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Feminismo en el siglo XXI. Sexta parte. El auge y la realización del feminismo: siglos XIX y XX. Y una adenda sobre los toros y la ignorancia

Un día más, nos vamos a adentrar en la cuestión feminista; esta vez con especial intención de cerrar el repaso histórico de los siglos XIX y XX. Nos encontramos ante una de las etapas más interesantes dentro del desarrollo humano, aunque sólo sea porque se nos presenta el mundo de ayer y el de esta misma mañana. Todo lo que somos ahora tiene su origen directo en los acontecimientos de estos dos siglos y, en cuanto al tema de la situación de la mujer, es en este momento donde se lucha y conquista en Occidente la igualdad de derechos y oportunidades. Al mismo tiempo, hay que destacar que también es el momento del florecimiento de la industrialización, del auge del mercantilismo y de la sociedad de consumo; y, evidentemente, se puede establecer una relación directa entre la evolución productiva y social que llevaría aparejada la emancipación de la mujer, por la simple necesidad de más mano de obra, que se va volviendo cada vez menos dependiente de la fuerza natural del varón. Teniendo esto claro, vamos a centrarnos en un hecho material y objetivo determinante a la hora de procurar la igualdad de oportunidades —y condición necesaria para una lucha de este tipo—, a saber, la evolución de la alfabetización de la mujer y su educación, en un país promedio en esta época, como es España; y, a la vez, repasaremos derechos fundamentales que se van concediendo a las damas en los lugares más significativos dentro de la Cristiandad, destacando por el camino otros hechos y figuras relevantes. Hay mucho que cortar. Comencemos.

Antes de entrar con todo lo que vino a partir de 1800, es de recibo dar un par de pinceladas respecto a cómo dejamos el mundo en el epílogo del siglo XVIII. Y no podemos empezar sin comentar que hay tres hechos históricos que marcarán la tendencia del siglo decimonónico: el final de la Guerra de Independencia de los Estados Unidos, las primeras elecciones de este país y el inicio de la Revolución francesa, comprendidos entre 1783, 1788 y 1789, respectivamente. Estos acontecimientos producen los primeros regímenes democráticos ilustrados, y es ahí donde se llevan a cabo las primeras votaciones en las cuales no participa la mujer; lo cual, teniendo en cuenta el clima social e intelectual del Siglo de las Luces, ya empezaba a oler a que era una injusticia fragante. Por otro lado, la propiedad privada se fue volviendo cada vez más fluida y, a través de las diferentes desamortizaciones, se pusieron en movimiento grandes cantidades de riqueza provenientes de las tierras comunales y del patrimonio eclesiástico. En este punto, la cuestión fundamental no era si las mujeres tenían derechos de herencia o sobre el capital, que heterogéneamente los tenían —sobre todo las ricas—, sino el qué pasaba legalmente dentro del matrimonio, siendo lo habitual que transitara, como poco, el control a los maridos (aunque ya desde 1753 tenemos indicios de que había avances en este campo en la Rusia de Isabel I). Y, respecto al otro factor importante que vamos a señalar, la educación, hay que destacar que, en 1779, en España, se eliminan las restricciones que impedían a las mujeres acceder a determinadas profesiones; y, después, en 1784, se autoriza a las mujeres a aceptar cualquier profesión compatible con su «sexo, dignidad y fuerza». Esto permite que se empiece a abrir el mercado laboral, y es en este momento cuando empiezan a trabajar las primeras maestras reconocidas; lo cual encajaba con el espíritu encabezado por Theodor Gottlieb von Hippel, uno de los primeros en defender la capacidad de las mujeres como profesoras. Todo esto se combina con que, en 1783, con la Real Cédula de 11 de mayo, se establecen oficialmente las escuelas de niñas, lo que supone el primer reconocimiento legal de la necesidad de alfabetizar a las mujeres —en un mundo donde apenas el 20% de la población sabía escribir—.

Ciertamente, este trabajo se va a dejar por el camino a grandes mujeres, dado que, a diferencia de los tiempos pretéritos, a partir del XIX se multiplican exponencialmente, siendo imposible atender, en el espacio de este humilde escrito, ni tan siquiera a las más representativas. Por ello, vamos a mencionar muy rápidamente las figuras que más nos han llamado la atención, empezando por las mujeres que se dedicaron a la política. Una de las primeras y más conocidas es Rosa Luxemburgo, pero más interesante es fijarse en Golda Meir, que consiguió llegar al cargo de primer ministro de Israel en 1969, o en Indira Gandhi, que fue primer ministro de la India en 1966. En esta línea, son muy destacables, a su vez, Benazir Bhutto, que fue primera ministra de la República Islámica de Pakistán en 1988 —tal como suena—, y su homóloga, en Hong Kong, Carrie Lam. No podemos hablar de estas ‘damas de hierro’ sin recordar a la genuina Dama de Hierro: Margaret Thatcher, que capitaneó Reino Unido, durante más de una década, desde 1979 —siendo un muy buen ejemplo de feminista clásica, que, inevitablemente, se ganó el desprecio de las nuevas ´feministas’ pos Mayo de 1968—. Habría que mencionar también a grandes representantes de la política independiente, donde destacan figuras como la de Gudrun Ensslin, de la RAF; sin olvidar a la famosísima Ulrike Meinhof, que le dio el toque intelectual y artístico que necesita todo grupo terrorista de bien para prosperar.

Hablando de intelectuales, encontramos a las madres de clásicos universales, como Jane Austen, Mary Shelley, las hermanas Brontë o Virginia Woolf; pero hay muchas más realmente interesantes. En este sentido, hay que recordar el trabajo de Harriet Taylor Mill, que, junto a su marido, dio a luz al utilitarismo moral —doctrina filosófica que es la base de nuestras sociedades feministas, para lo bueno y para lo malo (tema sobre el cual, casualmente, tengo un escrito a mano para los que quieran profundizar; que os presto bajo las mismas condiciones que los anteriores)—. Pero fueron muchas más las que se dedicaron a este oficio con valor y superando dificultades que pocos hoy aguantarían; entre ellas, por ejemplo, llama la atención el caso de Amalia Domingo Soler, que se quedó prácticamente ciega desde la niñez, sufrió la muerte de sus padres y vivió con estrecheces económicas en pleno siglo XIX, y no por ello desistió, consiguiendo publicar sus obras y escribir en periódicos de la época. Ciertamente, hay muchísimos nombres destacables, como Victoria Ocampo, la cual, no sólo escribió, sino que también fue mecenas de innumerables escritores y promovió las obras de otros muchos —del calibre de Borges, Pizarnik o Heidegger—. Dentro de la Escuela de Madrid, hubo también grandes orteguianas, como María Zambrano o Rosa Chacel, y muchas otras españolas, como María Elena Gómez Moreno, Dolores Franco Manera, Maria Aurèlia Capmany, María del Carmen García-Nieto, Esperanza Guisán, Victoria Camps o Amelia Valcárcel. Para terminar este pequeño repaso inicial de figuras, no podemos proseguir sin recordar la importancia de Hannah Arendt y demás mujeres, que destacan universalmente por la finura de sus ideas, entre las que cabe mencionar a Ruth Anna Putnam, Helena Cronin o Camille Paglia.

Hechas todas las introducciones pertinentes, entramos de lleno en el siglo XIX con una tasa de alfabetización general del 28%, con un 43% de hombres y un 13% de mujeres, encontrándonos con una distancia significativa de 30 puntos. Por mucho que, dentro de ciertas élites intelectuales, el feminismo moderno tuviera más de medio siglo de recorrido, y ya hubiera luchado todo lo luchable por la defensa de las mujeres en la Revolución francesa —no debemos olvidar nunca a Olympe de Gouges—, está claro que, en 1800, aún podríamos decir que había, por lo menos, un 90% de iletradas —dado que saber leer y escribir es un mínimo muy justo—. Por lo tanto, las mujeres con estudios medios o superiores constituían una porción realmente pequeña, de modo que todavía era muy difícil que se organizaran para presionar a través de la manifestación —un acto de fuerza con la amenaza implícita de la violencia—, la huelga y el boicot. Además, las mujeres trabajadoras, más allá del hogar, eran muy pocas y, por consiguiente, fijándonos en los casos de clases bajas o medias, el común de las mujeres de esta época, aun viviendo con cierta dignidad a nivel político, tenían un peso equivalente al lumpemproletariado. Siguiendo el curso de la historia, en estos primeros momentos ocurren hechos de gran relevancia, como la primera constitución liberal en España, la Pepa, de 1812. En ella, teóricamente, no se discrimina a la mujer; aunque, en la sesión del 15 de septiembre de 1811, se aclara, a la francesa, que las mujeres no están incluidas, quedando relegadas bajo el amparo del varón cabeza de familia. Esto se interpretó implícitamente así a través de otras ulteriores, como la de 1837 o la de 1845 —España, en el siglo XIX, estuvo muy lejos de tener una vida tranquila—.

En las américas, la fiesta geopolítica tampoco se quedaba atrás, y, sin entrar en el drama de todas las guerras civiles que desencadenaron en la desmembración de lo que quedaba del Imperio español, Nueva España, etcétera, destaca la pujante nueva potencia de Estados Unidos. Ésta había nacido con unas pretensiones progresistas y liberales muy claras; por lo tanto, no es de extrañar que, para mediados de siglo, se estuviera fraguando un movimiento feminista muy fuerte, respecto al que hay que destacar la Declaración de Seneca Falls de 1848, donde participaron, entre muchas otras, Lucretia Mott, una profesora que también estuvo muy activa luchando por la abolición de la esclavitud, y Elizabeth Cady Stanton, artífice de gran cantidad de artículos y de obras que reflexionan sobre los problemas de las mujeres en la sociedad norteamericana. Todo este movimiento, también seguido desde Europa y Reino Unido —con las activas sufragistas inglesas, entre las que destacarán nombres como Millicent Fawcett o Emmeline Pankhurst—, fue propiciando que, desde mediados de siglo, se fueran conquistando derechos, como la capacidad para tener pleno control sobre la propiedad privada; legalizándose, ya para 1869, en el estado de Wyoming (EE. UU.), el sufragio femenino, y consiguiéndose el primer derecho a votar, en Reino Unido, en las juntas de distrito. En España, se desarrolla una nueva constitución y, en las deliberaciones que suscita, aun no reconociéndose el sufragio universal, se abre el debate, por primera vez, respecto al voto de la mujer.

A nivel de educación, destaca la Ley Moyano de 1857, en la que se establece la estructura del sistema educativo, poniendo el foco en acabar con el analfabetismo, sin discriminar a ninguno de los dos sexos. Esta ley fue el fundamento del sistema educativo español durante más de 100 años —hasta la Ley General de Educación de 1970—. Éste es uno de los hitos dentro de la emancipación de la mujer, dado que siembra un sustrato firme para que las generaciones siguientes aprendieran a leer y fueran escolarizadas; siendo muy importante, además, la gratuidad de la educación primaria para quien no pudiera costeársela. En esta línea, crea el notable e intelectual krausista Fernando de Castro y Pajares, en 1870, la Asociación para la Enseñanza de la Mujer en Madrid; en la cual, más allá de la escolarización básica, se fomenta la educación superior de las mujeres de la creciente clase media. En este contexto, en 1875, María Elena Maseras se convierte en la primera universitaria de España, abriendo la posibilidad para el resto de las mujeres, y llegando ya a estar esta oportunidad totalmente establecida para 1910. De esta misma manera, la universidad se abre también para las damas de Reino Unido e Italia en 1876. A su vez, en este mismo año se inaugura la Institución Libre de Enseñanza, que surge a colación de defender la libertad de cátedra, y donde participan intelectuales muy influyentes, como Concepción Arenal y Emilia Pardo Bazán. Esta organización constituye un núcleo de generación intelectual, tanto para hombres como para mujeres, que marcaría, con más o menos acierto, la primera mitad del siglo XX. El 76 del siglo antepasado fue un buen año, dado que también, dentro de los debates para la Constitución de 1876, el peso de la cuestión de la mujer aumenta, llegándose incluso a pedir el voto para las mujeres que habían conseguido la patria potestad.

En 1880, Francia abre la universidad a las mujeres y, atendiendo a los datos en cuanto a la alfabetización en la España de 1887 —a partir de este punto empiezan a ser mucho más fiables—, comprobamos que todos los esfuerzos en el ámbito de la educación empiezan a dar sus frutos: el nivel de alfabetización general ha subido 10 puntos, hasta un 38%, que se divide en un 51% en varones y un 26% en mujeres, con una distancia de 25 puntos entre los dos. Podría parecer que la mejora es sutil, pero resulta esperanzadora; dado que, si nos fijamos en la tasa de escolarización de niños, vemos que está en un 54% en general, siendo un 59% hombres y un 50% mujeres (es decir, con una distancia de 9 puntos; lo que permite comprender perfectamente la rápida mejoría en los siguientes años). Como dato, resulta muy interesante comprobar que, a finales del siglo XIX, los universitarios rondaban el 1% de la población, menos del 2% de hombres y más del 1% de mujeres —un servidor quiere evitar los decimales por claridad a la hora de operar matemáticamente; y aprovecha para recordaros que el objetivo de este estudio es mostrar la idea de fondo y no tanto los detalles (menos mal que no hablamos de explosivos)—, siendo la élite intelectual ciertamente mínima —aunque cabría plantear, en 2020, donde la gran parte de la población sabe leer y una mayoría disfruta de estudios universitarios, cuánta gente realmente lee algo interesante al año… ¿Será más del 1%?—. Volviendo a los hechos significativos, cabe destacar que, a finales de siglo, en 1892, se crea la Sociedad Autónoma de Mujeres de Barcelona y, en 1898, su sucesora, la Sociedad Progresiva Femenina de Barcelona, fundada por la republicana y masona Ángeles López de Ayala. En este ámbito intelectual, también estuvieron muy involucradas la anarcosindicalista Teresa Claramunt y la ya mencionada Amalia Domingo Soler.

Llegamos al maravilloso siglo XX con una alfabetización general del 44%, con un 56% en hombres y un 34% en mujeres, es decir, con una distancia en descenso de 22 puntos entre ambos. Para 1901, las niñas ya están totalmente incluidas en el sistema educativo español y, en 1905, se abren en Rusia las universidades a las chicas. La cuestión del sufragio universal va avanzando y, en lugares como Finlandia, Noruega y Suecia, se legaliza la votación femenina, llegando a ocupar las mujeres, por primera vez en la historia, escaños en el parlamento. En este mismo año, también consiguen controlar sus ingresos en el matrimonio en Francia. En 1910, la alfabetización general es del 51%, siendo un 61% en hombres y un 42% en mujeres, con una distancia de 18 puntos; teniendo lugar en esta misma fecha la primera manifestación feminista en España, liderada por la ya mencionada Ángeles López de Ayala, en la ciudad de Barcelona. Éste también es el momento, como ya indicamos anteriormente, en el que la universidad española queda totalmente abierta a las mujeres, acabando con las autorizaciones expresas que se necesitaban anteriormente. En 1917, un año muy divertido, se legaliza el voto de las mujeres en Rusia durante el periodo del Gobierno provisional ruso. Un año después, se establece el voto para mujeres mayores de 30 años —a diferencia de los 21 de los hombres— en Reino Unido, y se abre la posibilidad de que puedan ser elegidas —algo homólogo ocurre en Alemania—. En España, se crea la Asociación Nacional de Mujeres Españolas, donde destacan muchas intelectuales, como la periodista Consuelo González Ramos, que luchó porque las mujeres que ejercieran el mismo trabajo que los hombres cobraran lo mismo —y llegó a ser teniente de alcalde en el Ayuntamiento de Madrid en 1925— o la empresaria, dentro del sector de las máquinas de escribir, María Espinosa de los Monteros —seleccionada, en 1926, por Primo de Rivera, para ejercer el cargo de concejal en el ayuntamiento de Segovia; siendo ésta la primera vez que lo juraba una mujer en España—. A su vez, fueron también significativas, dentro de esta asociación, la médico e intelectual Elisa Soriano Fisher, y muchas otras, como Isabel Oyarzábal, Benita Asas o Julia Peguero Sanz.

En 1919, en el Proyecto de Ley Electoral de Manuel Burgos y Mazo, aparece la idea de igualar la capacidad electoral de la mujer a la del hombre (aunque a ella se le impedía ser elegible). Con todo, fue una ley que nunca fue debatida y que se quedó en estado de proyecto. Un año después, ya en la década de los años veinte, con una alfabetización general del 60% —un 68% entre hombres y un 53% entre mujeres; con una diferencia de 15 puntos—, se aprueba la Decimonovena Enmienda a la Constitución de los Estados Unidos, que permite el voto de todas las mujeres de Estados Unidos. También se crea La Asociación Española de Mujeres Universitarias, en la cual brillaron mujeres como Soledad Ortega Spottorno, María de Maeztu, Isabel García Lorca, Jimena Menéndez-Pidal —la cual fundaría el Colegio Estudio de Madrid en 1940— y la ya mencionada Dolores Franco. Más tarde, en 1926, en el Plebiscito que organizó la Unión Patriótica de Primo de Rivera, pudieron participar por primera vez hombres y mujeres mayores de 18 años; siendo ésta la primera vez que el común de las mujeres consiguió tener una participación, en la esfera política, en la historia de España. En esta misma fecha, se crea el Lyceum Club Femenino, gracias a la ya mencionada María de Maeztu, en el que encontramos a grandes figuras de la época, como Rosa Spottorno Topete, María Martos Arregui O’Neill, Zenobia Camprubí, Amalia Galárraga y la artista Maruja Mallo —la cual, a su vez, formó parte de las ‘sin sombrero’—.

En 1927, Concepción Loring se convierte en la primera mujer en hablar en el parlamento español (donde sólo había otras 12 entre 429 varones), bajo el mando de Primo de Rivera. Un año después, en 1928, se instaura el voto femenino, en Reino Unido, en igualdad; debiendo tener ambos sexos más de 21 años. Estos tiempos fueron muy movidos; y, en 1929, hay que pararse en el proyecto de constitución que fue desarrollado durante la dictadura cuadrilátera, dado que hay un detalle que lo hace muy significativo; pues reconoce, por primera vez, en su artículo 55, que: «Para ser elegido Diputado a Cortes se requerirá, sin distinción de sexos, ser español, haber cumplido la edad legal y gozar de la plenitud de los derechos civiles correspondientes al estado de cada cual». La parte negativa fue, además de ser un batiburrillo entre liberalismo y Antiguo Régimen poco realista para la época, que no llegó a discutirse en el Pleno de la Asamblea Nacional Consultiva, que nunca entró en vigor y que, antes de acabar el año, Miguel Primo de Rivera presentó su dimisión al rey Alfonso XIII. Llegamos a los años 30 con una alfabetización general del 72%, un 79% de hombres y un 66% de mujeres, es decir, con 13 puntos de diferencia; la tasa de escolarización era del 56% —en los varones un 58% y en las damas un 53%, con 5 puntos de diferencia—; y la presencia de universitarios había subido a un 2%, siendo en torno a un 3% hombres y alrededor de un 2% mujeres. En 1931, llega la república, después de una serie de carambolas dignas de estudio; y, en las elecciones generales de 1931 a Cortes Constituyentes, no participaron las mujeres, pero sí pudieron presentarse, llegando al Congreso tres: Margarita Nelken, del antiguo Partido Socialista Obrero Español; Clara Campoamor, del Partido Republicano Radical; y Victoria Kent, del Partido Republicano Radical Socialista.

De la interesantísima polémica sobre el sufragio universal que vino después, se puede sacar oro; pero romperíamos los límites de este trabajo. Sólo diremos que una de las cosas más importantes que se extraen —en particular, del ejemplar discurso de Campoamor— es que el principio de la igualdad de la mujer estaba cristalino; y, dentro de un ejercicio de madurez que pocas veces se volvería a repetir dentro de la República, se consiguió aprobar el sufragio universal. La Constitución de 1931 daría para un artículo por sí misma, dado que es un compendio de ideas muy acertadas y de otras verdaderamente imprudentes, pero, para lo que aquí nos ocupa, queda claro un punto muy positivo, además del derecho al voto: la conquista de la igualdad plena ante la ley entre hombres y mujeres por primera vez en la historia de España. Estos derechos no duraron mucho; dado que, prácticamente desde la Revolución de 1934, la coyuntura tomó tintes de estado de excepción, vaticinando la futura guerra civil —circunstancias que, como ya vimos, castigan mucho a las mujeres—, y, ya para 1939, eran papel mojado —aunque, siendo honestos, la inestabilidad gobernó el siglo XIX y, aun con sus momentos de tranquilidad, desde, por lo menos, 1922, la tensiones eran muy claras—. Como curiosidad, se puede destacar que, antes de 1978, en 1966, el gobierno franquista celebró un referéndum sobre la Nueva Constitución Española, donde pudieron votar las mujeres en igualdad. A su vez, pudieron participar todos los hombres y mujeres casados en las votaciones para elegir a los representantes de las familias en las cortes —curiosa figura parlamentaria—; pero también aquellos que vivían «solos y con independencia de otras personas». Por lo demás, derechos capitales, como la mayoría de edad legal para mujeres casadas o el derecho a poder ejercer cualquier profesión, quedaron derogados hasta 1972. Pero no adelantemos acontecimientos, pues aún quedan un par de cosas de las que hablar.

En 1934, se funda la Sección Femenina, capitaneada por Pilar Primo de Rivera, nuestra ‘Dama de Hierro’ particular, que dominó el arte de la política como una autentica mujer de acción. Grandes mujeres formaron parte de esta organización, desde destacadas deportistas hasta intelectuales de la talla de Mercedes Formica —figura clave en la lucha por la defensa de los derechos de la mujer dentro del franquismo—. Por estas fechas, en 1938, se declara la mayoría de edad legal para las mujeres casadas en Francia. Llegamos a los años cuarenta con una alfabetización general del 83%, un 89% en hombres y un 78% de mujeres —con 11 puntos de diferencia—. En cuanto a la escolarización, encontramos un 53% general, con un 61% en hombres y un 45% de mujeres; 16 puntos de diferencia en los que se notan los efectos del conflicto bélico, que retrasa, menguando en 8 puntos, la escolarización de las mujeres. En 1944, se concede el voto a las mujeres en Francia, y un año después sucede lo mismo en Italia. Esto coincide, a su vez, con la pérdida legal de la autonomía de las mujeres en España, que no pueden ni contratar ni reclamar sus retribuciones, quedando a cargo de maridos y padres. Esta situación de involución contrasta con la Ley de Referéndum de 1945, en especial con su Artículo 2, donde se establece que los referéndums se llevarán a cabo entre todos los hombres y mujeres de la Nación española mayores de 21 años —ésta es una curiosidad más de esa «democracia orgánica» que todos odian, pero que muy pocos han estudiado en profundidad—. Por lo demás, hasta el final de la década, a nivel global, destaca que, en 1947, se establece el voto femenino en Méjico, China y Japón.

Arrancamos los años 50 con una alfabetización general ya del 90%, un 93% en hombres y un 87% en mujeres; con una diferencia que se acorta hasta los 6 puntos. A nivel de escolarización, nos encontramos con una tasa del 69%, un 70% en hombres y un 68% en mujeres —con una bajada en la distancia entre los sexos de 2 puntos, se nota que empezaba a estar ya muy claro, para todas las familias de la creciente clase media, la importancia de la educación de las niñas—. Es muy significativo comprobar que, pasados 50 años desde el principio de siglo, aún era muy baja la cantidad de universitarios, que rondaba el 2% de la población general, sólo creciendo hasta asemejarse al 4% en hombres, y con una cifra estancada alrededor del 2% en mujeres —no se nos escapa que 2+4=6 y que 6/2=3, pero… 2+2=5 para valores de 2 tirando a grandes—. Antes de llegar a los años 60, nos encontramos una mejora sutil, pero significativa, respecto a la situación de la mujer, con la Reforma de 1958, que modificaba el régimen de obediencia en el matrimonio de la mujer en España, de tal manera que el marido necesitaba su permiso para vender o enajenar sus bienes. A partir de 1960, comprobamos que la alfabetización entra en una llanura, situada en torno al 90% de la población, con un 93% de hombres y un 88% de mujeres, y con 5 puntos de diferencia. La escolarización aumenta un poco más, llegando al 75% general, con un 75% de hombres y un 74% de mujeres; lo que permite hablar ya, prácticamente, de paridad. Donde se empieza a notar un crecimiento muy rápido es en los universitarios, encontrando ya un 4% de ellos dentro de la población general, manteniéndose los hombres en un 4% y habiendo alcanzado ese mismo porcentaje las mujeres. Esta situación se podría intentar explicar a partir de la estabilización de la coyuntura económica, previa al desarrollismo de esta década. Muchas personas, de las clases más bajas, se debieron ver obligadas a abandonar tempranamente la educación para trabajar duro en la reconstrucción del país, mientras las clases medias empezaban a crecer y comenzaban a apostar por la educación superior de sus hijos.

En esta década, podemos destacar, en un primer lugar, la Ley de los Derechos Políticos, Profesionales y Laborales de la Mujer de 1961; a través de la cual, gracias a la presión de la Sección Femenina, se otorgó a las mujeres, en el ámbito laboral, derechos adicionales, reconociendo la importancia de su trabajo, y estableciendo que las mujeres solteras tuvieran derecho a una remuneración similar a la de sus compañeros masculinos cuando desempeñaran el mismo trabajo. El segundo hecho histórico significativo, de cara a la situación de la mujer, lo encontramos este mismo año con la creación del Seminario de Estudios Sociológicos de la Mujer por parte de María Laffite Pérez del Pulgar, una intelectual verdaderamente interesante. En ese seminario, se dieron cita numerosas mujeres, como la deportista Lilí Álvarez, la profesora Elena Catena —que fue una de las primeras mujeres que obtuvo el doctorado en Filosofía en la UCM y la primera que alcanzó el puesto de vicedecano en esa misma facultad— o la intelectual María Salas Larrazábal —famosa por el ensayo “Nosotras las solteras” (1959)—. Entrando ya en la década de 1970, nos encontramos con una alfabetización general del 91% —un 94% hombres y un 89% mujeres, con 5 puntos de diferencia—, una escolarización en torno al 74% —un 72% en hombres y un 76% en mujeres; siendo ahora el desfase de 4 a favor de las damas— y una tasa de universitarios del 8% —un 9% en hombres y un 8% en mujeres, con un punto de disparidad—. Comprobamos que la alfabetización sigue estancada, lo que nos hace pensar que el último tramo va a ser más gradual. Lo curioso es que la cifra de escolarización se paraliza en general, dado el descenso en el sector masculino y el aumento en el femenino… A este fenómeno tan peculiar se le podría encontrar sentido pensando que, en el periodo del desarrollismo, donde muchas familias se enriquecieron, los hijos varones se despreocuparon más de este aspecto, a causa de esta situación de comodidad; no ocurriendo esto mismo con las hijas, pues sus madres bien sabían lo que valía tener una educación.

Los años 70 son muy prolíficos. Arrancan, en 1972, con la modificación de la ley, que reduce la mayoría de edad, en las mujeres, a los 21 —como los hombres—, y permite, a su vez, a las féminas actuar como adultos en la vida civil. Esta modificación legal también abrió la posibilidad de que las mujeres de 22 años o más pudieran abandonar el hogar familiar sin el consentimiento de sus padres. En 1974, María de los Ángeles Hernández Gómez —conocida como Ángela Hernández Gómez o simplemente como Ángela, se quedó huérfana de padre y madre, pasando estrecheces económicas, pero éstas no frenaron su carrera en el mundo taurino— ganó en la Corte Suprema de España la anulación del artículo 49 del Reglamento taurino, permitiendo que las mujeres fueran toreras en España. Fue la primera mujer torero en ejercer, legalmente, desde 1908. Poco después, en 1975, se abolió el permiso matrimonial en España y, un año más tarde, la famosa Lidia Falcón crea el Colectivo Feminista de Barcelona. En 1977, se producen las elecciones generales para constituir las Cortes —este momento daría para un curso entero de análisis— y, en 1978, la Constitución española, de la que hoy disfrutamos, se vota; todo esto por sufragio universal, otorgándose así a hombres y mujeres igualdad ante la ley. De toda esta época de la Transición, donde se produjo un encaje de bolillos de luces y sombras, salvando las circunstancias mediante equilibrismos, destaca Carmen Díez de Rivera: una mujer que movió Roma con Santiago, utilizando todos los resortes de la política disponibles, para ayudar a dar a luz a la nueva democracia.

La década de los 80 destaca por terminar de concluir la escolarización de la sociedad, con un 85% —con una diferencia sexual de un punto—, y una tasa de universitarios que se dispara hasta llegar a un 16%. Diez años después, la alfabetización tocaba el 95%, y los estudiantes universitarios constituían ya el 25% de la sociedad española; de los cuales un 19% eran hombres y un 30% mujeres. En resumidas cuentas, no hace falta dar demasiadas vueltas para percatarse de que el común de las mujeres, en el mundo civilizado, empieza a ganar derechos e igualar su situación respecto a la de los varones a partir de mediados del siglo XIX, a través de la lucha feminista y de las oportunidades (y necesidades) del mercantilismo liberal, terminándolo de conseguir para mediados del siglo XX. Esto dio como resultado que la gran mayoría de las niñas nacidas a partir de 1950 disfrutaran de la misma escolarización que los hombres; pudiendo acceder 20 años después a la formación universitaria en igualdad de condiciones, justo a tiempo para disfrutar del nuevo marco que abría la Constitución de 1978. Una pregunta que nos podríamos hacer es si todo esto ha sido por la paulatina ‘concienciación’ de la sociedad y por la ‘normalización’ de la visión de la mujer trabajadora, independiente, etcétera…, o si ha sido más bien gracias a la extensión de un espíritu ‘humanista’, ‘solidario’ y progresista por parte de la oligarquía dominante. Estas mismas cuestiones uno se las podría plantear también respecto al advenimiento de la democracia en España, entre tantas otras cosas. Sin embargo, también cabe pensar que, probablemente, la coyuntura pese más de lo que parece, las cosas caigan hacia donde se inclinan y ciertos cambios sociales ocurran porque, sencillamente, ya era hora de que sucedieran (más, si cabe, si hablamos de países cuya edad dorada queda en el recuerdo, como es España). Si se ha tomado alguna decisión determinante respecto de la situación de la mujer o alguna presión social realmente ha cambiado el flujo de la historia, esto pudo ocurrir en Yanquilandia, Francia, Reino Unido…, o quizá en Rusia. Aunque tal vez fuimos nosotros los que, sin querer, al encontrar tantísima plata y acuñar moneda con ella…, le pegamos el último empujón a esa cosa tan extraña llamada modo de producción capitalista; que, desde el Imperio romano, se estaba cociendo bajo el espíritu de buscar la manera de vivir lo mejor posible. Ciertamente, después de dedicar tanto tiempo a repasar la historia con el pretexto feminista, la sensación que queda es agridulce.

Los toros: una pequeña reflexión sobre el prejuicio y la ignorancia

De todas las cuestiones y circunstancias históricas que he aprendido, ya sea por ampliación o descubrimiento, sobre la situación de la mujer, durante los siglos XIX y XX, en la realización de este artículo, la que más me ha llamado la atención es la constatación de la existencia de mujeres en el arte de la tauromaquia. Si me hubieran preguntado antes, hubiera respondido, prejuiciosamente, que no existían las mujeres torero; lo cual es un recordatorio más a la hora de comprender hasta dónde siempre hay que mantenerse vigilante ante lo que se asume acríticamente. Igual que nacer dentro de un entorno muy arraigado a las tradiciones implica un esfuerzo de tomar distancia, nacer en un contexto prácticamente desconectado de las mismas requiere de la voluntad de hacer el trabajo inverso. Y, en este sentido, el tema de los toros es un caso ejemplar: lo que llega al común de los mortales suele ser una postura maniquea entre sus defensores y detractores, sin considerar posturas intermedias; y, lo más importante, sin establecer lazos y puntos de encuentro, donde todas las partes hagan un esfuerzo por reflexionar el fenómeno en sí del hecho taurino, tanto desde fuera de la plaza de toros como desde dentro, junto con su historia e influencia en nuestra cultura. Otra de las cuestiones que envenenan el debate es esa costumbre tan odiosa de hacer paquetes ideológicos para manipular a las masas, considerando que los toros sólo gustan o disgustan a un estereotipo de persona, que es cargado de etiquetas prejuiciosas y que se le supone como típicamente votante de ciertos partidos. Todo esto, al final, nos aleja del objeto del debate, haciéndonos además partícipes de la propaganda electoral de turno.

Para hablar de algo, lo primero que uno debe hacer es tomar distancia respecto a los discursos dominantes, y ejercer la crítica sobre ellos tanto teórica como pragmáticamente. Para este trabajo, es preciso, no sólo analizar las razones que están encima de la mesa, sino también alimentarse correctamente del contexto, la historia y el sentido del hecho que se está juzgando. En el caso de la tauromaquia, una vez analizados los argumentos de cada una de las partes, y analizada la historia del fenómeno —lo cual es un trabajo arduo—, una de las cosas que hay que hacer es estudiar en qué consiste, propiamente hablando, dicho quehacer; pasando, de manera inexcusable, por asistir a las corridas de toros de todos los tipos, desde las que van a caballo hasta las que se centran en el recorte. Sin pasar por todos estos pasos, la única postura coherente es la de reconocerse como ignorantes y, más allá de ser capaces de ponderar una serie de opiniones muy superficiales, no podremos aventurarnos a juzgar el fenómeno y tendremos que, inevitablemente, suspender el juicio. Esto se ve muy claro con otro ejemplo: el futbolístico. De cara a este deporte, que muchos tipificarían, con razones, como de arte, también hay dos posturas muy determinadas. Para todos aquellos que no hemos nacido dentro, nos resulta muy fácil tacharlo como un entretenimiento estúpido y embrutecedor, que, para colmo, mueve una ingente cantidad de dinero y de gente, que bien se podrían dedicar a algo mucho más interesante. Esta postura del urbanita intelectualoide se cae con mucha facilidad en el momento en el que uno estudia en qué consiste el fútbol, su historia y, sobre todo, cuando se disfrutan de unos cuantos partidos. Después de todo esto, se puede establecer un diálogo con los conocedores del fenómeno, y llegar a puntos de encuentro muy claros, que favorezcan que se le pueda llegar a considerar como una afición digna, siempre que no termine por dominar la vida de una persona.

Volviendo con el tema de las toreras, y ya para terminar, resulta muy interesante comprobar que las damas nunca estuvieron fuera de este arte, pudiendo encontrar indicios de su actividad desde el siglo XVII. Destacando muchas, como Nicolasa Escamilla, apodada como la Pajuelera, que lo practicó en 1747, o, ya en el siglo XIX, Teresa Bolsi —retratada por Doré—, Martina García y Dolores Sánchez. El problema estuvo cuando, en 1908, se prohibió que las mujeres pudieran participar; aunque muchas siguieron haciéndolo en la clandestinidad, como María Luisa Jiménez Carvajal, «la Atarfeña», que fue objeto de este poema de Federico García Lorca. Por lo demás, resulta esclarecedor el documental de “Matadoras” (2016), de RTVE, un documento histórico, de 1978, donde se promociona a la mujer torero, así como este anuncio sobre Rocío Romero, una torera actual —la cual pasó de la gimnasia rítmica a la tauromaquia—. Os dejamos, a su vez, tres muy buenos ejemplos de la actividad femenina en este campo: uno de las chicas de la escuela taurina de Cáceres, otro de las Damas del Recorte y, el último, del primer concurso de chicas recortadoras. Visto todo esto, se comprueba que a muchos nos queda bastante por aprender, por no decir recordar, dado que da qué pensar, y resulta casi humillante, comprobar que una tradición tan cercana parezca a nuestros ojos como algo salido de la Ópera de Pekín o del teatro Kabuki.

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