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Jane Eyre (1847) y sus tantas adaptaciones

Seguimos con el ciclo iniciado de las Brontë, atendiendo a la principal obra de Charlotte, la mayor de las tres hermanas. “Jane Eyre” (1847) es un libro en el que la protagonista nos va narrando su propia vida, desde su infancia hasta, aproximadamente, los 20 años. Esto contiene ciertas peculiaridades, entre las que cabe destacar la alusión al lector que se hace en bastantes ocasiones, capaz de funcionar como guiño y, al tiempo, como una manera de mantener distancia entre la ficción y la realidad. “Jane Eyre” presenta unos personajes tan bien delimitados —con sus luces y sus sombras— como maravillosamente descritos. Además, cuenta con unos diálogos imponentes y de gran contenido filosófico. Sin embargo, lo que más destaca es, sobre todo, la figura protagonista: la propia Jane Eyre. De alguna manera, y por mucho que asistamos a su paso entre la niñez y la vida adulta, si por algo destaca en todo momento es por una madurez digna de mención y por una forma de ser tan peculiar como atrayente. Lo curioso también de este personaje es que, en vez de verle evolucionar a lo largo de la trama, no cambia en exceso, sino que va modulando lo que lleva ahí desde el principio: una compasión sobrenatural, una generosidad ilimitada y, a la vez, una fuerza de ánimo y una sobriedad ejemplares. Conviene señalar ya aquí que, para enriquecer el contenido del libro, de por sí sumamente valioso, vamos también a hablar de las adaptaciones cinematográficas más relevantes que se han hecho de él. En cuanto a películas, consideraremos las de 1934, 1943, 1970, 1996, 1997 y 2011; y, en cuanto a series, las de 1971, 1983 y 2006. De esta forma, intentaremos que nos quede un amplio espectro de esta historia tan sumamente rica en matices, que, aun hoy en día, da tanto que pensar. Sin más dilación, empecemos con ello.
 
El libro: Jane Eyre (1847)
 
Jane Eyre es una niña huérfana que vive en Gateshead Hall con su tía y sus primos. Antes de morir, el último deseo del hermano de su madre es que su mujer —a la que conoceremos en la historia como la señora Reed—se haga cargo de Jane como si fuera su propia hija; sin embargo, ésta, lejos de cumplirlo, no la soporta, como tampoco lo hacen sus hijos John, Georgiana y Eliza (sobre todo el primero, que no duda en hacerla siempre de menos y en ponerle la mano encima a la mínima ocasión que encuentra). Es, desde luego, la oveja negra de la familia, cuando precisamente intenta en todas las ocasiones comportarse de la mejor manera. Nunca se la cree, cuando ella jamás miente, y se la tacha de apasionada, histérica y extraña. Por suerte, y después del capítulo en el que es castigada en «el cuarto rojo» —un dormitorio en el que nadie entra desde que murió allí mismo el señor Reed, su tío—, tras haber sido acusada de algo de lo que no tenía culpa alguna, por avatares del destino, y tras la visita del médico a raíz de su desmayo, se plantea la posibilidad de que vaya a la escuela. Esto no sólo va en beneficio suyo —por fin podrá vivir rodeada de personas que, quizá, puedan llegar a sentir cierta estima por su persona—, sino que es la mejor manera de que puedan deshacerse de ella los miembros de la casa, al tiempo que parece que le están haciendo un favor. Por tanto, acabará ingresando en Lowood, una institución caritativa de enseñanza —claramente inspirada en Cowan Bridge, la escuela a la que la propia Charlotte asistió junto a sus hermanas—, cuyas condiciones higiénicas estaban muy lejos de ser las más adecuadas. Aun con todo, preferirá por mucho esta estancia de pocos recursos que su vida en Gateshead, aparentemente llena de supuestas comodidades, pero alejada de lo único que quería: algún tipo de afecto.
 
De hecho, será en Lowood donde conocerá a su amiga Helen Burns —inspirada en su hermana Maria, que falleció por tuberculosis tras su estancia en la ya citada Cowan Bridge—, cuyo carácter desapasionado y su capacidad de aguantar las duras reprimendas de alguna de las profesoras consiguen sorprender y generar un alto grado de admiración en una pequeña y rabiosa Jane, que no ha conocido ningún cariño y sí, en cambio, un gran desprecio durante toda su vida; pero que, sin embargo, tiene una muy diferente manera de proceder que la de su compañera, que resulta impasible y tranquila, y que no se deja avasallar por comentarios inmerecidos hacia su persona, mostrándose siempre dura y en absoluto rencorosa. Esta naturaleza sólida de Helen actuará como un ejemplo a seguir para Jane, que, sin embargo, jamás conseguirá llegar a las cotas que había marcado su querida compañera, pues siempre será más inconformista, sin terminar de acomodarse de buena gana en ningún sitio, al anhelar ver qué hay más allá de esas cuatro paredes entre las que suele encontrarse, de ese acotado perímetro en el se ha visto obligada a vivir. Será en Lowood donde deberá asistir a un duro golpe en su vida: la muerte de Helen. En esta institución acabará permaneciendo 8 años: 6 como alumna y 2 como profesora. Sin embargo, precisamente por lo que acabamos de comentar, habrá un momento en el que no podrá aguantar más una vida tan sumamente monótona y gris, y decidirá poner un anuncio para que la acojan de institutriz en alguna casa, que acabará por ser la de Thornfield Hall.
 
Thornfield Hall será un punto y aparte en la vida de Jane, acostumbrada a vivir en condiciones mucho más austeras y con una compañía mucho menos agradable y culta. Lo primero con lo que se topará será con el cariño sencillo, pero sincero, de la señora Fairfax, el ama de llaves, que siempre velará por su bienestar, así como con el inocente aprecio de la pequeña Adèle, su pupila (el señor Rochester se la llevó consigo a Inglaterra cuando su madre, una bailarina francesa con la que él mantuvo una relación, la abandonó, alegando, sin suficientes razones, que él era el padre, aun sabiendo él que no era éste el caso). Pero allí, sobre todo, conocerá la verdadera amistad —no la de la infancia, sino la de la edad adulta— y el auténtico amor de la mano de Edward Rochester, dueño de Thornfield Hall y, por dicha razón, también su señor. La relación que mantienen —sin duda, el núcleo fundamental de la historia— tiene una potencia pocas veces conseguida en la literatura o en el cine. Las charlas que intercambian ambos personajes son de una fuerza y belleza increíbles, y cuesta dejar constancia de su distintivo en este humilde y escueto escrito. Si a esto le sumamos el carácter tan singular de nuestra protagonista, que, en estas conversaciones, adquiere su mejor versión, sólo nos queda disfrutar de semejante maravilla y no reposar el lápiz ni un momento ante estos encuentros entre dos naturalezas dispares y, sin embargo, sumamente complementarias. Pero este amor mutuo no va a vislumbrarse de entrada, o, al menos, no a través de la aparente dureza de Rochester, sino que se va a ir fraguando poco a poco y va a tener que hacer frente a numerosos contratiempos y dificultades. De hecho, todo el proceso que va desde la primera conversación entre Jane y Edward —cuando él se cae del caballo y ella aún no sabe que es su señor— hasta el final del libro enriquece toda la trama, dotando a esta pareja de unas idas y venidas que encierran mucha complejidad y sufrimiento, y que le ponen a uno con el corazón en un puño en numerosas ocasiones. Además, la tensión que consigue generar Charlotte Brontë cuando les pone a dialogar o cuando hace que Jane le observe entre bambalinas es realmente asombrosa, dejando entrever una y otra vez su gran capacidad como escritora.
 
El contraste entre ambos es uno de los puntos más llamativos de su peculiar relación. Se llevan prácticamente 20 años —él tiene unos 38, mientras que ella ronda los 19— y la vida que han llevado no se parece absolutamente en nada; sin embargo, la conexión que tienen al hablar es fascinante. Edward tiene un temperamento rudo, seco y excéntrico, que, sin embargo, es capaz de encajar con la generosidad de Jane, que, aun siendo de carácter apasionado, tiene una formidable capacidad de mostrarse sobria y de jugar con su interlocutor. Es en este tira y afloja donde se van hilvanando unas conversaciones en las que el señor Rochester, sin buscarlo, va poco a poco narrándole sus vicisitudes a Jane, poniendo sobre la mesa la gran cantidad de errores que ha cometido a lo largo de su vida, aunque mostrando siempre un afán algo melancólico de querer remediar dichas faltas y empezar a ser mejor persona. Como él mismo le señala a Jane —a la que, por cierto, llamará de muchísimas maneras a lo largo de la historia, desde apelativos como «pequeña hada» hasta otros como «pequeña escéptica», «extraño ser casi etéreo», «mi Mostacilla» (una de las hadas de “Sueno de una noche de verano”, de Shakespeare), «bicho», «bruja caprichosa», «pequeña tirana», «pequeña chapucera», «personita implacable», «muñeca provocadora», «hada maliciosa», «espíritu», «traidora», «chiquilla nerviosa», etc.—, ella tiene la capacidad de que la persona con la que habla se exprese con total libertad y acabe contando cosas que, con otro oyente, sería muy complicado que detallara. Pero Jane no es nunca aduladora, aunque sí compasiva, y tampoco soporta que le bailen el agua, lo que hace de su idiosincrasia algo muy singular y difícilmente repetible; de hecho, ella misma señala en un momento de la novela, cuando el señor Rochester se está poniendo algo grosero: «prefiero la descortesía a la adulación. Prefiero ser bicho que ángel».
 
De cualquier modo, ésta no es simplemente una historia de amor, aunque fundamentalmente sea éste su principal tema, sino que también contiene secretos, algunas revelaciones inesperadas y cambios de planes no previstos. De hecho, Thornfield Hall no es una casa cualquiera, sino una que contiene un misterio oculto entre sus paredes, cuya revelación va a ser el desencadenante más dramático de los numerosos que viviremos a lo largo de esta historia, que nos zarandea sin piedad de un lado a otro, y que no nos deja descansar tranquilos en ninguna estancia. Cuando uno cree que la cosa va a establecerse de una vez por todas, y al fin se siente a gusto en un ambiente o coyuntura, todo se tuerce y hay que volver a empezar, como muy certeramente señala Edward en un momento dado: «Eso es lo que ocurre con las cosas de esta vida […]; en cuanto te has acostumbrado a un descansadero agradable, una voz te llama para seguir tu camino, pues la hora de descanso se ha acabado». A pesar de que siempre haya ciertos hilos de esperanza capaces de tirar de la historia y, de paso, también de nosotros, uno no sabe nunca cómo va a acabar todo. Y eso, el que sea tan impredecible —pero en el buen sentido de la palabra, y no entendiéndolo como algo arbitrario— es lo que la hace también tan original. Por eso, cuando todo parece estar bien en Thornfield Hall, ya que Edward y Jane se han declarado mutuamente su amor, que es correspondido, y van a casarse (después de que ella haya tenido que pasar por el duro aprieto de pensar que él iba a contraer nupcias con Blanche Ingram), descubrir aquello que lo va a impedir nos cae como un jarro de agua fría. Aquellas risas desesperadas y salvajes que oyera en ocasiones Jane en la casa, así como aquella vez en la que tuvo que rescatar a Edward de un incendio provocado en su propia habitación (cuesta olvidar en este punto el momento en el que él le coge la mano, a modo de despedida, y le dice que tiene la mayor deuda con ella porque le ha salvado la vida), además de la aparición de una mujer en su habitación que le había rajado el velo antes de su boda con el señor Rochester, respondían a una misma persona: Bertha Mason, la mujer loca de Edward Rochester, encerrada en la planta de arriba de Thornfield Hall, y cuidada por Grace Poole, la criada que siempre le había resultado extraña a Jane, y a la que habitualmente había confundido con la protagonista de estos raros acontecimientos.
 
Todo esto lo descubrirá Jane en la ceremonia de su boda. Será un abogado, el señor Briggs, junto con el propio hermano de Bertha, Richard Mason, los que pondrán todo sobre la mesa. Con Richard había ya vivido Jane un suceso extraño unos meses antes en Thornfield Hall —cuando la casa se había convertido en un gran festín con los invitados del señor Rochester de la alta sociedad, entre los que se encontraba Blanche Ingram—; ya que, sin ella saber lo que había ocurrido, Rochester le dejó a cargo de su cuidado, pues su hermana le había atacado y mordido con severidad (en este suceso volveremos a apreciar el carácter tan sumamente discreto de Jane, que jamás pregunta de más, pero que siempre se muestra servicial con su señor). Este descubrimiento no está metido con calzador, como ninguno de este libro, que resulta ser un puzle perfecto, donde cada pieza encaja en su lugar y donde nada queda al azar o resulta forzado. Bessie, la cuidadora de Jane cuando era pequeña en Gateshead, visitará Thornfield Hall para comentarle a Jane que su tía está muy enferma y que no deja de preguntar por ella. Jane decide viajar a Gateshead, con la intención también de resolver todos aquellos conflictos que quedaron abiertos en su infancia y que nunca consiguieron resolverse. Sin embargo, la frialdad de su tía hacia ella no cesará ni en los últimos momentos de su enfermedad —a pesar de que Jane hubiese hecho un viaje excesivamente largo para darle el último adiós con la esperanza de resolver las rencillas mutuas—, pero sí le confesará la ocultación de una carta de su tío John Eyre, que había escrito a la señora Reed, tres años antes, para preguntarle dónde se encontraba su sobrina porque quería que se fuese a vivir con él, ya que contaba con una gran fortuna y estaba soltero y sin hijos. Ella le había dicho que Jane había muerto de fiebres tifoideas en Lowood porque no soportaba la idea de que su sobrina tuviera una vida cómoda y apacible. A su vuelta a Thornfield Hall, Jane le escribirá sobre su compromiso con el señor Rochester. Este tío suyo vivía en Madeira, donde el propio Richard Mason tenía también una casa, y ambos se conocían. De hecho, fue así como se enteró de que Edward se iba a casar con Jane, a la que él había conocido en su estancia en Thornfield Hall.
 
Tras la boda fracasada, el señor Rochester llevará a los asistentes a la ceremonia al piso de arriba para enseñarles a Bertha Mason. Más tarde, Jane, haciendo nuevamente alarde de su discreción, se retirará a sus aposentos, donde acabará por tomar la determinación de que debe abandonar ese lugar. Esa misma noche volverá a reunirse con Edward, que le contará la historia de cómo acabó casado con Bertha y qué avatares del destino le llevaron a una circunstancia tan sumamente desagradable. También le contará cómo se enamoró de ella desde que la conoció y narrará algunos de los capítulos que sólo conocíamos a través de los ojos de Jane. A pesar de lo difícil que hace todo esto el que Jane siga llevando a cabo la determinación que ha decidido emprender —pues no puede dejar de amarle—, no cederá ni un poco, y, a la mañana siguiente, cuando aún todos se encontraban dormidos en Thornfield Hall, decide huir de allí, sin avisar de su partida. Tendrá que hacer frente a momentos realmente terribles, en los que pasará hambre y vivirá como una indigente, hasta que, tras mucho vagar de aquí para allá y estar absolutamente desfallecida, consigue que la acojan en Moor House, que será otro de los episodios relevantes de su vida. Allí conocerá a Diana, Mary y St. John Rivers (tres hermanos que, al haber muerto recientemente su padre, se encuentran reunidos junto a su criada, Hannah, en la casa familiar; una estancia humilde en la que, sin embargo, no falta de nada), que terminarán por cobijarla y cuidarla hasta su completa recuperación. El carácter de St. John Rivers resulta también ser muy revelador para Jane: es frío, se rige siempre por el deber y se muestra impasible ante cualquier tipo de sufrimiento vano o de egoísmo estúpido. Es clérigo y considera que su cometido es convertirse en misionero, lo que le permitirá llevar a término su labor de la manera más honrada posible. Por dicho temperamento, su relación con Jane resulta ser mucho más distante que la que nuestra protagonista tiene con Diana y Mary, que se convierten en unas grandes amigas para ella, y cuyos intereses, inquietudes y aficiones congenian de una forma que nunca había experimentado antes.
 
De cualquier modo, cuando empieza ya a sentirse completamente recuperada y ha vuelto a su estado habitual, le pide a St. John que le busque un quehacer para que pueda mantenerse ella sola, sin depender más de ellos, pues no quiere seguir abusando de sus cuidados. Él la consigue un puesto de profesora en una escuela para hijas de padres campesinos y de trabajadores de fábricas, donde también cuenta con una modesta casa. Desde luego, no es el trabajo de sus sueños, estando ella muy por encima en capacidades de lo que puede realizar allí, pero, aun con todo, no puede sino estar agradecida a St. John y asombrarse y enorgullecerse de los avances que van haciendo poco a poco sus alumnas. Aunque St. John, porque entiende la naturaleza de Jane —al ser muy similar a la suya, a pesar de que intente reprimirla y ocultarla—, teme que no vaya a durar demasiado tiempo allí, dándole la sensación de que pronto se sentirá enclaustrada y necesitará una ocupación que la permita desarrollar sus potencialidades. Otro de los giros importantes del libro se va a producir precisamente durante la estancia de Jane en Moor House: se les va a notificar que uno de los tíos de los hermanos ha muerto y que no les ha dejado nada de herencia (por una trifulca que tuvieron él y el padre de los Rivers). Ese hecho, que podría parecer anecdótico, se va a convertir en algo muy relevante, y es que ese tío es el mismo que el de Jane —John Eyre—, el que vivía en Madeira, y que le ha dejado a ella toda su fortuna. Así que, de golpe y porrazo, Jane no sólo va a pasar a ser rica, sino que va a descubrir que tiene una familia, que ella desconocía que tenía, y eso es algo que no la puede hacer más feliz. Y aquí, nuevamente, asistiremos a un claro ejemplo de la fortaleza de carácter de Jane y de su naturaleza generosa y compasiva: en vez de quedarse con las 20.000 libras que le han tocado de herencia, quiere dividir ese dinero entre sus tres primos y ella, de manera que cada uno se quede con 5.000.
 
Sin embargo, y como ella misma señala, a pesar de que esta estancia fue muy agradable, y que pudo tener una relación afectuosa con estas personas, lo cierto es que no había dejado de pensar ni un solo momento en el señor Rochester y en qué había podido ser de él. De hecho, incluso había escrito un par de veces a la señora Fairfax, pero no había obtenido ninguna respuesta; y esto le hacía temerse lo peor. Después del episodio en el que St. John le pide a Jane que se case con él, pero no porque la quiera, sino porque cree que podría ejercer bien como mujer de un misionero —esto le hace a ella oponerse rotundamente a semejante unión, proponiéndole ir sólo en calidad de hermana, lo que él rechaza—, y poco antes de que St. John se marche a Cambridge para despedirse de sus amigos antes de viajar a las Indias, ella siente una sensación muy extraña en el pecho y escucha «¡Jane, Jane, Jane!», pero no dicho por cualquier voz, sino por la de su amo, el señor Rochester. Esto lo interpreta como una clara señal de que debe volver a Thornfield Hall y ver con sus propios ojos qué había sido de la persona a la que más había amado, y que aún seguía amando con la misma fuerza, y de la que no sabía nada desde que dejó abruptamente el lugar en el que había sido tan dichosa (aunque también tan desgraciada).
 
A la mañana siguiente, y después de que St. John hubiera partido —así se ahorraba tener que darle explicaciones y sólo tenía que hacer frente a Diana y a Mary, que jamás indagaban más de lo que la propia Jane les quería contar—, partió hacia su antiguo hogar. Tras un largo camino, y para su desesperación, se va a encontrar la casa en ruinas. Sin embargo, sabe que ha de armarse de valor y preguntar en la posada sobre lo ocurrido y sobre si el señor Rochester está o no vivo. El posadero le cuenta que fue Bertha Mason quien incendió la casa, y que, estando ubicada en el tejado, había acabado por precipitarse. El señor Rochester, tras intentar sacar a todo el mundo vivo de la casa, había quedado gravemente herido: se había quedado ciego y le habían tenido que amputar la mano derecha. Aunque todavía seguía en Inglaterra, en Ferndean, otra casa de su propiedad, se había alejado de sus antiguas amistades, había mandado a Adèle a la escuela y a la señora Fairfax con unos familiares, y vivía prácticamente como un ermitaño. Hacia allí se dirigió Jane, que, aun pudiendo estar abatida por las nuevas noticias, estaba contenta de que las peores previsiones no se hubieran cumplido. Tras encontrarse con John —uno de los más antiguos criados de los Rochester— y su mujer, Mary, se reunió con su señor, que no daba crédito a estar escuchando la voz de Jane y a poder estrecharla entre sus brazos. Ésta es una parte bellísima del libro, a la par que muy triste, y es que este reencuentro lo llevábamos esperando muchísimo tiempo, desde que Jane huyó de Thornfield Hall. Ella le dice que le va a cuidar, y que, si no quiere que se quede en la casa con él, ahora que tiene el suficiente dinero, se construirá una casa al lado para poder prestarle toda la ayuda que necesite. Él la llama «la niña de sus ojos», pues es quien le describe con dulzura y entusiasmo todas aquellas cosas con las que se van topando en sus paseos. Se acabarán también casando en un plazo de tres días desde que Jane llega allí —esta vez, menos mal, ya sin impedimentos y sin secretos de por medio—. De hecho, el propio señor Rochester acabará recuperando poco a poco algo de vista, llegando a operarse e incluso a poder leer y escribir durante intervalos no muy extensos. También tendrán un hijo. Y Jane, finalmente, será feliz cuidando y siendo cuidada por la persona a la que más ama.
 
Adaptaciones cinematográficas
 
En este punto, y habiendo ya comentado lo fundamental del libro, atenderé ahora, como ya se adelantó en la introducción, a algunas de las adaptaciones cinematográficas que se han hecho de este clásico. En total, estamos ante 9 versiones: seis en formato de película (1934, 1943, 1970, 1996, 1997 y 2011) y tres en formato de miniserie (1971, 1983 y 2006). Desde luego que no podré hacer un análisis demasiado pormenorizado de todos los detalles de las mismas, pues esto ya está quedando extremadamente largo para los límites previstos; pero sí, al menos, trataré de apuntar los puntos fuertes y las debilidades de cada una. De este modo, espero ponerle algo más fácil las cosas a quien tenga interés en consultar alguna versión y no sepa exactamente por cuál decantarse al haber tantas y tan variadas. Ojalá que, llegando a ese mínimo, quede enriquecido también el análisis de “Jane Eyre” a través de sus múltiples traslaciones a la pequeña y a la gran pantalla, porque la novela original será siempre el punto de referencia con el que comparar las adaptaciones, permitiendo también seguir ahondando en ciertos matices que quizás aún no hayan sido señalados suficientemente.
 
Jane Eyre (1934)
 
La película de 1934, dirigida por Christy Cabanne, tiene el mérito de ser la primera película no muda sobre este libro, pero prácticamente es la única cosa reseñable de ella. La trama, que tan sólo se extiende durante 62 minutos, resulta extremadamente forzada, impidiendo cualquier tipo de empatía hacia los personajes y hacia aquello que se nos está contando. Al final, de una historia que abarca bastantes años en la vida de un solo personaje —tan sumamente lleno de matices, dicho sea de paso—, sólo queda una mera concatenación de anécdotas, que carecen de continuidad y recorrido, y que dificultan que se siga el argumento con interés. Además, al querer abarcar todos los acontecimientos más reseñables en un espacio de tiempo tan reducido, a uno le da la sensación de que sólo ha visto cuatro cosas rápidamente contadas y sin desarrollo, y no tanto un estudio de personajes, que es el punto más fuerte y reseñable de la novela de Charlotte. Y, encima, para contarlo todo, realiza unas concesiones que son muy molestas para los amantes de esta historia, tirando por tierra algunos de sus elementos más importantes. Por señalar algunas, no podemos dejar de aludir al carácter de Edward Rochester en esta adaptación, que es completamente flojo en comparación con el del libro (lo de que le haga creer a Jane que la tiene un cariño especial desde el principio dista mucho de lo que se nos cuenta en la novela). A su vez, en la película aparece una Jane mucho menos discreta que la de Charlotte (como cuando canta esa canción al piano en el primer encuentro con el señor Rochester; algo que jamás habría hecho Jane Eyre, y que muestra un exhibicionismo totalmente contrario a su temperamento), además de algo rabiosa y enfadadiza (huellas de su naturaleza que había pulido sobremanera a su llegada a Thornfield Hall). Aun así, se agradece que no se la pinte como una persona modosita y sin personalidad; pues Jane es todo lo contrario. Lo cierto es que resulta una adaptación que se parece como un huevo a una castaña al escrito en el que se inspira, y que elimina todo rastro de virtuosismo de la novela de Charlotte. Lo único que me parece salvable —por decir algo— es que sí han conseguido captar el carácter caprichoso de Adèle, aun sin ser físicamente como me la imaginaba (aunque lo cierto es que ningún personaje me parece acertado en este respecto, pudiendo salvar sólo, y con muchos peros, al señor Rochester).
 
Alma rebelde (1943)
 
Después de haber visto la adaptación de 1943, llamada originalmente “Jane Eyre”, pero introducida en español bajo el título de “Alma rebelde”, podemos decir que aquí sí que estamos ante una adaptación muy por encima de su predecesora y, en general, a la altura del libro de Charlotte Brontë. Está dirigida por Robert Stevenson, y la protagonizan nada más y nada menos que Orson Welles y Joan Fontaine, que se encargan de elevar aún más un guion muy acertado y una puesta en escena digna del clásico que se está adaptando. Además, lo sorprendente es que su duración sólo excede ligeramente la hora y media, y, sin embargo, consigue condensar buena parte del núcleo de la novela y, sobre todo, sus partes más relevantes y sutiles. La infancia y la estancia en Lowood de Jane están presentadas fielmente y se agradece que se nos haga partícipes de su amistad con Helen, tan importante para ella, así como de su pérdida, uno de los golpes más duros a los que tendrá que asistir. A este respecto, y como un ejemplo magistral —de los muchos que hay— de la consigna que debería regir el cine, a saber, «muestra, no cuentes», es muy relevante ese plano de las dos manos cogidas de Helen y Jane, cuando ésta última se da cuenta de que su amiga yace muerta; así como esa escena en la que, mientras están rezando en Lowood, antes de proceder a comer, y después de que se nos haya enfocado a Jane, vemos cómo alguien le quita a otra comida del plato sin que la perjudicada haga nada para evitarlo —esta corta secuencia, que dura apenas tres segundos, consigue trasmitirnos cómo las veteranas abusaban de su poder frente a las más indefensas y pequeñas—. En esta cinta están muy bien representadas la rabia, la pasión y el resentimiento de Jane frente al saber estar de Helen; y, de hecho, esa influencia, así como la inevitable madurez, son las que le llevan a entrar en Thornfield Hall con un carácter mucho más sereno, aunque jamás adulador o de fácil manipulación. A su vez, estamos ante un Edward Rochester muy acorde con el del libro, a saber, de carácter rudo, seco y desagradable; y ante una Jane esta vez mucho más discreta que la que se nos mostraba en la cinta de 1934. Al mismo tiempo, la naturaleza superficial de Adèle está trasladada a la perfección a la pantalla, pero también ese cariño de Jane hacia ella, aunque siempre entremezclado con una ligera compasión por sus gustos tan poco elevados —lo cual era mucho más difícil de plasmar y, sin embargo, consigue apreciarse con acierto—.
 
Aun así, no todo es perfecto, y es cierto que no podemos evitar aludir a ciertas concesiones que se hacen a lo largo de la película. De entrada, cuando comencé a verla, me sorprendió que no apareciera la figura de la señorita Temple, que también juega un papel fundamental en Jane, y que, sin embargo, se nos mostrara a un médico, bajo el nombre del señor Rivers, capaz de oponerse en ocasiones al duro señor Brocklehurst. Al principio no entendía muy bien por qué habían introducido semejante personaje de la nada; pero, hacia el final, y al atisbar que la última parte de la novela había sido modificada —sin que nuevamente apareciera nada de Moor House, sino que se hubiera optado por juntar el viaje de Jane a ver a la tía Reed cuando le queda poco de vida con el de cuando decide irse de Thornfield Hall—, entendí que el señor Rivers era una especie de referencia libre de St. John Rivers (de ahí esa conversación con Jane, al acabar de morir Helen, cuando la anima a seguir el deber y a no dejarse llevar por la tristeza momentánea que en ese momento vive; fortaleza ésta característica de St. John Rivers, y un rasgo muy peculiar de su carácter, que consigue hacer mella en Jane). Lo cierto es que, cuando lo comprendí, me pareció una manera muy original de que este personaje apareciera, aunque no fuese en su verdadera forma —pero sí dejando la referencia del apellido para captar la atención de los lectores de la novela—, sino en una reminiscencia de su manera de afrontar la vida. A su vez, no me acaba de convencer cómo en la película cierran la relación entre Jane y su tía, pues resulta algo tramposo, sin conseguir tampoco aportar nada a cambio: en el libro, Jane no consigue reconciliarse con ella, lo que le hace apreciar la dureza que tiene el carácter del ser humano y lo difícil que es suavizar temperamentos tan rígidos y orgullosos; sin embargo, aquí apreciamos una especie de reconciliación, si bien no explícita, sí mediante ciertas súplicas y gestos.
 
De cualquier manera, creo que lo más importante está, y que la dificultad de trasladar la tortuosa relación entre Edward y Jane consigue sostenerse aquí de una manera maravillosa. Esa forma tosca que tiene de tratarla y, al tiempo, esa dulzura que a veces le muestra cuando le coge la mano o cuando le dice que no es de este mundo es precisamente el atractivo de la naturaleza de Edward, cuyo corazón es tierno, pero bien acorazado por una carcasa, en ocasiones, grosera y excéntrica. Ese contraste entre él, que aprecia en Jane el ser bondadoso que le podría ayudar a redimir sus pecados, y ella, que, aun habiendo vivido una infancia complicada, tiene un aplomo y entereza a prueba de balas, hacen de sus encuentros algo muy agradable de leer y, en este caso, también de ver en pantalla. Además, “Alma rebelde” consigue trasmitir ese trasfondo oscuro y gótico de las hermanas Brontë, con un blanco y negro muy cuidado, así como con unos fascinantes claroscuros y una música que dota de tensión e intriga a los momentos más delicados de la trama. Lo cierto es que estamos ante una muy buena adaptación del clásico de Charlotte.
 
Jane Eyre (1970)
 
La primera película de TV adaptada de este libro, además de ser la pionera en pasar del blanco y negro al color, es del año 1970, y está dirigida por Delbert Mann. Lo cierto es que, de entrada, se diferencia de sus antecesoras en que, en vez de partir desde Gateshead, lo hace ya desde Lowood. Se sigue haciendo referencia a su relación con Helen, que creo que es una cuestión relevante y digna de ser resaltada; pero, sin embargo, tal y como ya ocurría en la de 1943, se hace demasiado hincapié en el señor Brocklehurst, que, si bien en el libro tiene su papel, no es tan relevante como se nos muestra en estas dos adaptaciones. De hecho, tanto en ésta como en la de 1943 —de la de 1934 prácticamente no hablo, porque pasa por todo de puntillas— parece que ella se tiene que enfrentar al señor Brocklehurst cuando decide que quiere dejar Lowood, pero lo cierto es que no ocurre en absoluto de ese modo: de hecho, no sólo pone ella el anuncio con total facilidad, sino que, además, le facilitan buenas referencias para hacérselo más sencillo. Esto me parece un recurso algo tramposo para querer dejar en peor lugar a la institución donde ella se educó, pero creo que ni aporta ni es fiel a lo que de facto ocurre; por eso, veo innecesario que se haya recurrido a ello, salvo por un afán de querer poner a nuestra protagonista en una coyuntura que la hiciera sobreponerse a sus superiores, dotándola de cierta fortaleza y determinación. Además, si se ha querido hacer para resaltar precisamente esas características, resulta ser una forma demasiado explícita para un personaje como Jane Eyre, cuyo aplomo muchas veces se halla precisamente en esa capacidad singular de pasar desapercibida y, sin embargo, de ser siempre certera, precisa y transparente. A su vez, sus principios, muy férreos, le hacen a veces tomar decisiones que van en contra de lo que su corazón le recomienda. A este respecto, como no puede ser de otra manera, basta con señalar el momento en el que abandona Thornfield Hall, a pesar de no saber qué va a ser de ella y siendo consciente de que no tiene dónde caerse muerta. Sin embargo, ahí sus sólidas convicciones le hacen sobreponerse a las penurias, abandonando en Thornfield a quien más quiere.
 
De cualquier modo, lo cierto es que esta adaptación cuenta nuevos acontecimientos, no incorporados en las anteriores versiones, enriqueciendo así la trama; pero también trae consigo ciertos lastres, difícilmente salvables, que hunden el conjunto sin remedio. Es cierto que se da un buen espacio a Lowood, introduciendo los largos y fríos paseos a la iglesia —buen ejemplo del horror de las alumnas de la institución—, además de esa tos permanente en un lugar tan poco salubre. Sin embargo, la señorita Temple —a la que todas las alumnas tenían un cariño especial porque se comportaba muy bien con ellas, especialmente con Jane y Helen—, aunque esta vez al menos sí que aparece, vuelve a tener un peso absolutamente secundario, prefiriéndose siempre mostrarnos la parte menos amable: la señora Scatcherd o el propio Brocklehurst. Es algo injusto con la narración de la propia Charlotte, pero parece que, hasta ahora, ha sido recurrente recrearse en esos aspectos desagradables y, en cambio, obviar aquellos más amables —como cuando, en una ocasión, después de una dura jornada, y tras haber comido gachas quemadas, la señorita Temple les dio pan con queso, aun a riesgo de tener que darle luego explicaciones al señor Brocklehurst, con todo lo que eso implicaba—. Sin embargo, el problema fundamental de esta adaptación viene desde otro sitio completamente distinto: de la mano del señor Rochester —George G. Scott—. A pesar de que su carácter creo que está bien conseguido, y que su rudeza consigue traspasar la pantalla, lo cierto es que, a mi parecer, resulta demasiado mayor en comparación con Jane, interpretada por Susannah York. Es cierto que ambos personajes se llevan unos 20 años en el libro, pero aquí a uno le da la sensación de que el vínculo es más paternofilial que otra cosa. Esto no tendría sentido señalarlo si la compenetración entre ambos personajes y el vínculo amoroso se hiciera notar, pero brilla por su ausencia: no hay química alguna entre ellos; lo que provoca que la patente distancia de edades se haga notar todavía más. La tensión apasionada entre ambos personajes no existe en ningún momento, impidiendo que vibremos ante sus encuentros, lo que no ocurría en la versión de 1943, donde sí se notaba esa complementariedad entre Joan Fontaine y Orson Welles, capaz de emular muy bien lo que ocurre en el libro.
 
Por lo demás, es cierto que se siguen haciendo concesiones de diversa índole, y que aún no todas las cosas han sido contadas —por ejemplo, la inesperada herencia y el descubrimiento familiar—, pero con esta versión sí que hemos llegado un paso más allá, al dar su espacio a Moor House, que en el libro tiene un peso considerable y que, sin embargo, no parece haber llamado la atención de demasiadas adaptaciones —es cierto que, de cortar algo, es la parte que más fácilmente puede eliminarse y la que menos puede interesar, por no estar Rochester presente; pero, aun con todo, tiene su relevancia en la trama, y es que Jane, al final, aquello que busca constantemente es cariño, cuidado y familia, y mucho de todo esto lo encuentra precisamente en Moor House—. Es cierto que aquí también aparece la figura de St. John Rivers tal y como aparece en el libro —lo que no comprendo en absoluto es por qué le han puesto moreno, cuando se recalca una y mil veces que es rubio con los ojos azules, comparándolo muchas veces con el dios Apolo; pero el tema de los parecidos en los personajes es ya otro cantar, pues no se salva ni uno—. Al final, es una adaptación bastante completa en relación con lo que se nos cuenta, pero que no consigue conmover y que le deja a uno frío como un témpano. En parte, da bastante rabia, porque se nota que ha habido un esfuerzo por intentar dar un cierto desarrollo a los personajes —dentro de las evidentes limitaciones del espacio y del tiempo, evidentemente—; pero el que uno sea incapaz de creerse la relación entre Jane y Edward, que es una de las cosas más singulares de la novela, echa todo bastante por tierra, por mucha pena que nos pueda dar. Igual que una película no se puede sostener meramente por la química de sus personajes, una cinta puede perderse prácticamente entera si precisamente esa química ni aparece ni se la espera. Eso sí, al menos reconozco que Thornfield Hall por fuera consigue convencerme bastante —alejándose un poco de ese carácter más gótico de la de 1943, que, quizá, resultaba algo excesivo—, pero por dentro no me acaba de convencer, prefiriendo casi a su predecesora. En resumidas cuentas, estamos ante una obra algo mediocre, que más parece una película de domingo por la tarde que una adaptación de este clásico de la literatura.
 
Jane Eyre (1971)
 
Conviene hablar ahora de la única adaptación española, realizada en 1971 en formato de miniserie, y dirigida por Domingo Almendros. No podemos obviar el hecho de que, de entrada, nos daba la sensación de que, por su duración, aproximadamente de unas 7 horas y media —la más larga de todas ellas—, daría tiempo esta vez a ahondar en todas las partes del libro; pero, nuevamente, tal y como viene ocurriendo en todas ellas, salvo ligeramente en la de 1970, tampoco se trata nada referente a Moor House (se ve que es una parte que no ha triunfado nada en las adaptaciones cinematográficas y que, de cortar algo, se prefiere por mucho hacerlo de aquí). Cabe señalar que tampoco la Jane de esta adaptación —interpretada por María Luis Merlo— me convence físicamente y tampoco de carácter consigue ser la Jane que Charlotte dibuja en sus páginas. Además, tanto ella como el señor Rochester —Rafael Arcos— son de una edad mucho mayor a la del libro —aquí rondarán más bien los 30 y los 50, mientras que, en la novela, se mueven entre los 18 y los 38—. A su vez, y como viene siendo ya tradición, se toman muchas licencias a la hora de adaptar ciertas partes del libro. Por nombrar algunas, especialmente relevantes, cabe señalar la figura de su tío John, que en el libro es alguien a quien nunca llega a conocer, y que aquí, sin embargo, va a verla a Lowood; o el final de la adaptación, en el que, en vez de llegar a Moor House tras estar vagando de un lado a otro tras su partida en secreto de Thornfield Hall, acaba llegando a Lowood, que, en esta adaptación, como invento propio, han decidido que se convierta en hospital de beneficencia. De hecho, será allí donde se encuentre con Grace Poole, que le hablará sobre el incendio acontecido en Thornfield, y también, tras la muerte de la cuidadora de Bertha, con John —el principal criado—, que será el que le desmienta la falsa información que le había dado Grace de que Rochester había muerto. Esto impide que la manera que tenga Jane de volver a Thornfield sea tras oír ese «¡Jane, Jane, Jane!» tan característico del libro. A su vez, la figura de Grace Poole está adaptada de una manera muy libre y que nada tiene que ver con la de Charlotte: si bien ambas comparten el ser algo excéntricas y cuidar a Bertha Mason, en esta adaptación de 1971 tiene un papel mucho más activo que en la novela, enfrentándose a Jane en varias ocasiones —por ejemplo, cuando va en una ocasión a su habitación y le recomienda, con sus particulares maneras, que cierre con pestillo la puerta, o cuando se la encuentra en la iglesia y le recomienda a Jane que se vaya de Thornfield antes de que se arrepienta porque suceda una desgracia—. A su vez, el primer encuentro entre Jane y Edward, cuando ella aún no sabe que es su señor, es totalmente inventado: aquí sucede en la iglesia, donde él parece que la va a tocar el pecho, cuando realmente lo que está haciendo es coger una rosa que tiene en el vestido porque la ha reconocido como de Thornfield —y es que, en esta adaptación, vete tú a saber por qué, Rochester es un experto y amante de las rosas—, y ella le da una torta. Podemos decir que se ha hecho un adaptación «a la española», y es que, no sólo es interesante el hecho de que se dejen ciertos nombres en inglés y otros se traduzcan al español, o que ciertas cosas se pronuncien como se haría en el idioma original y otras se lean como se haría en castellano, sino que incluso el tipo de relación de los criados entre sí —como esas charlas jocosas que tienen a veces entre ellos, muchas veces criticando a Jane—, o el carácter chulesco del propio Rochester, tienen un tono particular, que se nota que ha sido adaptado a la idiosincrasia española; y a esto hay que reconocerle cierta gracia y mérito.
 
Otra cosa curiosa que tiene esta adaptación, y que es la primera versión en hacerlo, es combinar la propia acción con las reflexiones de Jane con la voz en off. Es interesante este recurso porque lo cierto es que el libro está plagado de los pensamientos de Jane, que inundan páginas y páginas de la novela, y que tienen un peso muy significativo en aquello que se nos quiere narrar. De hecho, también es relevante que, en esta adaptación, se intercalen los propios acontecimientos con la Jane del presente, que es quien de facto está escribiendo aquello que estamos viendo; y es que “Jane Eyre” es su propia historia, contada por ella misma, como ya dijimos al principio del análisis. Otra cosa que también valoro de esta adaptación es que, cuando va a visitar a su tía, poco antes de que ésta muera, se traslada muy bien aquello que ocurre en la novela: Jane viaja una distancia considerable para verla —tras la insistencia de Bessie de que la señora Reed preguntaba mucho por ella—, a pesar de la mala relación que tuvieron en el pasado, porque, de algún modo, espera que se puedan reconciliar; sin embargo, lo que se encuentra es aquello mismo que dejó cuando abandonó la casa donde se había criado y marchó a Lowood: una mujer de un carácter áspero y con poca o ninguna tendencia a la compasión. Me gusta que se mantenga esta secuencia tal y como aparece en la novela, y no que se la edulcore, como ya hemos indicado que pasaba en la película de 1943. A este respecto, también me gusta que se mantenga la dura conversación que tiene la señora Fairfax con Jane cuando descubre que ésta se va a casar con el señor Rochester. Otra cosa también digna de mención es que aquí sí aparece el personaje de la señorita Temple, que consigue generar una gran impresión en nuestra protagonista por su carácter, inteligencia y elegancia —creo que bastante bien captados aquí—, y cuya figura supone uno de las pocas rescatables de Lowood —junto con Helen, por supuesto—. Lo que, en cambio, no comparto precisamente de su estancia en Lowood es que se nos dibuja, de entrada, a una alumna modelo —esto acaba sucediendo mucho más tarde— y a alguien bastante devoto —algo que se mantiene durante toda la serie de 1971, y que a mí no me acaba de encajar con la Jane Eyre de Charlotte—. De hecho, es precisamente la contraposición entre la rebeldía y pasión de Jane frente a la tranquilidad y saber estar de Helen los que rigen su primera estancia en Lowood. Resumiendo, podemos decir que es una adaptación bastante libre de la novela, y que, aun con sus cosas salvables y valiosas, está muy lejos de ser la mejor.
 
Jane Eyre (1983)
 
Antes de empezar con las películas y las miniseries que conforman este artículo, me daba la sensación de que sería muy complicado que alguna consiguiera aunar todo lo que yo consideraba más relevante de este clásico; sin embargo, para mi sorpresa, la miniserie de 1983, dirigida por Julian Amyes, consigue acercarse mucho a esa hipotética versión. De entrada, cabe señalar una novedad respecto al resto y, sin embargo, algo que yo considero fundamental de la novela de Charlotte: el aspecto físico de Jane Eyre. A alguien que no se haya leído la novela puede parecerle esto una frivolidad sin relevancia, pero sus fieles lectores sabrán de sobra cómo se hace hincapié en este aspecto en muchas ocasiones a lo largo de la misma. Hasta esta adaptación, ninguna había reflejado a la Jane Eyre que Charlotte se esmera en componer en su relato con minuciosas descripciones; pero, al fin, esta adaptación se ha atrevido con una protagonista que no es guapa (el caso contrario es Joan Fontaine, que resulta completamente opuesta a la del libro). Sin embargo, no sólo acierta de pleno con ella en el aspecto físico, sino también en su carácter: una mezcla de sencillez, discreción, generosidad y determinación. De hecho, todos los personajes principales de la novela guardan cierta dicotomía, que los hace especialmente singulares y poco genéricos —y, por ende, también más difícil de trasladarlos a la pantalla con acierto—. Pero no es el caso de esta miniserie de 1983, que no sólo consigue clavar a Jane —interpretada por Zelah Clarke—, sino que lo hace, al mismo tiempo, con Edward Rochester; y también en esa doble faceta física y de carácter. El señor Rochester de esta versión creo que va a ser difícilmente superable en las que faltan —lo que tiene sentido si tenemos en cuenta que quien lo encarna es Timothy Dalton—, pues no puede trasladar mejor esa mezcla de rudeza y ternura tan características (en este sentido, la escena donde le coge la mano a Jane tras el incendio es una muy buena muestra de ello, especialmente bien llevada, por cierto, en esta adaptación). Además, aquí se aprecia también mucho más ese tira y afloja que tienen Jane y Edward a lo largo del libro, donde los nombres cariñosos con los que él la llama se combinan con otros más oscuros, pero siempre en un tono jocoso. Y, por supuesto, esa voz grave y profunda del señor Rochester contrasta maravillosamente bien con esa ligereza y dulzura de Jane; y, sin embargo, queda patente una y otra vez la complementariedad que hay entre ambos, trasladada magistralmente en esta versión.
 
Además, no sólo los personajes están maravillosamente adaptados, sino que también los acontecimientos que se van sucediendo, así como las conversaciones, guardan una relación absolutamente fiel con el libro. Creo que los amantes de la novela de Charlotte disfrutarán especialmente de esta adaptación, cuyo mimo hacia el original se nota por los cuatro costados. A este respecto, no puedo dejar de señalar lo bien encajada que está la parte de Moor House, que por fin ha encontrado su espacio en esta adaptación y no ha sido relegada a un mero acontecimiento puntual o a algo menor dentro de la trama (de hecho, incluso les ha dado tiempo a incorporar las calamidades que tiene que pasar Jane desde que abandona Thornfield hasta que es acogida por la familia Rivers). A su vez, los personajes de esas secuencias también están a la altura de la novela de 1847, con un St. John Rivers muy bien retratado, nuevamente, tanto por su temperamento y naturaleza como por su apariencia externa —también ampliamente perfilada a lo largo del libro—.  Desde luego que la incorporación de esta última parte resulta ser la más innovadora, sobre todo si la comparamos con las anteriores versiones —pero también hay otras menores, aunque igualmente dignas de mención, como la escena en la que Rochester se disfraza de gitana, que no había sido trasladada todavía a la pantalla—; aunque lo cierto es que todas las escenas, al ir muy paralelas al libro, ganan en profundidad. De hecho, uno de los personajes que también había sido bastante olvidado en casi todas las adaptaciones —exceptuando la serie española de 1971—, el de la señorita Temple, en esta versión es rescatado y se le da su justo lugar en Lowood; y es que para Jane Eyre será un gran apoyo durante toda su estancia en esta institución benéfica (a este respecto, se agradece la incorporación de episodios como el del pan y el queso o cuando Jane y Helen van a tomar el té a su habitación y, ante las pocas pastas que les corresponden, la señorita Temple saca una tarta que tiene guardada para que las niñas puedan comer a gusto). Estos pequeños detalles, que en un principio podrían parecer tontos o prescindibles, consiguen, sumados a lo largo de toda la historia, dotar de más matices a los personajes y a los sucesos que se nos van narrando. También agradezco mucho que se recupere la escena en la que Jane retorna a Thornfield después de haber ido a visitar a la tía Reed y, queriendo pasar desapercibida, precisamente se encuentra con el señor Rochester. Este suceso es muy relevante en el libro, pues es la primera vez que siente lo que es estar de vuelta en un sitio donde se la aprecia y quiere (además, es en ese momento cuando le dice al señor Rochester, casi habiéndosele escapado de los labios: «donde esté usted es mi hogar, mi único hogar»). Y, por supuesto, también pertenece a esta versión la mejor declaración de Edward a Jane, así como el final, que consigue ser el más desarrollado hasta el momento y que llega precisamente hasta donde lo hace el libro.
 
Jane Eyre (1996)
 
Si bien venía de ver la de 1983, que había dejado el listón muy alto, lo cierto es que esta adaptación de “Jane Eyre”, dirigida por Franco Zeffirelli en 1996, me ha dejado completamente fría. Como ya me ocurrió en su momento con la de 1970, aquí no veo que haya química alguna entre Jane y Edward, y ésta, que es uno de los núcleos fundamentales de la novela, si falla, hace que todo el conjunto se desmorone. Además, aunque Charlotte Gainsbourg no encaje del todo mal en el papel de Jane si atendemos a las descripciones de la autora, no acaban de convencerme ni su actitud ni su manera de estar. A su vez, William Hurt haciendo del señor Rochester tampoco me resulta acertado: no sólo la apariencia no me cuadra —¿un Edward Rochester pelirrojo?—, sino que, en cuanto a temperamento, también me parece bastante más flojo que el de la novela. Además, las licencias que se toma la película, lejos de tener un sentido, me resultan pretenciosas. Esto, en el caso de la familia Rivers, roza el ridículo; y es que, con el afán de querer meterlos sí o sí, han hecho pasar a St. John por el párroco de Gateshead y, así, con la excusa, poder meter también lo de la herencia de su tío John Eyre. Sin embargo, para lo mal hilado que está, notándose que se ha metido con calzador, podrían habérselo ahorrado, como ya tantas otras adaptaciones lo hicieron antes. De hecho, desde la partida de los amigos del señor Rochester de Thornfield, la cosa se empieza a acelerar a un ritmo vertiginoso y, queriendo meterlo todo, la cinta acaba pasando por encima de muchas cosas —la declaración de Edward a Jane, la boda, el incendio, la huida de Jane, la herencia, la vuelta de Jane, etc.—, solapándolas entre sí, sin dejarlas madurar el suficiente tiempo, e impidiendo cualquier tipo de profundidad. Y lo cierto es que esto acaba dejando una sensación realmente desagradable del conjunto total de la película. Creo que en esta versión se hace especialmente patente que querer abarcar todo “Jane Eyre” en poco menos de dos horas es tarea casi imposible, y que hacerlo bien y con el suficiente desarrollo como para que nos interese aquello que se nos está contando requiere del formato del serial —maravillosamente aprovechado, valga la reiteración, en la de 1983—. Por lo demás, no nos queda mucho más que decir, salvo destacar que hay también una imperdonable falta de encuentros entre Jane y Edward, que impiden que ese supuesto amor sincero sea apreciado por el espectador a lo largo de la cinta.
 
Jane Eyre (1997)
 
Siguiendo con las adaptaciones de “Jane Eyre” al formato de las películas, cabe hablar ahora de la de 1997, dirigida por Robert Young. De entrada, me gusta bastante la Jane que hace de niña, que creo que encaja muy bien con la descrita en la novela, pero también la Jane mayor, que es una de las más fieles a la original en cuanto a aspecto físico —creo que, claramente, se posiciona bastante a la par que la de 1983, aunque por debajo, y antes que la de 1996—. De cualquier modo, en cuanto a carácter, me parece de las más acertadas hasta la fecha. Además, una novedad que aporta, que resulta relevante en la novela, y que hasta ahora tampoco había sido tenida demasiado en cuenta, es ese afán de Jane de conocer mundo. De hecho, hay un constante conflicto en ella entre su tendencia al sacrificio y a la abnegación y su carácter algo independiente y ligeramente orgulloso. No se siente a gusto cuando está coartada por imposiciones que ella siente como arbitrarias o no elegidas, como puede ser la condición social (a este respecto, resulta relevante cuando le señala al señor Rochester que la señorita Ingram no le comprende como ella lo hace, a pesar de que su clase y su cultura puedan parecer más elevadas de entrada). Un dato curioso que muestra muy bien este aspecto de su naturaleza es que, a pesar de su aparente corrección y sencillez a la hora de contestar a las preguntas que se le formulan, sin irse por las ramas, siempre lo hace con una sinceridad profunda, que, en ocasiones, puede parecer algo brusca e inesperada —como cuando, por ejemplo, el señor Rochester le pregunta si le parece guapo, y ella contesta, sin pensárselo dos veces, que no—. Ésta también es una de las razones que le llevan a Edward a considerarla, en sus propias palabras, como un «hada» o como alguien «de otro mundo». De hecho, algunas adaptaciones han pecado de dibujarla un tanto modosita, cuando es precisamente esa dureza repentina de carácter, combinada con esa serenidad y dulzura innatas, la que llaman especialmente la atención de Edward Rochester. Por eso, en ese sentido, creo que esta adaptación está bastante acertada respecto a este matiz, que, aun pareciendo poco relevante, es sumamente característico y fundamental en “Jane Eyre”.
 
Otro detalle muy sutil que me ha gustado mucho de esta adaptación, y que aún creo que no había sido trasladado a la gran pantalla, es cuando, en la conversación que tienen después de todo el suceso de Mason, Edward le está hablando de sí mismo en tercera persona, contando sus vicisitudes y errores pasados, y, en uno de sus silencios, ella increpa con su característico «¿Y?» para que él continúe con la historia. Esta pequeña coletilla que ella tiene le hace especial gracia al señor Rochester en el libro, así que me ha parecido un elegante guiño al lector de la novela. Otro lugar donde se aprecia especialmente bien el contraste en el carácter de Jane es en la conversación que tienen antes de que ella le diga que se marcha de Thornfield —tras haber descubierto que la mujer del señor Rochester, que está loca, vive en la propia casa—; pues ahí apreciamos bien el conflicto que ella vive entre lo que realmente desea —quedarse con Edward, al que quiere irremediablemente— y lo que cree que debe hacer —marcharse de allí, dado que su mujer aún vive y ella no puede soportar seguir con él en calidad de amante—. Esta preocupación por cierta independencia, muy presente en el libro, está bastante atenuada en las adaptaciones cinematográficas que se han hecho, que, fundamentalmente, han señalado ese amor desbocado entre Jane y Edward, pero que poco se han fijado en esa necesidad de Jane por saber, conocer y vivir más. De hecho, es precisamente esa misma inquietud la que le lleva a querer dejar Lowood en un momento dado —incapaz de asumir por más tiempo una vida tan sumamente monótona—, poniendo un anuncio para ser institutriz, así como la misma que detecta St. John Rivers en ella —y que él mismo comparte de igual forma, aunque la esconde bajo la llamada de Dios de que sea misionero—. 
 
De cualquier modo, por mucho que Jane esté bastante acertada, el actor que hace del señor Rochester, Ciarán Hinds, no me gusta nada en este papel —¡qué lejos vuelve a quedar el maravilloso Timothy Dalton!—. No me convence en absoluto ese bigote que le han puesto, y también me vuelve a resultar algo mayor que el del libro. Y, por mucho que haya cosas de su temperamento que no estén mal llevadas —como esas veces en las que se pone violento—, no se aprecia la justa combinación entre su aspereza y ternura —como sí ocurría en la de 1983—. Es cierto que el sutil equilibrio de este personaje tan complejo es difícil de trasladar, pero aquí está lejos de ser el mejor. Además, una cosa un poco molesta es que vuelve a ser algo más flojo que el de la novela de Charlotte, y que algunos de los momentos en los que está de buen humor habrían sido inimaginables en la piel del verdadero Edward Rochester —como cuando, por ejemplo, habla de ese modo agradable y con cariño a Adèle o le da coba con el vestido que le ha regalado; pues, en la novela, siempre está intentando evitar su compañía y aborrece sus maneras, que le recuerdan tanto a las de su madre—. Además, me parece que, en ocasiones, se deja entrever demasiado que está enamorado de Jane, cuando aún no se ha declarado —resultando, a veces, incluso desesperado—; lo que no termina de encajar bien con la manera en la que se trata este asunto en la novela. Esto también se traslada a otros momentos, siendo la cinta, en ocasiones, excesivamente obvia, y rompiendo, por tanto, con ese dejar entrever sin explicar explícitamente, que debería ser característico del celuloide, y que, a veces, sin embargo, no acaba de ser llevado con la máxima finura. En esto también tiene bastante que decir la voz en off, que, aquí, juega un papel tan acertado como fallido; y es que, si bien se utiliza de una manera muy oportuna para ahorrar tiempo, favoreciendo que uno no se pierda en el desarrollo de la trama —por ejemplo, sirve muy bien hasta su llegada a Moor House, que se agradece que aquí también se trate y, además, bastante mejor de lo esperado si tenemos en cuenta la corta duración de la cinta—, también se emplea para expresar pensamientos de la protagonista, que, por su expresividad tan característica —muy bien captada por Samantha Morton—, no habría sido preciso que se trasladaran en palabras, pues se pierde por el camino cierta sugestión del lenguaje corporal y del propio contexto. Lo cierto es que, si la comparamos con su predecesora, que es justo del año anterior, no hay duda de que se la come con patatas. De hecho, parece casi un ajuste de cuentas con ella: consigue desarrollar todos los acontecimientos de la trama con la suficiente soltura y profundidad, y sin resultar en ningún momento tan atropellada como la dirigida por Zeffirelli (y eso que ambas duran lo mismo).  
 
Jane Eyre (2006)
 
Llegamos finalmente a la última adaptación televisiva que se ha hecho: la de 2006. Esta versión, también de la BBC, como ya lo fuera la de 1983, dirigida por Susanna White, no es ni la peor ni la mejor. Es posible que, en la clasificación total, se situara entre las más relevantes, aunque sólo sea porque su longitud, de 4 horas, divididas en 4 episodios, le permite afrontar secuencias que han sido imposibles de ser incorporadas en la corta duración de una película. De cualquier modo, está lejos de ser perfecta. Atendiendo a sus personajes principales, cabe destacar a una Ruth Wilson en el papel de Jane, que, sin ser físicamente tal y como yo me la imaginaba —aunque sí mucho más acertada que la de otras versiones, aunque sólo sea porque tampoco destaca por su belleza—, dota al personaje de un carácter bastante similar al que se nos describe en la novela. A su vez, sobre el señor Rochester, encarnado por Toby Stephens, tengo sentimientos encontrados. Lo cierto es que, físicamente, no me parece del todo mal: de facciones me podría cuadrar bastante, pero, como ya me ocurría con la película de 1996 con William Hurt, no me convence nada lo de que sea un poco pelirrojo; y es que yo siempre me he imaginado al personaje de Edward Rochester con el pelo casi negro o, al menos, castaño muy oscuro —y también los ojos—. Otro detalle, quizá poco relevante, pero que a mí tampoco me convence, es que Jane y Rochester se lleven tan poca altura, y es que, en el libro, se alude en numerosas ocasiones al pequeño tamaño de Jane y, en cambio, al cuerpo vigoroso y gallardo del señor Rochester —por eso me gusta también especialmente la diferencia de altura en la adaptación de 1983—. Reconozco que estas sutilezas les podrán resultar caprichosas o estúpidas a algunos, pero a mí me sacan un poco de la historia. De cualquier modo, y aludiendo a otros personajes, ninguno destaca, pero tampoco ninguno estorba: cumplen su función, pero no consiguen ser un retrato fiel de los descritos por Charlotte. Eso sí, creo que Adèle tiene excesiva presencia en esta adaptación, además de que me parece que la actriz es demasiado mayor para interpretar a una niña de 10 años. Lo cierto es que resulta ser bastante cansina con sus bailecitos y con su obsesión por la ropa, la belleza y los regalos, pero es cierto que en el libro es así, distanciándose absolutamente de Jane en cuanto a inquietudes e intereses. Pero el problema no es tanto ése, sino cómo está abordada su relación con el señor Rochester. Si bien es cierto que, en alguna que otra ocasión, él se muestra arisco y duro con ella, en otras tantas se muestra excesivamente cariñoso para mi gusto. De hecho, esto no sólo le ocurre con Adèle, sino que muchas veces se muestra excesivamente delicado en otros contextos, muy lejos de los achaques repentinos del señor Rochester de Charlotte. De cualquier modo, con Adèle cabe rescatar una secuencia que, si mal no recuerdo, sólo está adaptada en esta versión, cuando, a raíz de la inminente boda entre Edward y Jane, van los tres en carruaje a la ciudad a comprar telas y accesorios para Jane (con lo poco que disfruta ella de estas cosas) y, durante el camino, tiene lugar una conversación bastante tierna entre Edward y la niña ante la mirada cómplice de Jane.
 
A su vez, si hay algo que me fastidia especialmente son las licencias que ni aportan ni sirven a un fin concreto (por ejemplo, el de ahorrar tiempo en las adaptaciones de más corta duración), y creo que aquí hay unas cuantas: ¿de dónde sale esa obsesión de Edward por los pájaros y los insectos voladores?, ¿a qué viene cuando juegan a la güija cuando están todos los invitados en Thornfield Hall?, ¿por qué, en vez de caracterizarse el señor Rochester de gitana, como ocurre en el libro, contrata propiamente a una mientras él se esconde?, ¿por qué se pierde la sutileza del libro cuando pasa lo de Mason y le dice a Jane directamente que espere en la puerta en vez de ir a buscarla cuando ya todos los invitados se han tranquilizado? Vuelven a parecer detalles tontos, pero son algo molestos. No me parece mal que ciertos diálogos se modifiquen ligeramente o que se solapen a veces dos conversaciones que han tenido lugar en distinto momento —es obvio que el tiempo es limitado y que no estamos juzgando una novela, sino una adaptación cinematográfica—, pero que se cambien ciertas cosas porque sí o sin razón de peso me saca bastante de quicio.
 
Otra cosa que resulta sorprendente de esta adaptación es que las escenas que tienen que ver con la infancia en Gateshead o con su estancia en Lowood tienen un tono, a nivel fotográfico, muy diferente al de su estancia en Thornfield Hall. Esto, de entrada, no debería ser un problema; pero a veces creo que se exagera demasiado y pretende suplir ciertas carencias de desarrollo o de guion, haciendo que las escenas sean más espectaculares y que uno se esté fijando más en eso que en lo que propiamente se nos está narrando. Es cierto que la fotografía y los planos de estas escenas son bastante llamativos —cuando encierran a Jane en el cuarto rojo, una escena en Lowood donde el color azul lo inunda todo, cuando la propia Jane vuelve a Gateshead a visitar a su tía moribunda, etc.—, pero tampoco sé hasta qué punto aportan demasiado a la trama; y es que el hecho de remarcar tanto las cosas, en vez de sugerirlas, resulta un poco molesto a veces. De hecho, a este respecto, también cabe señalar los recuerdos del señor Rochester, que casi siempre son llevados a escenas, y que quizá habría sido más sugestivo dejarlos a la libre imaginación del espectador. Siguiendo también con esta línea de ser demasiado evidentes, me da la sensación de que el señor Rochester le hace demasiado caso a Jane cuando vienen todos los invitados (en el libro no la tiene prácticamente en cuenta, sin dirigirla apenas una mirada), y también que resulta demasiado forzada la conversación que tienen cuando se va a ver a la tía Reed. Además, creo que los encuentros entre ambos personajes, una vez se han declarado su amor, son más explícitos que los sugeridos en el libro. A este respecto, cabe aludir a la escena que le viene a la cabeza a Jane cuando está en Moor House y recuerda su último encuentro con Rochester; es una escena bella, no hay duda de ello, pero es completamente contraria a la que tiene lugar en la novela, donde Rochester trata de besarla, de tocarla, de abrazarla, y ella rehúye cualquier tipo de caricia o afecto, por mucho que no le pueda resultar más insoportable hacerlo y que se muera de ganas de corresponder de la misma forma. Precisamente éste es el preludio de su huida de Thorfield Hall, y, sin embargo, en esta adaptación se ve a una Jane demasiado volcada en aquello que le pide el cuerpo y no tanto en lo que cree que debe hacer. Puede haberse hecho de este modo para que el contraste entre esa escena y su salida de Thornfield Hall quede más dramático y romántico, pero esto implica no hacer honor a la verdad. Lo cierto es que la tensión sexual entre ambos personajes es más que evidente en esta adaptación, y, de hecho, quizá se aprecia desde demasiado pronto (por ejemplo, en la escena en la que él le coge la mano tras el incidente del incendio, están demasiado cerca y casi parece que se van a besar). Además, viene dada en mayor medida por lo que se ve propiamente y no tanto por lo que se sugiere, que es precisamente una de las cosas más magistrales que tiene el libro. Aunque, si hay una cosa que me gusta, y que no ha sido demasiado bien llevada en las adaptaciones, es que la llame muchas veces «bruja», y que se refiera una y otra vez a su presunta capacidad de hechizar, porque esto es algo a lo que hace alusión muchísimas veces el señor Rochester. Concretando, es una adaptación bastante razonable y quizá de más fácil visionado para un público actual.
 
Jane Eyre (2011)
 
Llegamos ya a la última adaptación de “Jane Eyre”, la de 2011, dirigida por Cary Joji Fukunaga (uno de los directores de “True Detective” [2014], por cierto). De entrada, salta a la vista que cuenta con un presupuesto bastante holgado. De cualquier modo, esto, como ya venimos observando, no es síntoma de nada. Pero lo cierto es que, en este caso, muy a diferencia de lo que ocurría con la adaptación de 1997, tiene mucho más que aportar al conjunto, porque no se queda en un mero envoltorio bonito y cuidado. Lo primero que llama la atención es que es la única adaptación que empieza in media res —parece, por cierto, que, para la última versión de Mujercitas (2019), Greta Gerwig podría haberse inspirado ligeramente en esta manera un tanto diferente de adaptar un clásico tantas veces llevado a la pantalla; aunque quizá simplemente sea un deje bastante típico entre los cineastas actuales—. Se nos presenta a una joven completamente desvalida a la que parece haberle pasado algo tremendamente doloroso; y, de algún modo, resulta interesante que se establezca un paralelismo entre los habitantes de Moor House, que desconocen quién es y de dónde viene, y el espectador que no se haya leído la novela ni sepa de qué va: todos ellos detectan que algo le ha pasado, pero aún están lejos de saber qué le ha llevado a huir y a mendigar en condiciones tan pésimas. La película, a partir de ahí, nos lo irá narrando poco a poco, esta vez ya de forma lineal. Lo cierto es que, para ser una película de 2 horas de duración, consigue hilvanar bastante decentemente todos los acontecimientos relevantes del libro, e incluso rescatar ciertos aspectos que habían sido más silenciados durante todas las adaptaciones y que, sin embargo, tienen gran peso en la novela de Charlotte, como el afán de independencia de Jane y el claro rechazo a una sumisión arbitraria e injusta. En este sentido, coge el relevo a la película de 1997, que, como bien señalamos en su momento, también le da gran relevancia a este aspecto. De cualquier modo, lo que destaca también aquí, como ocurre al mismo tiempo en el libro, es la irrepetible historia de amor entre Jane y Edward.
 
Y, con esto, llegamos a los personajes principales. Jane, interpretada por Mia Wasikowska, me ha parecido bastante adecuada en general; creo que es capaz de captar bien esa frialdad y serenidad de Jane, a la par que un cierto orgullo y una considerable abnegación. Esos ojos, siempre al borde del llanto, no pueden sino recordar, como de hecho hace el señor Rochester en cierta ocasión, a los de un pajarillo enjaulado, que, sin embargo, desearía echarse a volar. Se nota que en Jane hay mucho que desearía salir a la luz, pero que se mantiene siempre en lucha con una discreción innata. Además, su transparencia, muchas veces reflejada no tanto en lo que dice con palabras, sino, más bien, en su manera de observar y escuchar, hacen de ella un personaje extremadamente peculiar; pues, al tiempo que resulta muy callada y tímida, cuando le preguntan algo directamente no puede sino contestar con la mayor sinceridad (y esto, en ocasiones, puede resultar algo brusco e inesperado para el interlocutor). Así que, en resumidas cuentas, creo que se ha hecho un buen trabajo con Jane Eyre en esta adaptación, encontrando un buen equilibrio entre sus dispares cualidades. Además, tampoco físicamente me parece poco acertada, y la veo muchísimo más expresiva que a Charlotte Gainsbourg, que no conseguía transmitirme nada con su semblante siempre atolondrado y embobado. Mia Wasikowska, en cambio, con sus silencios, gestos y maneras de moverse es capaz de transmitir cómo se encuentra, y eso enriquece el conjunto de la película, aprovechándose para sugerir y no decir explícitamente —en este sentido, cabe señalar que aquí no hay voz en off, suplida bastante bien con las preguntas que le hacen en Moor House, que sirven para ir poco a poco tirando del hilo de la historia—. Me parece valiente no recurrir a este recurso, que, si bien resulta interesante en ocasiones, con facilidad se puede abusar de él y arruinar ligeramente el conjunto; y es que, por mucho que los pensamientos de Jane Eyre en la novela adquieran una dimensión considerable y ocupen gran parte de la narración, es más fácil, a través de la pantalla, sugerir esos mismos pensamientos por medio de la actuación de la protagonista y, por tanto, sin necesidad de trasladarlos a palabras.
 
Siguiendo con los personajes, he de admitir que me ha sorprendido para bien la actuación de Michael Fassbender como el señor Rochester. Lo cierto es que, antes de ver la película, no me le imaginaba para nada haciendo este papel, pero, finalmente, ha conseguido convencerme bastante y se ha convertido en uno de mis preferidos. Aun con todo, tengo ciertas reservas. De nuevo me vuelve a pasar un poco lo mismo que con algunos de los anteriores: me parece que tiene las cejas, así como los ojos, demasiado claros. Esas gruesas cejas a las que se aluden en el libro difícilmente podrían ser las de Michael Fassbender —aquí, sin duda, ganaría Toby Stephens—. Además, aunque el gesto está bastante bien, y las facciones creo que le cuadran al personaje, me parece considerablemente más flojo y endeble que el Edward Rochester de Charlotte, faltándole mucha fuerza y vigor. Una de las cosas que más me gustan de la película es cuando, en la primera conversación, tras decirle él que le ha embrujado a su caballo —cuestión ésta, la de su supuesta brujería, que se reitera en algunas otras ocasiones, como también lo hizo muy bien la adaptación de 2006—, empiezan a tener una conversación surrealista acerca de duendes y gnomos; ella le sigue el juego ante la desconcertada mirada de la señora Fairfax —un detalle muy simple que, sin embargo, deja entrever la idea que tiene el ama de llaves sobre su amo, al que le cuesta muchas veces seguir y al que no comprende demasiado bien—. Lo cierto es que las conversaciones que comparten a lo largo de la cinta resultan bastante acertadas y rescatan frases del libro que habían pasado desapercibidas en otras adaptaciones; aunque hay otros detalles que parecen calcados a la versión de 2006, como cuando está lloviendo y entran corriendo a Thornfield Hall después de la declaración de Edward a Jane (bastante flojilla, por cierto), así como la escena en la que le coge la mano a Jane después del incendio, que también se parece mucho a la de su predecesora, incluso quedándose sus caras todavía más cerca (casi parece que iban a romper con lo que ocurre en el libro; aunque, por suerte, no). De cualquier modo, y como habitualmente me ha pasado con casi todas, hay licencias que no entiendo: que escriba a su tío John Eyre en la visita a Gateshead, cuando la señora Reed está muy enferma, y no cuando se va a oficiar la boda con Edward (detalle quizá demasiado sutil e insignificante, pero totalmente gratuito), o, y éste es mucho más grave, que no se haga ningún tipo de alusión al descubrimiento de Jane de que St. John, Diana y Mary Rivers son sus primos (cuando habría podido hacerse con toda la facilidad del mundo, pues toda la cuestión de la herencia de John Eyre sí que se cuenta), y que parezca que ella les da a cada uno 5.000 libras simplemente por los cuidados que le han ofrecido durante su estancia en Moor House (¿quizá por un afán de forzar una incalculable generosidad por parte de Jane?). En resumidas cuentas, no es la peor película de “Jane Eyre”, pero está muy lejos de trasladar magistralmente las virtudes de la novela.
 
Conclusión
 
Si no queréis leer el libro —gravísimo error— y preferís únicamente ver una adaptación, pero que sea la más certera respecto al original, os recomiendo sin duda la miniserie de 1983. Es, con diferencia, la más fiel en cuanto a personajes, diálogos y localizaciones. Aun con todo, por razones evidentes, es incapaz de volcar todas las conversaciones entre Jane y Edward y las meditaciones de nuestra protagonista, que son dignas de leerse y que merecen un estudio atento y sosegado. La reflexión sobre la familia, el cariño y el aprecio está presente durante toda la obra. De hecho, aquello que precisamente le hace tan feliz a Jane de su estancia en Thornfield Hall es haberse sentido querida y como una igual. Refiriéndose a cómo se ha sentido aquí, le dice a Edward: «Me aflige abandonar Thornfield. Amo Thornfield; lo amo porque he vivido aquí una vida plena y encantadora, por lo menos durante algún tiempo. No me han pisoteado, ni me han anquilosado. No he estado enterrada con mentes inferiores, ni privada del contacto con todo lo brillante, enérgico y elevado. He hablado, cara a cara, con lo que adoro, con lo que me deleita, con una inteligencia original, vigorosa y desarrollada. Lo he conocido a usted, señor Rochester, y me llena de horror y angustia pensar que he de separarme de usted para siempre. Comprendo la necesidad de mi partida, y es como contemplar la necesidad de la muerte». Además, como tema recurrente de la novela, encarnado por el señor Rochester, y lidiado por una Jane de mirada atenta y respuesta sincera, aparece la cuestión de si es posible equivocarse profundamente en el pasado —por torpeza, inocencia o estupidez— y querer enmendar en el presente errores que parecen irreparables.   
 
Ojalá este extenso análisis —quizá demasiado, pero espero que sepáis perdonarme por la longitud del libro y por la infinidad de adaptaciones— haya servido para poner nuevamente sobre la mesa la gran historia ante la que estamos. Es un libro, sobre todo, de personajes de amplios contrastes, dibujados con maestría por una Charlotte Brontë cuya capacidad de observación de la naturaleza humana presenta aquí su mejor ejemplo. El señor Rochester encarna de una manera sumamente singular a ese individuo oscuro, ambiguo, cuyos errores del pasado le atormentan profundamente, y que, sin embargo, aún atisba cierta esperanza en resarcir sus faltas. Y Jane… Jane es un personaje que, a base de duros golpes, de una infancia triste y solitaria, ha tenido que reconducir un desbocado apasionamiento en una serenidad y una discreción como pocas, pero sin jamás perder su entereza y sinceridad. Son dos personalidades complementarias, capaces de encontrar la una en la otra su lugar en el mundo, el único sitio donde sentirse cómodos y a salvo. El señor Rochester encuentra en Jane esa pureza perdida en sus múltiples descarriamientos, esa franqueza transparente y sin doblez; mientras que Jane descubre en Edward una persona con la que igualarse en cuanto a inteligencia, y que es capaz de comprenderla y quererla tal como es —cosa que jamás había vivido de una manera tan evidente—. Es una novela de amor; de ese amor que traspasa obstáculos, atraviesa tormentas y que, aun con todo, nada ni nadie puede revertir o eliminar. Pero también tiene su parte gótica, de misterio, de intriga, de dobles sentidos y de personas que cargan a cuestas con deslices incómodos y desagradables. Y, por mucho que se nos quiera a veces pintar como una historia de independencia, del afán de Jane por vivir experiencias, es una narración que quiere poner sobre la mesa que, al final, la libertad precisamente se encuentra en ese amor auténtico y correspondido. Por acabar de la mejor manera posible, lo haremos de la mano de la propia Jane, capaz de decir esto mismo de una forma mucho más bella:

«No me canso de la compañía de mi Edward, ni él de la mía, de la misma manera que no nos cansamos de las pulsaciones del corazón único que late en nuestros pechos. Estamos siempre juntos, lo que significa para nosotros estar tan libres como si estuviéramos solos y tan contentos como si estuviéramos en sociedad. Creo que hablamos todo el santo día, pues para nosotros hablar es simplemente una forma más animada y audible de pensar. Le doy toda mi confianza, y él a mí, y como estamos tan bien compenetrados, el resultado es una concordia perfecta».
 
 

3 comentarios sobre “Jane Eyre (1847) y sus tantas adaptaciones Deja un comentario

  1. En fin, la triste historia del patito (en este caso, patita) fea, a saber:
    De vez en cuando, entre los patos, nace uno algo sensible e inteligente. Jodido lo tiene. Y puede pasar que este patito (o patita), sea además, valiente o cobarde. Si es valiente, más de lo mismo: o pegarse de una manera u otra con todos y todas o arrojarse del campanario. Y ¿si es cobarde? Pues si es cobarde a aguantar como un campeón (o campeona), a que pase el carnaval. Y por cierto el patito, en este caso patita, nunca fue como algunos dicen un bello cisne sino una simple patita, por distinta, fea.
    Notas: La “cosa” que algunos (o algunas), llamáis amor, hoy por hoy, no está demostrado científicamente que exista. Y de existir algún día, me temo que sería algo terriblemente incorriente. (Perdón por tanta duplicidad pero, “no sé por qué”, me he viciado.)
    Saludos de nuevo y gracias por el esfuerzo y el resultado correspondiente.

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    • Tu comparación, en parte, me resulta acertada, pero, por lo demás, no he entendido bien a dónde quieres llegar. Creo que esta novela no dibuja a Jane Eyre como un bello cisne, si bien es cierto que no se le puede negar su valentía y aplomo para afrontar todas las dificultades que se le van presentando en el camino. Lo único que ella busca es comprensión, cariño y aprecio; y eso es algo que encontrará tras todo su peregrinaje, en especial en la figura de Edward.
      Nota: Quizá sea porque, dada su inconmensurabilidad, el amor tiene poco de científico. Además, es muy probable que siempre haya sido infrecuente y que, de hecho, cada vez lo vaya siendo más y más (en tanto que el individualismo concuerda demasiado bien con estos tiempos).
      Gracias a ti por tu tiempo. Saludos.

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