La señora Dalloway (1925)

Por mucho que me duela admitirlo, me decidí a empezar este libro porque aún no me había puesto a leer ninguno de la tan conocida autora inglesa Virginia Woolf. Lo cierto es que tenía especiales ganas y bastantes expectativas con “La señora Dalloway” (1925), que es el libro al que voy a dedicar mi análisis de hoy. Sin embargo, he de reconocer que no me ha resultado una lectura fácil y accesible, sino, en parte, tediosa y fragmentada. Por mucho que sea la historia de un día en la vida de Clarissa Dalloway, señora de la alta sociedad londinense de principios del siglo XX, y que, por tanto, pudiera parecer que todo va a suceder con cierta fluidez y ritmo, aquí se concatenan los pensamientos de dicho personaje y de algunos otros que se van sucediendo en la trama, lo que provoca que cueste encajar al principio lo que se nos cuenta en un todo con sentido. Por ello, puede que hablar de “trama” sea algo pretencioso, dado que este libro carece en buena parte de la misma, resultando más bien un compendio de pensamientos, en muchas ocasiones excesivamente interesantes, pero en otras algo deshilachados, de la vida de estos individuos. Eso sí, he de reconocer que, si uno afronta de buena gana el hecho de que el libro no esté separado por capítulos o partes —lo cual admito que es una gran molestia para mí—, puede llegar a disfrutar de ciertas ideas que va soltando la autora, y encontrar en todas ellas un cierto núcleo común, que creo que es el que hace aguantar al libro e impide que caiga en un mero flujo de pensamientos con más o menos interés para el lector. Por eso, frente a un desazón inicial, al final me he alegrado de leerlo. Creo que plantea cuestiones valiosas, si bien dista mucho de ser, a mi parecer, la mejor manera de tratarlas.

Si vamos ya a las cuestiones que laten de fondo en “La señora Dalloway”, sin duda podemos señalar el paso del tiempo y la muerte. La primera de ellas, en lugar de presentarse de manera manifiesta a través de las cavilaciones de los personajes —aunque en algunas ocasiones lo haga—, aparece más bien cuando el lector entiende a quién y de qué manera se le está dando importancia. Por ello, es una idea que, en vez de surgir por medio de la reflexión explícita, emerge más bien a través de aquello que no se dice, no se dijo o ya nunca se va a poder decir; pero que, sin embargo, se intuye y no se duda en dejar entrever por medio de sensaciones o de anhelos. Sin embargo, la meditación sobre la muerte resulta ser más evidente a lo largo del libro o, al menos, se alude a ella unas cuantas veces a través de ideas concretas que, en muchas ocasiones, van hiladas inevitablemente también al paso del tiempo y a aquellas cosas que uno va dejando por el camino. A fin de cuentas, vivir es estar constantemente eligiendo y, por tanto, también renunciando. De hecho, esa es otra de las ideas clave que uno saca en claro de este libro, donde el pasado convive con el presente, y donde pensar sobre posibles futuros o sobre decisiones pasadas —tanto tomadas como no tomadas— adquiere una dimensión sumamente relevante.

“La señora Dalloway” reflexiona sobre la vida de una serie de personas que, en buena parte, se encuentran entrelazadas. Y es también una obra que da cuenta de las dificultades a las que uno ha de hacer frente a lo largo de su vida, así como de las malas decisiones que uno toma y de las que no puede huir ni dejar de arrepentirse. Y ya sólo por sacar estos temas a colación merece la pena inmiscuirse en sus páginas, por mucho que en ocasiones resulten algo aburridas, tediosas o innecesarias. Lo que le salva especialmente es que cada poco tiempo uno debe sacar el lápiz y subrayar, ya que aparecen buenas reflexiones cuando menos te lo esperas. “La señora Dalloway” tiene un buen fondo o contenido, aunque la forma resulte compleja y no consiga servir demasiado bien a aquello que se busca contar o que se pretende resaltar. Sin embargo, también hay que reconocerle cierta originalidad a la hora de narrar los sentimientos de sus personajes y las reflexiones interesantes que les surgen en los momentos en los que no necesariamente estaban buscándolas. De hecho, es este un libro que ahonda de manera magistral en cómo en nuestra cabeza se nos aparecen a veces personas o momentos de una manera que no somos capaces de prever ni de imaginar (por ejemplo, cuando algo nos hace acordarnos de alguien o nos traslada a algún sitio en el que hemos estado). Y la verdad es que Virginia Woolf consigue trasladar esa sensación —por otro lado, tan humana y recurrente— a través de personajes que, en su afán de seguir con sus vidas y de reconocerse en aquellos ambientes en los que se mueven o entre aquellas personas con las que tratan, no pueden evitar que los recuerdos de ciertas personas o situaciones se apoderen de ellos y les hagan replantearse sus decisiones y, con ello, también toda su vida. Lo cierto es que cuando uno alcanza a ver las cosas con cierta distancia se da cuenta de detalles o de cuestiones que no era capaz de atisbar cuando se encontraba en dicha coyuntura. Pero la realidad es que lamentarse por ello o fustigarse en exceso es contraproducente a todas luces, pues lo cierto es que uno no puede cambiar aquello que ya ha hecho, aunque sí replantearse por qué lo que hizo; y eso último es lo que, sin duda, puede traer consigo cierto martirio.  

Es este un libro con cierta nota nostálgica o melancólica, pues no deja de dar cuenta de todos aquellos momentos maravillosos que uno vivió con determinadas personas y que ya nunca volverá a vivir. Sin embargo, también abre una puerta a la esperanza, a una serenidad que sólo se obtiene cuando, llegado a una cierta edad, uno contempla el recorrido de su vida. Aunque dicho sosiego no deja de ser impostado o, desde luego, intermitente; es decir, es un aplomo que no puede mantenerse por mucho tiempo o que, inevitablemente, cuesta adoptar cuando ciertos recuerdos o personas vuelven a la vida de uno y no hacen más que agitar las decisiones que tomó o conducen al replanteamiento de la vida que ha elegido llevar. Vivir no es fácil; y este libro en absoluto esconde esta idea. De hecho, es la base en la que se fundamenta. Aunque también es digno de resaltar la defensa tan especial que hace de los pequeños detalles, de las bellezas inesperadas y de las reflexiones que uno puede obtener de la mera contemplación del mundo cotidiano. Al final, por mucho que se recree en la idea de las dificultades que nos trae la vida, también resalta la manera que tienen muchos hombres de esconderse en superficialidades y en vanas estupideces para no pensar sobre esto; que, a fin de cuentas, es lo realmente importante —o, incluso, para ser más estrictos, lo único—.

Por eso, es un libro al que le perdono ciertas cuestiones de estilo o formalidades que me disgustan en general en todos los textos. Se lo disculpo, claro está, por la sencilla razón de que creo que a donde apunta es a lo importante, a lo valioso, a lo difícil. En unos tiempos optimistas donde las crueldades y los sufrimientos más hondos y complejos tienden a esconderse o a no nombrarse, agradezco volver a un libro que toca donde duele. Y creo que lo hace de una manera tan inesperada que puede captar a un lector que vaya buscando algo con lo que desconectar, pues es a él también al que hará pensar en estas cuestiones que tan poca buena fama tienen y que, sin embargo, tan hondamente calan. Asimismo, trata otros asuntos referidos a las clases sociales o al papel de la mujer en la sociedad de dicha época, pero creo que son meras anécdotas en comparación con los temas que ya he señalado y que creo que dan fundamento al libro. De hecho, al final, las historias que se nos van contando y que pretenden acabar entrelazadas tienen en común el peso del pasado y la dificultad de afrontar una vida que, quizás, no era la esperada. La firmeza y la sequedad con la que se emiten ciertas afirmaciones acerca de la muerte o el tiempo generan sorpresa en el lector, pues acaban encadenándose con asuntos excesivamente superficiales o estúpidos. Pero creo que la vida es también un poco eso: una combinación de intensidad, pero también de desconexión. Si uno estuviera constantemente pensando en la dureza, el sufrimiento y el dolor que conlleva vivir, justamente no encontraría razones para seguir haciéndolo. Y, de hecho, también algo de eso hay en el libro. Uno puede rendirse, pero uno también puede seguir. Y lo último es lo difícil; sobre todo cuando uno es consciente demasiado tiempo del vacío al que ha de enfrentarse constantemente.

Al hilo de “La señora Dalloway”, conviene no olvidar tampoco la película “Las horas” (2002), que, sin ser una adaptación del libro, lo que hace es hilar tres historias protagonizadas por tres mujeres diferentes —una de ellas, la propia Virginia Woolf— en distintas épocas y lugares. También aquí aparecen todos los temas del libro a los que ya hemos hecho alusión a lo largo de este análisis, reforzados por unas actuaciones memorables, a la par que por unas historias extremadamente difíciles y duras. La propia película juega también con la premisa de “La señora Dalloway”: cuenta la historia de una serie de mujeres en un solo día y, a raíz de eso, tira de sus pensamientos y sensaciones para reconstruir sus vidas y, del mismo modo, todas aquellas tristezas enquistadas o no resueltas. Al final, en un día, de cara al exterior pueden pasar aparentemente pocas cosas, pero aquello que ocurre en el interior de uno mismo puede ser infinitamente relevante o complejo, además de contener numerosos lugares, personas y momentos. Aquí, desde luego, no importa tanto lo que se ve, sino todo lo que no se ve, pero sigue igualmente pasando. De algún modo, esa melancolía permanente, ese aparentar normalidad cuando uno está roto por dentro descansa en una incapacidad para apreciar que parte del juego de la vida reside en todo aquello que ya no va a volver, así como en las numerosas preocupaciones y sufrimientos a los que nos tendremos que enfrentar en un futuro.

Hay un gran drama escondido en la idea de cuándo llegará la hora de uno. Y, sobre todo, hay también una certeza de saber que todo seguirá sin nosotros; que el mundo no se para por la muerte de un ser individual, concreto, por mucho que haya vidas que sí lo sientan como una pérdida irrevocable. De algún modo, uno es también los lugares y las personas que le rodean y, por eso, se debe a ellos y también en ellos quedará algo de él cuando ya no esté. La muerte es una parte inextirpable de la vida; sin embargo, y aunque siempre esté acechando, tendemos a olvidar la gran fragilidad y vulnerabilidad de nuestra existencia y de la de los nuestros. Además, a esto hay que sumarle el inevitable paso del tiempo, y todo lo que esto conlleva. Aunque también es esta una historia de cómo el amor nos mantiene unidos a la vida; es, al mismo tiempo, una historia de cómo el que más sufre siempre es el que más ve, el que lejos de asumir la vorágine de una vida repleta de superficialidades y trivialidades no puede dejar de entrever la dureza de la existencia y la limitación del ser humano ante semejante abismo al que se enfrenta. En un momento dado de la película, Virginia Woolf —interpretada magistralmente por Nicole Kidman— afirma: «Alguien tiene que morir para que los demás sepamos apreciar la vida. Es el contraste». A pesar de la dureza de la frase, lo cierto es que, en muchas ocasiones, hasta que no vemos el peligro bien cerca no nos damos cuenta de lo expuestos que estamos siempre a él.

La historia de “La señora Dalloway” se efectúa bajo el velo de una historia de amor nunca consumada —pero tampoco olvidada—, y un matrimonio frágil que, a pesar de todo, permanece… aunque con cierto pesar. Los personajes que aparecen en la novela son algo grises, pues por ninguno sientes un especial interés, pero tampoco una gran aversión. Lo que destaca muy por encima de todo son las reflexiones afiladas e ingeniosas de una inteligente Virginia Woolf, cuyos fantasmas deja entrever sin demasiado disimulo. Y, por supuesto, unas descripciones maravillosas y muy precisas de cada uno de los que aparecen en la narración. A su vez, se plantea una crítica a aquellas personas que se refugian en sentimientos filantrópicos o se desviven por causas ajenas y lejanas, mientras que con las personas más cercanas no muestran ninguna piedad ni compasión. Pero también ofrece un gran reproche a la superficialidad y al aparentar, con el correspondiente deseo y afán de querer ver qué hay debajo de todas esas máscaras y de semejante verborrea. Desde luego que hay mucho de nosotros en aquellas personas que nos acompañan y en los lugares en los que hemos crecido y habitado, pero también lo es que hay muchas complicaciones inherentes a conocer al otro en su totalidad: siempre hay una parte que queda invisible, escondida.

Como ya hemos apuntado, “La señora Dalloway” señala con vehemencia la gran condena que debe sufrir el que no entiende —o, quizá, entiende demasiado—, el que se plantea de más; así como también el que tiene un exceso de sensibilidad y vive en una sociedad que va excesivamente rápido y que, por tanto, poco tiempo tiene para fijarse en lo importante. En palabras del propio libro: «Había una cosa que importaba; una cosa envuelta en parloteo, desfigurada, oscurecida en su propia vida, de la que se prescindía a diario en favor de la corrupción, las mentiras, las vanas conversaciones. El suicida la había conservado. La muerte era desafío. La muerte era —por parte de personas que sentían la imposibilidad de alcanzar el centro que, místicamente, se les escapaba, que vivían una proximidad convertida en lejanía, un éxtasis desvirtuado, que se quedaban solas— un intento de comunicar. Había un abrazo en la muerte».

De algún modo, la señora Dalloway es tan buena anfitriona y da fiestas tan memorables porque aquello que no quiere afrontar es lo duro de la existencia y la certeza de que ciertos tiempos ya nunca van a volver. Es una manera de mostrarse fuerte e impenetrable ante el gran drama de la vida: que uno está aquí, pero que en cualquier momento puede dejar de estarlo. Y, también, que uno vive ciertas cosas que luego ya nunca vuelven, aunque sin ser consciente de ello cuando las está viviendo. Es cierto que aunque desde fuera puede uno aparentar que tiene de todo y mostrarse como tal, muchas veces lo que le hace feliz es justamente aquello que le falta y que es más primario: el amor, el cariño, la compañía. Para entender mejor a Clarissa, cabe hacer alusión a una descripción que hace el propio Peter Walsh de ella: «Curiosamente, era una de las personas más radicalmente escépticas que había conocido nunca y, posiblemente (una teoría fabricada para intentar comprender a una mujer tan transparente en algunos aspectos y tan enigmática en otros), se dijera en su interior: Como somos una raza sin esperanza, encadenada a un barco que se hunde (sus lecturas favoritas de joven eran Huxley y Tyndall y a los dos les gustaban mucho esas metáforas náuticas), como todo es un chiste detestable, hagamos, de todos modos, nuestra parte; aliviemos los sufrimientos de nuestros compañeros de prisión (Huxley una vez más); decoremos los calabozos con flores y cojines inflables; seamos todo lo decentes que podamos». Como bien dice el libro, y para cerrar ya este análisis: «Los últimos avatares del humano devenir habían hecho nacer en todos, hombres y mujeres, un manantial de lágrimas. Lágrimas y sufrimiento; valor y aguante, una postura erguida reflejo de una actitud estoica».


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