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Sobre el fracaso

Hoy deberíamos estar hablando de la historia de “Mass Effect” (2007-2012) a través de un trabajo pormenorizado sobre la misma. Sin embargo, no ha podido ser, por una serie de pequeñas cosas que han ido entre regular y mal, y que, sumadas todas ellas, nos han llevado a tener que reconocer que era imposible cumplir con nuestro compromiso con la calidad y poder llevar a término el artículo que teníamos previsto hacer, que quedará finalmente postergado hasta junio. Lo que hoy toca, más allá de entonar el «mea culpa», es un intento de compensar este error con una sucinta reflexión que deseamos que, de alguna manera, sirva para llenar el pozo que hoy se abría. Vamos a hacer de la necesidad virtud y a dar un par de ideas sobre un riesgo que persigue a todo hombre desde su nacimiento hasta su muerte: el hecho de que puede fracasar. Mejor dicho: que lo más probable, para cualquiera que intente algo, es que termine fracasando. Y ya que hemos sufrido un ligero fracaso, por lo menos aprovechémoslo para reflexionar y sacar algo en claro. Comencemos.

El fracaso no es morir, sino morir sin haber terminado con lo que uno tenía que hacer. Por lo tanto, entre los fracasos parciales estarían cosas como perder el tiempo, dado que el tiempo es limitado y, si no se emplea bien, provoca que uno se acerque peligrosamente a sufrir un final deshonroso. Pero también podríamos incluir aquí todo lo que implica fallar, tanto en lo pequeño como en lo grande, pues cualquier error debe enmendarse, y esto consume, a su vez, tiempo; lo que nos encamina de nuevo hacia la debacle. La voz de la experiencia, en este caso personalizada a través de mi abuelo, encierra muchos refranes, y aquel que reza: «Dinero perdido, poco perdido. Tiempo perdido, mucho perdido. Honor perdido, todo perdido» es uno que resume muy bien este matiz. Todos los medios materiales se pueden recuperar o reemplazar; mientras que el tiempo es finito y, para colmo, ninguno sabe a ciencia cierta lo cerca que está de agotarse. Para terminar, el honor se encierra en el hecho de no fallar ante la exigencia de la coyuntura que a uno le ha tocado vivir; muchas veces teniendo que sopesar tomar decisiones sin saber lo suficiente, sin tener tampoco el tiempo necesario para meditar o, directamente, sabiendo que estamos eligiendo el mal menor. A su vez, aunque sea habitual que el éxito de la misión dependa de otros o de variables imprevisibles, esto no puede ser un eximente de nuestra responsabilidad en el caso de que fracasemos, pero sí una razón de elogio si, en caso de temporal, conseguimos mantener el control sobre la situación y logramos llegar a buen puerto. De cualquier manera, si bien el fracaso nunca es deseable, hay veces que, para salvaguardar algo más valioso que nuestra propia vida, se hace necesario aceptarlo, tanto de manera parcial como definitiva. Y esto implica que, en el momento del sacrificio, tomemos finalmente el fracaso como un éxito muy doloroso, pero que, a todas luces, acaba mereciendo la pena. Y comprender esto es lo más importante de cara a conllevar con plenitud y felicidad el dolor inherente a toda vida.

Porque se puede fracasar con mucha contundencia a lo largo y ancho de una existencia entera, pero, si a través del fracaso se da un paso en la dirección adecuada, fracasar era lo que teníamos que hacer; y cuanto antes uno reconozca, comprenda y acepte este destino, más cerca estará también de dar en el clavo con su fracaso. Dicho de otra manera, y como ocurre con tantas cosas en esta vida, las cuestiones que se plantean binómicamente suelen estar mal formuladas desde un inicio; y, por eso, en relación a este caso, cabe afirmar que uno puede acabar de tres maneras: consiguiendo la gloria en vida a través de la victoria literal, alcanzando la grandeza en el fracaso o… fracasando sin más. Si bien todos desearíamos encontrarnos en la primera situación, lo cierto es que debemos ser conscientes de la posibilidad y de las bondades de la segunda, a saber: intentar ayudar a los que sí merecen optar a la victoria o tratar de mejorar las oportunidades de los que están por venir; pues, además, la segunda opción resulta fundamental a la hora de evitar caer en la tercera y que tu vida no haya servido para nada o, peor, para nada bueno. Si hiciéramos balance de todas las grandes cosas que son valiosas, y fuéramos a su génesis, descubriríamos que muy pocas fueron fruto de una feliz victoria, siendo la mayor parte de ellas el resultado de un fracaso victorioso —como fue, por ejemplo, la vida de Sócrates, que se eleva como el canon de la valentía y de la nobleza con la que uno debe afrontar la derrota—. Moraleja: hay que aprender a fracasar, dado que es el caso al que más probablemente tengamos que hacer frente; y, así, llegado el momento, sabremos caer con estilo y podremos aspirar a que la huella que deje nuestra caída les sirva a otros para vivir un poco mejor o, por lo menos, para no vivir peor.

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