Realidad y ficción: primera aproximación. Un apunte desde la imaginación animal hasta los mitos modernos

Hoy nos embarcamos en una de las cuestiones más interesantes que se pueden reflexionar: la diferencia entre realidad y ficción. Puede que, para el sentido común, sea una distinción en apariencia trivial; pero en el fondo encierra una infinitud de matizaciones, que resultan fundamentales tanto para la vida misma de cada uno de nosotros como para, siendo más específicos, la reflexión sobre el arte. Otro aspecto importante de este tema es que, de cara a enfrentarnos a las corrientes idealistas, subjetivistas, lingüísticas o posmodernas es una reflexión que hay que tener muy presente, al ser común entre ellas el coqueteo más o menos explícito con el relativismo, el cual niega la autoridad de la realidad y apuesta, en cambio, por una disolución, de alguna manera, de las fronteras de esta distinción.

Para empezar, consideraremos que “realidad” es aquello que vivimos en nuestro día a día y que compartimos con lo que, en su momento, pudieron presenciar los dinosaurios; esto es, más específicamente, el hecho de no parar de respirar y moverse de aquí para allá, comer todos los días y, eventualmente, morir. Por otro lado, consideraremos “ficción” justamente a lo contrario, a saber, eso que sobrepasa lo meramente vital sin por ello dejar de serlo. En este último apartado entraría todo lo dicho, escrito y creado en general, desde que sabemos que nuestra especie habla. En este sentido, podríamos pensar que el primer atisbo de lo ficcional apareció cuando el primer homínido le comentó a un semejante una previsión en futuro o una posibilidad en subjuntivo. Como siempre cuando cavilamos sobre el pasado más remoto, los límites serían difusos en el origen, pues para todo ser vivo motor, la imaginación como previsión de (por lo menos) rutas posibles e improvisación, de cara a situaciones novedosas, es el pan de cada día. Esta imaginación animal es una combinación intelectual original de recuerdos, que sirve para resolver problemas suprevivenciales muy concretos. Esto ya nos marca algo que compartimos con ellos: que la imaginación construye a partir de los recuerdos, y que las primeras ficciones humanas serían de cara a hacer previsiones o expresar posibilidades para resolver problemas supervivenciales concretos.

Partiendo de estas ideas nos damos cuenta de que lo ficcional es algo genuinamente humano, pero que en un principio se encuentra muy apegado a la realidad vital, en tanto que manifestación de futuribles y posibilidades. Por tanto, ¿cuándo podríamos delimitar con claridad que algo es ficción sin pretender que sea una previsión, una posibilidad o un deseo? Es una pregunta complicada. Para tratar de responderla creemos que es necesario marcar un paso intermedio entre los primeros homínidos, que hablarían de previsiones, y las películas de superhéroes, las religiones o los mitos. De este modo, sería interesante pensar el sentido de los mitos religiosos y del arte en las civilizaciones anteriores a la decadencia del mundo griego, que fue la que posibilitó el origen de la filosofía. En un principio, los mitos eran una parte de la realidad; los dioses y la magia existían, y la tragedia griega era prácticamente una forma de liturgia. Los poetas no creaban nada, sino que repetían los mitos; los cuales, en un sentido práctico, eran un compendio de conocimientos y sabidurías populares potenciados por la autoridad de una mística religiosa muy realista. En este contexto, todo era real y el mundo era eterno; o, siendo más exactos, la distinción entre realidad y ficción no existía. Nadie cuestionaba los mitos, que se erigían como el eje de la educación de las nuevas generaciones. En este sentido, podríamos pensar que esas primeras previsiones y deseos de las primeras poblaciones humanas fueron sedimentando en un conocimiento oral popular, supervivencialmente imprescindible; el cual, una vez olvidado su origen, se puso en manos de los dioses y su leyenda. De esta manera, el arte y la ficción estaban al servicio de mantener estos mitos por la eternidad; quedando esto muy bien ejemplificado en la cuadrícula egipcia. Por eso no había ningún interés en basarse en la realidad natural, pues el objetivo último era mantener la sabiduría popular y el poder de los dioses, para así mantener la sociedad ordenada en unos tiempos donde la supervivencia no estaba tan asegurada.

Podemos pensar que esto se empezó a deshacer en la antigua Grecia por muchas razones. Una de ellas podría ser la localización geográfica privilegiada, que ayudaba a no tener que preocuparse tanto por la supervivencia, o también podría ser justamente por lo contrario, es decir, debido a la guerra. El conflicto entre civilizaciones muy poderosas en el mediterráneo era tal, que se volvía necesario mediar entre mitos muy distintos; pues mantener algunos de ellos sólo era posible a costa de destruir otros. Otra coyuntura que favoreció poner en duda la veracidad de la palabra de los poetas era que, al fijar la escritura griega, se empezó a poner de manifiesto que los mitos no se contaban igual en todos los lugares y, por lo tanto, afloró el problema de cuál era la manera verdadera y canónica de contar los mitos. Tampoco debemos olvidar el origen de la filosofía (que no es sino el preguntarse qué son todas las cosas, en contra de la tradición mitológica), en un mundo en el cual se necesitó de gran parte de la población para luchar en la guerra sin cuartel, ganando derechos por su participación, y poniéndose en cuestión que las virtudes y la capacidad intelectual fueran propias de los aristócratas de descendencia divina. En este sentido, se produce casi a la vez la primera crítica a los mitos; la búsqueda del verdadero sentido de la virtud, la verdad, la belleza, etc.; y el paso de la tragedia tradicional a la comedia. Aristóteles es el maestro que destila en su Poética por primera vez el sentido más profundo y actual de la noción de ficción, la cual está basada en las acciones de los hombres en el mundo real a través de la verosimilitud. Esta es una cuestión que ya podemos aplicar sin problema a la ficción actual: si una ficción no es verosímil, no es ficción, sino delirio. El principio de verosimilitud es coherente con el origen de la ficción que hemos especulado en el principio, pues las previsiones que buscan solucionar problemas futuros han de ser verosímiles, si pretenden solucionar los problemas que están por venir. Los mitos, por tanto, también deberán ser necesariamente verosímiles, si lo que buscan es tener la capacidad de ayudar y cohesionar a las sociedades antiguas.

Planteado, ahora sí, el mapa general y la génesis de qué es lo que llamamos ficción, podemos intentar aportar ahora algo de luz sobre esta distinción. Toda ficción es heredera de los mitos; por no decir que el ser humano y, en consecuencia, las sociedades, somos también herederas de ellos. De este modo, resulta comprensible que la ciencia aristotélica fuera olvidada y que los diálogos platónicos tuvieran siempre gran éxito. La ciencia es fría, tediosa y al alcance de muy pocos; en cambio, un mito es cálido, entretenido y al alcance de la plebe. En este sentido, la ficción nunca se superó, debido a que era la mejor manera de trasmitir ideas al común de los mortales y, por eso, ha pasado de estar en manos de las élites religiosas en las civilizaciones antiguas a estar en manos de las elites económicas en el mundo actual. Es por eso que tiene todo el sentido del mundo la recurrente intención por parte de los poderes fácticos de controlar la ficción. La Ilustración nunca se hizo masiva, ni la crítica llegó a todos. Hoy en día, cuando está más que nunca asentada la muerte de Dios y cuando los seres humanos, en general, aún siguen necesitando (incluso más que nunca) algún tipo de guía; en vez de darles la crítica y el conocimiento para lidiar con la conflictiva realidad, resulta mucho más fácil y rentable crear un nuevo mundo mitológico para que, a través de la repetición, como ocurría en la antigüedad, la plebe sepa qué hacer y pensar.

Por todo esto es necesario defender la independencia de la ficción; porque, al igual que la crítica, es necesaria para evitar el atontamiento generalizado y el totalitarismo. Escritores y demás artistas que, en vez de contar sus ideas directamente las ponen en práctica en mundos ficticios que tienen todo de irreal menos su verosimilitud, tienen mucho que decir en los tiempos que corren. La verosimilitud no es otra cosa que la coherencia con la humanidad y sus problemas reales; los cuales, en el mejor de los casos, están en una resolución inestable y son siempre susceptibles de quebrar. Es inocente pensar que, a día de hoy, el común de los mortales esté preparado para la reflexión en frío; nunca lo ha estado y parece utópico que en el futuro lo vaya a estar. La ficción debe ser independiente y, paradójicamente, estar al servicio de la verosimilitud; buscando siempre aportar ideas sobre el quehacer humano.

Podríamos decir que la ficción debe estar al servicio de la realidad, al servicio de la naturaleza humana; pero no hablamos aquí de la realidad o naturaleza humana habitualmente defendida por los plutócratas, sino de esa búsqueda de la realidad para entender la naturaleza humana que empezó en tiempos de Sócrates y que la ficción debe aportar su granito de arena por retomar. Y esto no puede hacerse si no es con valentía y muchos errores, y evitando, ante todo, rendir pleitesía a la tradición dominante. Hoy en día esta tradición no es otra que la racionalidad pragmatista, que plantea el valor en efectivo como única realidad con autoridad y que disuelve cualquier crítica en el subjetivismo relativista, que emerge funcionando como un mito fundacional. “Llega a ser lo que eres”, “haz lo que quieras”, “todo el mundo es libre de hacer lo que quiera”, “todo el mundo es libre de decidir qué hacer con su vida”. Todos estos mantras serían pasables si realmente existiera la posibilidad de decidir y querer otra cosa que no sea trabajo a cambio de dinero para consumir. El mito actual es perverso: nos engaña al decirnos que nosotros somos los dioses, que nosotros decidimos y que creamos lo que somos; cuando todo esto es imposible. Todo nos llega de fuera, de otros. Si no somos críticos, terminaremos tomando la única posibilidad que se muestra y, para colmo, creeremos que es una manifestación genuina de nuestra propia individualidad.

Por eso es importante la libertad de expresión, por eso es importante que el arte y la ficción se atrevan a romper barreras y no se arrodillen ante cualquier interés impuesto. Pero claro, nos encontramos en este punto con la otra cara de la moneda: la posmodernidad; la cual se vuelve, o bien un delirio fetichista para gente acomodada, o bien un aliado encubierto del pragmatismo. La ficción debe ser libre y romper barreras, pero con sentido. De cualquiera manera, tenemos que tener en cuenta que puede ser peligroso que la máxima consista en romper todas las barreras, perturbar todas las convenciones y destruir todos los dogmas. Esto es así porque se podrían atacar, por ejemplo, las ideas de responsabilidad, de bien, de justicia o de amor, sin un sentido más allá de la mera destrucción; es decir, como si todo lo humano, por el mero hecho de serlo, fuera un residuo por superar. Pretender romper con todo es equivalente a no romper con nada; y, por lo tanto, resulta ser la postura más legitimadora.

Hacer ficción es tan difícil como pensar y, por lo menos, tan complicado como hacer ciencia; pues se debe partir de la realidad para crear algo que la explique, retorciendo sus leyes, pero sin llegar a romperlas. Un buen ejemplo son los trabajos de Andy Goldsworthy, el cual podría entenderse como un creador original, en sus dos acepciones: en lo relativo al origen de la creación en general, y en su carácter muy novedoso e inventivo. Podemos tomar uno de sus huevos (o semillas de piedra) como ejemplo. Desde el punto de vista de la ficción, la verosimilitud sería que no se puede construir la estructura del huevo de cualquier manera: dependiendo de las características del suelo y de la piedra del lugar, Goldsworthy debe hacer varios intentos para adaptarse a las características de la materia prima que está trabajando y, así, construir su obra sin que se venga abajo. Desde el punto de vista de la ciencia, debe conocer las características, principios y leyes que rigen la naturaleza que trabaja, para así poder contruir el hipotético huevo que pretende crear. Existe una interesante relación entre ficción y ciencia, aunque sólo sea que toda hipótesis científica, antes de ponerse a prueba, es ficción. En cambio, el arte nunca puede dejar de ser ficción. Por ejemplo, en el cine, cuando se pone a prueba un guion, se crea una película; y, por lo tanto, como mucho, podríamos afirmar que la película sería un grado menos de ficción respecto al guion.

A partir de esta reflexión se podrían desarrollar, y eventualmente desarrollaremos, muchísimos ramales; pero lo que está claro es que la ficción es fundamental para el hombre. Quizá podríamos pensar que, cuando la imaginación crea hipótesis verosímiles respecto a problemas prácticos aplicados a la técnica, hablamos de ciencia; y que, en cambio, cuando queremos resolver problemas igual de prácticos, pero más sutiles, en la singularidad de la vida humana, hablamos de arte. Cuando esta sabiduría práctica era la sedimentación generacional de una civilización, hablábamos de religión. Ahí, por tanto, no se veía la génesis ficcional ni tampoco existían barreras claras con lo real. Pero, cuando el ser humano se da cuenta de que los mitos no son otra cosa que creaciones humanas, reconoce su capacidad para criticarlos y, así, empieza la filosofía; que da pie a todos los conocimientos ordenados, es decir, a la dialéctica y a la ciencia. Es en este momento cuando nos vamos haciendo conscientes de nuestra capacidad de creación, eso sí, asumiendo también el peligro de confundir la capacidad de crear mitos con ser los protagonistas de los mitos. Resulta paradójico que el racionalismo, a la vez que nos libera del despotismo de los dioses, pueda favorecer al mismo tiempo el error de considerarnos como tales. Por eso es tan importante tener claro qué implica la verosimilitud, pues es la clave para que cada cosa esté donde debe de estar. Existen unas leyes sutiles, pero inquebrantables, que se deben respetar si no queremos caer en el delirio de creernos dioses. Son leyes difíciles de conocer en su totalidad, pero no por ello dejan de regir la realidad y nuestras vidas como parte de ella. La ficción no es sino una herramienta más para pensar y, sobre todo, sirve para que ciertos pensamientos fríos y tediosos le resulten asumibles a la masa.

Empezamos con la imaginación como construcción novedosa en base a la memoria; después, llegamos a predecir en base a lo vivido; continuamos más tarde con la creencia basada en el mito y con la posterior fractura de la realidad en lo eterno y lo creado; y, por último, creamos en base a la experiencia finita y al conocimiento de lo eterno. Todo comienza con la relación entre imaginación y memoria, que no puede sino ser una función biológica (el sutil desarrollo de las leyes físicas reales y eternas); y, en la actualidad, creamos arte y ciencia con ayuda de la ficción, y mantenemos la verosimilitud con ayuda de la historia. Existe una dependencia entre realidad y ficción, pero reconociendo una radical distinción entre ambas. Este conflicto nace con lo seres vivos y se materializa con el hombre; en tanto que somos capaces de conocer la realidad, hipotetizar sus leyes y, en base a ello, intentar ensayar lo que pensamos como ficción insertándolo en la propia realidad. Somos mucho más que un animal, pero mucho menos que un Dios. Ser artista, científico o cualquier tipo de pensador en general es muy difícil; y esto es así porque la primera ley de la realidad es que todos morimos y que, para crear con verosimilitud, hay que actuar sin llegar a conocer lo suficiente y sin saber si lo creado aguantará el temporal.


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