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Juego de Tronos (2011 – 2019)

Nos encontramos ante una de las series más importantes y con más repercusión de la década. Hay quienes hablan de que estamos ante “La Guerra de las Galaxias” de las series, y no les falta razón. Se ha hablado y se hablará mucho más de “Juego de Tronos”, además de que su influencia se notará por muchísimos años. En este sentido, la comparación con la trilogía clásica es evidente, pero me temo que también con la trilogía mediocre que vino después y con el esperpento de los últimos productos de Disney. “Juego de Tronos” nos regaló una de las mejores adaptaciones de una obra literaria al medio audiovisual, en este caso, en forma de serie. Sobre la base de una buena historia de luchas de poder y con unos personajes creíbles, interesantísimos y con mucho fondo, se crea una obra audiovisual con un guion portentoso, una banda sonora de esas que marcan época, y una fotografía y apartado técnico impecable. Estamos hablando, sin lugar a dudas, de las primeras cinco temporadas y del final de la sexta. “Juego de Tronos” en estas temporadas puntúa muy alto; tan alto como “Breaking Bad” o “Utopía”, pero con mucha más ambición.

En esta serie descubrimos una historia con múltiples tramas interrelacionadas y muy bien construidas. Los personajes, verosímiles, variados e interesantes, progresan en arcos ejemplares mientras se desarrolla una historia con intriga, ritmo y una localización tremenda. Pero, llegados a la sexta temporada, se nota un clarísimo bajón, sobre todo, a nivel de guion; aunque es cierto que consigue salir a flote por sus dos últimos capítulos. Esto coincide con el momento donde se separa la ficción cinematográfica de la literaria, dado que los libros del final de esta historia no estaban escritos. Después, llegamos a una desesperante séptima temporada con muchos problemas y deudas, que no sólo no se saldan en la octava, sino que se acrecientan: es ahí donde se comprueba la definitiva decadencia hasta la catástrofe de esta serie, que lo prometía todo y que, finalmente, se quedó en nada. La culminación de toda obra es el momento más delicado e importante, pues ahí puedes o multiplicar por 10 o dividir entre 100; en este sentido, “Juego de Tronos”, al descuidar su final, ha quedado por detrás del resto de grandes series, cuando tenía en la sexta, al alcance de su mano, coronarse como la mejor. ¿Qué ha pasado? ¿Los guionistas no estaban a la altura para volar sin los libros?, ¿ha tenido algo que ver la producción?, ¿ha influido su masificación? Ahora lo veremos.

Antes de nada, conviene analizar quiénes están detrás de esta serie. Lo primero que nos encontramos son dos personajes que llevan el título de “creadores”: hablamos de David Benioff y D. B. Weiss. Al parecer, son los máximos responsables y los que coordinan la fiesta, sin olvidar que han escrito gran cantidad del guion de la serie a lo largo de las ocho temporadas. El primero es reconocido por ser el guionista de “Troya” (sí, la de Brad Pitt) y “X-Men Origins: Wolverine” (sí, ese momento a partir del cual “X-Men” pasó de ser una película juvenil de calidad a ser un producto mediocre más). Por otro lado, D. B. Weiss es conocido por ser el responsable de una adaptación del juego de “Halo” que nunca llegó a suceder (gracias a Dios) y de la precuela de “Soy Leyenda”; que, para nuestro regocijo, corrió la misma suerte al quedarse en una mera peliculilla de tarde. Comprobamos, pues, que del lado de los “creadores” no hay ni demasiada originalidad ni demasiada genialidad. Analicemos ahora al resto de los guionistas (que son bastantes) encargados de vertebrar la serie. 

El que ha participado en más episodios (unos cuantos de la quinta, uno de la sexta, dos de la séptima y el primero de la octava) es Dave Hill. Es un guionista al que no conoce ni su madre, así que empezamos bien. Luego está Bryan Cogman, que tiene episodios sueltos en todas las temporadas y que es tan desconocido como el anterior. A su vez, está Gursimran Sandhu, que ha colaborado en cinco episodios de la octava y que, por tanto, se le puede señalar como a uno de los culpables de esta debacle. Este último tampoco es nada conocido ni ha hecho nada demasiado relevante. ¿Por qué contratar a guionistas tan novatos para coronar la serie de la década? Buena pregunta. Continuamos con Ethan J. Antonucci, el cual sufre de lo mismo que el anterior: cero experiencia más allá de los cuatro capítulos de la octava que ha co-escrito. Vamos muy bien. Luego queda Vanessa Taylor, que trabaja en dos de la segunda y en uno de la tercera, y que es conocida por participar en “La Forma del Agua” y en la nueva de “Aladdin” (película que todos necesitábamos, claro está). Y, para terminar, nos encontramos, en unas condiciones semejantes a la anterior, con Jane Espenson, que trabaja en uno de la primera y que es conocida por escribir en “Buffy, cazavampiros”. Guionistas de calidad, como uno puede comprobar. Resulta evidente que trabajar sobre el libro de George R.R. Martin ayuda. Espera, espera… que George R.R. Martin, el verdadero padre de la criatura, también trabajó en los guiones de algunos episodios… de la primera, la segunda, la tercera y la cuarta temporada. Ah, menos mal. Eso explica mucho mejor las cosas. 

Llegados a este punto, analizar los 17 directores que han interpretado el guion no creemos que sea demasiado ilustrador; primero, porque no hay ningún director especialmente interesante y, segundo, porque si el guion es suicida, ni el mejor director te lo puede salvar. Con todo, sí que es cierto que, en general, tienen mucha más experiencia que los guionistas. Alguno como Timothy Van Patten, Alan Taylor, David Nutter, Jack Bender han trabajado en “Los Soprano” o “The Wire”, pero también en “Sexo en Nueva York”, en “Terminator Génesis” o en “Thor: El mundo oscuro”; películas, por cierto, nada reseñables. Hay gente de “House”, de “Expediente X”, de “Perdidos”, de “Westworld”, de “Centurión”, de “The Walking Dead”, de “Better Call Saul” o de “The Leftovers”; es decir, un batiburrillo tremendo. Creemos que la dirección de “Juego de Tronos” ha pivotado entre normal, buena y muy buena y que, por tanto, no es ni la causante de lo mejor de esta serie ni la clave para la debacle final. El episodio tercero de la octava temporada tenía una muy buena dirección, pero también el segundo parecía que iba a marcar un cambio a mejor en cuanto a guion se refiere, en comparación con todos los de la séptima y el resto de la octava, y al final se quedó en un prometer mucho para defraudarnos después.

Como hemos visto, el punto flaco no ha sido de dirección, sino de guion. El guion de la séptima y de la octava temporada es muy malo y tira por tierra el desarrollo de muchos personajes, como el de Jaime o el de Daenerys, por tomar dos ejemplos de los más dolorosos. Uno, porque tenía que haber muerto ante los caminantes blancos y la otra, porque una de dos: o la construyes más gris y profunda desde el principio, o no haces que se le vaya la cabeza gratuitamente. Además, desde la séptima temporada se fuerzan ciertos acontecimientos de manera atropellada y poco creíble, como el idilio entre Jon y Daenerys; también se vuelven triviales casi todos los diálogos de Tyrion, reduciéndolo a una sombra de lo que fue; se maltrata y termina la trama principal del Rey de la Noche sin darle la profundidad que requería; y otros tantos miles de detalles que minan el guion desde la sexta temporada. El problema principal es que los guionistas no han sabido estar a la altura de continuar con la historia sin el apoyo de los libros. Y la pregunta es: ¿por qué no buscaron buenos guionistas, con experiencia, para terminar las últimas temporadas?, ¿por qué no se tomaron más tiempo, si clarísimamente estaban teniendo problemas? Podrían haber esperado a George R.R. Martin, por ejemplo.

Pero claro, la producción sólo busca dinero, y “Juego de Tronos” se venía poco a poco convirtiendo en un fenómeno de masas. Por lo tanto, que se alejase de ser una obra de arte por ser una mera inversión era algo esperable. Los creadores no son autores comprometidos y no iban a arriesgar nada; decidieron ser cobardes y elegir por comité cómo se iba a desarrollar la trama, en base a estudios de mercado, para que luego un becario lo pusiera en negro sobre blanco. Esto es lo que ha matado a “Juego de Tronos”. Lo extraordinario y elogiable es que duraran cinco temporadas mantenido el tipo y supieran adaptar tan bien la obra de George R.R. Martin. Pero, teniendo en cuenta cómo se han desarrollado los acontecimientos, sólo hay dos opciones: o la obra de George R.R. Martin es tan buena que es difícil adaptarla mal, o en las primeras temporadas se alinearon los astros tipo “El club de la lucha”. Si a esto le sumamos que HBO fue comprada en 2018 por AT&T, y que la idea era acercarse al modelo de Netflix y olvidarse de aquello de: “Más no es mejor, sólo mejor es mejor”, que decía Richard Plepler, director ejecutivo que hace poco dejó la compañía (supongo que por no aguantar lo que estaba haciendo con ella la “telefónica” estadounidense); la autopsia está clara.

Lo triste es que era bastante inevitable. Si “Juego de Tronos” hubiera caído en unas manos más respetables desde el principio, se hubiera llevado con más calma y, en el caso de no saber cómo seguir, habrían esperado a que acabaran de escribirse los libros. Quizá, en ese hipotético caso, hubiéramos disfrutado de la mejor serie jamás creada. Pero, como dice el refrán: «Si mi padre tuviera manillar y ruedas no sería mi padre, sería una bicicleta». Esto se ha hundido y hay que asumirlo. Igual que “La Guerra de las Galaxias” podría haber evolucionado a mejor, pero no lo hizo, y ahora tenemos una parodia multimillonaria que no llega ni a entretenimiento infantil. El capital es el capital, y hace falta tenerlos blindados para trazar una línea en el suelo y no sobrepasarla. Es inevitable, tal y como funciona hoy el mundo, que terminen haciendo un ‘reboot’, una secuela tardía o una precuela de “Regreso al Futuro” y de “Matrix”. Lo bueno es que la solución es fácil: hay que abstenerse de ir al cine y no gastarse ni un duro en estos productos hiperprocesados y sin alma; hay que evitar verlos y procurar no hablar de ellos. Repitámonoslo mil veces: no hay que consumir, no hay que consumir, no hay que consumir. Lo que debemos hacer es disfrutar con inteligencia cuando las cosas pasen de moda y el gasto sea razonable. Y, si un día es necesario por alguna razón criticarlos, los piratearemos o compraremos de segunda mano con gusto y alevosía; eso sí, mientras no vivamos en un estado totalitario o no nos hayan terminado de timar con las subscripciones y todo sea alquilado.

En fin, no acabemos con una nota negativa. La verdad es que, hasta la sexta temporada, “Juego de Tronos” ha sido ejemplar, regalándonos un disfrute cinematográfico de primera calidad. Otro ejercicio de libertad y rebeldía es garrapiñar lo que nos interesa y dejar el resto; no siendo esta situación ni la primera ni la última vez que ocurre. Consideremos que “Westworld” sólo tiene una temporada, al igual que (tristemente) “El cuento de la criada”; sin olvidar “Cuéntame cómo pasó”, que, como mucho, tiene 17. Quedémonos con eso y dejemos el resto. Quizá sea buen momento para volver a “The Wire”, para volver a los clásicos en general y, cuando se nos haya olvidado ese indiferente y ridículo final, volverla a ver y disfrutar como el primer día de las maravillosas primeras cinco temporadas, coronadas por una sexta dignísima con un final que aún nos hará soñar con lo que pudo ser y no fue.

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