Michael J. Sandel. Lo que el dinero no puede comprar: los límites morales de los mercados (Conferencia 2019)

La semana pasada tuvo lugar una conferencia del aclamado Michael J. Sandel, en la Universidad Complutense de Madrid, titulada “Lo que el dinero no puede comprar: los límites morales de los mercados” o como les gustaría a los pedantes: “What money can’t buy: the moral limits of markets”. Reconozco que no soy muy ducho en este autor: no me he leído ninguno de sus libros y, salvo lo que se puede leer en prensa, le conocía solamente de oídas. Pero teniendo en cuenta que hay quienes dicen de él maravillas y que se le considera ‘el filósofo que llena estadios’ o, incluso, ‘el filósofo que llena a reventar’, y que le fue concedido el Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales el año pasado, al igual que en otras ocasiones se lo dieron a autores como Jürgen Habermas  (2003) o José Luis Pinillos (1986), no me pude resistir a asistir a una de sus aclamadas conferencias. De entrada, nos encontramos con un salón de actos completamente abarrotado que, según datos oficiales, tiene un aforo para 385 personas. Por tanto, en lo que respecta a la parte de la cantidad, vemos que cumple con lo prometido; pero ¿y la calidad? Entremos en materia. 

La conferencia empieza con una petulancia y liturgia bastante pegajosas, poniendo al susodicho autor como la segunda venida de Jesucristo y sin escatimar en peloteo y discursitos en inglés. Se le hace la entrega de una distinción por parte de la “REF” (Red española de Filosofía), con un mamoneo a la altura de cualquier asociación de amigotes que se lo llevan crudo, y de unos obsequios bastante ridículos, donde destaca un cuadro en el que aparece él mismo con frases alrededor al estilo Mr. Wonderful. Empiezo a sospechar que alguien que tolera esto, o aún no es nadie para evitarlo, o no le molesta; teniendo que dirimir esta cuestión a lo largo de una conferencia que ya está tardando mucho en comenzar. Sandel empieza a hablar y no se le escucha bien; hay problemas de audio, problemas con la traducción simultánea, y nos pasamos, fácilmente, unos muy buenos quince minutillos intentando resolver estas complicaciones. En este punto, tanto aspaviento e importancia impostada empiezan a parecer ridículos. ¿Somos nuevos? ¿Tan difícil es tener un juego de micros a punto para la visita del gran Sandel?

Resueltos los problemas técnicos, empieza la conferencia y nos encontramos con una de las mejores perlitas de toda la charla: cuando el amigo no ha hablado ni cinco minutos, comenta que uno de los mayores problemas a día de hoy es que las democracias occidentales han favorecido que una élite económica se enriquezca, dejando de lado a los ciudadanos de a pie y provocando un descontento generalizado entre dichos ciudadanos; a los cuales identifica, por cierto, con todos nosotros, incluyéndose también a sí mismo. ¿Perdona? ¿Un profesor de Harvard que da clase a los hijos de las élites del país más poderoso y plutócrata del mundo es un ciudadano ‘normal’ en contraposición a las élites económicas? Cuéntame lo que quieras, ¡oh, gran filósofo que llena estadios!, pero si, de entrada, no aciertas a ubicarte socioeconómicamente, cuando das clase en la universidad más cara del mundo, empezamos fatal. Dos posibilidades: o tu filosofía es un idealismo que se hace desde Júpiter, o eres un interesado deshonesto con poco más que dotes de oratoria y erudición.

Seguimos con la conferencia y, después de hablar poco menos de diez minutos, empieza a interpelar al público para hacer una especie de debate e ir recogiendo las opiniones que la gente con más cara se atreve a comentar. El esquema es sencillo: propone un dilema, pide al respetable que levante la mano para expresar si está en contra o a favor, y, después, les pide a algunos de un lado y de otro que den las razones que les han hecho decantarse por una u otra opción. Los temas tratados fueron varios: la defensa del rinoceronte negro a través de subastar matar a uno viejo; la emisión de CO₂ relacionada con la polémica de la compra de cuotas a países pobres; la cuestión de los refugiados aplicada a una ciudad que prefiere pagar una multa por no admitirlos, que admitirlos; y el tema de los vientres de alquiler. Evidentemente, un servidor se abstuvo de levantar la mano en todo momento. ¿Por qué? Porque los temas planteados son complicados y sutiles, y resulta, así en frío, casi imposible manifestar estar a favor o en contra. A su vez, el hecho de proponerlos como dilemas es una reducción muy poco filosófica y, a todas luces, falaz. Eso sí, la gente se lo estaba pasando estupendamente; que es, a fin de cuentas, de lo que parecía que se trataba todo.

Después, la realidad es que los temas tenían poco que ver entre sí, más allá de ser ejemplos de dilemas morales. ¿No comentaba Aristóteles que hacer uso de demasiados ejemplos era propio de quienes no confiaban en las capacidades intelectuales del interlocutor? Por favor: de entrada, expón tus argumentos e ideas y, si es necesario, pon algún ejemplo; pero no al revés. Se supone que una conferencia en el Paraninfo de la facultad de Filosofía consta de un público mínimamente culto y versado en el arte de la dialéctica. Además, si te gusta tanto la participación, ya te preguntarán cuando algo no quede claro; siendo ése, por cierto, el momento perfecto para poner ejemplos, en caso de que sea necesario.

También hay que destacar el ambiente de total vasallaje al inglés por parte de la gran mayoría de los que participaron. Alguno tendría pase, por tener un inglés a la altura del conferenciante, pero la gran mayoría iban muy justitos y demostraban un resentimiento propio del ‘españolito medio’ de nuestro tiempo. Había traducción simultánea, y el propio Sandel no paraba de recordar que podíamos participar en nuestra lengua materna, para darle un poco de profundidad al coloquio. Sin embargo, la realidad es que, entre muchos ‘if if’, las intervenciones fueron, en general, bastante mediocres y predecibles; más o menos en la línea de lo que se lee en el periódico o en Twitter. Sólo destacaron dos intervenciones: una de una chica que nos recordó, de cara al tema de la maternidad subrogada, la importancia del vínculo madre-hijo (sorprendentemente, en un clarísimo castellano); y la de un chico negro que se mostró a favor de esta práctica, pero intentando dar argumentos que apoyaran su postura. Sí, la vida es paradójica, pero no carece de sentido. Es comprensible que alguien que aún tiene cerca generacionalmente la ausencia de hispanidad, cuando la consigue y es un español de pleno derecho, además de hablar con voz grave un precioso castellano, lo valore y dé un paso al frente con orgullo. Es patético, a la par que triste, el resentimiento del ‘españolito medio’ acomodado cuando gusta de demostrar que sabe inglés; por no decir que resulta sencillamente ridículo. Ya lo decía Bismark: «Estoy firmemente convencido de que España es el país más fuerte del mundo. Lleva siglos queriendo destruirse a sí misma y todavía no lo ha conseguido».

Concluimos, pues, que, si nos quedáramos con lo dicho genuinamente por Sandel, restando su labor como mediador de debates, la repetición de lo dicho por el público y sus agradecimientos, nos quedarían poco menos de veinte minutos (y siendo generosos). Desde el conocimiento y la experiencia de alguien que se dedica a tiempo completo a esto de la intelectualidad, mi opinión es que, salvo una pequeña reflexión sobre por qué las multas pueden no disminuir lo que pretenden castigar, no le escuché nada valioso ni original. Reconozco que es cierto que consigue congregar a un buen puñado de personas, pero eso se debe, en buena medida, a que es un buen mediador de debates y tiene talento para hablar en público. Aunque, eso sí, a ratos parecía que, en cualquier momento, iba a empezar a hablar del nuevo iPhone. En cualquier caso, ni de lejos me parece ese pensador rompedor e interesante del que se suele hablar.

Además, si das clases en Harvard tan multitudinarias que tienes que rifar las plazas y llenas estadios, llámame loco, pero tu pensamiento no puede ser demasiado radical. Supongo, pues no es muy difícil, que sus libros estarán mejor que esta pobre conferencia. De cualquier manera, creo que, existiendo tantísimos pensadores (vivos y muertos) más interesantes, radicales y valientes, no le veo sentido (al menos, por ahora) a dedicarle a este autor más tiempo que las dos horas que duró esta conferencia, la cual quedó reducida a una tibia recapitulación de lo dicho por una mayoría de jovenzuelos (y no tan jovenzuelos) resentidos con su idioma materno.


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