Saltar al contenido

Feminismo en el siglo XXI. Tercera parte: qué es el feminismo, qué ha sido y qué es en la actualidad

Tras dos artículos bastante densos, hoy nos proponemos hacer una pequeña recapitulación de las bases fundamentales del feminismo. En un primer momento, volveremos, una vez más, con la búsqueda de la definición de esta idea; después, haremos un resumen de su desarrollo histórico —en el cual profundizaremos en futuros artículos—; y acabaremos juzgando el estado actual de la cuestión a la luz de los fundamentos y razones dados. En cualquier caso, vamos a procurar que este escrito sea un poco más llevadero que los anteriores. De hecho, dentro de la vida propia de este proyecto intelectual, hemos de ir reconociendo que, en vez de un tratado sistemático sobre la cuestión, está tomando forma, más bien, de un curso introductorio. Uno, cuando se pone a escribir, sabe por dónde va a empezar y la estructura general que pretende seguir, pero nunca cómo terminará y el aspecto final de la criatura. Os aseguramos que ésta va a ser la única digresión de este artículo… Así que, sin más dilación, vayamos ya con ello.

¿Qué es el feminismo? Deberíamos ser ya capaces de responder a esta pregunta, sobre todo, para poder tener más tarde una base clara que nos permita entrar con los detalles —tanto históricos como geográficos— de su desarrollo, y que nos capacite, a su vez, para entender la coyuntura actual. Responderemos, pues, que el feminismo es una característica que define la cualidad de toda teoría o acción que reconoce la igualdad que se da naturalmente entre el hombre y la mujer. Una consecuencia de esto sería la teoría feminista, que no es nada más, ni nada menos, que la reflexión que busca juzgar la calidad de esta cualidad tanto en las diferentes teorías como en los distintos lugares y épocas. En esta línea, e intentando usar la idea de lo «meta-» —con la cual es fácil despegar— en el sentido más llano posible, a saber, como «acerca de», podríamos decir que, dado que dicha teoría no reflexiona sobre las cosas, sino sobre lo que se dice de las cosas, puede, en rigor, considerarse como una metateoría; como podría serlo también, al menos en cierto respecto, la Metafísica.

En este punto, nos vemos obligados a hacer una mención especial a una de las eminencias más brillantes del panorama de la teoría feminista, que no es otra que la profesora Ángeles Jiménez Perona: un ejemplo muy bueno de hasta dónde puede llegar la versión académica más refinada del feminismo crítico en los tiempos que corren. Los que ya hayáis leído más de un artículo nuestro habréis comprobado que nos alejamos bastante de la norma académica de nuestro tiempo en muchos sentidos, y, en particular, que nos curamos de caer en la paranoia persecutoria respecto a las citas. La razón fundamental de ello es doble: primero, porque estilísticamente hace la lectura densa y fea, dificultando el pulso afectivo necesario para que una obra escrita pueda aspirar a ser bella —y, ya que nos ponemos a dar reconocimiento, nos acordamos con cariño en este punto de otro gran intelectual: el profesor Agapito Maestre—; y, segundo, por una mezcla de falta de memoria y mucho pudor, dado que nuestros conocimientos están entremezclados con infinidad de lecturas, clases y ponencias, junto con nuestras propias cavilaciones —que, para colmo, van a dúo, en tanto que somos dos en continua dialéctica—, lo que produce que muchas veces sea imposible rastrear el origen de las ideas; con el peligro, a su vez, de poner en boca de alguien algo que no podría sino aterrorizar a la víctima de tal mención en el supuesto caso de que lo leyera. Por todo ello, las referencias las dejamos para momentos muy concretos, a saber, cuando, por ejemplo, una idea es clarísimamente de alguien, como la de la razón vital e histórica lo es de don José Ortega y Gasset, o cuando es una cita específica, como esa maravillosa en la que este mismo autor sostiene que «la claridad es la cortesía del filósofo», que es suya y sólo suya, o, por lo menos, lo es hasta que Schopenhauer nos recuerda que realmente pertenece a Vauvenargue, y, para más sorpresa, luego descubrimos que también la utilizó Bergson. Otra razón que nos motiva para citar es cuando nos acordamos de que una idea ha sido expuesta por alguien que no disfruta de un justo reconocimiento; sin embargo, al mismo tiempo, y como ya hemos mencionado hace un momento, esto nos hace sopesar el peligro de un parafraseo imaginativo. Una vez hechas las precisiones convenientes, y dado que conocemos de cerca el trabajo de la profesora Perona, reconocemos que es evidente que todo lo absorbido de sus enseñanzas permea de alguna manera en estos escritos. Dejamos esto apuntado por si acaso, pero…: el que piense ex novo, que tire la primera piedra (Juan 8:7). En este sentido, aprovechamos la noción de «metateoría», que recordamos con claridad que la ha tratado alguna vez, para reconocer su labor como intelectual y profesora que bien ha sumado a alimentar y clarificar nuestro bagaje intelectual.

Volvamos al tema que nos ocupa. Una vez que ya hemos respondido a la pregunta socrática, podemos empezar a plantearnos qué ha sido del feminismo desde sus orígenes hasta la historia más cercana. Como ocurre muchas veces, incluso las ideas más sencillas tienen desarrollos tormentosos; y, en este sentido, aquí hay mucho que cortar. Lo primero de todo es que la idea de «feminismo» se ha nombrado de muchas maneras, apareciendo recientemente su denominación actual —tan reciente como finales del siglo XIX—, y haciéndolo en el marco de la lucha de las sufragistas por el derecho a que las mujeres pudieran votar. Hasta ese momento, todas estas reflexiones se habían enmarcado dentro de las polémicas sobre la defensa de las mujeres. Sin embargo, a raíz de esta nueva coyuntura, surgirá un insulto que intentará desprestigiar a aquellas que luchan por sus derechos, tachándolas de «feministas» en contraposición a «femeninas». Lo curioso es que este agravio, en un inteligente giro de los acontecimientos, y aprovechando su popularidad, acabará siendo asumido en clave positiva por parte de las propias perjudicadas. Esta estrategia retórica, que implica reconocer un insulto como un halago, es un muy buen símbolo del compromiso que se tiene con la bondad de las ideas que se defienden. A su vez, resulta también interesante rastrear cómo las reflexiones sobre la defensa de las mujeres se encuentran entremezcladas hasta la Antigüedad con las cavilaciones en torno al derecho del débil, que solía venir tipificado por los extranjeros, los esclavos, los enfermos, etcétera.

Darles demasiada importancia a los nombres, más allá de un párrafo, suele ser una pérdida de tiempo, sobre todo de cara a tratar algo tan intuitivamente determinado como esto (lo que no da mucho pie a hacer un estudio taxonómico). La clave está en comprender la articulación de todas las ideas que están funcionando dentro del feminismo, así como entender aquellas que atraviesan la polémica de la defensa de las mujeres y, en general, la entera corriente del amparo al débil. Y, como ya vimos en su momento, lo fundamental reside en comprender qué es el hombre. Pero, claro, en este sentido, y más allá de la definición, están también la coyuntura geopolítica y el funcionamiento heredado de las sociedades. Atendiendo a los hechos objetivos que nos ofrece la historia, comprobamos, ciertamente, que, durante la mayor parte de la evolución humana, la fortaleza física del varón ha sido determinante para mantener su dominio frente a la debilidad física de la fémina, que se volvía crítica a la hora de engendrar a la prole. De este modo, se podría justificar de alguna manera, y a través del Derecho de guerra, la situación de los esclavos, considerándola como un progreso —tal y como lo fue también la Ley del talión—; pues, antes de esto, a los enemigos se les exterminaba, una vez terminada la guerra, para evitar que dieran problemas (igual que, previamente a la Ley del talión, el cómo y hasta dónde debía llegar la venganza podía alcanzar cotas tremendamente injustas). Y esto sin hablar del tratamiento del extranjero o del enfermo, siendo el primero muchas veces considerado como un animal, y el segundo, como una carga prescindible.

Durante muchos milenios, las sociedades dependieron de tradiciones estrictas y severas para mantener su supervivencia, y, una vez que sobrepasaron ciertos límites, se vieron envueltas en cruentas guerras con otros grupos. No fue hasta que se dieron unas condiciones muy determinadas, en el seno del Mar Mediterráneo, cuando se empezó a pensar más allá de los particularismos propios de cada casa, favoreciendo así el poder entender a los otros como semejantes, y abriendo la posibilidad de establecer relaciones distintas a la de la guerra. Fue en esa coyuntura cuando, con el surgimiento de la Filosofía en Grecia, se empezaron a buscar principios y sentidos universales, más allá de la repetición de las tradiciones homéricas. Por este camino, encontramos, por ejemplo, en Platón, la idea de que la inferioridad tanto del esclavo como de la mujer es aparente, dado que, si se les dotara de la misma educación, ambos podrían llegar a saber tanto como un hombre libre. El fondo y el sentido de estas ideas ha sido ya presentado anteriormente, y, aunque el estudio de los clásicos griegos puede llegar a ser infinito y, probablemente, hasta más interesante, no podemos pararnos con los detalles (recordemos que lo importante es la cifra).

Consecuentemente, podríamos pasar también por Roma y la Edad Media; y, de hecho, es muy posible que, en futuros artículos, demos algunas pinceladas sobre estos temas. Diremos ahora que la raíz gracias a la cual empieza a extenderse la idea de que los seres humanos debemos ser tratados como iguales, más allá de las teorías de los filósofos, es la irrupción del Cristianismo y su fusión con Roma. Rara vez una fría teoría tiene éxito; mientras que una religión —que, además, puede cimentar a la par un modelo político— es algo pragmáticamente mucho más exitoso. En este sentido, no es casual la manera de funcionar del Islam, del socialismo o del protestantismo. Atender a las desapasionadas razones precisa de conocimiento, tiempo y ganas, lo cual no se encuentra al alcance de la plebe, como sí lo está, en cambio, seguir el fervor religioso. De hecho, esto tampoco tiene por qué interesar a los gobernantes y poderosos, salvo que lo vean como una manera de refortalecerse. En resumen: la clave del Cristianismo residió en fusionar el sentido y la profundidad de la filosofía griega y romana con el poder de una religión adecuada para semejante unión, y, además, hacerlo en una coyuntura muy determinada, capaz de favorecer su cristalización. En esta línea, se entiende la importancia del Barroco y de la Ilustración para el avance feminista, alcanzando tanto la idea como sus exposiciones posteriores definición propia y fuerza en el siglo XVII, desarrollo en el siglo XVIII —y, sí, aquí también la Revolución Francesa fue importante—, triunfo en el siglo XIX y consolidación en el siglo XX. Evidentemente, hablamos de Occidente, y, por supuesto, cuanto más atrás vayamos en el tiempo, veremos cómo claramente era menos masivo, más elitista y bastante aislado. A nivel global, no hace falta recordar que, en el siglo XXI, mientras nosotros nos dedicamos a discutir sobre el ‘genero’ de los ángeles, en los países del tercer mundo —y en muchos del segundo—, las mujeres viven peor que como vivían sus compañeras europeas en la Edad Media.

El paso de la teoría a la praxis siempre es complicado, pues resulta evidente que conocer la virtud no implica directamente ser virtuoso (¡ojalá fuera éste el caso!). Hace falta querer, poder y realizar un esfuerzo continuo. Y ya ni hablar de lo complicado que es persuadir a otros en cuestiones de esta índole. En cualquiera de los casos, hay que reconocer, hechas las apreciaciones geográficas, que ante la pregunta: «¿qué es el feminismo en la actualidad?», sólo cabe una respuesta: es un hecho. Lo que no quiere decir que debamos olvidarnos de pensar sobre él; pues, como todos los logros civilizatorios, resulta algo delicado, que necesita de un orden teórico, social e institucional para que se perpetúe; tal y como también sucede con la democracia, el Estado de derecho o la libertad más básica (por ejemplo, la de movimiento). Si nos alejamos de las bases de la filosofía occidental, erosionamos la cohesión comunitaria y prostituimos nuestras democracias, acabaremos provocando un estado de guerra en el que volverá a primar la ley del más fuerte; y, en el caos del conflicto, no podremos evitar que violen —literal y figuradamente— a muchas de nuestras madres y hermanas, a la vez que terminaremos favoreciendo los intereses geoestratégicos de aquellos que escupen sobre todo lo occidental, incluido el feminismo. Intentemos no volver a pegarnos un tiro en el pie.

Categorías

Temas

Etiquetas

,

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s