Aelita: Reina de Marte (1924)

En el anterior artículo de esta serie dedicada a los clásicos de la ciencia ficción tratamos la primera obra de la historia del género; hoy, en cambio, hablaremos sobre la primera de la otra historia del siglo XX. Esa historia que dio incansable su particular réplica a todo lo que implicó el siglo. Hablamos de la Unión Soviética; el otro Occidente que ganó la Segunda Guerra Mundial, se elevó como último representante de otra manera de entender la civilización para finales de siglo, y terminó en ese oscuro octubre de 1993. Muchas son las películas soviéticas que merecen la pena, siendo “Aelita”, posiblemente, la primera de todas ellas. Queda pendiente, eso sí, dedicarle un artículo y ajustar cuentas con la sobrevaloradísima “El acorazado Potemkin”, que también es uno de los primeros ejemplos de cine de ciencia ficción del Bloque del Este. Si a todo esto le sumamos que es una película relativamente desconocida, no necesitamos más razones para dedicarla un pequeño espacio en nuestro blog e invitaros a verla. Está a muy buena calidad para descargar en archive.org

Merece la pena. Como casi todo lo bueno que se presenta en la vida de cualquier hombre y como la propia expresión indica, existe una pena que es digna de merecerse. En este caso, nos encontramos con varios problemas o dificultades que hay que sobrellevar, sumados a los propios del cine mudo, que incluso para los más cinéfilos siempre presenta ciertos obstáculos que hay que superar una y otra vez. “Aelita” nos pide bastante de nuestra parte, sobre todo, si queremos llegar a disfrutar completamente de todo lo que implica. Esto no es Chaplin. Más bien, nos encontramos ante una película de dos horas, que cuenta con una estructura complicada y con un guión con muchas pretensiones, giros, metáforas e ironía. Todo ello enmarcado en unos tiempos en los que el lenguaje cinematográfico aún estaba muy verde, lo que provoca que algunos elementos se queden entre lo surrealista y lo abstracto. Si a esto le añadimos unas intenciones estéticas tremendas y una gran presión estatal por hacer una película que enalteciese la revolución, tenemos el caldo de cultivo perfecto para un desastre o para una obra maestra; triunfando, en este caso, la idea de hacer de la necesidad, virtud.

Lo primero que destaca es la presencia de un subestimado Nikolai Tsereteli en el papel protagonista de Losi, un científico obsesionado con viajar a Marte. Es un ejemplo monumental del talante y la elegancia propias de los primeros actores del cine mudo. De expresión seria, oscura y nostálgica, nos acompañará toda la cinta, desde la alegría inicial hasta los momentos más dramáticos. En seguida pegamos el primer salto a la escena marciana bajo una pequeña introducción: «Losi tenía dedicada toda su fuerza mental y su energía al vuelo a Marte, y a menudo se imaginaba las siguientes escenas…».  Aquí nos encontramos con una ruptura total del estilo costumbrista urbanita del Moscú de la NEP para sumergirnos en una distopía constructivista, tanto arquitectónicamente como en cuanto a vestuarios, donde brillan con especial fuerza los diseños de moda de Aleksandra Ekster, que es el verdadero origen del Art decó.

Pero no sólo Marte alberga un trabajo de arte portentoso, sino también una de las primeras metáforas distópicas de la historia del cine (tres años antes que “Metrópolis”). Tampoco conviene olvidar la actuación estelar de Yuliya Solntseva, nombrada Artista del Pueblo y ganadora, entre otras cosas, del Premio Stalin de Segunda Clase y del Premio a Mejor Directora en Cannes en 1961 (fue la primera mujer en ganarlo). Aelita es un personaje atípico para los inicios del cine: caracterizado por su vitalidad y humanidad, en contraposición al frío estilo marciano, cuenta con un aire intimidante a la par que seductor. Es un personaje complejo y profundo, que en esta humilde crítica no vamos a destripar, pero que queda pendiente para un análisis futuro. En cualquiera de lo casos, antes del minuto 10 a uno ya le queda claro que está ante algo especial; a partir de aquí, tocará aunar fuerzas para entender qué nos quieren contar y, así, aguantar hasta su catártico final. El amor, los celos, los sueños y el precio de la utopía están en juego. Como ya dijimos: merece la pena.

Para terminar, comentaremos algún detalle para dar contexto sin destripar. Conviene empezar señalando el hecho de que la película, aun gozando de cierto éxito en su estreno, cayó en el olvido poco después, al estar en una situación de censura tácita hasta finales de la Guerra Fría. También resulta interesante analizar los autores que están detrás del metraje, empezando por su director. A Protazanov le pilló la Revolución de Octubre bien entrado en la treintena, donde ya era un director de cine consolidado. Muy prudentemente, se exilió, hasta que en 1923 regresó a Rusia bajo la promesa de dirigir superproducciones. La Rusia socialista le dio de comer, pero, evidentemente, para alguien entrado en los 40, el fervor revolucionario ya no podía ser total. El caso del guionista, Fedor Ozep, es más claro: aprovechó el rodaje de “El cadáver viviente” (1929) para no volver a Rusia y hacer carrera el resto de su vida desde Europa hasta América. Posiblemente, ya en 1924, tuviera sus más y sus menos con la política del gran Lenin y su sucesor, el bueno de Stalin. Sin ir más lejos, la propia Ekster se va en 1924, después de participar en “Aelita”, para no volver. La única que hizo carrera en la URSS fue Yuliya Solntseva que, en calidad de actriz de 23 años en su primer papel serio, sólo podía aportar su interpretación. Por lo tanto, concluimos que director, guionista y artista no tenían un espíritu revolucionario demasiado candente. Por eso, aunque la película se puede interpretar superficialmente como una oda propagandística a la revolución bolchevique, tiene mucho más que decir. Los momentos propagandísticos son fragantes hasta el ridículo (valga este ejemplo) y podrían interpretarse como una caricatura sin demasiado esfuerzo. Sin embargo, mediante el desenvolvimiento de la trama se desliza una crítica muy clara a la idea de revolución, pero también al idealismo y sus riesgos; lanzando por debajo una crítica más profunda y sutil a la manipulación que obra Lenin sobre las ideas originales de Marx.

Evidentemente, la crítica al sistema imperante no podía ser explícita, y es por eso que la película tuvo que esconder sus intenciones bajo una metáfora futurista, una estructura rebuscada y una sutil ironía. El problema es que la policía no es tonta y, vista la película, se deriva fácilmente por qué el gobierno soviético no la favoreció. Además, si tenemos también en cuenta que la tendencia en cuanto al arte no era precisamente de apertura, resulta coherente pensar que sus autores ya despertaran sospechas. Por si fuera poco, “El acorazado Potemkin”, con sus incuestionables avances en cuanto al lenguaje cinematográfico, pero mucho más cómoda en cuanto a mensaje, condenó a la primera película de ciencia ficción soviética al olvido. Es una de esas injusticas que plagan la historia.

Nos encontramos ante una película completa, con un guión muy bien trabajado y capaz de contarnos, a través de sus elementos propiamente cinematográficos y del género, una historia superficial bien construida que metaforiza varias interpretaciones, todas coherentes y posibles, a través de la sugestión y la ironía. De hecho, la propia estructura que atraviesa las vivencias de Losi propone una reinterpretación de todo el mensaje. Es el primer ejemplo de distopía cinematográfica, con todo lo que ello encierra de crítica a la sociedad que la contextualiza. Es una película en blanco y negro, pero, en el fondo, es deliciosamente gris. No existiría “Metrópolis” sin “Aelita”. Además, de alguna manera, la obra de Lang lo tenía más fácil para contar todo lo que quería contar con libertad y, por eso, en cierto respecto, resulta más evidente y menos sugestiva. “Aelita: Reina de Marte” debería estar entre las obras maestras del cine clásico por su historia y por todo lo que implica; por su apartado artístico e interpretaciones de los protagonistas; y por ser la primera película en explorar tantos elementos que luego serían fundamentales en la ciencia ficción, como la idea de distopía. Un claro ejemplo de rompecabezas, de enigma de enigma cinematográfico, como si de una matrioshka se tratase; es decir, de la mejor ciencia ficción. Podríamos decir incluso, y no sería ninguna locura, que ya en “Aelita” está una prefiguración de “Matrix”. “Aelita” es cine con mayúsculas y, por mucho que “El acorazado Potemkin” tenga mejor fama, es más simple que ella a todos los niveles, exceptuando la fotografía. 

Sin embargo, ¿por qué siempre tendemos a que nos deslumbren los avances técnicos parciales y nos cuesta tanto juzgar las cosas en su totalidad? Sólo hay que ver cómo ha ganado el artificio digital o lo visualmente impactante en el cine actual. Dejamos también para otro día hablar sobre el cine propagandístico y cómo hoy está tan presente o más que en la época del nacimiento de la Unión Soviética. Ciertamente, puede ser que “El acorazado Potemkin” sea más el padre del cine actual que “Aelita”, pero quizá perdimos una buena oportunidad por el camino. Por eso, dado que somos jóvenes, siempre está bien apostar por rescatar estas joyitas. En los tiempos del origen del hombre-masa y de una sociedad en la que un 80% de los hombres eran analfabetos, como dijo el camarada Lenin, que supo verlo mejor que nadie: “De todas las artes, el cine es para nosotros la más importante”. 2019: nada nuevo bajo el sol.


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