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Una habitación propia (1929)

Me ha bastado leer “Una habitación propia” (1929) para darme cuenta de que me interesa muchísimo más la Virginia Woolf ensayista que la de “La señora Dalloway” (1925). Lo más probable es que sea porque me resulte más sugestiva ella como persona que sus personajes abocados a un flujo de conciencia continuo. De hecho, su estilo aquí es mucho más directo, y las múltiples divagaciones que hay a lo largo del mismo resultan, en su mayor parte, pertinentes, sin caer casi nunca en lo trivial o en cansinas recreaciones descriptivas. En este texto, Virginia Woolf no escatima en elogios cuando debe, pero tampoco en críticas cuando la ocasión lo merece. Y, por eso, entre otras cosas, tiene tan buen ritmo y se lee con tanto interés: porque nunca se queda en la superficie, sino que profundiza más allá de lo que se ha dicho sobre los temas que trata (las mujeres y la novela); y, encima, lo hace con un estilo muy particular y cuidado (son ya conocidas sus apreciaciones o comentarios puestos entre rayas). Así pues, hecha ya esta pequeña introducción, veamos qué cabe destacar del libro que nos ocupa.
 
Lo cierto es que me acerqué a este escrito suyo con cierta distancia y cautela: encabeza muchas listas de libros recomendados, y eso, a veces, no es la mejor de las señales. De cualquier modo, tenía cierta curiosidad por ver qué era aquello que le hacía supuestamente especial, pues había oído hablar de su valía tanto a través de personas a las que admiro sobremanera como de otras a las que no tengo en demasiada estima. También he de decir que algunas de las que se llaman hoy a sí mismas ‘feministas’, y que muestran orgullosas este libro entre sus favoritos, no sé si no se lo han leído en absoluto, o si simplemente se han quedado con aquello que les ha interesado —práctica perfectamente legítima, faltaría más—, haciendo caso omiso a aquellas críticas, en absoluto veladas, que hace la propia Woolf a algunos fenómenos, como el que, por ejemplo, da un excesivo protagonismo a la sexualidad, centrando su lucha en esta cuestión y haciéndose oír de una manera un tanto molesta y desagradable (y ella estaba hablando en 1928…, así que imaginaos el síncope que le podría dar si levantara ahora la cabeza).
 
“Una habitación propia” es un ensayo muy luminoso y afilado, en el que aparece la Virginia Woolf más inteligente, compasiva, reflexiva y acertada. Leerlo resulta una delicia, pues nos hace partícipes de la manera de afrontar el tema sobre el que le han propuesto hablar —las mujeres y la novela— en las conferencias en las que más tarde se basará este libro —publicado un año después—, recorriendo con ella las lecturas, las preguntas y las dudas a las que le va conduciendo su investigación; unido todo ello a sus propias cavilaciones, que demuestran un gran conocimiento de la literatura y un cuidado detenimiento a la hora de pensar acerca de los conflictos intrínsecos a la frágil condición del hombre. Demuestra una sensibilidad muy particular ante las grandes preguntas de la existencia, al tiempo que conforma frases de una belleza y pulcritud magníficas (pero nunca son cáscaras vacías, sino que siempre apoyan un contenido que las acompaña en calidad). Uno, a medida que va leyendo el libro, no puede sino asentir ante tantas buenas ideas, hiladas, además, con maestría y carácter. Es un ensayo muy franco, sin dobleces, y que no quiere aparentar aquello que no es. De hecho, su sutil combinación entre el elogio y la crítica más despiadada es un muy buen ejemplo de ello, porque pretende estudiar a fondo aquello de lo que habla, y eso le hace apreciar ciertos grises, no dando las cosas por ‘buenas’ o ‘malas’ sin haberlas pensado antes de manera sosegada. 
 
Me ha resultado también revelador que trate uno de los temas que más me vienen interesando últimamente: el del genio. Y, sobre todo, y a raíz del título del escrito, la reflexión de cómo, para que el genio aparezca, se deben dar ciertas condiciones materiales; y esto, le pese a quien le pese, no puede sino ser así. Lo cierto es que, para que se dé el suficiente exceso en determinadas personas, y que éste, claro está, se concrete en algún tipo de obra significativa, éstas deben tener cubiertas ciertas necesidades básicas, no teniendo que preocuparse por su alimento y vestido día tras día. Y ésta es la manera que tiene de justificar la propia autora que nunca en la época de Shakespeare podría haber existido una figura semejante en mujer; pues éstas no contaban con la coyuntura adecuada para dedicarse a un quehacer de tales características y envergadura. Esto, sin duda, no nos debe llevar a echarnos las manos a la cabeza, pues no es que Virginia Woolf esté justificando este hecho, sino que está explicando, del modo más objetivo que puede, que, en ese momento, por cómo estaban las cosas, es indudable que no podía haber equivalentes femeninos de ciertas obras que, en cambio, sí lograron ser llevadas a cabo por hombres. Sin embargo, y aun pudiendo dejar la cuestión ahí, no lo hace, y sigue el curso de cómo las mujeres fueron poco a poco, y a lo largo de los siglos sucesivos, inmiscuyéndose en la escritura, que, habitualmente, había sido tarea exclusiva de los hombres. Para ello, centrará su estudio en algunas de ellas, que fueron fundamentales para que otras, mejores y más brillantes, pudieran florecer años después. Esto le hace llegar hasta una autora como Jane Austen, que, en el siglo XIX, fue capaz de escribir novelas de una inteligencia y relevancia considerables, y sin tener más experiencia que las cuatro paredes de su casa ni más espacio para escribir que la sala de estar común (algo habitual entre las novelistas decimonónicas; y hecho que explica, además, el que se dedicaran precisamente a este género literario y no a otro, en tanto que requiere de menos concentración). Sin duda, es un gran ejemplo de esa idea tan sonada, y dicha de mil maneras, que, en la propia Woolf, aparece bajo la fórmula «no hay barrera, cerradura ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente».
 
Al final, y como ya hemos apuntado hace un momento, “Una habitación propia” es, fundamentalmente, un libro sobre el genio, sobre el acto de crear y sobre las condiciones que propician que una obra excepcional pueda llevarse a término (de hecho, es precisamente ahí hacia donde apunta su título). De algún modo, el silenciamiento que han sufrido las mujeres durante tantos años —y que se traduce en muchas menos obras suyas a las que poder acudir— no responde tanto a una falta de talento como a una imposibilidad fáctica de hacer algo con él. Cuando a alguien le han extirpado todos aquellos requisitos que posibilitan la emergencia de una pieza significativa, ¿cómo va a ser capaz de producirla? Por eso, Virginia Woolf, a lo largo de este ensayo, está tan interesada en poner de manifiesto cómo puede surgir la creación de un genio y qué es aquello que permite su desarrollo; y, desde ahí, se explica solo el hecho de que haya habido, en el transcurso de los siglos, tan pocas mujeres relevantes; en tanto que les estaba vetado hacer uso de sus propias capacidades o tener el espacio, el tiempo o la oportunidad de hacer algo con ellas. De cualquier modo, por mucho que ésa fuera la tónica general, lo cierto es que siempre ha habido mujeres en los márgenes, que fueron capaces de hacer algo con ese pequeño reducto de libertad que les había sido otorgado. Es en todas ellas en las que se fijará Virginia Woolf; aun reconociendo que hay otros muchos nombres, olvidados en el camino —y que quedarán desconocidos—, de mujeres anónimas, que no han trascendido hasta las generaciones venideras, pero que, sin embargo, fueron fundamentales a la hora de abrir un incipiente horizonte para aquellas que acabaron dedicándose al oficio de escribir.
 
Sin embargo, y como contrapartida de las ventajas de esta paulatina inmersión del sexo femenino en otras esferas de la vida, más allá de las labores del hogar, “Una habitación propia” también señala la amargura, la cólera y el resentimiento que se hallan en algunos de los primeros textos de esas mujeres que empezaron a publicar. Pero, con todo, como la propia Woolf plantea, ¿acaso se las puede juzgar por ello? Lo cierto es que, para ellas, dedicarse a la escritura suponía disponer de una gran fortaleza y entereza, pues sabían lo que sus compañeros varones opinaban sobre que una mujer se consagrara a una tarea como ésta. De cualquier modo, lo curioso de esto es que no todas ellas hicieron frente a ese supuesto destino que se les había impuesto por naturaleza de la misma manera. A este respecto, resulta muy relevante la comparativa que establece entre Charlotte Brontë (se aprecia una ligera tirria hacia ella y una preferencia, en cambio, por su hermana Emily) y Jane Austen. Así como la primera, en su conocida novela “Jane Eyre”, deja entrever por activa y por pasiva ese deseo insatisfecho de quien ha sido privado de un presunto mundo repleto de posibilidades; a la autora de “Orgullo y prejuicio” le sucede precisamente lo contrario: jamás en sus novelas hay rastro de enfado o rencor, sino que se eleva por encima de eso. De hecho, es ése el punto clave que le sirve a Virginia Woolf para establecer una similitud entre Jane Austen y Shakespeare: ambos consiguen dar relevancia a sus personajes, dejándoles desarrollarse de una manera completa, y no poniendo en ellos sus propios anhelos y aversiones. Y eso es lo que hace universales a sus obras, en tanto que favorece que uno se reconozca en ellas, sin apreciar los designios frustrados de quien las está por detrás moldeando.
 
Si tenemos en cuenta esta sugerente crítica de Virginia Woolf hacia una autora como Charlotte Brontë, de la que opina, como acabamos de señalar, que su gran obra, “Jane Eyre”, está completamente contaminada por su molestia y rabia hacia quienes le habían despojado de llevar una vida repleta de experiencias, viajes y conocimiento del mundo exterior —es decir, los varones—, ¿qué opinaría de quienes, a día de hoy, consideran que todo lo privado es político? ¿Qué le parecería el discurso de todas aquellas mujeres occidentales que, en la actualidad, gozan de situaciones similares a las de sus compañeros masculinos y que, sin embargo, no cesan en su constante queja y en su odio desmedido? Ciertamente, por la manera que tiene de discurrir en este ensayo, se puede uno aventurar a suponer que le parecería absolutamente fuera de lugar, además de completamente falaz. De hecho, a raíz de esto, me viene a la cabeza la última parte del ensayo, donde, ni corta ni perezosa, no duda en criticar esa victimización de las mujeres que, aun en ese momento —1928—, y cuando cuentan ya, desde hace algunos años, con privilegios prácticamente equivalentes a los de los varones, siguen escudándose en ese discurso cómodo y placentero. Desde aquí, resulta fácil saltar a la necesidad imperiosa del hombre de sentirse parte de algo, bien para reafirmarse a sí mismo, bien para establecer una línea divisoria —y casi definitiva— entre él —nosotros— y el otro —ellos—. Por eso esta reflexión hila tan bien con la del genio: quien es capaz de elevarse por encima de las diferencias cotidianas y hablar del hombre en general, sintiendo compasión por todos y cada uno de los individuos, en tanto que arrojados a un camino similar y, sobre todo, a un desgraciado destino común.
 
A su vez, la reflexión de Virginia Woolf acerca de cómo siempre han existido hombres que se han preocupado por las mujeres, tanto para honrarlas como para despreciarlas, escribiendo libros sobre ellas, mientras que, en cambio, no se ha dado el fenómeno inverso, resulta curiosa, pues precisamente las tornas han cambiado en estos últimos años, en los que encontramos infinidad de libros hablando y desdeñando a los hombres, para defender, de ese modo, un supuesto ‘feminismo’. A colación de esto, y suscribiendo los planteamientos que hemos ido proponiendo a lo largo de esta crítica, no puedo más que recomendar este pequeño ensayo, que no llega a las 150 páginas, y que resulta muy fresco de leer en estos tiempos tan descalificadores, torpes y simplistas, donde los malos siempre son los otros y los buenos, ¡cómo no!, los míos. Y es que aquí encontramos una reflexión serena, tranquila y con la sincera —y extraña— predisposición de buscar la verdad, y no el discurso que se adecúe a los intereses que uno previamente ya va con la intención de encontrar. Y eso es lo que le hace honesto; pues no se nota por detrás una supuesta lucha por una causa, sino el simple y llano pensar sobre algo (planteando con claridad los puntos de llegada, así como también las zonas más oscuras y difíciles). Y, aunque pueda parecer una tontería, no es tan típico encontrar un escrito de estas características, y menos aún tratando acerca de un tema que suele abordarse desde sitios más ruidosos y, con frecuencia, a través de discursos agresivos (probablemente, por lo de ser juez y parte). Sin embargo, como bien señala la propia Woolf, cuando uno pierde las formas o su rencor traspasa aquello que pretende defender, por muy justo que esto sea, la legitimidad pasa ya a un segundo plano. Y es que, por mucho que en ocasiones se sostenga lo contrario, no sólo importa lo que se dice, sino también cómo se dice.
 

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