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Punto Límite (1964)

Aquí estamos un día más. Hoy toca analizar un poco lo que pasó con el cine de ciencia ficción en la década de los años 60. Estamos hablando del final de la edad dorada y, como no podía ser de otra manera, nos encontramos ante variedad, cantidad y calidad. Antes de empezar propiamente a repasar el contexto, tengo que reconocer que nos adentramos en una época tan brillante como poco conocida para un servidor: salvo el conocimiento de algunos clásicos, era plenamente consciente de que había muchas grandísimas películas, bastantes obras maestras e innumerables cintas lo suficientemente interesantes para, por lo menos, ser vistas una vez…; una nebulosa por la cual navegaría en solitario en penumbra. Una lista exigente se iba perfectamente a 50 películas, y es imposible, dentro de los márgenes de tiempo donde se mueve este humilde análisis, atender a tanto y tan bueno, con el peligro a su vez de, por ignorancia, dejar alguna que mereciera la pena fuera. En este sentido, tengo que reconocer que he pedido consejo a un gran sabio y que este me ha mostrado el camino para no morir en el intento. Hechas estas apreciaciones, entremos en materia.

Por cambiar un poco esta vez, comenzaremos haciendo un análisis cronológico empezando por 1968. Sería imprudente decir que es el mejor año de la historia del cine del género, pero de lo que no cabe duda es de que es uno de los mejores. Se estrenan “2001: Una odisea del espacio”, “Charly” —que era para mí una desconocida— y “El planeta de los simios”. Una obra maestra indiscutible, una película intimista y una cinta  de masas dignísima. Tanto la obra de Kubrick como la de Schaffner dejaron una marca imborrable, pero, con todo, he decidido no dedicarles este artículo. En el caso de la primera, por reservarla para un futuro análisis de la obra completa de este gran director; y, respecto a la segunda, por no tener suficiente envergadura para un análisis unitario —por mucho que a Charlton Heston le quiera la cámara—, dejándola quizá como piedra de toque para un artículo que, si en algún momento no tengo nada mejor que hacer, le dedicaré a la saga simia. (Dicho sea de paso, son películas sobre las que han corrido ríos de tinta y, por lo tanto, conviene dejarlas macerar un poco más.) Por otro lado, la obra de Ralph Nelson no ha tenido, en apariencia, influencia destacable y, por mucho que sea una película dignísima —quizá entre las 20 mejores—, comparada con las grandes de la década se queda un pasito por detrás. Con todo, la reflexión que plantea sobre la inteligencia, el amor y el sufrimiento tendrá su lugar en otro análisis dentro del grupo de películas que son precedentes clarísimos de “Matrix” (1999).

No tenemos que saltar demasiado para encontrar, en 1967, otra obra que muchos consideran ‘una película de culto’. Estamos hablando de la irregular “Barbarella”, de Roger Vadim, sobre el que todavía tengo que pensarme su valía como director, aun reconociendo su magnífica habilidad para estar siempre muy bien acompañado. En este caso particular, hablamos de Jane Fonda, la cual se embarca en una ensoñación futurista —casi lisérgica— en un universo paralelo donde el estilo playboy se ha impuesto. Una mezcla de ideas que muchos pueden pensar que no tuvo recorrido, pero que, sin embargo, ha tenido más influencia de la que podría parecer, regalándonos momentos inmortales como aquella sesión de fotos de la Rolling Stone para promocionar en 1983 “El retorno del Jedi”. Teniendo en cuenta el nivel de simplismo y mojigatería de las últimas películas del universo de la Guerra de las Galaxias de Disney…, no tengo claro si el mundo va a mejor; lo que sí que parece irse aclarando es que, en ciertos respectos, cada vez pinta más aburrido. Se podría hablar mucho de esta película, sobre todo en un contexto que abarque más que la década a la que pertenece; por eso, la reservamos para otra vez.

Otra que está clarísimamente lejos de estar entre las mejores y más representativas es “Fahrenheit 451”, de 1966. Queda reservada también para cuando tenga la paciencia suficiente para ajustar cuentas con Truffaut. Otro con el que me encuentro en una situación semejante —o, incluso, peor— es con el que acabó siendo mesías para unos y un pretencioso insufrible para cualquiera con dos dedos de frente. Hablo de Godard y, en particular, de su “Alphaville” (1965), que creo que se podría defender con dignidad como la última película decente en su haber. Con un buen uso del blanco y negro, y la presencia de Anna Karina, consigue generar una atmósfera a la altura de muy pocas de sus películas. Ya hablaremos del gran director francés de la Nouvelle vague cuando llegue el momento. Todo a su debido tiempo.

1965 guardaba una sorpresa más, muy bien enterrada, que gracias a una cabeza más desarrollada que la mía pude conocer. Hablamos de una película rodada con un presupuesto más de diez veces inferior al de “Alphaville”, casi casera, pero con una inteligencia y habilidad más de diez veces superior. Contaba la leyenda que, entre las películas propagandísticas explícitamente filonazis de los años 30 y sus equivalentes… ¿’nazifobas’? —qué orwelliano es esto— hechas a partir de entonces, existía una película que, cual vellocino de oro, hablaría del nazismo sin histeria y sin caer ante la presión propagandística. El truco de todo esto es que esta película existía, pero estuvo condenada a círculos independientes toda su existencia, sin doblaje ni promoción, y, tristemente, doblegada finalmente ante la presión, estuvo durante 30 años con partes censuradas. No se pudo disfrutar de la versión completa hasta mediados de los años 90 y, a día de hoy, sigue siendo una peliculón maltratado y desconocido. La relación entre el nacionalsocialismo y el cine da para más de un análisis, así que reservamos esta obra tan significativa para cuando decidamos meternos en ese jardín. Con todo, os adelantamos, para que os vayáis anticipando a verla, que establece un diálogo con el nazismo desde la hipotética posibilidad de una invasión del Reino Unido. Nos narra cómo se desarrollaría esta doctrina entre los ingleses —ponderando con normalidad esta circunstancia con el resto de las facciones y caracteres individuales— sin caer en maniqueísmos o exageraciones. Cuestiones como la banalidad del mal, el totalitarismo o la necesidad de un orden y de la política son los temas tratados muchas veces por los propios protagonistas en afilados diálogos; sin entrar en que desliza la problemática de fondo para justificar el trato piadoso por encima del pragmatismo. Sin lugar a dudas, es de las películas más inteligentes que se han hecho sobre nazis.

Llegamos por fin a 1964 con “Punto límite” y “¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú”, de Lumet y Kubrick respectivamente (siendo para mí la primera totalmente desconocida hasta hace unas semanas… Sí, Dios mío, he pecado). Somos espectadores de un duelo de titanes como pocos se han visto en la historia del cine: se enfrentan dos películas que cuentan un relato con muchísimas semejanzas, aunque una tomando el camino del drama y la otra, que aspiraba a llevárselo todo, el de la comedia. La de Lumet resulta ser otra obra maestra del séptimo arte, marcada en su revolver, mientras que la de Kubrick demostró al mundo que Dios no existía. Ya habéis leído el título de este artículo y, dentro de unos párrafos, daremos razones del porqué. Seguimos con 1963 y “El hombre con rayos X en los ojos”, de Roger Corman; la cual pensaba en un principio que sería otro pastiche de monstruos, heredero de la moda que levantaron “Frankenstein” (1931) y “El Hombre Invisible” (1933), siendo este prejuicio fruto de una intuición aún muy desentrenada y, finalmente, un error casi insultante. (Por algo estaba en la lista de recomendaciones que se me dio y por algo hay que respetar la autoridad.) Tanta fue la equivocación que, en un principio, era una perfecta candidata a ser la elegida para coronar este artículo. Cinematográficamente ejemplar en todos los apartados, con una historia muy buena y con unas ideas de fondo dignas de ser el foco en los estudios superiores. El problema de la libertad heredada de la modernidad, el cientificismo y la deshumanización que causa rebasar ciertos límites son temas tratados en esta película—más no tiene por qué ser mejor—, sin olvidar la reflexión sobre los paradigmas científicos y la importancia de la forma en la que percibimos el mundo. Se podría hablar mucho de esta película y de sus relaciones con otras como la ya citada “El Hombre Invisible”. Es una pena que sea tan difícil de encontrar… Claramente será objeto de otros análisis más profundos en esta web si nadie decide ponerse con ello antes. De cualquier modo, es muy recomendable para cualquiera que guste de la ciencia ficción o del buen cine en general.

Terminamos este sucinto repaso de la década con esa grandísima película llamada “El Muelle” (1962), de Chris Marker, también conocida como “La Jetée” (siendo este de los pocos casos donde hay que reconocer que el título suena mejor en el idioma original, pero que, personalmente, un servidor no se puede permitir por miedo a acercarse mínimamente en semblante al típico pedante). Nos encontramos ante lo que parece un delirio, para acabar siendo una película de notable. Tiene una buena historia, una fotografía personalísima, un fondo profundo y casi todo para estar en lo más alto, salvo por el hecho de que va un paso por delante en experimentación, quizá más allá de los límites exigibles para que una película pueda considerarse una obra pujante por ser completa. Y, en este sentido, la preponderancia del monumento de Lumet sobre esta sutil y brillante francesada es clara y distinta. Sin olvidar tampoco el hecho de que, para hacer un análisis en condiciones de este mediometraje de menos de media hora, hace falta una tranquilidad y un tiempo del que hoy no disponemos. Hay quien opinaría que “El tiempo en sus manos” (1960), de George Pal, se merecería una mención en un artículo como este, pero, salvo que el público que nos lea tenga menos de 8 años, es como pensar que habría que mencionar “Pequeños guerreros” en los 90; ambas están muy bien para la media actual, pero respecto a su época y a ojos de la historia del cine son ‘peliculitas’ familiares que se dejan ver sin más.

Una vez explorado el perímetro, metámonos de lleno con la película que hoy nos ocupa. Creo que es obvio que ahora vamos a destriparla (no esperéis que siempre lo recuerde). Al margen de lo que diga más adelante, es una película de 9. Si no la habéis visto, haceos un favor y vedla.

Comienza la película con una corrida de toros en Nueva York. Un hombre sudoroso despierta después de haber sufrido una catarsis al contemplar el momento de dar muerte al toro. Este hombre está convencido de que esta pesadilla está relacionada con su trabajo y, de alguna manera, no pudo tener mejor intuición. La obra de Lumet no puede empezar con más fuerza y originalidad. Unas escenas después, asistimos a un diálogo demoledor entre el profesor Groeteschele y el típico pacifista:

«—Hace dos horas usted hablaba de 100 millones de muertos, ahora son sólo 60 millones.

—Digo que 60 millones es el precio más alto que debemos estar dispuestos a pagar en una guerra.

—¿Y qué diferencia hay entre 60 y 100 millones de muertos?

— 40 millones.

— ¿Y qué más da?

—¿Quiere decir que salvar 40 millones de vidas no tiene importancia?

— No quiere entenderme, profesor. Lo que de verdad es importante es salvar esos 60 millones de vidas.

—Señor Foster, estamos hablando de la guerra. En toda guerra, e incluso en una guerra nuclear, hay un ganador y un perdedor. ¿Qué preferiría ser usted?

—En una guerra nuclear todos perderíamos. La guerra no es lo que era antes.

—Sigue siendo una solución para los conflictos políticos o económicos.

—Con 100 millones de muertos, ¿qué solución sería esa?

—No tienen por qué ser 100 millones.

— ¡Ni 60!

—Lo mismo que hace 1000 años, señor, cuando en las guerras se exterminaban razas enteras. La cuestión sigue siendo la misma: quién gana o quién pierde; la supervivencia de una cultura.

—¿Una cultura? Con la mayoría de la gente muerta, el mundo destrozado, la comida envenenada, el aire imposible de respirar. ¿Llama a eso una cultura?

—Sí, señor Foster. Yo no soy un poeta, soy un hombre de ciencia que prefiere que sobreviva una cultura americana a una cultura rusa».

Prosigue con una anécdota de humor negro sobre que los supervivientes a la hecatombe nuclear serían los presos y los oficinistas; chiste que tendrá un sentido coyuntural para apoyar el comienzo del siguiente diálogo. Pero, antes, parémonos a analizar lo que acabamos de ver. Se podrían decir muchísimas cosas de este primer gran diálogo, pero lo más importante a destacar —al margen de presentarnos las posturas básicas en conflicto— es que ya nos pone en aviso sobre dos cosas muy importantes: la debilidad de la posición pacifista, y que no toda posición realista que contemple la guerra en su crudeza como medio para hacer política tiene que ser necesariamente una posición inhumana.

No tardamos demasiado en contemplar la cara B de la primera conversación, que se da poco después en el juego de seducción dialéctico entre el propio profesor, del cual ya sabemos que tiene esposa, e Ilsa Woolfe, que entra a cuchillo esperándole en su coche y pidiéndole que le lleve a casa. Otro detalle que ya empezamos a notar es el juego simbólico de nombres. Groeteschele nos recuerda mucho a Goethe y Woolfe suena muy parecido a lobo” (en este caso, loba”). La primera relación estaría cogida por los pelos si este juego no se diera tan clarísimamente en este otro personaje. La connotación licantrópica se explica por sí misma y, a este nivel tan vulgar, lo único que podemos pensar que trae a la cabeza Goethe es que suena muy alemán, y ya el propio profesor nos deja claro que no es ningún poeta. Esta intuición queda muy bien plantada en el espectador atento, disparando un chispazo en otro momento de la película donde se comparará al profesor con los nazis. Sencillamente brillante a nivel de guión. Todos los elementos en una obra de arte si no aportan, sobran. Incluso si pretendemos ser naturalistas con ingenio, siempre se pueden buscar referencias o juegos de palabras con los nombres que nutran la narración con una variedad mayor de matices. Prosigamos con la conversación que se da en el coche —cochazo— entre estos dos imponentes personajes:

«—Usted cuenta esa historia sobre los presos y los oficinistas porque sabe que no habrá sobrevivientes, ¿no es así?

—No habrá muchos.

—Ninguno. No quedará nadie. Será bellísimo.

—He oído decir muchas cosas sobre la guerra nuclear, pero nunca que fuera bella.

—La gente tiene miedo de decirlo, pero es así como piensan.

—La belleza de la muerte.

—Déjese de ironías. (Ríe). Usted ha hablado muchas veces de ello, profesor. Todos sabemos que vamos a morir, pero usted hace de ello un juego, un maravilloso juego que incluye a todo el mundo, y lo convierte en algo posible.

—Más que posible es seguro.

—Usted hace de la muerte una diversión, algo así como un juego de salón.

—Es un lugar perfecto.

—No, no. Hay un lugar que es aún mejor. Tuerza por ahí.

—¿Vive usted aquí?

—Déjese de bromas.

—¿Por qué? Soy un bromista. Yo convierto la muerte en un juego para que la gente como usted se divierta. Estuve observándola esta noche. A usted le gustaría que fuera posible, ¿verdad? Le gustaría apretar ese botón… Qué excitante sería tener el poder de llevarse a todos por delante, al mundo entero, con sus planes, sus pequeñas esperanzas. Nacemos para morir, pero procuramos ignorarlo cerrando los ojos. Pero usted podría ser que hiciera realidad lo que se intenta olvidar. Pero tiene miedo, así que busca sus emociones en otra parte, y dónde mejor que con un hombre que no tiene miedo. (Le pega a ella una sonora torta). Yo no soy como usted».

En este poderosísimo y afilado diálogo nos presentan la otra opción respecto al tema de la guerra: la belicista; opción equivalentemente extrema y opuesta a la pacifista. Nos trasmiten con sabiduría que resulta igualmente insostenible, con el agravante pesimista y sádico, por no decir morboso. El poder por el poder, la banalidad de la muerte… En este diálogo nos terminan de aclarar, por contraposición con la otra parte que quedaba, que la posición del profesor Groeteschele no es la de ningún monstruo. Eso sí, disfruta en los salones donde se suelen encontrar los imbéciles acomodados, jugando mediante la ironía a desenmascarar las triviales posiciones de sus contendientes intelectuales. Tiene una visión, una teoría sobre la guerra —en el marco de la Guerra Fría—, y mantiene con honestidad que actuar según sus predicciones sería el mal menor en la tensa coyuntura que se presenta. Nos encontramos ante un personaje gris, profundo e interesante. Y grave, muy muy grave. También a estas alturas de la película constatamos que esa gravedad se nota en la atmósfera mediante una fotografía y un uso magistral del blanco y negro. Es una película que empieza fuerte y no deja nunca de ir fuerte, aumentando poco a poco la tensión. Hay que saber muy bien lo que se hace para jugar a conseguir contraste en estos niveles de negrura.

No le sobra a la película un minuto, pero teniendo en cuenta que existen unos límites tácitos respecto a lo largo que puede ser un artículo antes de que la retención tienda a cero en cualquier mundo posible, no podemos ir punto por punto, lo cual dejaremos para una hipotética segunda parte —aquí o en otros medios que barajaremos en el futuro— si el público así lo quiere y entra en polémica o si a nosotros nos surge hacerlo. Saltamos, pues, al minuto 18, donde un par de aviadores —uno senior y el otro más joven— intercambian unas humildes palabras con mucho fondo, que resaltan otro de los temas importantes dentro de la película: el cientificismo y, en particular, la deshumanización por culpa del relevo tecnológico:

«—Perdimos la mitad de nuestro grupo.

—Rosenburg fue la peor para nosotros.

—Yo nunca volé en un B17, sólo en los 24.

—Era un buen avión el 24… Al menos lo llevaba uno y no al revés como ocurre ahora con estos trastos.

—No me digas que no llevas tu Vindicator, Gabi.

—Pero ya somos los últimos, no te hagas ilusiones. Los próximos aparatos no necesitarán hombres.

—Entonces ya seremos viejos.

—Después de nosotros, las máquinas…; ya está ocurriendo. Mira esos muchachos. Recuerdas la tripulación de los 24: judíos, italianos, de todo; uno podía distinguirlos, eran personas. Esos chicos los abres y verás que funcionan con transistores.

—Son buenos muchachos y buenos… (Le interrumpe Gabi).

—Claro que sí. Saben bien su trabajo, pero no los conoces… ¿Cómo vas a conocerlos si cada vez son diferentes?

—No lo veo mal, Gabi; así se elimina el factor personal. Ahora todo es mucho más complicado y se reacciona más rápidamente. No se puede depender como antes de la gente.

—¿De quién dependías tú?

—Adelante, señores, el cielo os espera. (Interrumpe un tercero).

—¿Sabes una cosa, Bily? A mí me gusta el factor personal».

Esa escena apuntando a los jóvenes, todos ellos con las cabezas bajas, es premonitora de la situación actual en torno a los móviles, advirtiendo también de la homogeneización que generan. Las máquinas nos trasforman y nos influyen hasta puntos que pueden resultar difíciles de creer. Inventos como el reloj o la imprenta cambiaron mucho el cómo piensa, actúa y responde la masa. En este sentido, vemos dialogar una postura determinista con una instrumentalista, pudiendo reconocer argumentos —como el de que «se reacciona más rápidamente»— que se usan hoy en día para justificar la conexión continua y el no estar separado nunca del móvil. No olvidemos que estamos en 1964: los ordenadores eran pesados armarios millones de veces menos potentes y —lo más importante— menos personales que los actuales. Los guionistas supieron leer su momento y prever los peligros que empezarían a ser visibles 30 años después, siendo ya palmarios llegados los 50. Resulta interesante pensar cómo en el 2005, 41 años después del estreno de la película, podía ser una sospecha razonable y, en cambio, ya en 2010 era una realidad indiscutible. El tema estuvo cociéndose a fuego lento mucho tiempo, para invadirnos silenciosamente y, después, cambiar los hábitos de todo el mundo en apenas 5 años. Por esto es necesario analizar la realidad con cuidado, para tratar de cazar síntomas o pistas que nos digan algo sobre lo que está por venir y, así, intentar hacer las cosas lo mejor posible si nos olemos que nos dirigimos a un futuro que no parece deseable. Porque, visto lo visto, si pretendemos actuar cuando ya sea evidente, posiblemente sea demasiado tarde. En cualquiera de los casos, esta reflexión acaba aquí por ahora; eso sí, es injustificable creer que la tecnología no nos afecta e influencia. Intentemos, por lo menos, entender cómo y, de ese modo, procuremos corregir la peor parte. (También nos vienen a la cabeza los trabajos de Sennett y Bauman en “La corrosión del carácter” y en “Vidas desperdiciadas” respectivamente.) Quedan apuntados para quienes tengan curiosidad y, quizá, para otro artículo.

La película entra en materia y, como bien apuntamos antes, todos los diálogos aportan al conjunto y merecen la pena, así que extraeremos sólo las líneas fundamentales; en este caso, sobre la responsabilidad de las máquinas:

«—Es impresionante, ¿verdad?

—Pues le diré la verdad: todas estas máquinas me aterran. No me gusta pensar que, cada vez que me quito el sombrero, algo allí arriba sabe que estoy casi completamente calvo.

—Quisiera estar muy seguro de que a esa cosa no se le ocurrirá tener ideas propias, pero ese es uno de los riesgos que se corren.

—¿Y quién dice que debemos correr ese riesgo? ¿Quién ha dado a quién el poder de hacerlo? Soy el único aquí que ha sido elegido por votación y nadie me ha dado ese poder.

—Eso es parte de la tecnología: las máquinas han sido creadas para afrontar situaciones. (Es interrumpido).

—Pero, si ellas mandan, llegarán a crear esas situaciones.

—No, ¿por qué?

—Existe esa posibilidad. Usted mismo lo ha dicho.

—Bueno…, revisamos todo constantemente, señor Raskob; nada puede fallar.

— ¿Y quién revisa al que hace la revisión?, ¿dónde termina la cadena general?, ¿quién es el responsable?

—El presidente.

—Él no puede saber todo lo que ocurre, sería demasiado; y, a decir verdad, eso es lo que me preocupa.

—Lo único que sabemos es que no hay un verdadero responsable».

Volvemos con el conjunto de ideas planteadas por la película, centrándonos esta vez en la idea del menor riesgo. Si el menor riesgo, en el caso más improbable, es inaceptable —y en este caso lo es dado que sería desencadenar la guerra termonuclear global—, está claro que éticamente nos encontramos ante una mala idea; cosa que es, por cierto, la historia del Proyecto Manhattan, viéndose muy bien en otra película muy ligada a esta como es “Creadores de sombras” (1989). Eso sí, antes de ver a ese impresionante Paul Newman, “Juegos de guerra”(1983) ya trataba estas ideas, y muchas otras, aunque descubrimos ahora que no era tan original, exceptuando la introducción de la variable de internet. Otro tema que podemos ver sugerido es el del utilitarismo: si las responsabilidades se encadenan hasta el infinito, todos son responsables; lo que implica que, de facto, no hay ningún responsable. Sin olvidar tampoco el optimismo siempre imperante en los defensores de la tecnología. No hay mecanismo en este universo que no pueda fallar, así que debe ser una posibilidad prevista, estudiada y aceptable. Volviendo a la película que nos ocupa, van sucediéndose los hechos que todos conocemos hasta que nos encontramos otro diálogo destacable; pero antes ya nos hemos dado cuenta de que la música no existe. Esta es otra estrategia muy importante para centrar la historia, ya que, como hablamos en su momento, en las grandes obras no sobra nada y, en este caso, se decidió que esta carencia aportaría tensión y dureza a la historia. Aprender sobre cine sirve para esto, siendo esta película un muy buen ejemplo de cómo se puede usar el arte cinematográfico con maestría a la hora de contar una historia. No nos vayamos muy lejos y centrémonos ahora en el discurso del profesor Groeteschele y el posterior diálogo, que es el corazón de la película:

«—Nos hemos vuelto a reunir para seguir nuestra discusión. Por desgracia, decidimos la cuestión de una guerra accidental la semana pasada, de modo que no podemos volver hoy sobre el tema. Hoy hablaremos sobre la guerra limitada. No es una teoría: depende de las armas que utilicemos, de dónde las situemos y de cómo las utilicemos toda nuestra postura militar. Pregunto: ¿es posible la guerra limitada? ¿Usaremos las armas nucleares solamente contra objetivos militares o debe la guerra llevarnos inevitablemente a la destrucción de ciudades?

—Así es.

—¿Por qué?

—El objeto de la guerra es el de infligir los mayores daños al enemigo, destruir su capacidad de resistencia.

—En la última guerra se pudo haber utilizado el ataque bacteriológico y no se hizo.

—No era un factor decisivo.

—¿Está usted seguro?

—La gente aún no podía aceptar la idea de matar a simples ciudadanos.

—¿Quiere decir que no eran ciudadanos los de Londres, Hamburgo, Dresden, Tokio; muertos a millares en los bombardeos? Y no menciono a Hiroshima y Nagasaki porque esas acciones pertenecen más directamente a la Tercera Guerra Mundial que a la Segunda.

—No veo cómo podríamos limitar una guerra.

—Podríamos llegar a un acuerdo con los rusos: atacar solamente… las bases de misiles.

—¿Y si esas bases estuvieran cerca de las ciudades?

—No habría más remedio que trasladarlas a otros sitios.

—Una oferta como esa podría ser considerada como un signo de debilidad.

—Quizá pudiera intentarse.

—Tienen tanto que perder como nosotros.

—Estamos confundiendo los temas. Debemos eliminar la guerra, no limitarla.

—Eso no nos corresponde a nosotros, general Black.

—Somos quienes más sabemos de ello.

—Usted es un soldado, Blackie: sirve a la política, no la hace.

—No nos engañemos: el modo en el que decidamos hacer una guerra es también política. Si llevamos a cabo una guerra limitada con armas nucleares lo que hacemos es librar a otros de responsabilidades. Sigamos haciendo lo que hacemos y nadie saldrá perjudicado. La guerra limitada no es posible y ustedes lo saben.

—Por mi parte no estoy tan seguro.

—La guerra limitada no puede existir, y mucho menos con bombas de hidrógeno. Cuando empiecen a caer será imposible hablar de limitaciones.

—¿Está usted sugiriendo el desarme, general Black?

—No lo sé.

—Pues de sus palabras se desprende una teoría singular. La prensa estaría interesada: el militar es la paloma y el ciudadano el capilar.

—Vamos demasiado deprisa, perdemos el control.

—¿Puede especificar, general?

—Intentamos hacer la guerra más eficiente.

—Es nuestra misión.

—Y lo estamos consiguiendo. Estamos en condiciones de destruir el mundo varias veces.

—Eso no quiere decir que debamos hacerlo.

—Es algo que no podremos impedir, y usted está de acuerdo conmigo.

—Tenemos una maquinaria de guerra que actúa más rápidamente que nuestra capacidad de control. Pondremos al hombre en situaciones tan difíciles que no será capaz de salir de ellas.

—Preparemos al hombre.

—¿Qué pasaría si ellos atacaran primero?

—Tomaríamos represalias y sería el fin.

—Oh… ¿Preferiría que sólo fuera nuestro fin?

—Debemos prepararnos.

—Estamos preparándonos, pero debemos ir despacio.

—Pues yo opino lo contrario, señores: debemos ir mucho más deprisa. Naturalmente, eso supone más riesgo y sólo podremos controlar nuestras propias acciones. Nuestro concepto de una guerra limitada está basado en la reciprocidad por parte de los rusos y en la seguridad de que no habrá accidentes. Pero supongamos, por ejemplo, que ese objeto volador no identificado fuese uno de sus misiles de 20 megatones que se hubiese desviado por error. ¿Cómo se podría probar que fue realmente un accidente? Y, si se pudiera, ¿habría alguna diferencia? Aunque nos lo creyéramos, ¿pondríamos límite a nuestras represalias o responderíamos con todos los medios a nuestro alcance?».

Esta discusión bombea a toda la película. Se vuelve a poner en polémica una posición pacifista, esta vez más inteligentemente planteada, junto con el realismo del profesor. Vemos cómo ya se parte de la idea de la guerra gestada en las primeras guerras mundiales, la cual se puede resumir en que el ejército ya no sirve —como era tradición en Occidente— para demostrar superioridad, pretendiéndose en último término ir a la guerra para procurar la rendición del contrario. En cambio, ahora se piensa que el objeto es hacer el mayor daño posible para, así, mermar a un contrario ya deshumanizado. Este diálogo daría para un curso completo de doctorado, pues están todos los temas en juego. Pero, en cualquiera de los casos, uno en estos temas políticos tan delicados tiene que asumir la situación actual y los errores del pasado. Quizá las armas nucleares nunca debieron existir o quizá pensar esto sea una utopía, en tanto que era inevitable teniendo en cuenta el cientificismo imperante desde el siglo XVII… Y así podríamos encadenar todas las malas decisiones que nos trajeron hasta aquí. Saber esto nos sirve para conocer mejor el contexto, pero, por su valor práctico, es agua pasada. En este sentido, lo más probable en la Guerra Fría era la mutua destrucción y, sin embargo, con altas dosis de buena suerte no ocurrió el desastre. Pero, a su vez, las políticas de no proliferación en el fondo se basan en la idea de la guerra limitada. Si impedimos que nuevos países tengan armas nucleares, reducimos las posibilidades de conflicto termonuclear y de accidentes. Eso sí, ¿cómo conseguimos que el resto de los países no desarrollen armas nucleares? Es sencillo: porque nosotros tenemos la suerte de haberlas desarrollado primero, podemos dominarlos y asegurar que nunca las tengan. (Esta es la idea que veremos que puede latir en el fondo de otra película anterior, de 1951, que ya comentaremos: “Ultimátum a la tierra”.)

Los pinchos afilados hay que tenerlos para evitar que un vecino salvaje y poco razonable nos invada y viole a nuestras mujeres y esclavice a nuestros hijos con sus propios palos. Y, por lo tanto, lo justo es que los pinchos más afilados los tenga el pueblo más civilizado. La carrera armamentística es tan vieja como el ser humano y, gracias a Dios, hemos tenido la suerte de que, a día de hoy, el país más poderoso militarmente está dentro del grupo de los más civilizados. El problema es que, por circunstancias de la vida y por ciertas coyunturas históricas, después de la Segunda Guerra Mundial se permitió que pueblos poco civilizados accedieran a esta tecnología. Tuvimos suerte con los rusos, dado que eran lo suficientemente civilizados; la cuestión es si en los conflictos del futuro tendremos la misma suerte con nuestros adversarios. Espero que no nos tengamos que arrepentir de elegir aquella peligrosa idea de que «el enemigo de mi enemigo es mi amigo»… Pero, claro, ¿cuál hubiera sido la otra opción: aliarnos con los nazis o, por lo menos, no haberlos destruido?, ¿haber dado la puñalada trapera a nuestros aliados y abrasarlos con el calor nuclear antes de que fuera demasiado tarde?, ¿no hubiera sido eso muy nazi? Las cuestiones ficcionales que podríamos plantear serían infinitas —muchas de ellas darían para película—, pero lo que es un hecho es la dureza de la historia y la dificultad de la política.

Prosigue la película y, como ya habréis descubierto, no vamos a pararnos en esta ocasión demasiado en la trama, entre otras cosas porque con lo ya dicho se posiciona perfectamente por encima del resto de la época. Hay, por lo menos, dos diálogos más que darían para mucho, pero sería excesivo para la longitud de este artículo, además de que habría que contar un par de cosas sobre ética y metafísica en profundidad para sacarle todo el rendimiento. Resumen: vamos a volver otra vez —y, quizá, alguna más— a esta película; que por algo es un clásico. Cabe destacar ahora una idea sobre un detalle técnico, que aparece en un diálogo mucho después y que puede ser ilustrativa para quienes no estén demasiado familiarizados con el fondo técnico de los ordenadores:

«—Señor secretario, el señor Knapp está conmigo y él sabe más que nadie sobre equipos electrónicos.

—Cuanto más complejo es un sistema electrónico, más fácilmente comete un error; con el tiempo, algo falla.

—¿Qué puede fallar?

—Un transistor que se quema, un condensador que se extingue… Algunas veces se cansa, como la gente.

—Olvida usted un factor importante: las máquinas son supervisadas por seres humanos y, si las máquinas fallan, los hombres pueden corregir el error.

—Ojalá fuera así… El hecho es que las máquinas trabajan tan rápidamente, son tan complicadas… Los errores que cometen son tan sutiles que, a menudo, un ser humano no puede saber si la máquina está mintiendo o diciendo la verdad».

Ya sabéis: si el tiempo es largo, las probabilidades de supervivencia tienden a cero. Esto se puede aplicar a todo. Por mucho que las máquinas no mueran, son tan materiales como nosotros, atándolas esto al destino de todo lo material: cambiar, corromperse. Esta realidad, inocua para el cosmos, desde el momento en el que sabemos que vamos a morir y que nuestras creaciones van a fallar, nos invita a actuar siempre bajo el principio de prudencia y responsabilidad. Esta es la idea sobre la cual pivota el resto en esta película inmortal. El tono, salvando las distancias, nos recuerda mucho a Threads (1984). Terminamos aquí destacando cómo le gustan a Lumet los buenos diálogos —estamos pensando en “Doce hombres sin piedad” (1957) — y lo bueno en general. Esto es, además de una obra maestra, todo un ensayo sobre la idea de si el fin justifica los medios y acerca del peso de la tecnología en la sociedad y del sentido de la guerra; todo ello desde una posición nada inocente, extremadamente gris, dura y polémica. Nos presenta algo muy serio sobre lo que reflexionar. No olvidemos que la obra de Platón es el origen de Occidente y que esta se moduló a través de diálogos, es decir, mediante literatura. Desde entonces, hemos intentado luchar contra nuestra imbecilidad, y películas como esta nos recuerdan que debemos seguir luchando.

«Era un buen soldado».

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