Los restos del día (1989)

Hoy vengo a hablaros del libro “Los restos del día” (1989), del japonés —afincado en Inglaterra y ganador del Nobel de Literatura en 2017— Kazuo Ishiguro. La realidad es que no me va a resultar nada fácil hacerlo, por ser un libro algo atípico en aquello que nos cuenta y en la manera de hacerlo, pero voy a hacer un esfuerzo por hacerme entender. “Los restos del día” nos plantea el viaje en coche de un mayordomo, mister Stevens, durante el que reflexiona sobre sus viejos tiempos en una gran casa, Darlington Hall, en la que sigue trabajando aún, aunque ahora a las órdenes de un diferente patrón. La narración combina presente y pasado, poniendo de relieve aquellos momentos más significativos de la vida de nuestro protagonista, y permitiendo de ese modo que entendamos mejor cómo es y la manera que tiene de comportarse.

No puedo decir a ciencia cierta si la historia que cuenta me ha gustado o no; me resulta algo fría, pero tampoco sé si es fruto de la intención —Stevens es un hombre extremadamente distante en el trato y algo insensible— o si a mí, a nivel personal, no ha conseguido convencerme. Sinceramente, no creo que haya sido tanto por el carácter de Stevens, pues no considero que uno siempre tenga que encontrarse con personajes con los que encaje o que le resulten agradables, sino más bien por la indefinición del sentido de la trama. Tampoco tengo nada en contra de lo que cuenta, pues además creo que está bien narrado, pero se me queda bastante flojo. Una de las cosas que me ha ocurrido a medida que lo iba leyendo es que me parecía que iba a pasar algo extraordinario o con peso, pero al final me daba cuenta de que todo eran pequeñas anécdotas —más o menos interesantes— sin un rumbo demasiado claro. Esta ligera molestia de leer cómo el protagonista cuenta sus batallitas, dándoles más importancia de la que realmente tienen, se compensa con lo que yo considero más valioso del libro: aquellas cavilaciones acerca del papel de uno y del oficio que ejerce.
 
La reflexión sobre qué significa ser un gran mayordomo resulta recurrente a lo largo de toda la historia. De algún modo, y a través de la figura de Stevens, vemos cómo el deber de dicha ocupación se antepone siempre a las vicisitudes reales del mundo y, por ende, también a aquellas que conciernen a sus seres más cercanos. Se hace patente en varias ocasiones cómo un buen mayordomo busca servir a alguien con una gran talla moral, alguien que influya en el futuro de la civilización. De ahí se sigue que un mayordomo, estando al servicio de grandes hombres, también está al mismo tiempo al servicio de la humanidad y, por tanto, influye de algún modo en su destino. Esta meditación profunda sobre una profesión —en este caso, la de mayordomo, pero valdría para cualquier otra— resulta digna de consideración, y abre un horizonte que busca poner sobre la mesa el papel que ocupa uno en la sociedad, así como la función o tarea que desempeña de cara al resto de personas con las que convive o sobre las que influye —sin saber de qué manera o sin conocerlas necesariamente de facto—. A raíz de estas idas y venidas acerca de las condiciones que van de la mano de ser un gran mayordomo, también aparece la idea —a veces tan difícil de asimilar, sobre todo en estos tiempos donde todo el mundo cree tener algo relevante que decir y donde todas las opiniones compiten por tener la misma densidad— de que no todo el mundo puede dedicarse en primera plana a las tareas importantes, pero que dichos asuntos tampoco podrían llevarse a cabo si no hubiera detrás otras muchas personas que pasan desapercibidas y que, sin embargo, resultan fundamentales para que esas cuestiones significativas se produzcan de la mejor manera y en las condiciones más favorables posibles. De algún modo, en todo este razonamiento está implícita la idea de que cada uno debe dedicarse a su quehacer lo mejor que pueda, sea este cual sea. Esto, dicho sea de paso, implica necesariamente una cura de humildad y un saber que uno llega hasta donde llega, y que no puede ni abarcar todas las cuestiones ni pretender comprender materias que van mucho más allá de lo que a él le gustaría reconocer.
 
Si creo que hay otra cuestión digna de ser destacada es la manera en la que Stevens enmarca el prototipo de persona muy introspectiva a la que le cuesta mucho abrirse a los demás y que, quizá por miedo o poca costumbre, da la impresión de ser como una piedra, aunque sufra incluso más que aquellos a los que se les nota por activa y por pasiva que lo están pasando mal. Este tema en concreto me interesa, y además considero que juega un papel relevante al final de la trama, pero tampoco me parece que se trate de una manera extremadamente original. A medida que se van produciendo distintos acontecimientos y nos damos cuenta de la indiferencia y estoicismo con los que nuestro protagonista los soporta, apreciamos que su manera de afrontar los sucesos cotidianos resulta un tanto inusual. Este libro es un fiel retrato de cómo el refugio en un oficio puede llevar a una persona a la más absoluta frialdad y desconexión con la vida, y cómo también eso puede tener consecuencias irreparables en la manera en la que uno deja pasar ciertas oportunidades que luego ya no tienen remedio y que son incapaces de volver a recuperarse.
 
Conviene, eso sí, hacer alusión a la película basada en el libro que hoy nos ocupa: “Lo que queda del día” (1993). Por mucho que el libro sea extremadamente visual, en tanto que nos narra el día a día de un mayordomo en una casa de suma importancia en la época en la que se ambienta el texto —la Inglaterra de los años 50 del siglo XX—, creo que carece de la fuerza suficiente como para tener algo demasiado interesante que contar. Nos muestra los entresijos de una profesión, sí, y cómo ciertas personas se refugian en el trabajo hasta parecer máquinas en vez de seres vivos de carne y hueso, pero no es capaz de dotar del peso necesario a estas cuestiones, que, ciertamente, lo tienen. Cabe, desde luego, destacar las actuaciones magistrales de un contenido Anthony Hopkins y de una dulce, a la par que inquisitiva, Emma Thompson. La escena del libro adquiere en la película un matiz muy particular, que la hace excesivamente agradable de ver, al tiempo que capta de manera certera la impotencia que genera en el lector —o en el espectador, en este caso— ese tira y afloja constante entre mister Stevens y miss Kenton. A su vez, la manera de cerrar la historia entre ambos resulta distinta en el libro y en la película: así como en el libro resulta más explícita, en la película se deja entrever a través de un recurso, sin duda, más cinematográfico, que es esa unión de manos, ligeramente más larga de lo normal, y ese llanto desconsolado de ella al alejarse en el autobús.

De algún modo, este libro dota de gran importancia al pasado y a los caminos que se extravían por las decisiones que uno toma —o no toma—, a la par que reflexiona sobre la trascendencia que adquieren ciertas situaciones del pasado en el presente en el que nos hallamos y que, sin embargo, en dicho momento resultaron de todo menos sustanciales. Pero, al final, a donde pretende llegar es a que resulta irrelevante darle vueltas al «¿qué habría pasado si…?», pues esto nos conduce a no ser agradecidos con la vida que llevamos y a vivir completamente presos de un pasado que ni podemos cambiar ni nos permite avanzar. En cualquier caso, no sé si sería un libro que recomendaría leer. Lo cierto es que, por mucho que uno pase un buen rato inmiscuido en sus páginas, siente que se prometía más de lo que finalmente termina ocurriendo. Puede que eso sea muchas veces lo que le pasa a uno en su vida: cree que va a ser algo muy diferente de lo que acaba realmente siendo; pero creo que sería demasiado optimista pensar que la intención del autor haya sido precisamente esa. Con todo, me interesa la pluma de Ishiguro, y verdaderamente espero que alguno de sus otros libros consiga unir tanto forma como contenido, pues en “Los restos del día” me parece que este último no acompaña a una narración que apuntaba maneras. Además, con ese título tan evocador, me esperaba más de lo que luego me encuentro. Aunque quizá lo del título vaya un poco por ahí: aprovechar el poco tiempo que nos queda cuando restamos el que dedicamos a pensar en el pasado y el que destinamos a asustarnos por el futuro.


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