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Catastrophe (2015-2019)

“Catastrophe” (2015-2019) es una de las series sobre las que más ganas tenía de escribir por aquí. Y, sí, nuevamente, como os podréis imaginar, es otra de mis preferidas. Hacía tiempo que quería volver a ella, para verla de seguido, ya que, en su momento, me fui viendo cada una de las temporadas a medida que las fueron sacando; y, claro, de un año para otro, cuesta hacerse una buena visión de conjunto. En ocasiones, volver a las cosas que a uno le han hecho feliz —así como a los lugares, como ya nos avisó Sabina en “Peces de ciudad”— puede tener sus riesgos, pero también nos permite hacer un análisis más certero y menos sesgado por el momento concreto; el cual, aun siendo relevante, debe tolerar que se le deje de lado —en la medida de lo posible— para ver hasta qué punto la calidad de lo que se juzga es tal o está demasiado contaminada por nuestro estado de ánimo o circunstancia. De hecho, creo que todo aquello que consideramos que tiene valor debe ser capaz de aguantar una segunda lectura o un segundo visionado. Por eso, me alegro enormemente de que “Catastrophe” haya superado la prueba —y, además, con nota—; pues eso también quiere decir que su calidad está por encima de la media, en tanto que, para que no se nos haga pesado soportar el retorno a un contenido audiovisual o literario, una de las condiciones que más ayudan es que no le sobre ni le falte nada, o que los pequeños deslices que pueda tener sean los menos; y esto, ciertamente, no es tan común como parece. Sin más dilación, comencemos ya con el análisis.
 
“Catastrophe” es una serie compuesta por cuatro temporadas, de 6 episodios cada una, y de unos 25 minutos de duración por capítulo. Creada, escrita y protagonizada por Rob Delaney y Sharon Horgan (supongo que los que hayáis leído alguno de los análisis que he hecho recientemente os habréis dado cuenta de que buena parte de las series sobre las que estoy escribiendo por estos lares comparten el hecho de que sus creadores y guionistas son también sus protagonistas); esta serie británica, de un humor inglés maravilloso y muy negro, resulta ser una bocanada de aire fresco para un género como es el de la comedia romántica. Y es que, sin tener ninguna situación estrambótica que nos haga reír de inmediato o que produzca la risa en el espectador —pues, tal y como su nombre indica, aquí estamos asistiendo más bien a una catástrofe—, lo cierto es que todo es susceptible de tornarse en carcajada, por el buen hacer de sus protagonistas, y por el afilado humor en el que se apoya con maestría todo el guion. El hecho de que cualquier conversación pueda derivar en un comentario surrealista o de un ingenio reseñable es uno de sus principales puntos fuertes; además, a este respecto, cabe señalar también la libertad que tiene a la hora de hacer bromas sobre casi cualquier cosa, lo que la hace incluso más relevante, sobre todo si tenemos en cuenta lo finas que están las pieles últimamente. Y, encima, lo maravilloso es que no resulta nunca demasiado tosca, simple o banal, sino que su socarronería está hilada de una manera sumamente pulcra y cuidada; y es que, aquí, cada ocurrencia está pensada con sumo mimo por sus creadores. De hecho, ésta es otra de las cosas que quería poner de relieve, pues se nota cómo Sharon Horgan y Rob Delanay se entienden a la perfección tanto dentro como fuera de la pantalla (resulta increíble que no sean pareja en la vida real), lo que permite que el espectador se deleite con la consonancia tan conseguida que hay entre ellos. Es una serie que no te la podrías imaginar con otros protagonistas; pues son, con muchísima diferencia, los que sustentan casi todo el metraje.
 
Por mucho que cuatro temporadas no sean muchas, y que resulte difícil despegarse de una pareja con tanto carisma, creo que esto permite que sea sumamente redonda (lo cual, como bien sabemos por otros ejemplos catastróficos, siempre resulta complicado una vez se empiezan a alargar las temporadas por el mero hecho de hacerlo y no porque se tenga algo relevante que contar). De hecho, creo que resulta muy sabio saber cuándo cortar algo que, por su calidad y duración, ya ha alcanzado el punto al que era capaz de llegar. Además, por mucho que “Catastrophe” pudiera haberse extendido más —y yo, sin duda, habría acompañado gustosa a esta pareja en semejante viaje—, lo cierto es que ya ha conseguido plantear diferentes problemáticas en torno a las relaciones, la familia y el amor, y dejar apuntadas otras que, con la ayuda de la imaginación de cada uno, y por lo bien definidos que están sus personajes, uno puede suponer hacia dónde llevarían. De cualquier modo, he de admitir que renunciar a un humor tan ácido, agudo y negro se hace un poco cuesta arriba, pues no son tantas las series o las películas que lo frecuentan, y menos en estos tiempos que corren, donde la ofensa y el victimismo son el pan de cada día, y donde cada vez cuesta más que las personas se rían de sí mismas. Pero, aun con todo, doy gracias de que todavía existan ciertas obras cinematográficas que hagan del humor inteligente su seña de identidad y que se atrevan a hacer comentarios poco habituales. Supongo que, como ya os podéis imaginar, tampoco es una serie demasiado conocida. Por eso, y por las cosas que ya he apuntado y que señalaré de ahora en adelante, no puedo dejar de recomendarla muy encarecidamente. A los que aún no la hayáis visto o estéis todavía con ella, os sugiero que paréis aquí. A aquellos que sí hayáis disfrutado —o no— de ella, os invito a que continuéis con la lectura.
 
Atendiendo ya a la trama, “Catastrophe” nos plantea los derroteros de dos personas de cuarenta y pocos a las que, por circunstancias de la vida, les va a unir un cierto ‘cataclismo’. Sharon Morris, irlandesa residente en Londres, y Rob Norris, americano que está de paso en esta ciudad, se conocen una noche en un bar, y se frecuentan otros tantos días hasta que Rob ha de volverse a Boston, en donde reside. Sin embargo, ninguno de los dos imaginará que ese escaso periodo de tiempo traerá consigo consecuencias irreparables; y es que Sharon se ha quedado embarazada. Ante semejante encrucijada, uno no se espera que la serie vaya a abordar lo que acaba planteando, pero es precisamente esta disyuntiva el punto de partida de este drama, con muchos tintes de comedia, que es “Catastrophe”. Rob va a trasladarse a Londres, y ambos han decidido que van a tener el hijo juntos (en vez de plantearse la posibilidad del aborto o desentenderse él absolutamente del tema). Lo cierto es que, como es obvio, casi no se conocen; sin embargo, sí lo suficiente como para percatarse de que, de entrada, se entienden bastante bien. Pero ¿acaso no todo el mundo se comprende aceptablemente cuando se ha tratado poco? Es evidente que el hecho de que Rob haya dejado toda su vida en Boston para irse a Londres y tener un hijo con una mujer que apenas acaba de conocer y a la que, previamente a ese momento, no le unía prácticamente nada, habla bastante bien de él. Aun con todo, la deriva que va a tomar esta coyuntura no puede estar más en el aire, y es justo esto lo que nos va a ir descubriendo la historia.
 
Entrando ya en materia, y como muestra del tono que va a adoptar “Catastrophe”, en el capítulo 2 de la primera temporada, apreciamos una crítica a ese ‘feminismo’ que defiende que una mujer puede criar sola a un hijo. De hecho, es la propia Sharon la que, ante Melissa, su compañera en la escuela infantil donde trabaja, pretende dar la imagen de que podría gestionar toda esta situación en la que se halla envuelta, incluso aunque Rob se hubiera echado atrás; pero, más tarde, recula y reconoce que se alegra de que él haya decidido venir, porque lo cierto es que sería absolutamente incapaz. Éste es un ejemplo de cómo esta serie va a poner sobre la mesa, en múltiples ocasiones, esa hipocresía —inherente de una manera especial al mundo contemporáneo— desde la que se da una desconexión radical entre lo que se defiende y lo que luego se practica. Sea como fuere, lo cierto es que la relación que poco a poco van a ir conformando Rob y Sharon no es nada convencional, y se sitúa en un constante tira y afloja de bromas en las que muchas veces se sueltan grandes verdades. Una de las cosas que más llama la atención es que buena parte de los mejores diálogos de esta serie se producen cuando nuestra pareja protagonista está tirada en la cama antes de dormirse: ese momento sirve a modo de recapitulación del día, y también en él aparecen las preocupaciones de nuestros personajes, que, aun estando siempre acompañadas de una buena dosis de humor, no están —ni mucho menos— exentas de gran complejidad.
 
De algún modo, no es difícil reparar en la dificultad inscrita en una coyuntura como la que les envuelve. Incluso aunque no tuvieran que hacer frente a un hijo común, el hecho de que ambos hayan llegado solteros a la cuarentena apunta a que, seguramente, ninguno de los dos haya tenido muy buenas experiencias en lo que a las relaciones amorosas se refiere. Y, sin embargo, y a pesar de ello, resulta muy agradable de ver la manera que tienen de congeniar. A su vez, también está la cuestión —¡cómo no!— de las expectativas, de no tener la vida que uno había aspirado a alcanzar. Esto último, por ejemplo, viene muy bien expuesto en el tercer capítulo de la primera temporada, cuando Sharon, tras haber quedado con su ex, se da cuenta de lo mediocre y genérica que ha terminado siendo su vida, temiendo que su futuro hijo, en vez de ver un ejemplo en ella, sienta más bien vergüenza de alguien de tan anodina condición. Otra cosa en la que se hace mucho hincapié durante esta serie es en todas las dudas, incertidumbres y preocupaciones propias del proceso de tener un hijo. Como es evidente, además de todo esto, que es de lo más normal que le ocurra a cualquiera que va a traer a alguien al mundo, a este caso concreto también hay que sumarle que la relación entre Sharon y Rob no está haciendo nada más que empezar, lo que añade a la ecuación infinitas complicaciones a tener en cuenta.  
 
La primera temporada, fundamentalmente, y como ya venimos planteando, ahondará en esta decisión radical que acaban de afrontar Sharon y Rob, y que no sólo implica empezar una relación de pareja —lo que ya de por sí requiere de cierto tacto, cariño y paciencia—, sino también hacer frente a todas aquellas inquietudes y desasosiegos consustanciales al acto de ser padres. Y todo ello a la vez y con toda la intensidad de ambas determinaciones. Por eso, es normal que ciertas bromas tengan un cariz un tanto desafortunado; pues nuestros protagonistas están un poco al borde de un ataque de nervios. En cualquier caso, es indudable que ambos están intentándolo llevar de la mejor manera que pueden (a este respecto, vemos cómo Rob se muestra excesivamente tierno, comprensivo y cariñoso con Sharon, que siempre resulta ser más arisca, fría y cortante). De hecho, se aprecia muy bien cómo lo que empezó siendo un ‘error’, y algo en absoluto querido o buscado, está conduciendo a una relación bastante agradable y compenetrada. Eso sí, nunca llega a caer en ningún extremo, pues está muy bien dispuesta la combinación de comedia y drama. Un ejemplo de esto, aunque hay miles, es cuando, en el capítulo 5 de la primera temporada, y tras enterarse Sharon por casualidad de que Rob estuvo con una mujer llamada Betsy, que sufrió un aborto no deseado, ella le comenta que sigue dándole vueltas al asunto, porque no ha estado nunca lo suficientemente enamorada de alguien como para querer tener hijos con él. Esta conversación, que no resulta en absoluto cómica, acaba derivando en una historia de lo más graciosa, en la que Sharon le cuenta a Rob que la razón por la que uno de los días que compartieron cuando se conocieron ella le llamó más tarde de lo normal fue porque el día anterior había hecho un ruido muy femenino, y distinto al habitual, mientras se acostaban.
 
El último capítulo de esta temporada, el 6, es cuando se casan. Como cabía esperar en una serie como ésta, la noche de bodas es de todo menos apacible y tranquila. En la discusión tan fuerte que tienen en la habitación de hotel, aparece uno de los hilos conductores de esta serie, y con el que luego se cerrará la cuarta y última temporada: la duda de si su relación de pareja se sustenta única y exclusivamente en el desliz de que Sharon se quedara embarazada sin haberlo previsto, o si, en cambio, hay algo más aparte de eso. Desde luego que, para el espectador —o, al menos, hablo por mí—, sin duda que lo hay…, pero tiene bastante sentido que ésta sea una de las preocupaciones principales de los protagonistas (sobre todo, en este caso, lo es más de Sharon que de Rob). El final es aún más inoportuno, pues, tras esa discusión enloquecida y a gritos, Sharon rompe aguas, siendo muy pronto para eso; lo que hace que la situación se desbarate todavía más. Al final, la primera temporada la podríamos concebir como un ejemplo estupendo de cómo construir desde algo que parecía que no estaba para nada destinado a durar.
 
La segunda temporada da un salto temporal: ya han tenido a su primer bebé, Frankie, y están esperando al segundo, que justo nace en este capítulo: una niña llamada Muireann (por cierto, las bromas que surgen respecto al nombre, que es irlandés y que resulta muy complicado de pronunciar, son extremadamente graciosas). Aquí vuelve a aparecer otra dificultad relacionada con el hecho de tener hijos, y es que Sharon, al nacer Muireann, no se siente vinculada a ella como, en cambio, sí se sentía con Frankie, que, encima, fue prematuro (en un momento dado del capítulo 1 de la segunda temporada, incluso le comenta a Rob, medio en broma, medio en serio, que le resulta como manipuladora, como si estuviera tramando algo). Sin embargo, esto va a ir tomando un rumbo muy diferente en los siguientes capítulos, hasta tornarse surrealista y exagerado, como buena parte del humor de esta serie lo es, pues Sharon va a empezar a encariñarse de Muireann hasta pasar a estar bastante obsesionada con ella (de hecho, el propio Rob, en el capítulo 3 de la segunda temporada, la va a comparar con Gollum, por la relación que de repente tiene con la niña).
 
Aún no he hablado de los secundarios, pero no puedo perder la oportunidad de hacerlo. Así como en muchas otras series o películas estos son personajes claramente de relleno y a los que se nota que no se les ha dedicado demasiado tiempo, no es el caso de “Catastrophe”: todos ellos resultan originales y bien definidos (aunque, por supuesto, nuestra pareja protagonista esté a años luz de ellos). Aun con todo, cabe señalar al matrimonio formado por Fran —Ashley Jensen— y Chris —Mark Bonnar—, que no puede ser más estrambótico; a Anna —Lauren Socha—, la niñera (a la que, por cierto, no había vuelto a ver desde “Misfits” [2009-2013], y cuyo acento tan sumamente cerrado, así como su tosca expresión, son ciertamente reconocibles); a Fergal —Jonathan Forbes—, el hermano de Sharon; y, cómo no, a Mia, la poco convencional madre de Rob, encarnada por una estupenda Carrie Fisher, por desgracia, en su último papel (de hecho, precisamente volvía a Los Ángeles, después de grabar esta serie en Londres, cuando falleció de un infarto). Tampoco puedo evitar hacer alusión a los atuendos de Sharon, cuyas combinaciones imposibles, con mezclas de estampados y colores sin orden ni concierto, y que jamás podrías recomendar a nadie ni te atreverías tú a llevarlas, en ella lucen maravillosamente bien, dotando a su personaje de gran personalidad y carácter.
 
Como bien apuntábamos antes, entre broma y broma, lo cierto es que se cuelan reflexiones muy significativas acerca de lo que supone mantener una relación de pareja y los sacrificios inherentes al hecho de formar una familia. A este respecto, todas las idas y venidas de Rob en su trabajo, así como el constante esfuerzo que tiene que hacer por mantenerse ahí, a pesar de lo molesto que le resulta, y aun habiendo tenido que soportar alguna que otra experiencia muy desagradable —como cuando le acusan de ciertos comentarios sexuales hacia una compañera—, no es sino un reflejo de todo esto. Pero, incluso con todas estas cuestiones, lo cierto es que intentan mantener a flote su relación y, por ende, también a su familia. A colación de esto, resulta interesante cómo, en el capítulo 4 de la segunda temporada, y cuando están cumpliendo tres años de aniversario, Rob comenta que lo duro no es querer a tus hijos y mantenerlos (según él, eso lo hace cualquiera, salvo el que es un monstruo), sino que el mérito está, más bien, en mantener la relación con tu pareja a pesar de todos los obstáculos y de las épocas mejores y peores por las que es inevitable pasar.
 
Otro de los problemas planteados en esta serie, y que empieza a serlo, sobre todo, a una cierta edad, es qué hacer con los padres de uno. En este caso, resulta especialmente relevante el asunto, porque Fergal, de algún modo, daba por hecho que Sharon sería esa hija que no acaba casándose ni teniendo hijos, y que, finalmente, termina por cuidar de sus padres. El giro radical que ha dado la vida de Sharon —completamente inesperado para todos sus allegados— ha provocado que todo este planteamiento, tan cómodo para el hermano y, sin embargo, tan sumamente injusto y desproporcionado para ella, se vaya al traste, precisamente al mismo tiempo que el padre de ambos empieza a tener ciertas lagunas y a entrar en un estado de salud algo preocupante. Todo esto, además, sucede a la par que todo el lío de la insinuación de la compañera de trabajo, que termina con Rob dimitiendo, al confirmar que nada de lo que pueda decir va a ser creído por quienes ya le han sacrificado de antemano (un tema, por cierto, muy de actualidad últimamente, y que merece pensarse con considerable detenimiento). Desde luego que sí que hubo cierto tonteo y contacto entre ambos personajes, pero la chica en cuestión le dio la vuelta de tal modo a todo, que, aparte de sacar las cosas de contexto, insinuó cosas que no habían sucedido tal y como ella las contaba.
 
Así como el ambiente durante esta segunda temporada se va a ir caldeando cada vez más, también la relación entre nuestros protagonistas tomará un cierto tinte distante, precisamente a raíz de esta combinación de situaciones que acabamos de narrar. De hecho, el propio Rob se va a ir a casa de su amigo Dave —un drogadicto empedernido—, pero no aguantará demasiado allí, terminando finalmente en un hotel, donde acabará volviendo a beber (cabe señalar que sus problemas pasados de alcoholismo son conocidos tanto por el espectador como por Sharon). En el último episodio de esta temporada, Rob vuelve a casa, y parece que hay interés por ambas partes en retomar las cosas de buena manera. Sin embargo, y de forma similar a como ocurría en aquella escena de “Togetherness” que ya señalamos por aquí en su momento, cada uno está ocultándole algo al otro: Rob, que ha vuelto a beber; y Sharon, que salió una noche con su amiga Kate, y que quizá se acostara con un chico (estaba lo suficientemente borracha como para no recordarlo con claridad). El final de temporada es sumamente redondo, teniendo en cuenta su dureza, claro: al ir a coger dinero para pagar las pizzas que han pedido en la noche de su vuelta a casa, Rob descubre el ticket de cuando Sharon fue a la farmacia a comprar la pastilla del día después (por si acaso había hecho algo más de lo que ella creía recordar). Podemos decir que, en esta segunda temporada, vemos cómo lo que se atisbaba en el final de la primera temporada va cogiendo cada vez más forma, asistiendo ahora a una relación a la que, además de los problemas que ya se vislumbraban, hay que añadirle también la dificultad de criar a dos niños.
 
Me resulta muy interesante cómo el tema de la muerte, que, para colmo, resulta bastante tabú estos días, es muy recurrente en sus bromas. Tratar una cuestión tan poco de moda y, encima, hacerlo con ironía, es, sin duda, algo digno de admiración. A su vez, el hecho de hacerse mayor y de asumir que la salud de uno ya no es la que era, o que uno quizá esté peor por dentro de lo que pueda parecer de cara al exterior también es relevante (por ejemplo, a Sharon, a pesar de su buen tipo y de que está en el peso adecuado, le recomiendan hacer deporte porque sus órganos no están demasiado bien; mientras que, en cambio, a Rob, que come muchas más guarrerías y que, aparentemente, se cuida menos, le salen unos análisis perfectos). De hecho, este mismo tema me parece que guarda un paralelismo muy similar con la manera en la que los padres de Sharon y Fergal son mucho más considerados y cariñosos con él, cuando es infinitamente más descuidado y desordenado de lo que es ella. Esto aparece muy concretamente en el hecho de que el padre, consciente ya de su delicado estado de salud, ha dejado escrita una carta para Fergal y, sin embargo, ninguna para Sharon. A veces, quien más se esfuerza —ya sea con la comida, con el deporte, con el trabajo, con la manera de tratar a las personas o con cualquier otra cosa— es justamente el que menos recompensa recibe; y, en cambio, el que menos hace y el más desastroso obtiene, en ocasiones, infinito más mérito del que merece. Creer lo contrario es considerar que el mundo es justo y bondadoso; pero el optimismo pánfilo se cae por su propio peso a poco que uno se dedique a observar lo que de verdad se da y no tanto a predicar lo que debería darse.
 
La idea de envejecer, de ver cómo poco a poco vamos cambiando, es bastante recurrente a lo largo de “Catastrophe”, sobre todo si tenemos en cuenta que desde el principio ha existido este problema; pues Sharon, en el primer embarazo, ya tenía una edad bastante avanzada, lo que dio pie a numerosas inquietudes y problemas (como cuando tenían un porcentaje considerable de posibilidades de tener un hijo con síndrome de Down). Esto, nuevamente, se trata en el capítulo 4 de la tercera temporada, cuando Sharon está abatida por no tener prácticamente ya posibilidades de poderse quedar embarazada. Pero lo interesante aquí es que se aprecia claramente que lo que le pone triste es que, en el caso de querer tenerlos —nada más alejado de la realidad—, no podría; es decir, lo que le molesta es la frustración de la posibilidad. Crecer es, sobre todo, renunciar; y, por mucho que en la juventud uno crea que tiene todas las oportunidades a su alcance, esto no es cierto en absoluto. Cuanto menos tarde uno en darse cuenta de ello, mejor conllevará el acto de vivir. De cualquier manera, tarde o temprano, y a medida que uno va creciendo, esta idea se acaba imponiendo; aunque sólo sea a través de cuestiones como la del ejemplo que acabamos de nombrar. Pensarlo antes de que sea una evidencia permite sortear mejor la caída en la decepción constante y en el resentimiento. Las cosas llegan cuando llegan; y si, en ocasiones, no han tenido lugar cuando habríamos preferido que lo hicieran —en este caso, se han conocido con demasiado poco margen, pero, al menos, con el suficiente como para llevar la vida que están llevando—, no tendremos más remedio que asumirlo como tal (por mucho sufrimiento y dolor que esto nos traiga).
 
La serie, poco a poco, se va haciendo cada vez más triste y dura. De hecho, el final de la tercera temporada resulta extremadamente desolador, porque se junta la recaída en el alcohol de Rob con la muerte del padre de Sharon. Rob, que había ido justamente a Irlanda —donde estaba Sharon a raíz del complicado estado de salud de su padre— para confesarle a Sharon su problema, se encuentra con que tiene que consolarla porque acaba precisamente de morir su padre. Sin embargo, al principio le va a costar animarla, porque lo que le sucede es que siente que no está llorando lo que se supone que debería llorar, y que no ha resuelto con su padre ciertos problemas que tenían y que ahora ya jamás podrán aclarar. De hecho, esa idea de que el derrumbe ante una desgracia —o la propia desgracia— viene muchas veces a destiempo o en circunstancias inoportunas —aunque quizá los infortunios nunca llegan en buen momento— está ejemplificada muy bien en el último capítulo de esta temporada, cuando Sharon, estando en el baño de un bar, se encuentra con la carta que le ha escrito Fergal, donde le asegura todo lo que su padre la quería, y se pone a llorar a moco tendido. Después de todo esto, Sharon llama a Rob para que la vaya a recoger en coche, produciéndose una escena muy tensa e incómoda para el espectador: al tiempo que Sharon se sincera con Rob de una manera muy tierna —algo excesivamente extraño en ella—, pidiéndole que, por favor, nunca la abandone, porque ella ya no podría funcionar sin él; sabemos que Rob ha bebido. Esto hace que se masque la tragedia, que ocurrirá poco tiempo después, cuando Sharon se baje un momento a por un trozo de pizza, y Rob tenga un accidente que le lleve a reconocer ante Sharon que ha vuelto a beber. Lo que me parece magistral de ese final es que, ante semejante declaración, lo que hace Sharon, tras un pequeño instante de sorpresa, es abrazarle. 
 
La idea de lo poco oportuno que resulta que ciertas cosas ocurran en algunos momentos y no en otros, como acabamos de comentar, es recurrente. Recapitulando, sucede cuando Rob pretende confesarle a Sharon que ha vuelto a la bebida, y justamente acaba de morir su padre; cuando a Sharon no le sale llorar cuando se ha muerto, pero sí en el baño de un bar; cuando van de viaje a Boston, y se muere precisamente la madre de Rob poco antes de que lleguen; y, también, cuando, en el último capítulo de la cuarta temporada, Sharon descubre por casualidad que es probable que esté embarazada —de ahí el llanto desconsolado durante todo el funeral de Mia, que no venía para nada a cuento, teniendo en cuenta que nunca se llevaron demasiado bien— y, poco después, tiene una discusión con Rob bastante acalorada, a raíz de que él le proponga que se trasladen a vivir a Boston, para así estar más cerca de su hermana y poder entablar algo de relación con su padre (al que no le queda mucho tiempo de vida), y Sharon se niega rotundamente. Lo cierto es que, sorprendentemente, Rob está bastante desinhibido y le suelta cosas sumamente desagradables, como que considera que, desde el momento en que la conoció, ha intentado hacerla feliz, pero que nunca funciona con ella; además de que siente que Sharon, en cambio, no ha hecho ni una sola cosa por él. A su vez, también le dice que es una persona mala, egoísta y que a nadie le cae bien; y, sobre todo y más importante, que a él no le gusta.
 
Esta desagradable discusión contrasta con la escena final de la serie, que no puede estar mejor concebida. En esta conversación, Sharon le comenta a Rob que siente mucho que le parezca tan difícil hacerla feliz, porque realmente lo hace todos los días (o casi todos). También le confiesa que está embarazada, pero él ya se lo había imaginado, al ver una prueba de embarazo en la basura, y suponer que no era ni de su hermana ni de su difunta madre. Es en esta agradable estampa, frente al mar, donde se plantean qué van a hacer. Y, finalmente, ambos deciden que van a tener el hijo: total…, será una ‘catástrofe’ más entre tantas que ya han pasado y que, sin duda, seguirán pasando en el futuro. Resulta también muy tierno el momento en el que Rob le comenta a Sharon que, en el sorprendente caso de que ella quiera seguir con esa «cáscara de hombre», como él se llama a sí mismo, realmente le da igual dónde vivir —en Boston, en Londres, en El Cairo…—, que el caso es estar juntos, sea donde sea. Y, como ya avanzamos más arriba, aquí vuelve la preocupación, constante siempre durante la serie, aunque fuese de manera indirecta: ¿habrían acabado juntos de no ser por el embarazo imprevisto y no planeado? El cierre es estupendo, con ese baño de Rob y Sharon, y la cámara alejándose poco a poco, hasta que se les ve como dos motitas enanas en un mundo infinitamente grande y complejo, mientras suena una de las pocas canciones que hay a lo largo de toda la serie (sin contar la canción de cierre de capítulo, “Catastrophe (Theme)”, de Oli Julian, que es muy original y se repite durante todas las temporadas) y que, sin embargo, acompaña fenomenal la escena, tanto musicalmente como por el contenido de la letra: “The suburbs (Continued)”, de Arcade Fire. Ese final, y realmente toda la serie, muestran muy bien la montaña rusa que puede ser muchas veces estar en una relación y formar una familia, con sus momentos difíciles, pero, también, con una felicidad que no puede compararse con absolutamente ninguna otra cosa.

2 comentarios sobre “Catastrophe (2015-2019) Deja un comentario

    • Metafísicamente…, ¿no es conveniente ocupar las catástrofes?, ¿las catástrofes son susceptibles de ser ‘ocupadas’?
      Luego, aquello de «buscarles el sentido positivo»…, dicho así resulta muy ambiguo. Y todo esto ‘metafísicamente’… Pero: ¿qué entiendes por Metafísica? Y, antes de todo: ¿en qué sentido se relaciona tu comentario con lo dicho en nuestro artículo?
      Sea como fuere, gracias por leernos y, si puedes matizar mejor la cuestión, te lo agradeceríamos.

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