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Feminismo en el siglo XXI. Primera parte: una incipiente aproximación en busca de la cifra

El temita de moda. Quizá los más fieles se hayan dado cuenta de que, desde nuestros inicios, allá por el curso 2018-2019, el feminismo es un tema que sólo hemos tratado de manera colateral. Esto es una anomalía, teniendo en cuenta el carácter eminentemente crítico de este blog con la situación actual; y, por eso, consideramos necesario señalar que la elección de no meternos de lleno hasta ahora no ha sido casual. La idea germinal de lanzarnos a escribir en la red ya había tomado forma el curso anterior, empezando a moldear los mimbres de esta web en enero de 2018. Las razones que nos llevaron a ello son muchas y variopintas, pero una de las más poderosas era la palmaria decadencia de los medios digitales bajo una influencia angloamericana de fondo pragmatista, superficie posmoderna y adorno progresista —todo esto, en los sentidos más indefinidos y acríticos de las palabras—; siendo la vanguardia de todo aquello, a través de la ‘podemización’ de la sociedad, la moda creciente de un feminismo cada vez más indefinido y acrítico, argamasado con la teoría queer en un pastiche propagandístico que se conoce habitualmente como la «ideología de género». Nuestro proyecto caminaba con calma filosófica hasta que nos dimos cuenta de que ese mismo año, al igual que estallaba esta influencia, estaba produciéndose una reacción contraria, la cual nos provocó adelantar los planes y… Bueno, creo que empieza a ser conveniente dar un poquito de contexto. Empecemos.

Ya existían desde mucho antes —por lo menos, desde 2013— referentes claros, como Daniel Jiménez (y su blog “Hombres, género y debate crítico“) o Fernando Díaz Villanueva, que presentó la “Enziklopedia Perroflauta” en 2012, y que arrancaría su exitoso programa, “La contracrónica”, en 2016. Pero la explosión de la disidencia con la corrección política no se produjo hasta que, en 2018, “Un Tío Blanco Hetero”, también conocido feamente como UTBH o como Sergio Candanedo (al que ya conocimos en 2015 por este artículo de El Mundo), revienta YouTube. Llevábamos viviendo una progresiva colonización de todas estas ideas desde el primer gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, empezando ya a estar claro a partir de 2015 el giro totalitario que se haría explícito más tarde. Hasta este momento, los ‘pijoprogres’ siempre habían tenido muy buena fama, mientras que todos los mínimamente conservadores cargaban con el sambenito contrario; pero es a raíz de ahí cuando, gracias al poder de las redes sociales, se empiezan a movilizar las primeras campañas masivas de ataque y derribo contra figuras públicas, marcas, etcétera. Y, como «la pela es la pela», se empieza a crear un clima de autocensura, a la vez que el mensaje se iba haciendo más y más omnipresente. Para inicios de 2018, un profesor de universidad ya se veía obligado a utilizar ‘el lenguaje inclusivo’ si pretendía no perder a su alumnado bajo la acusación de machismo —que, luego, sería directamente fascismo—. En este clima, Candanedo, ataviado con su particular disfraz, da un paso al frente, y empieza a agitar el avispero con valentía y con un mensaje en formas exaltadas —casi surrealistas—, pero con un fondo moderado que habría sido firmado por votantes del PSOE, IU y PP en la década de los 90.

Un servidor, que es veterano por la vía del fracaso en esto de internet, rápidamente se percató de que este nuevo agente iba seguido del nacimiento de algunas páginas, comoDisidentia” o “Espacios Inseguros“, y de otros canales de YouTube, como “Fortunata y Jacinta; acompañados también, como suele ocurrir en estos casos, de una legión de oportunistas de toda índole. Y, como vivimos en un mundo en el que «el que no corre, vuela», el plan que teníamos se tuvo que acelerar, ya que se hacía evidente que la ocasión estaba a punto de nieve y que debíamos arrancar en dicho momento. Y así lo hicimos. Además, teniendo en cuenta que, como afirma el profesor José Luis Pardo, «la filosofía nace contra la sofística», y en la situación del curso 2017-2018 los sofistas no paraban de multiplicarse, todo nos impulsaba a ello. Y no hablamos de buscarles las cosquillas a aquellos que van de ‘liberales’ o de ‘buenistas’ —ya ajustaremos cuentas con estas posturas razonables, pero criticables—, sino que nos referimos más bien a los ‘podemitas’ del conservadurismo pop —muchos alineados con Vox—; esos que, manteniendo la influencia angloamericana, de fondo pragmatista, cambian la superficie por liberalismo y el adorno por conservadurismo —todo esto, igualmente, en los sentidos más indefinidos y acríticos de las palabras—. (Y, evidentemente, algún despistado habrá de la antigua Izquierda Unida o del viejo PSOE que piense que, en algún sentido, el socialismo o la socialdemocracia pueden seguir teniendo cabida; al igual que alguno de la vieja guardia del PP que, con su conservadurismo patriótico liberal, pueda malograr su voto con argumentos honestos del «mal menor» y creyendo que apuesta por viejas nobles causas, como la igualdad de oportunidades o la defensa de España; aunque, al final, deba hacerlo tapándose la nariz y los ojos y, por tanto, evitando mirar el programa completo… Pero, eso sí, creo que estaremos de acuerdo en que estos son los menos.)

El dilema es que, por mucho que la disidencia contra lo políticamente correcto nos ayude a poder aspirar a un público mayor, lo cierto es que el panorama empieza a estar copado de gente muy hábil —y muchas veces con amigos poderosos— que en seguida ha centrado el debate en redes sociales tan refractarias ante el pensamiento matizado y profundo como Twitter, o tan audiovisuales y banales como YouTube. Y nosotros no somos ni demasiado hábiles ni tenemos amigos demasiado poderosos; así que decidimos acelerar el plan sin dejar que el cambiante entorno nos corrompiera el espíritu. Determinamos, pues, aparcar el tema detonador para cuando éste estuviera maduro —más aún de lo que esperamos que, al menos, consideréis que está—. Habría sido maravilloso que, después de estos años, esta moda hubiese sido sustituida por el ecologismo animalista o por un transhumanismo supracultural explícito; y, así, nosotros, desde una postura más universal, hubiéramos podido tratar el delirio del feminismo indefinido con un poco de perspectiva histórica y sin el ruido de las hordas ideológicas…; pero, por desgracia, no ha sido éste el caso. De hecho, han pasado cerca de tres años, y el temita de marras sigue estando candente. Como queremos zanjarlo ya, y poder referenciarlo en el futuro cuando en próximos cursos nos metamos de lleno en los problemas realmente importantes…, no nos queda más remedio que «hacer de tripas corazón». En esta serie de artículos, intentaremos cribar un poco el panorama a partir de unas coordenadas radicalmente críticas con el pragmatismo angloamericano, y desde el núcleo precario de dos pensadores que no encuentran razones para adherirse a ninguna de las teorías dominantes a la altura de nuestro tiempo. Dicho esto, ya habrá tiempo para mencionar más agentes y matices de fondo; pero, ahora, antes de dar por cerrado este artículo introductorio, vamos a decir un par de cosas, a modo de primerísima aproximación, buscando grosso modo la cifra respecto a qué es el feminismo y qué es el machismo. 

En cualquiera de los casos, y por ejemplificar un poco el tema, estaremos de acuerdo en que sería imposible hoy en día que una corporación americana que vale 11.200 millones de dólares, como lo es Electronic Arts, hiciera una campaña publicitaria comoThe Women of Red Alert 3” (2008) o “Red Alert 3 Remix” (2008) —con sus dos versiones: la original y el montaje del director. ¿Fue una campaña machista, neutral o feminista? Poco a poco, lo vamos a ir viendo.

Intuitivamente, lo que implica el feminismo es aquello en lo que nos educaron nuestros padres, que, dicho rápido y mal, parte del respeto a las mujeres, y termina en la igualdad de oportunidades entre ambos sexos; pudiéndose resumir en consignas del tipo: «Respeta a tu hermana, que no es para nada tonta, y reconoce que, en el mundo tecnológico en el que nos movemos, ella puede desempeñar cualquier trabajo, estando solamente limitada por su propia capacidad y esfuerzo.» Esta idea lleva establecida mayoritariamente en Occidente desde los nacidos a partir de los años 50, y está ganada teóricamente entre la mayoría de las élites desde principios del siglo XX. Antes de eso, nos encontraríamos con los siglos de la verdadera lucha feminista, que empezaron 300 años antes, en torno al siglo XVII. Ésta, evidentemente, fue una lucha heterogénea, dado que eso de que en Occidente estamos todos cortados por el mismo patrón es algo históricamente muy nuevo. Por otro lado, está el machismo, que ni respeta a las mujeres ni las reconoce tampoco dignas de actuar en igualdad de oportunidades frente a los hombres. El machismo, claro está, presenta una nota diferencial respecto al feminismo: su irracionalidad. Como bien os habréis dado cuenta, si hay algo que nos quema como el ácido, es, sin lugar a dudas, el relativismo; y dado que tenemos razones contundentes —basadas en principios objetivos— para pensar que toda teoría bien argumentada y fundamentada referida al homínido parlante debe ser feminista, entonces, todas las teorías que no lo sean serán machistas por irracionales. Volvemos a remarcar lo de irracional; pues, además, si al irracionalismo le sumamos la consciencia de sí, pasaríamos al resentimiento (por lo tanto, el que mantuviera dichas teorías a pesar de ello estaría obrando moralmente mal).

De hecho, otra cuestión que no podemos dejar pasar en esta introducción es el pastiche místico-religioso en el que se mueve el hombre-masa actual: parece que hay que ser feminista para ganarse el cielo, y que el feminismo es dogma de fe; lo cual nos lleva al tema del ‘retrofeminismo indefinido’ y al ‘panfeminismo acrítico’. Respecto al primero, cabe decir que, históricamente hablando, la diferencia física entre los sexos ha sido significativa hasta bien entrada la revolución industrial; provocando que, durante la mayor parte de nuestra historia, una gran parte de los hombres se hayan medido por su fuerza física y por la necesidad de asegurar su renovación. Y, por eso, hay que comprender que el feminismo, como también ocurre con la democracia, sólo se puede pensar y desarrollar con éxito en sociedades civilizadas en las que el trabajo fundamental es el intelectual, y donde las condiciones de vida son ya lo suficientemente cómodas como para que las mujeres puedan dar a luz sin poner en peligro sus vidas —y las de sus hijos—. En cambio, en la coyuntura en la que se movían los hombres en los instantes antiguos, la sociedad humana no podía ser ni feminista ni machista; como mucho, podía ser más o menos piadosa, pero no sólo con las mujeres, sino con todos los grupos débiles de una sociedad, como los extranjeros, los pobres, los enfermos o los esclavos. Y, en este sentido, el protofeminismo empezaría, curiosamente, con el origen de Occidente, a través de la filosofía en Grecia y mediante el asentamiento de la cristiandad en Roma. Ése fue el surgimiento del pensamiento —más allá de tradiciones particularistas—, y también el principio de una crítica capaz de superar los intereses egoístas, es decir, una crítica que busca la verdad universal que alumbra la felicidad, pero no para unos pocos, sino potencialmente para todos —incluidas las mujeres, claro—. Y una de las verdades fundamentales se encuentra, como no puede ser de otra manera, en la reflexión acerca de lo que es el hombre; porque sólo a partir de ese conocimiento podremos entender de qué es capaz y quién es susceptible de ser considerado como tal, que es lo importante para este análisis. Poco a poco, estas cavilaciones van alumbrando que esto tiene que ver con ser un animal racional —o político—; y, por lo tanto, si comprobamos que las mujeres pueden pensar y razonar, no podremos sino considerarlas también seres humanos con plenas capacidades, y, de ese modo, deberán ser tenidas en cuenta como iguales, ser respetadas y ser capaces de operar en la sociedad. Éste es el núcleo de la perspectiva histórica, al que dedicaremos capítulos enteros más adelante.

El otro tema de moda, y dogma de fe, es ser ‘panfeministas acríticos’, no reconociendo las diferencias entre los sexos que provocan, necesariamente, condicionamientos que deben ser pensados. Porque una cosa es respetar las capacidades intelectuales y reconocer la igualdad de oportunidades, y otra muy distinta es creer pánfilamente que esto debe dar como resultado una igualación total en los resultados en cada uno de los ámbitos de la vida. Fundamentalmente, por dos razones. La primera es porque, más allá del sexo y de los roles sexuales, hay una variedad por determinar de condicionamientos —como, por ejemplo, los económicos—. Y, después, porque hay determinadas circunstancias particulares que requieren considerar, en su justa medida, las diferencias naturales entre los sexos; entre otras cosas, para asegurar la igualdad de oportunidades por un lado, y para no hacer el imbécil por el otro. Esto se entiende muy bien con los ejemplos de la maternidad, los trabajos de bombero o militar y el desfase estadístico en los genios. Ejemplos todos ellos de casos en los que buscar una igualdad al 50% es injusto y contraproducente para todas las partes. Vamos a pararnos someramente con estas cuestiones, y cerraremos ya este artículo.

La maternidad pone sobre la mesa un tema fundamental con relación al cual las mujeres deben ser claramente discriminadas respecto a los hombres. Lo primero que no debemos olvidar es que solamente ellas pueden dar a luz. Este hecho radicalmente diferencial —por mucho que pueda resultar obvio— provoca la necesidad de una serie de atenciones, no sólo médicas, sino también legales, para —y esto es lo importante— asegurar la calidad de vida tanto de la mujer como de sus niños; sin olvidar mantener, al mismo tiempo, y en la medida de lo posible, la igualdad de oportunidades. Los hombres no tienen este condicionante; por eso, es necesario discriminar para luchar porque una mujer pueda tener hijos sin problemas, asegurando que su situación laboral se vea afectada lo menos posible. Ésta es una de las razones por las que un liberalismo extremo que limite el poder de un Estado puede implicar el perjuicio de las mujeres y, a la postre, de la sociedad en su conjunto; pues si no renovamos las generaciones con nuevos individuos, estaremos cavando nuestra propia tumba.

Ahora ahondaremos en los trabajos tipo bombero, policía, militar… y, en general, en todos aquellos susceptibles de necesitar, para su buen desempeño, de una fuerza y resistencia considerables. En este sentido, el factor diferencial sería, otra vez, la naturaleza humana, pero esta vez más colateralmente, dado que, a diferencia del anterior punto, que es una cuestión más general —el común de los mortales deberíamos tener hijos en caso de poder—, esto es algo que sólo afecta a una minoría de los oficios en la actualidad (aunque da la casualidad, eso sí, de que suelen ser oficios con una importancia capital). Es imposible pretender que el 50% de los bomberos o militares sean mujeres, ya que, de media, no existen las suficientes mujeres que tengan las características físicas necesarias para cumplir los requisitos vinculados a estos trabajos, y quizá también porque son trabajos intuitivamente poco atractivos para la gran mayoría de las mujeres (como ocurre a su vez con las ingenierías en los países más desarrollados). La única manera de conseguir ese utópico 50% sería reduciendo para las mujeres las exigencias físicas imprescindibles para acceder a estos trabajos, lo cual no es sólo que sea injusto con los hombres —como todas las políticas tipo cremallera—, sino que, encima, daría como resultado profesionales menos capacitados en un sector donde muchas veces se juegan vidas (por lo que hacerlo sería una imprudencia que rozaría la estupidez). Sería machista no dejar a ninguna mujer entrar en el cuerpo de bomberos, pero las que entren deben ser tan capaces de cargar con tu abuela en un incendio como sus compañeros masculinos; y, evidentemente, nunca llegarán a un 50% (y esto no implica que exista machismo).

Para terminar, nos encontramos con el tema más sutil: el de la genialidad. ¿Está repartida homogéneamente? Es evidente que, cuando las mujeres no recibían educación, se volvía imposible que destacaran; pero lo cierto es que, desde los años 50, este problema está prácticamente resuelto en Occidente. Hay ya, por lo menos, tres generaciones de mujeres occidentales formadas en igualdad; y, con todo, seguimos comprobando que los premios y los puestos destacados suelen estar en manos de hombres. ¿Se puede deducir de esta situación un necesario machismo que debe ser aplacado? Y, de ocurrir…, ¿los cupos obligatorios tipo cremallera serían la mejor solución? Está claro que lo último es lo más fácil, pero también lo más injusto; aunque quizá estemos errando el tiro antes de llegar a estas cuestiones. El mundo es como es, no como queremos que sea (aunque a veces esto nos duela). Y es cierto que hay cosas que se pueden reformar bastante…, pero la propia naturaleza humana es reacia al cambio, salvo cuando aplicamos un nivel de violencia que nos puede llevar a sufrir consecuencias ciertamente indeseables. Ya nos meteremos con esto más adelante, pero, por ejemplo, hipótesis como la de “la variabilidad masculina” o los estudios sobre las preferencias laborales o el carácter de los sexos —basados en neonatos y/o en desviaciones estadísticas— no pueden ser despachados de un plumazo bajo el prejuicio dogmático de ir en contra de una igualdad total, geométrica y abstracta entre los sexos. Nos debemos a la verdad; y, por eso, igual que era injusto que una mujer no pudiera votar, no pudiera tener propiedad privada o no tuviera la libertad para aspirar al trabajo que quería, quizá debamos reconocer que, libremente, las mujeres tienen tendencias naturales a ciertos oficios, y que los más tontos, violentos, competitivos, valientes y geniales tienden a ser hombres.

Todos estos temas los analizaremos con cuidado, sobre todo, para intentar aclarar la situación actual, y para poder proponer también una alternativa teórica feminista a la altura de nuestro tiempo que nos permita, a su vez, actuar de la mejor manera y orientarnos a ser felices, en la medida de lo posible, y haciéndonos sufrir lo justo y necesario. Es un trabajo pesado, aunque indispensable. Ojalá nos lo perdonéis todos aquellos que lo tengáis claro; pero, teniendo en cuenta cómo está el panorama internáutico, sirve tanto para trazar una línea en el suelo frente a las ideologías dominantes como para no tener que repetir las mismas ideas una y otra vez en los futuros cursos. No nos es agradable explicar lo evidente, además de que, para el repetitivo trabajo de pico y pala, bajando al barro de todos los días, ya tenéis al amigo encapuchado —que, por cierto, ojalá nos lea en algún momento y se inspire para profundizar en su trabajo un pelín más—.

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