Sobre carteles

No lo puedo entender, no me entra en la cabeza. Parecía que ayer el día se iba a levantar como otro cualquiera, es decir, con alguna noticia representativa y, como mucho, con alguna novedad deportiva. Pero no. Tocaba chascarrillo respecto a algún tropezón propio de los peleles que solemos tener como representantes políticos. Le tocaba a Podemos, tal y como hace unas semanas le tocó a Ciudadanos con el tema de Inés Arrimadas yendo a Waterloo. Nada nuevo bajo el sol. Sí, hablo del cartelito que anuncia la vuelta de nuestro amigo y compañero Pablo Iglesias bajo el lema “Vuelve”. 

De entrada, lo había dejado pasar. Pero, hace apenas unos instantes, mientras sopesaba lo aburrido que es leer la prensa en estos días, constato que la problemática al respecto gira sobre el machismo, supuestamente evidente y clamoroso, del mencionado cartel. Dado que esta cuestión desata en mis entrañas una mezcla de desesperación y risa negra de lo más desagradable, he decidido vomitar sobre estas líneas, en un ejercicio de evitar reducir dicho ensañamiento contra mi persona y, al menos, aprovechar para ponerlo en palabras. ¡¿Pero, cómo que machismo?! Machismo, no. En todo caso, personalismo o culto al líder. Esta faceta, que está volviéndose cada vez más evidente en el partido morado, es la que resulta “graciosa”; sobre todo, por la pérdida de vergüenza absoluta y la desfachatez de mostrar a nuestro camarada favorito interpretando su mejor papel como la estrella de cine que, de facto, es. Lo normal habría sido pensar que este cartel no fuera político, sino que coronara la fachada de un cine donde proyectaran el último taquillazo de superhéroes; pero, en ocasiones, la realidad supera la ficción. 

Resulta ridículo ver el nivel de ceguera generalizado, tanto por parte de unos como de otros. Eso sí, con una diferencia sustancial: la ceguera de los actores y guionistas es interesada, dado que el tema de moda, esa casilla a rellenar indiscutiblemente en el último año, es ponerse el lacito rosa. Y claro, qué bonito es aprovecharse de prejuicios y modas para atacar al enemigo; al margen de que una formación como la de Podemos viva, en buena medida, de alimentar estas trivialidades. 

¿Para qué sirve ser razonable? Últimamente, parece que para nada o, al menos, no para demasiado. La cosa va más encaminada a tirarse dardos, a quedar por encima a toda costa y a ver quién, a través de la persuasión más envilecida, consigue mover los sentimientos de una sociedad cada vez más infantilizada y manipulable… Armémonos de valor, porque esta campaña electoral o, mejor dicho, compañía actoral, apenas acaba de empezar. 3, 2, 1… ¡Acción!


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