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Expiación (2001)

Aquí estoy, otra vez, tratando de darle una nueva oportunidad a Ian McEwan, cuya primera novela que leí, “Amsterdam” (1998), y de la que ya hablé en su momento por estos lares, no me gustó nada. Tras ese intento fracasado de ver qué es aquello que tantos resaltan de este autor, lo he intentado con su novela más conocida, “Expiación” (2001), que es de la que vengo a hablar hoy. Sin embargo, y para ir ya adelantando, diré que tampoco ha conseguido cautivarme —ni mucho menos—, aunque sí ha conseguido generarme algo más de interés. Comencemos, pues.  
 
Poniendo las cosas un poco en contexto, cabe señalar que la novela se separa en tres partes, muy diferenciadas entre sí, a las que se suma un epílogo que acaba dotando de sentido a la trama. Ahora bien, lo que me ha vuelto a pasar al leer a McEwan es lo que ya me ocurrió la anterior vez que me acerqué a un libro suyo: me molesta enormemente su pedantismo, las descripciones pormenorizadas y detalladas que hace de cualquier cosa (pesadísimas e insustanciales), y esa especie de continuo afán de profundidad, que acaba quedándose en mera superficialidad y que no termina nunca por llegar al fondo del asunto. A esto, al menos, hay que añadirle, en el caso de “Expiación”, que la historia parece, de entrada, más sugestiva que la que se nos narraba en “Amsterdam”. Pero, aun con todo, me vuelve a ocurrir con ella lo mismo: me parece un quiero y no puedo; un apuntar maneras, para que, al final, la cosa se quede en algo mucho más descafeinado de lo que parecía en un principio.
 
De cualquier modo, reconozco que, a pesar de los defectos que ya he nombrado, y que me entorpecieron en buena medida la lectura, la primera parte la leí con bastante fluidez e interés; sin embargo, la segunda y la tercera me resultaron cargantes, accesorias e irrelevantes. Además, se alejan tanto del núcleo del conflicto principal, que casi parecen narraciones independientes que podrían sustentarse por sí solas. Es cierto que, si bien aportan ciertos matices a los personajes y al fundamento que mueve la historia, no dejan de ser, nuevamente, descripciones exhaustivas de cuestiones que, en muchas ocasiones, poco o nada tienen que ver con aquello que nos mantuvo en vilo en el tramo inicial. Si a esto le sumamos una historia de amor que no se ha fraguado con el suficiente peso a lo largo del libro como para que nos termine de importar o nos preocupe, el interés que sentimos por la historia decae sustancialmente. De algún modo, algo que ocurre en un momento puntual, y casi de manera imprevista, pretende sostener una trama que, de por sí, ya tenía la suficiente entidad como para no necesitar de nada más, y cuya orientación podría haber sido otra muy distinta o, como mínimo, haber estado mejor llevada (por pedir, ojalá que hubiera estado más enfocada al título de la novela, cuyo significado sólo queda tratado de manera tangencial, y no tanto a las vidas individuales futuras de algunos de los personajes, que consiguen llenar hojas y hojas que no aportan gran cosa, y cuyo aliciente uno intenta buscar sin demasiado éxito). De hecho, me vuelve a pasar en “Expiación” lo mismo que me ocurría con “Amsterdam”: los temas que se ponen sobre la mesa son excesivamente atractivos, pero me da la sensación de que el autor es incapaz de afrontarlos con la suficiente delicadeza, profundidad y complejidad que merecen.  
 
Con ese título tan evocador, uno confía en que lo que sustente la trama sea justamente la expiación, es decir, ese acto de conllevar la culpa por medio de algún sacrificio. Pero ¿acaso sucede algo parecido en este libro? No, en absoluto. Ocurre un incidente, alguien da un testimonio erróneo —sabiendo o, al menos, barajando que puede serlo—, y eso provoca que dos vidas se trunquen. Sin embargo, lejos de ver a la persona que debe cargar con la culpa realmente rota, deshecha y sufriendo por aquello que ha provocado, no asistimos —ni remotamente— a algo que se acerque mínimamente a esto. Vemos a alguien que ha cambiado de vida, sí, que, aparentemente, ha enfocado su existencia hacia otros derroteros; pero no sentimos que eso haya sido ni por sacrificio ni por incapacidad de cargar con su dolor y sufrimiento, sino, más bien, como una manera de desconectar, de huir del problema, de ocultarlo, haciendo algún tipo de bien en otra dirección (a este respecto, cabe señalar que la manera en la que se cierra la historia no hace más que confirmar todo esto). Por eso, no me parece una novela que ahonde en las consecuencias de aquello que hacemos o decimos —lo que claramente la habría hecho mucho más sugestiva de lo que acaba finalmente siendo—, sino una novela que, aun teniendo los ingredientes para ser compleja y reflexiva, acaba convirtiéndose en excesivamente superficial y desapegada. Además, no termino de conectar con ninguno de los personajes, lo que dificulta que pueda sentir compasión, pena o empatía por ellos; sobre todo, porque aprecio una cierta falta de profundidad tanto en sus caracteres como en sus maneras de actuar. 
 
Aquí se produce una rara excepción, y es que la película, “Expiación, más allá de la pasión” (2007), consigue convencerme más que el propio libro. Dirigida por Joe Wright, esta cinta creo que justamente logra hacer aquello que, a mi parecer, deberían de intentar siempre las adaptaciones cinematográficas de los libros: captar aquellos detalles sutiles que el cine tiene la ventaja de aportar por medio de imágenes, silencios, gestos y banda sonora. Lo curioso que me ha ocurrido al ver esta película, que ya había visionado en otra ocasión hace bastantes años, es que me ha aportado aquello que sentía que flaqueaba en el libro. Es gracias al medio audiovisual, por las características particulares que acabo de señalar, como acabo entrando en una historia que, en las páginas escritas por McEwan, se torna algo fría e insulsa. De hecho, es la propia cinta —y no tanto el libro— la que me permite fijarme más en aquella interesante idea que debería, en parte, fundamentar la trama, y que, sin embargo, como ya estoy señalando de forma un tanto reiterativa, el libro no consigue sostener de tan buena manera. Estoy hablando, claro está, de la dureza que conlleva el camino que va siguiendo la historia, a raíz de una elección muy poco afortunada de alguien con poca experiencia —pero con demasiada imaginación—, que provoca que dos personas que hasta poco tiempo atrás de ese momento decisivo e irreversible jamás se habrían concebido unidas —o sí demasiado vinculadas, pero nunca de esa manera—, de repente fantaseen con un futuro, repleto de posibilidades y fervor, y que éste acabe hecho cenizas.
 
Eso sí, uno de los problemas principales que comparten tanto el libro como la película —aunque esta última, para mi sorpresa, lo aborda con un mayor acierto— es que esa coyuntura que acabo de nombrar, que yo detectaba como fundamental en la narración, y en la que considero que se podría haber ahondado de una manera más cuidadosa y efectiva, es cortada radicalmente por el tramo dedicado a la guerra. Sin embargo, éste, aun siendo notablemente largo y farragoso en el libro —creo que es, con diferencia, la parte más aburrida, junto con la tercera—, al menos en la película consigue ser ligeramente más liviano e, incluso, bastante más conmovedor (estoy hablando, entre otras cosas, del maravilloso plano secuencia en Dunkerque; que, a pesar de su excesiva longitud, creo que aporta densidad al conjunto, y que consigue retratar muy bien los horrores de la guerra, pero también los diferentes modos de sobrellevarlos). A su vez, cabe destacar a una jovencísima Saoirse Ronan en el papel de Briony, que ya apunta maneras como actriz (lo que se ha confirmado posteriormente en sus múltiples actuaciones), y que se come a gran parte del elenco, protagonizado por Keira Knightley (que encaja bastante bien encarnando a Cecilia) y James McAvoy (cuyo Robbie resulta ligeramente más delicado que el del libro, pero que, pese a todo, concuerda lo suficiente como para convencer).
 
Dicho esto, no sé si voy a darle más oportunidades a McEwan (me tiene en vilo desconocer eso tan maravilloso que tiene y que a mí parece escapárseme), o si, de entrada, y teniendo en cuenta los muchísimos libros que tengo pendientes y que me llaman infinitamente más la atención, voy a darle por perdido. Eso sí, serán bienvenidas las posibles sugerencias de aquellos que sentís tantísima predilección por su literatura, y, por supuesto, de aquellos que, como yo, no conectáis demasiado con su manera de escribir —y, sobre todo, con su forma rimbombante de describir—, pero a los que sí os han interesado otras novelas diferentes a las dos que yo he tratado por aquí. Sin más dilación, dejo aquí apuntada la duda de cuántas oportunidades conviene darle a un escritor para ver si nos merece la pena o para confirmar que, por mucho que lo intentemos y nos esforcemos, no estamos entre su público incondicional. Yo, que soy muy de dejar libros a medias por falta de fascinación —necesito que el autor consiga suscitar en mí cierto entusiasmo, que nada tiene que ver con un estado apacible, pero sí con una cierta revuelta interna—, por mucho que me siente fatal hacerlo —de hecho, cada vez intento evitarlo más, tratando de elegir mejor—, me da la sensación de que últimamente tengo menos paciencia con según qué escritores. Estamos en este mundo por un tiempo limitado —y, encima, sin saber hasta cuándo—; así que, a mí, personalmente, no me gusta saber que lo estoy malgastando con algo que me aporta más bien poco (especialmente cuando pienso en todos los clásicos que aún me faltan por leer). Querido McEwan: no sé qué hacer ya contigo.

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