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American McGee Presents: Bad Day L.A. (2006)

«Mata o cura zombis 0/10».

“American McGee Presents: Bad Day L.A.” (2006) es un videojuego de acción, en tercera persona, que intenta ser ofensivo y satírico. Tienes unas vendas para sanar, un extintor para apagar fuegos —y, también, para curar zombis: genialidad que probablemente se le ocurrió a alguien durante una tarde de bares— y unas cuantas armas. Cabe señalar que puedes saltar —recordemos que esa capacidad brillaba por su ausencia en la anterior obra de este autor— y que, si matas a quien no debes, sube una barrita de caos que provocará que aparezcan más enemigos; por el contrario, si haces cosas ‘buenas’, como sofocar incendios o enchufar a los zombis para que se recuperen, ésta bajará. Te vas encontrando con gente que te pide cosas, fundamentalmente matar a un número determinado de enemigos, y te hacen ver una peliculita improvisada, metida con calzador, para pasar de nivel. Además de esta estructura, que tendrás que repetir a lo largo de toda la historia, hay que añadir que, de vez en cuando, tendrás también que hacer frente a una fase en la que deberás llevar una torreta en un coche mientras disparas a todo lo que se mueve. Artísticamente, es la mediocridad más absoluta en cuanto a diseño de personajes y de niveles; siendo el sonido, para colmo, atroz. De entrada, no escuchas tus pasos y la mayoría de tus acciones no se oyen. De hecho, sólo existe una musiquita realizada en dos tardes por un becario, el estruendo de tus tiros —eso siempre— y, a veces, también el ruido de los enemigos; asistiendo, sin embargo, a muchos momentos en los cuales deja de sonar la música y en los que te deslizas en silencio hasta que escuchas tus disparos ante un pelele, de otros tantos, que es mudo y que muere con la máxima de las discreciones. Pinta maravilloso, eh… En fin. Comencemos.

«—¡Sálvame! Se me quieren cepillar.

—Y no son los únicos. ¡Atrás, zombis!».

Por lo demás, no hay historia: el sentido de lo que haces, y lo poco que tratas con ciertos personajes —de cartón piedra, por cierto—, es más bien un apaño hecho a partir del vídeo de introducción a la pantalla del menú inicial. En la susodicha introducción, vemos caer un avión, se estrella un tren, hay una lluvia de meteoritos, distinguimos un tsunami, etcétera. El juego es un conjunto de mapas trivialmente diseñados e inspirados en cada una de estas situaciones, y pegados con una escena cinemática, a cada cual más perezosa, para unir las diferentes partes. Valga de ejemplo de esto ese momento en el que coges un tren y, aleatoriamente, se estrella, o cuando te montas en un avión para que, después, casualmente, unos fumados con un lanzacohetes lo derriben. Si por lo menos valiera como entretenimiento recreativo sin pretensiones tendría un cierto pase, pero lo cierto es que las mecánicas de disparo son torpes e insulsas, convirtiéndose, muy probablemente, en uno de los juegos de acción más insípidos de la primera década del siglo XXI. No encontramos mucho más, salvo un intento fallido de ser rebelde, ofensivo, satírico y… ¿gracioso? Todo está diseñado pensando en un público microcefálico, con apuestas tan afiladas como que las revistas porno aumenten tu vida máxima, que por recoger banderitas de los Estados Unidos te den muchas ‘caritas sonrientes’ o que devolver a una madre a su hijo de una patada sea una manera adecuada de resolver una misión —pero, eso sí, a los personajes modelados como niños no les puedes matar…, porque, claro, somos rebeldes, pero lo justo; no vaya a ser que ofendamos realmente a alguien y que la gente se nos eche encima—. Al final, no escapa de ese lugar común tan cómodo desde el que se termina diciendo lo de siempre: que los americanos son brutos, belicistas y blablablá. Acaba siendo soez y feo a rabiar, además de provocar más vergüenza ajena que otra cosa.

«Chinga chicanos 0/12».

En el último tramo de sus sufridas 7 horas de duración empieza a tener errores, se cuelga y notas que falla. A esto hay que sumarle que la falta de sonidos se vuelve cada vez más acusada, evidenciando un hecho cristalino: que estaban casi seguros de que nadie iba a terminarlo. Pero un servidor lo ha completado, por curiosidad de ver cómo cerraban tal despropósito, y… estamos hablando de un 1 sobre 10 (y no le pongo un 0 porque, por lo menos, no es morboso y, gracias a Dios, está doblado al español con un mínimo, con un diferencial de gracia —de 100 chistes forzados, uno me ha hecho arquear una ligera sonrisa—). Ciertamente, algo así no se explica, salvo… que se aprovecharan de algún tipo de moda de esas que hacen que te quiten las copias de las manos o… que valoremos la posibilidad de que tuvieran contactos dentro del partido comunista que acordaran darles una buena subvención. También puede ser fruto de una campaña de micromecenazgo de esas gestionadas por manos de prestidigitadores, charlatanes y timadores profesionales —o cosas en la línea de vender humo, invirtiendo más en propaganda y en dar entrevistas que en la propia obra en sí, como ocurre en el caso de “No Man’s Sky” (2016) o de “Cyberpunk 2077” (2020): nunca compres un videojuego por más de 20€—. O, incluso, quién sabe, quizá se dediquen al blanqueo de fondos. En cualquiera de los casos, como mínimo hay que intentar mantener las apariencias y tener algo de vergüenza. En conclusión, no sé en qué estaba pensando el señor American McGee cuando puso su nombre a una obra de una calidad tan baja… ¡Ah, claro: estaba centrado en lo que cobraba a final de mes, prostituyendo su propio nombre y reputación! (Ahora, “Scrapland” [2004] brilla con el contraste que existe entre un 6 y un 8.) Yendo un poco más en serio, a veces —las menos— hay que enfrentarse a estas cosas para calibrar el nivel ínfimo de nuestra vara de medir, y…, Dios mío, ¡“Metal Gear Solid V: The Phantom Pain” (2015) no era tan malo! Y… “Metal Gear Solid V: Ground Zeroes” (2014) era algo más que venderte una demostración a 30 machacantes. Hacía como 10 años, con lo último de Command & Conquer —no reconozco eso llamado “Rivals” (2018)—, que no me enfrentaba a algo tan evidente.

«Parece que ya he acabado. Busquemos a una tía buena blanca a la que puedas llamar ‘mamá’».

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