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COVID-19. Primera parte: cuatro ideas sobre el coronavirus chino y la imbecilidad humana

Deseamos que estéis aprovechando estos momentos del año —esta vez, sin primavera— para disfrutar del confinamiento con moderación; así como empleando bien el tiempo a través del deleite intelectual que pueden dar la lectura, el cine, la música y demás artes solitarias. Y que, a su vez, estéis cumpliendo con vuestros deberes, asuntos o importancias del día a día con madurez —sobre todo si implican salir de casa—. Mientras tantos otros pensadores llevan desde el principio de esta coyuntura pandémica dando batalla desde variopintos lugares —teóricos e ideológicos— e intereses —dignos e indignos—, nosotros hemos querido esperar para tomar mayor perspectiva y dejar que las ideas fermentaran. Pero ya ha llegado el momento de decir un par de cosas, sobre todo acerca de lo que ha causado esa entidad microscópica, a medio camino entre lo vivo y lo inerte, llamada SARS-CoV-2: el famoso virus chino con pinta —echándole mucha imaginación— de corona. Eso sí, los que quieran respuestas simples, ya adelantamos que no las hay y que van a quedar muy desilusionados; salvo que acepten aquella generalidad simplísima de que esto se debe a una mezcla explosiva de imbecilidad y egoísmo —como siempre—, pero no atesorada únicamente por una camarilla de líderes zopencos, sino por un conjunto lo suficientemente amplio de la sociedad, compuesta por millones de hombres, donde posiblemente esté incluido usted, querido lector (esperamos que, en caso afirmativo, tenga a bien reconocer su parte de responsabilidad y no prosiga en el resentimiento). Esta es la primera parte de este tema, la cual se centrará en la cuestión política y técnica. Empecemos.

Lo primero de todo, dado que hemos empezado tan fuerte, es reconocer que un servidor fue hasta el viernes 13 de marzo —un día con mal nombre, pero donde primaron las buenas ideas— un escéptico que llegaba a creer que este virus podía ser asemejable a una gripe, si acaso un poco más fuerte. Las causas de esta erradísima creencia eran tres. La primera es ser parte de una generación extremadamente acomodada, incapaz de considerar la posibilidad de que el estado actual de las cosas pueda cambiar; y, aunque un servidor era plenamente consciente de esta realidad en el plano teórico, falló a la hora de aplicarlo a la coyuntura actual. La segunda causa es que consideraba que la gente del gobierno ‘PSOE-podemita’ no se arriesgaría a comerse un marrón de tales dimensiones, sobre todo por cuestiones de supervivencia política, y que, si no estaban tomando medidas y habían permitido las manifestaciones del 8M, sería porque tenían claro que la cosa estaba controlada —lo que, por cierto, se repetía con bastante asiduidad en los medios, muchas veces avaladas por ‘expertos’ (y, para ejemplo, un botón)—. Con todo, no era un escéptico suicida, y cosas como asistir a aglomeraciones, en general, y a manifestaciones verbenescas, en particular, ya me parecía más imprudente de lo habitual por las novedosas razones sanitarias. La prudencia es una virtud que, entre otras cosas, exige que, en caso de que el mal menor, o más improbable, sea inasumible, lo mejor es no actuar —aunque eso vaya en contra de nuestras pulsiones, quereres y/o caprichos—. La tercera y última causa es una buena dosis de imbecilidad, dado que, con los datos disponibles, cualquiera podía hacer una gráfica y ver que ya para el 3 de marzo los números pintaban regular, y que, por prudencia, deberían haberse encendido las alarmas antes (todo esto podía ser deducido por cualquiera…; ni hablar, por tanto, de los datos que deberían estar en posesión de los ‘expertos’). Así que pequé de ser demasiado acomodado y confiado; lo cual, eso sí, no me impidió reconocer el error cuando, en polémica con el otro hemisferio de este proyecto, tuve que admitir las necesarias medidas de cautela ante un posible virus muchísimo más peligroso de lo que creía —el orgullo intelectual igual debe servir para defender una postura como para dejarla cuando se demuestra indefendible—. Y, desde entonces, hemos ido comprobando a las malas cómo ese coronavirus que «no será diferente a una gripe» se demostraba como una pandemia global con potencia para matar a cientos de miles —que, fácilmente, al final serán millones, y que son en su mayoría ancianos, enfermos y gentes débiles, muchos de ellos a su vez desprotegidos y/o pobres— y con capacidad para bloquear al mundo entero; provocando una crisis económica y social que aún estamos por conocer, pero que se prevé como la peor desde las guerras de mediados del siglo XX. Una vez asumida nuestra parte de responsabilidad dentro del problema, vamos ahora a aportar nuestro granito de arena respecto a la solución, que, teniendo en cuenta nuestro oficio, no puede ser otra cosa que pensar, de cara a aprender sobre lo ocurrido y con vistas a apostar por modular acciones, meditadas y prudentes, y así soportar el gris futuro que se nos va viniendo encima.

En segundo lugar, y en esto debemos dar la razón al hijo de Locke, Juan Ramón Rallo, y a muchos críticos del gobierno que son de su cuerda, cabe señalar que una de las claves para entender la tragedia de la pandemia está en no haber empezado con el confinamiento antes. ¿Cuánto antes? Una semana, atendiendo a los datos, parece algo evidente. Invitamos a cualquier defensor de la actuación del gobierno a repasar lo que se sabía de la situación del virus en Italia y en España la semana de antes de que se decretara el estado de alarma… No se entiende que no se tomaran medidas, por lo menos, desde el 3 de marzo; desde las más suaves, tipo prohibir concentraciones, hasta otras más graves que, poco a poco, hubieran desencadenado en un confinamiento total que, perfectamente, se podría haber decretado el 7. Las razones de que no se hiciera así fueron dos. La primera de ellas es que, en el mundo en el que vivimos, pocos son los que se rigen bajo las reglas de la prudencia y, evidentemente, había intereses en las manifestaciones del “8M”: Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Decidimos emplear el plural, no sólo porque hubo infinidad de manifestaciones, sino porque estaban con el temita todas las fuerzas políticas, con la única salvedad de que los partidos que están en el gobierno —las ‘PSOE-Podemitas’— tienen un agravante por el hecho mismo de estarlo. La segunda es la imbecilidad, más o menos interesada; pues supongo que, si hubieran sabido lo caro que les iba a salir la apuesta, hubieran sido más cautelosos. Pero, claro, ¿qué se puede esperar de partidos con la trayectoria del PSOE o Podemos?

Ya analizamos los programas de estos partidos y resulta fácil inferir la calidad humana de sus integrantes y votantes. Estamos hablando de más de 10 millones de personas que entran en este perfil —gentecillas estas que debieron disfrutar mucho la verbena feminista—, sumando sus apoyos nacionalistas —que ya sabemos a lo que van y que son aproximadamente unos 600 mil—, sin olvidarnos de los podemitas traidores de Más País. Pero tampoco podemos obviar a los otros ‘podemitas’, los de VOX, que no son ni conservadores ni liberales ni nada concreto, sino, ante todo, oportunistas —he aquí una buena prueba de actualidad— que tenían su propia fiesta y que entran perfectamente en esta categoría, con más de 3 millones y medio de votantes. Después, encontraríamos a PP y Ciudadanos, que, inevitablemente, queriendo o sin querer, juegan al mismo juego y, en este caso particular, mantienen posiciones muy tibias respecto a la paranoia feminista actual y sus irracionales excesos (sumemos, pues, otros más de 5 millones y más de uno y medio, respectivamente).

Este análisis numérico lo traemos a colación porque vivimos en democracia y todos los que votaron eran —o debían ser— conscientes de a qué tipo de política estaban votando. Esa que, en los últimos tiempos, en vez de dedicarse a la buena gestión y, en la medida de lo posible, a defender e intentar ampliar el bien común del que disfrutamos todos los españoles, se dedica a calentar asientos y mantenernos a todos entretenidos con peligrosos juegos de espejos. A alguien vulgar le puedes encargar llevar una finca que va viento en popa sin que se note demasiado en el corto plazo, pero ten cuidado de que no haya un incendio, porque, si lo hay, has confiado tu futuro a alguien que no se ha planteado en su vida manejar un extintor. Y, claro, la gente acomodada y ajena a cualquier noción de responsabilidad o prudencia se dedica a votar con la cabeza vacía y el corazón saturado; como aquel que piensa que puede conducir bebido porque no le va a tocar a él quedarse parapléjico, víctima de un accidente de trafico… ¿Empezáis a ver por dónde vamos? No somos víctimas del COVID-19, ni siquiera sería justo decir que lo somos de una camarilla palaciega de indignos botarates: somos víctimas de nuestra propia estupidez. Y debemos dar gracias a Dios, a Jesucristo y a toda la corte celestial porque este coronavirus no haya sido muchísimo más letal o la crisis fuera cómo gestiona el ‘Pedro Iglesias’ —de la mano de sus camaradas nacionalistas— nuestra acción en el marco de una hipotética Tercera Guerra Mundial. El gobierno es el primer responsable de las imprudencias acometidas y de sus consecuencias, pero los que les votaron son corresponsables en segundo lugar y, en tercer lugar, lo es también el resto que votó a partidos que pusieron, por delante de la prudencia ante la crisis sanitaria, el juego propagandístico del 8M. Pero hay un cuarto, y ese somos todos los que miramos para otro lado y no nos empezamos a remover de asco y preocupación mucho antes.

En cualquier caso, la cuestión numérica también sirve para otra cosa… Les invito a hacer las cuentas: somos 46 millones de españoles, de los cuales 6 y pico son niños. Por lo tanto, nos quedan 40: de estos 40, otros 4 son ancianos y otros 7 son lo suficientemente mayores para tenerle un miedo supervivencial al virus. De este modo, nos quedan 29. Recordemos ahora los 13 y medio de un tipo, los tricolores, los 5 azules, el uno y medio de los casi extintos naranjas y, luego, un grupo del cual no podemos decir nada. Tomemos como ejemplo los 40 sin niños: los 13 de la primera categoría son ya más de un cuarto del total de la población; si a estos les sumamos 6 y medio, quedan casi 20 millones (es decir, la mitad). No queremos hacer un estudio riguroso con esto, ni nada parecido, sino tan sólo mostrar nuestra intuición de que una parte muy significativa de la sociedad estaba a todo menos al coronavirus las semanas de antes (se hallaban, más bien, inmersos en sus cómodas vidas o dedicándose a variopintos entretenimientos y distracciones, como la política en torno al delirio de la ley del ‘solo sí es sí’). Normal que nos esté yendo como nos va. Muchos, muchísimos no pueden culpar al gobierno de su gestión, dado que sirven a la masa que les ha votado clientelarmente, a la vez que alimentan el juego de parte de la oposición, mientras que los demás son cómplices.

A partir de estos números también se entiende perfectamente que, a día de hoy, la mitad de la gente vaya por la calle sin mascarillas, y muchos, cuales imberbes adolescentes, siempre hayan estado buscando sacar al perro, hacer la cola para comprar la barrita del día y, ahora, salir a pasear. Dado que ¿por quién iban ellos, acomodados dioses en la tierra, a dar su brazo a torcer? Por ese viejo, débil y pobre, desde luego que no. Ni tampoco pueden asumir la molestia de estarse quietecitos y ser prudentes —muchos por primera vez en su vida— y no hacer lo que les apetece en unos meses… Ni tan siquiera eso. Pero, claro, muchos votaron al partido que consideraba el temita del ‘solo sí es sí’ una prioridad; muchos votaron a lo mismo, pero en contra; y otros tantos votaron a los cómplices tibios que nunca terminaron de posicionarse con firmeza. Y estamos hablando de muchos millones de personas de todos los oficios, incluyendo sanitarios, policía, etcétera. En todos los estratos abunda lo mediocre, siempre permisivo con lo bajo, y escasea lo excelso. Por eso los acontecimientos han ido como han ido.

Ahora vamos a comentar una serie de puntos que hemos considerado importantes; algunos hitos y hechos de esta pandemia que, una vez entendido lo anterior a modo de contexto general, pueden ayudarnos a entender detalles de todo lo concerniente al coronavirus. Vamos a hablar de precedentes, de algún tema técnico sanitario, de algún otro de gestión —tanto gubernamental como mediática—, quizá acerca de alguna idea sobre la coyuntura global y, finalmente, plantearemos algunas conclusiones.

Precedentes

De entrada, ¿por qué uno de los congresos sobre comunicaciones móviles más importantes del mundo, el MWC, que iba a tener lugar el 24 de febrero en Barcelona, se cancela el 12 de ese mismo mes? Evidentemente, fue por el COVID-19; la cuestión es: ¿cómo puede ser que una organización privada, que se juega pérdidas económicas contantes y sonantes, sea más prudente que nuestro gobierno ‘progresista’?

Insistimos en el Plan de la Pandemia de Gripe de 2005: ¿por qué este documento no se trata masivamente en los medios y un servidor ha tenido que toparse con él de rebote?

¿Estamos todos de acuerdo en que confinar como libros a los abuelitos, y cerrar los ojos para seguir viviendo la vida despreocupadamente, puede tener sus riesgos, pero que, posiblemente, este melón no se termine de abrir porque están metidas fuerzas políticas de todos los colores y lugares, además de que cuentan con el resentimiento de la población? Porque… ¿acaso no teníamos todos claro que no queríamos acabar en esa residencia, en la cual hemos metido a nuestro padre, cuando envejezcamos?

No creáis que nos hace especial gracia dar publicidad a Rallo, pero también caímos en pensar que los recortes del PP en Sanidad…, pero no. Tiene varios vídeos, os dejamos uno (y, si queréis más caña, la buscáis en su canal). Mas, con toda esta fiesta, comprobamos que los funcionarios tienen derecho a decidir ir a la sanidad pública o a la privada a costa del Estado; un ejemplo de coherencia y eficiencia, claro que sí. La MUFACE es uno de esos detallitos que le debemos al franquismo, que no molestan y de los que nunca se habla.

Temas técnicos sanitarios

Sólo este tema daría para un artículo entero y no somos médicos, aunque sí tenemos alguno cerca. Con todo, sería arriesgado meterse demasiado en harinas, así que comentaremos un par de cosas muy de bulto desde la sospecha razonable.

Todos tenemos la sensación de que, para ser un virus que se contagia por el aire, el asunto de las mascarillas ha sido un tema conflictivo de lo más recurrente: desde el caos del principio, cortando los suministros habituales, pasando por la carencia en tiendas, y terminando con ideas tan maravillosas como la de fijar los precios. (Va otro vídeo del que «sólo es liberal».) Antes de ayer se veía a un policía desde mi ventana sin mascarilla: nunca sabremos si es que aún escasean, si está al límite y no puede llevarla porque se agobia o, sencillamente, ya pasa de todo —o siempre lo hizo—. Lo que sí sabemos es que circunstancias similares son las que pueden darse también con los sanitarios, que igualmente son humanos y votantes. Debería ser obligatorio llevarlas desde el principio, pero claro, para eso debemos tenerlas, y la organización da hasta donde da.

Lo de los tests rápidos también ha sido para echarse a llorar, ya que son una herramienta capital para controlar la pandemia. Han escaseado y nos han timado al conseguirlos, dando siempre la sensación de que la situación estaba muy lejos de estar bajo control. (Y, bueno, temas como la posibilidad de que alguna gente vaya directamente al crematorio sin testar o mal testadas, o el tema de las autopsias que comenta el doctor José Cabrera y Forneiro, son dudas sobre las que sólo queda sospechar y armarnos de paciencia, dado que van a pasar años hasta que se sepa con claridad qué ha estado pasando en este sentido.)

Eso sí, sacar a pasear a los perritos, pobres ellos, es una cosa de primera necesidad; y que sus dueños tengan la excusa perfecta para haber sido imprudentes todo el confinamiento ya es de 10 (y siempre estará PACMA para mejorar lo presente).

Por último, está muy bien confiar en una inmunidad —que puede ser de 2 años o 2 meses— mientras dejamos a la gente salir —la mitad haciéndolo sin mascarilla y, por tanto, exhalando y respirando el virus (no olvidemos que en el aire puede aguantar, por lo menos, 3 horas)— cuando aún no disponemos de un estudio estadístico en condiciones que nos permita organizarnos y saber qué tanto por ciento de la población aún es susceptible de enfermar. Para no vivir en una sociedad religiosa, nos consagramos sin pensarlo a la suerte. Porque ¿para qué esperar a tener los datos, y así empezar el desconfinamiento con unos márgenes de seguridad que nos ayuden a recobrar la normalidad lo antes posible, minimizando además los riesgos? ¿’Desescalada’? ¿’Nueva normalidad’? Por favor, ya no hace gracia; es mejor «compartir la emoción que sentimos al ver a los niños disfrutando en la calle». (Y, bueno, aquello de que los jóvenes puedan salir hasta las 23:00 de la noche… Claro que sí, seguro que la mayoría va a comportase de manera cívica y no va a juntarse con sus amiguitos a beberse una litrona, qué va…, imposible.)

Temas de gestión gubernamental y mediática

Este campo está bien surtido, pudiéndose encontrar innumerables casos de simple y llana estupidez, como el ya traído de los nacionalistas que insisten en el delirio de hablar vascuence, gallego o catalán en el Senado; lo que resulta ahora doblemente egoísta y palmariamente irresponsable dada la epidemia (siendo esta una de muchas, pues todos recordaréis la pantomima de que la distancia para evitar el contagio no era ni uno ni dos, sino metro y medio).

En el terreno de la imprudencia dentro de la gestión, tanto del gobierno como de la oposición o de los propios medios de comunicación, quedan casos como el de un tal José Juan Zaplana, que un día leyó una lacrimógena carta, demostrando cómo el PP puede aprender de la exagerada emotividad y lagrimeo vacío propio de Podemos. Intentaremos olvidar cómo pasamos de la inocua —incluso respetable, por aquello de que sorprende ver a las masas haciendo algo juntas que no sea violento o estúpido—, pero no por ello menos molesta, costumbre de aplaudir a las 20:00 a la reivindicación cacerolesca que empezó con aquel ejemplo tan triste de cómo el gobierno intentaba tirar balones fuera atacando a la monarquía, y que luego abriría la veda a estar todo el día con los ruiditos.

Fue una imprudencia más grave y preocupante cuando se produjo la prohibición de los despidos por fuerza mayor o causas objetivas, lo cual no pudo sentar peor precedente. Una ley se hace por algo, es decir, tiene un sentido; y, en este caso, esta ley estaba hecha para facilitar el despido en casos de crisis, como lo es el actual. Si la ley estaba mal planteada o era injusta, se debía haber tratado antes. Pero esto de bloquear una ley justo antes de su aplicación es apostar por la arbitrariedad y por un mundo en el cual no sepamos a qué atenernos, dado que las leyes parece que pueden cumplirse o no, dependiendo del caso; es, por tanto, un pasito más hacia el despotismo. Es parecido al tema de gobernar por decreto o las amnistías: herramientas excepcionales que no deberían usarse como regla general.

Ya hemos hecho referencia al análisis sobre la población, que se debía haber hecho antes de desconfinar a nadie; y, bueno, ahí estaba el estudio de seroprevalencia, a 12 de mayo, sin dar aún datos (no vamos a hacer más comentarios al respecto). Tampoco vamos a hablar sobre la unilateralidad del gobierno a la hora de gestionar la crisis —esperemos que, ahora que Ciudadanos les ha dado un voto de confianza, se moderen—. Por lo demás, todos conocéis la polémica en torno a los datos de la OCDE, pero no se ha hablado tanto de la derogación del sistema de tasas universitarias de Wert o, mejor dicho, del «“tasazo Wert”»… Es interesante cómo nos centramos en combatir al coronavirus, aprovechando el estado de alarma.

Uno de los pilares fundamentales de este soberano desatino ha sido el papel de los medios de comunicación y el cómo se les trata. Cabe comenzar esta parte comentando algo sutil que no he oído demasiado por los mares internáuticos… ¿A nadie le ha parecido extraño la cantidad de famosos que han enfermado a causa del coronavirus y la insistencia de los medios en ello? A ver si a alguien se le ha ocurrido que se aseguren de recordarnos que esta enfermedad no sólo se ceba con los ancianos más pobres y enfermos, sino que también los ricos la sufren; eso sí, siendo, evidentemente, los menos, dado que, aun siendo mayores, las personas acomodadas suelen gozar de mejor salud y medios más adecuados para conllevar la enfermedad. Una vez comentada esta sospecha razonable, vamos a meternos de lleno con el tema de los medios de comunicación —tradicionales y no tradicionales—, empezando por esa imprudente jugada por parte de Podemos a la hora de sacar de quicio el tema de los bulos de internet; pudiéndose interpretar como un oscuro movimiento que atenta contra la libertad de expresión, con el agravante de darse en un contexto excepcional de estado de alarma y pandemia (para no hacer este artículo inmenso, si alguien no lo tiene trabajado, que empiece por aquí; y, sí, Rallo está haciendo su abril). El problema de fondo, al margen de que el gobierno está nervioso, es que, por mucho que existan periodistas que intentan hacer su trabajo —siendo interesante, a este respecto, esta noticia sobre la represión en el ejercicio del periodismo—, la realidad es que el periodismo clásico lleva pudriéndose muchos años y, si ya en 2016 se permitía que la televisión pública —Televisión Española, ni más ni menos— hablara del delirio de la electrosensibilidad en estos términos, para terminar haciendo un publirreportaje a costa de la desinformación, no cabía ser muy optimista respecto a su actuación en la coyuntura actual. El periodismo era el cuarto poder en democracia, ¿no?

Un par de notas sobre el tema a nivel global

El tema global se reduce a un solo tema de importancia: China. Que el país de origen de la epidemia, con más de 1300 millones de habitantes, dé como resultado 4633 muertes —porque, a estas alturas, creo que ya sabemos todos que los datos de infectados no valen casi nada—, si lo comparamos con las cifras del resto del mundo, sólo tiene dos explicaciones: o el sistema socialista chino es superior, o nos encontramos ante un encubrimiento mayúsculo —siendo especialmente gracioso, en tal caso, que en su momento fueran dando lecciones—; lo cual, por cierto, está íntimamente relacionado con que el virus se menospreciara en Occidente y que, por dicha razón, el impacto fuera mayor. En resumidas cuentas, otro ejemplo de gobierno que apostó por políticas imprudentes, guiadas por intereses particularistas que, al final, terminaron desencadenando en una imbecilidad que nos está saliendo a todos carísima, y que, en particular a los chinos, les va a debilitar su credibilidad y a provocar problemas políticos y diplomáticos en el medio plazo muy serios. (Como vemos, en España no somos ni más ni menos que la media mundial en esta coyuntura.)

La cuestión de los chinos en España que cerraron las tiendas y los restaurantes es muy fácil de entender: al margen de que quizá culturalmente sean más prudentes, es sencillo sugerir que muchos de ellos mantengan lazos con sus compatriotas en China y que, de alguna manera, estos últimos les sugirieran sutilmente que la cosa podría ir peor de lo que parecía y, por lo tanto, les pusieran bajo aviso. Por lo demás, tenemos que aceptar con paciencia que todo lo que envuelve al coronavirus y, en especial, a su origen y desarrollo en China va a ser una nebulosa muy gris hasta dentro de algunos años. Así que…, con esta sociedad, con este gobierno, con estos medios y con esta información, ¿qué podemos hacer?

Conclusión

Lo primero de todo, disculpadnos por el exceso de enlaces: hemos creído necesario su uso en este caso para ilustrar lo que decimos, además de que ayudará, cuando esto pase, a escarbar en la marabunta de información. Lo segundo es excusarnos también por la calidad del artículo: se ha escrito en unas condiciones de confinamiento y enfermedad duras (aún no sabemos a ciencia cierta si a causa del susodicho virus).

Recapitulando todo lo ocurrido y dicho, la realidad es que era inevitable que, tarde o temprano, nos tocara una jarra de agua fría. Llevamos en España, desde la Guerra Civil, viviendo una era de paz y progreso económico ininterrumpido: más de 80 años en los que hemos conseguido un aumento extraordinario de la longevidad y la riqueza. Pero, por el camino, le hemos perdido el respeto a la muerte y al sufrimiento (ya se lo estábamos perdiendo desde antes, aunque poco a poco en un principio y más rápido después, siendo en los últimos 20 años algo insultantemente evidente). Nos hemos acomodado hasta el punto de que nos creemos dioses, y eso tiene un riesgo: la naturaleza nos podría demostrar que apenas acabamos de comenzar a comprenderla y que, a poco que sople la brisa, nuestro castillo de naipes puede caer; y esto ha sido una fina, finísima brisa. Lo hemos dicho antes e incidimos en ello: esto ha sido un aviso, una llamada de atención. Tenemos que intentar aprovechar tanto sufrimiento para intentar aprender y recordar, como decía el último gran filósofo universal —Schopenhauer—, que esta vida no va de buscar el placer y la comodidad, sino más bien de evitar el sufrimiento y la muerte prematura; que la felicidad es comprender que la peor parte del sufrimiento es inevitable y que los mejores bienes, aquellos que merecen la pena —como el amor o el conocimiento—, implican siempre esfuerzo, sufrimiento y sacrificio: esto, y no otra cosa, es vivir feliz. Sin olvidar lo perezosos que nos hemos vuelto intelectual y políticamente… Esto tiene el peligro de que cada vez vamos a ser más fáciles de manipular; y, si no nos cuidamos de revertirlo, en el horizonte sólo habrá guerra, arbitrariedad, imposición y despotismo; eso, o una sociedad masificada, totalitaria, deshumanizada y amoral. Una sociedad sin amor, tan ‘diversa’ que sea homogénea, triste y gris; un «establo del bienestar» definitivo, tedioso y desesperante, eso sí, con mucho placer y una variedad infinita de banalidades por consumir, y también con unos índices de enfermedades mentales, drogodependencia y suicidio inaceptables para cualquiera que conserve algo de decencia.

En términos prácticos respecto a la coyuntura actual, nuestra acción debe ser guiada por la prudencia y la humildad; lo cual se materializa en evitar salir a la calle caprichosamente y usar esa incómoda y ridícula mascarilla siempre que nos veamos obligados a salir. Intentar ser pacientes con todas nuestras fuerzas, aceptar que uno puede hacer deporte en casa sin problema, y admitir que se puede disfrutar de la vida dedicándose a la lectura y demás artes solitarias, como ya apuntamos; y dando gracias a Dios porque, al menos, vivimos en el siglo XXI y podemos ver la cara de la gente a la que más queremos todos los días por videollamada. Intentemos no aprovecharnos de las facilidades que nos da el gobierno para ser imprudentes: no hace falta dar un paseo, se puede comprar una vez a la semana y se puede sacar al perrito a 10 metros de casa a hacer un pis y volver —y tampoco sería para tanto, cuando el confinamiento tuvo que ser total, que lo hiciera en casa—. Tenemos que aguantar, no sólo por evitarnos estar francamente enfermos un mes, no sólo por evitárselo a los que viven con nosotros, no sólo porque existe la posibilidad de una segunda ola y de que volvamos a ver el drama en los hospitales y residencias —el triaje y que muchos mueran cuando podrían haberse salvado—, sino también porque la clave de todo es que, mientras no tengamos una vacuna, e incluso en el mejor de los casos, el virus es un francotirador de viejecitos y enfermos, de gente débil y pobre; y, por piedad y empatía con ellos y sus familias y amigos, debemos ser todo lo prudentes y responsables que podamos hasta que esto acabe.

Sin olvidarnos de que, cuanto más se alargue esto, la crisis económica va a ser peor, y eso no implica tanta muerte —sobre todo en Occidente—, pero sí mucho, muchísimo sufrimiento, en tanto que infinidad de familias las van a pasar crudísimas. Incluso cuando sea seguro salir a la calle, tengamos los datos estadísticos y una segunda ola esté controlada o sea muy improbable, deberemos seguir siendo prudentes, mantener las distancias y no olvidarnos nunca de la mascarilla: esta es la forma de que la economía se recupere y de que, sobre todo, los sectores más ligados al turismo —hostelería, restauración, etcétera— dejen de sufrir; y esto es muy importante, pues, por mucho que ser un país de chiringuito y playa no sea lo mejor, la realidad es que lo somos.

Ahora vamos con el núcleo de este asunto, añadiendo una pequeña nota final: el camino para entender el mundo y al hombre que defendemos siempre en esta web. El quid es que, en el fondo, no cambian demasiado, por mucho que pasen milenios, y ni hablar desde la historia de la civilización y Occidente, con Sócrates y Homero, que son nuestros ancestros directos. Los problemas se modulan de diferentes maneras, sí, pero son siempre los mismos; y, por lo tanto, también las soluciones lo son. El egoísmo, los intereses particularistas o espurios, la corrupción, la imprudencia, la estupidez y la ignorancia sólo se pueden combatir con generosidad, sacrificio, esfuerzo, altura de miras, prudencia, inteligencia y conocimiento; todo esto, y altas dosis de paciencia e intuición histórica para evitar a toda costa el último remedio, que no es otro que defenderse y luchar por lo que merece la pena mediante la violencia. Intentemos ser razonables y retrasar, en la medida de lo posible, llegar a ese momento; intentemos seguir pujando porque esto siga medianamente bien y, si puede ser, mejore ligeramente.

Aprovechando lo extraordinario de este artículo, os dejamos dos vídeos para empezar a ser menos ignorantes —y, si alguno duda que tengan que ver con el tema, les invito otra vez a verlos; cuando se los acaben lo comprenderán—. El primero es un resumen muy bueno del fondo de lo que realmente fue la Segunda República Española, en menos de 15 minutos, de la mano del historiador Pío Moa, en una entrevista que le hizo Fernando Díaz Villanueva —uno de los mejores periodistas que tenemos hoy en día— en 2013:

Y, para los que tengan como 5 horas y ganas de aprender, les dejamos el curso completo que hizo Paloma Pájaro sobre el tema: toda una clase magistral que nadie se debería perder, de mano de la que se ha descubierto como la primera profesora de filosofía que, sin hacer concesiones que destruyan la profundidad del mensaje, consigue encajar una clase al formato de YouTube; todo un mérito, desde luego:

Recordamos también ese maravilloso final de una de las mejores ponencias del profesor Juan Bautista Fuentes, en el IV Congreso de Catolicismo de la Universidad Complutense de Madrid. Antes de plantearnos qué hacer, tenemos que resolver en nuestro fuero interno esta pregunta:

«Yo mismo ¿soy de fiar?»

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