible” (1944)… sin olvidar tampoco “La mujer invisible” (1940). Es curioso constatar que, incluso en la edad de oro del cine, ya existía tan claramente la tendencia a la ley del mínimo esfuerzo a la hora de ordeñar al público.

En cualquiera de los casos, ante tal desierto de películas de ciencia ficción y originalidad, quedaba una opción, que no era sino la de considerar, extraordinariamente, algo que no fuera una película y, por lo tanto, que entrara en la categoría de serie. Por lo demás, es muy fácil de justificar, dado que “Flash Gordon” es, a todas luces, una historia de ciencia ficción —aparecen naves espaciales, tecnología futurista, cuestiones políticas interespaciales…— o, al menos superficialmente, en ella encontramos muchos de los elementos que definen el género. También es cierto que no es propiamente una serie, sino más bien una película muy larga de unas 4 horas de duración (siendo incluso menos si restamos los resúmenes del capítulo anterior que existen al principio de cada uno de ellos); además de que la acción salta de un episodio a otro con la premisa al final de cada uno de que ‘Flash está en peligro’, para luego empezar el siguiente donde se dejó el anterior y descubrir que está a salvo. A su vez, cabe señalar —sin destripar nada, pues se nota desde el principio—  que los episodios no se cierran en ningún sentido y que, por dicha razón, no pueden entenderse como trozos con una mínima independencia. Por lo tanto, considerada como una película, ¿qué nos puede aportar “Flash Gordon” como cinéfilos y por qué en algún respecto merece la pena recomendarla?

Sin entrar en los detalles de la trama, que son bastante superfluos, nos encontramos, en primer lugar, una obra que, sin quererlo, nos está hablando de la Segunda Guerra Mundial: desde detalles visuales, como el de los cascos de los soldados del ejercito de Ming y su parecido con los de los alemanes en la Primera Guerra Mundial, hasta, sin ir más lejos, el propio Ming, que es fácil compararlo con el estereotipo japonés de aquella época o con una caricatura de líder despótico, emparentada sin demasiada dificultad con figuras como Hitler, Mussolini o… ¿Konoe?, ¿Koiso?, ¿Suzuki?, ¿Tōjō?, ¿Araki?… Está claro que la individualidad en Asia se diluye. Probad a buscar al líder del Imperio Japonés y de la Taisei Yokusankai… comprobaréis que no es nada fácil. Eso sí, el símbolo es de los mejores, junto a la hoz y el martillo y la cruz gamada.  Por lo demás, a nivel de trama existen muchísimos detalles que lo relacionan con dicha guerra: desde la importancia de la tecnología para hacer armas hasta el tema de los experimentos con seres humanos, con mención especial al gas que mata a todos los que son críticos e insumisos. Pero, a nivel narrativo, no hay mucho que rascar más allá de buenos contra malos sin ningún tipo de matiz. Mientras que Ming es un personaje maligno sin fondo que quiere conquistar el universo y destruir la tierra, Flash es la encarnación del héroe americano —en el sentido más superficial, hombruno y estúpido de la palabra— que está aquí para salvar el mundo y ligar con su mera presencia.

No hay más… es tan torpe y pueril como parece. Son dos ciclos: el largo y el corto. El largo es cómo Flash vence a Ming y el corto es cómo Ming en cada capítulo parece que pone a Flash en un apuro para que, al principio del siguiente, quede claro que Flash es indestructible a la par que fuerte e inteligente. ¿Y por qué merece la pena? Porque es un ejemplo perfecto de lo que es y siempre ha sido el cine y, sobre todo y principalmente, el cine de ciencia ficción más comercial. Además, sirve para entender qué es “La guerra de las galaxias”… película que, por cierto, no sólo copia las icónicas letras del principio, sino la estrategia de dividirlo episódicamente, la idea del emperador en busca del arma definitiva, la importancia de las batallitas en naves espaciales y otros pequeños detalles, entre los que cabe destacar las videollamadas o el ruido de los bandidos Tusken y el sonido de Chewbacca, que están sacados de los hombres de piedra del episodio siete. Sin olvidar, claro está, la mezcla con fantasía medieval. “Flash Gordon” es la primera película de ciencia ficción que busca el mero entretenimiento y, en especial, el de los más jóvenes; siendo todo un éxito en tal empresa. No tiene pretensiones; destacando únicamente en unos cuidados efectos especiales. Eso sí, sin Flash Gordon no existirían ni Dark Vader ni Yoda y, por lo tanto, tampoco existiría el tópico de que las películas de ciencia ficción son un cúmulo de batallitas llenas de efectos especiales propias de niños e imberbes. De hecho, lo que no tiene esta película son ideas profundas, ni mucho menos un uso metafórico de su historia para reflexionar sobre algo. La pregunta del millón es si los episodios “Una nueva esperanza” (1977), “El Imperio contraataca” (1980) y “El retorno del Jedi” (1983) aportaron algo más o no. Porque lo que está claro es que, si lo aportaron, se perdió en las precuelas que vinieron después y se quedó enterrado con Disney. Hay que ver “Flash Gordon”; sobre todo, porque hoy se nota su influencia más que nunca… y como es de bien nacido ser agradecido, os dejamos el lugar donde se puede disfrutar con una calidad aceptable y un doblaje muy digno:

http://fisiones.blogspot.com/p/flash-gordon-1940.html

Dejamos para otro artículo hablar de los folletines del siglo XIX, porque está claro que, de alguna manera, son un pariente lejano del cine, aunque con unos genes recesivos muy poderosos.


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