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Seminario Wittgenstein Complutense. Primera sesión: Óscar González Castán. “Interpretación, borrosidad y reglas” (9 de febrero del 2023)

Hoy comenzamos con nuestra crítica a “Interpretación, borrosidad y reglas”, una charla de la mano de Óscar González Castán, catedrático de la Universidad Complutense de Madrid en la facultad de Filosofía: la primera sesión del llamado “Seminario Wittgenstein Complutense”, celebrado entre el 9 de febrero de 2023 y el 20 de abril de ese mismo año. Pero, antes de comenzar, vamos a repasar brevemente el contexto de tal evento. De entrada, nos encontramos con que el Tuiter oficial ha desaparecido, lo que, sumado a que no han dejado ni actas, ni memorias, ni vídeos de las ponencias ni documentos de ningún tipo, implica que, salvo este pequeño tuit de la facultad, que mantiene los carteles, no ha quedado nada. Con esta maravillosa primera impresión, destacamos que las charlas fueron en el aula 1110 del Edificio Multiusos de 17:00 a 19:00, y que estuvieron coordinadas por Ángela Serrano Jiménez (https://twitter.com/anggelatta) y Marcos Alcázar Estrella (https://twitter.com/AlczarMarcoshttps://mrcosalc.wordpress.com/). Lo único relevante que podemos encontrar de estos dos alumnos es que participaron, a la vez, en un proyecto ‘‘Innova-Docencia’ llamado “Filosofía y Humor: el cine como recurso audiovisual para pensar desde la risa filosófica” (239) —que casualmente es una continuación del proyecto 331: “Filosofía, Ciencia y Cine: perspectivas feministas”—, que caen en esa imbecilidad de decir «todxs» y que él está muy orgulloso de su acento. Más allá de esto, centrándonos en el mencionado seminario del autor vienés, resulta curioso lo oscuro de su presentación, dado que no parece estar ligado a ningún departamento o proyecto. Aunque a través de la primera ponencia podemos entresacar que debe estar vinculado al círculo de Ángeles Jiménez Perona y Óscar González Castán…, bicheando un poco más, a partir de esta página de la facultad (una web, por cierto, que nos lleva con un sugerente ‘Más información aquí’ a una página vacía…), podemos inferir que pertenece al departamento de Lógica y Filosofía Teórica, capitaneado por Carmen Segura Peraita. Sin embargo, por mucho que intentemos saber más sobre el contexto del “Seminario Wittgenstein Complutense”, ¡no hay manera de sacar nada en claro! Sea como fuere, y hechas ya las presentaciones pertinentes, comencemos.

Si buscamos al catedrático Óscar González Castán, aparte de las páginas típicas de artículos académicos, libros y currículum abreviado, llama algo la atención un viejo Blogspot, desactualizado desde 2016, que utilizaba a modo de currículum completo, donde, rondando las 50 páginas, nos encontramos con toda la paja y méritos vacuos propios del académico de éxito. Lo único medianamente interesante que podemos sacar es que tiene la cátedra desde 2021, con casi 60 años y con 36 de experiencia a sus espaldas. Ha sido ‘investigador’ en varios proyectos de alto presupuesto —el último, de 24.200€, inscrito en el “Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia. Subprograma Estatal de Generación del Conocimiento” (lo que tiene bastante gracia, como veremos al final del artículo)—, muchos de ellos relacionados con la profesora Ángeles Jiménez Perona (contando estos últimos con una financiación de 3.000€, 34.000€ y 38.500€ respectivamente). Más allá de esto, destacamos que fue vicedecano de Estudios y Calidad Docente desde el 1 de junio de 2010 al 1 de junio de 2014. Eso sí, al César lo que es del César: Óscar ha llenado la sala para hablar de Wittgenstein (lo que tiene su mérito si no descuidamos que cuenta con 68 asientos en total). Ahora sí que sí, vamos a meternos en materia, no sin antes hacer una pequeña aclaración: no vamos a entrar demasiado en detalle, dado que esto no es una explicación de las cuatro cosas que se pueden sacar valiosas de Wittgenstein ni de hasta dónde González Castán hace buen uso de ellas —lo cual es complicado, dada esa oscuridad de Luisito que tanto encandila al personal—, sino que vamos a hacer una crítica a partir de una serie de puntos triviales que destacamos, para, después, juzgar la calidad general de la ponencia y ver si merece o no la pena atender a este catedrático.

Lo primero que uno constata es que nos encontramos ante un profesor claro y ameno, que demuestra desde el primer momento sus amplios conocimientos sobre Wittgenstein y su capacidad para explicarlo con soltura. Al margen de esto, algo que firmaría cualquiera que asistiera a la charla y que contara con un mínimo de experiencia en el ámbito académico, Castán nos hace un resumen general del pensamiento del autor en su segunda etapa, para centrarse a continuación en la cuestión de los conceptos y de las reglas. En este punto nos recuerda que los conceptos no tienen propiedades, sino sólo un aire de familia, pues no comparten estrictamente nada (como ocurre, por ejemplo, con el concepto de juego; y es que, si bien los diferentes juegos no tienen por qué compartir nada, sí tienen un aire de familia que nos permite reconocerlos como tales). Así como esta idea recorre toda la ponencia, la otra que también lo hace es la del papel que tiene una regla dentro de un juego, destacando la noción de que es una herramienta del mismo juego que sirve para aprender a jugar. A su vez, aunque éstas no tienen por qué ser explícitas y se pueden tomar como leyes naturales por parte de los jugadores, se deben poder abstraer cuando un observador externo analiza cómo se juega. Otra cosa interesante es que siempre hay aspectos que no están reglados, debiendo afinar el reglamento sólo en el caso de que un jugador empiece a hacer cosas raras.

Asimismo, es significativo lo que extrae sobre la imposibilidad de un juego absolutamente reglado. Por un lado, siempre existen dudas respecto a la aplicación de las reglas, dado que ellas mismas no determinan su uso y muchas veces, aun estando escritas, no hablan específicamente de cómo se deben aplicar. Ante todas estas dudas y problemas, el profesor sostiene que, para convertirse en un buen jugador, no sólo hace falta conocer las reglas, sino que hay que estar entrenado de cierta forma para aprender la práctica y, mediante la repetición, terminar por convertirla en un hábito que naturalice las reglas —aquí se nos viene a la cabeza, por ejemplo, cómo se aprende a escribir a máquina—. Además, las reglas a veces son vagas y eso es algo bueno, porque, si fueran muchas y demasiado específicas, no se podría jugar; lo que nos lleva, a su vez, a que, inevitablemente, donde hay reglas, hay también acuerdos para ver cómo se aplican. Y, por lo demás, a nivel de teoría, podríamos calificarla como una charla muy interesante para los ya versados en el tema, refrescante para los que no lo tuvieran cercano y una gran introducción para aquellos que nunca se hayan topado con el autor vienés. El problema se produce más bien con el uso de algunos ejemplos, sobre todo del final, pues de ellos se infieren cosas un poco raras…

El primer ejemplo es sobre el concepto de homínido, del cual dice que aúna a una serie de especies que no comparten nada más allá de un aire de familia. Después, se mete más en el charco con el ejemplo del concepto de mujer, afirmando, a renglón seguido, que no hay nada en común entre las distintas mujeres al margen del dichoso aire de familia —como entre el billar y el ajedrez—. Más adelante en la charla, estando ya planteada la cuestión de si hay formas malas de usar un concepto, se le ocurre, inocentemente, poner el ejemplo de la ballena, que parece un pez, pero que, en realidad, es un mamífero, lo que, aunque no lo parezca, la asemeja más a un león que a una anchoa —pese a que superficialmente se parezcan bien poco—. Luego comenta brevemente algo sobre que hay semejanzas irrelevantes y desigualdades nada evidentes que sí son relevantes —entrando en colisión respecto al ejemplo de los homínidos y las mujeres— y, ante unos titubeos mal disimulados y las caras del paisanaje típico de la facultad de Filosofía, se da cuenta de que se ha pillado los dedos. Lo bueno viene, claro, cuando intenta arreglarlo.

De entrada, comenta que los médicos se encuentran día sí y día también con casos de nacimientos donde no saben si es un niño o una niña, teniendo que certificar que son una cosa o la otra cuando realmente no saben ni por análisis de los cromosomas ni por los rasgos exteriores qué ha nacido —¿pero que es humano lo saben o eso tampoco?—. Más tarde sigue insistiendo en este delirio al afirmar que, en la práctica habitual de las maternidades de los hospitales, no hay un criterio claro para determinar si lo que ha nacido es niño o niña; y es que, según sostiene, biológicamente en la especie humana, como en tantas otras, no se sabe si muchos seres son machos o hembras. Luego procede a poner los típicos ejemplos cogidos con pinzas de especies raras para intentar justificar la errada y culpable exageración que ha dicho. He aquí un catedrático de filosofía cubriéndose de gloria que luego participa como una eminencia en cosas como el “Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia. Subprograma Estatal de Generación del Conocimiento”. Maravilloso.

Sinceramente, esto no se puede tolerar, porque no está hablando en la asociación privada de terraplanistas madrileños en calidad de miembro que paga su subscripción, sino en la facultad de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid como catedrático con 36 años de experiencia y sueldo, pagado por nuestros impuestos, acorde a tales méritos. Pero, claro, todo esto no es casualidad, sino que empieza a ser una exigencia creciente por parte del mundillo universitario, donde ante la más mínima duda, como la que puede suscitar el ejemplo de la ballena, uno tiene la obligación de hacer una oda al partido para subrayar su lealtad (lo cual, por cierto, en este caso no nos sorprende, ya que, además de ser técnicamente un buen profesor, la otra cosa evidente es que nos encontramos ante un ejemplo muy bueno de lo que es un ‘hombre blandengue’: apocado, temeroso y con principios laxos). Como decía el profesor Juan Antonio Valor Yébenes antes de que intentaran quemarlo en la plaza pública, nos encontramos ante ‘un currito’, ante un profesional de lo suyo, ante un historiador de la filosofía que podría haber comulgado con cualquier rey, califa o tirano, pudiendo servir tanto en la Unión Soviética como en la Alemania nacionalsocialista, tanto en el franquismo como en un régimen democrático. A fin de cuentas, su compromiso con la verdad está sujeto a quien manda y, como se dedica a temas tan oscuros, como puede serlo Wittgenstein, lo tiene especialmente fácil, pues todo se puede doblar para encajar en el discurso predominante.

Siempre que le dejen explicar a Wittgenstein y disfrutar de una posición acomodada, no dudará en afirmar que los médicos —o los biólogos— reconocen la supremacía de los arios, la inferioridad de la mujer, la maldad de los burgueses, que cualquier tipo de aborto es un simple asesinato o lo que toque en ese momento. En este caso concreto ha sido aquello de que todos los días los médicos se topan con nacimientos dudosos en los que no pueden determinar si los bebés son niños o niñas y que esto es lo normal, dado que habitualmente en los animales se dan muchas más opciones que las de ser macho o hembra —y suponemos, claro, que hay una conspiración por parte de los ganaderos, de las tiendas de animales domésticos y de aquellos que se atreven a reproducirse sin líos para que esto no se sepa—. En resumen, explica muy bien al vienés y seguro que es un especialista en el tema, pero eso no quita para que todos aquellos que preferimos morir de pie que vivir arrodillados podamos obviar aseveraciones como las que aquí hemos señalado, que son mentiras rampantes por exageradas… Así que, por mucho que se merezca ser catedrático por méritos propios, estos serían, en todo caso, meramente formales, quizá técnicos, pero, desde luego, no éticos. Y, de hecho, si estuviera en nuestro poder, el que alguien pudiera demostrar que un profesor de filosofía ha mentido tan descaradamente implicaría que fuese relevado por unos años y degradado, como mínimo, a volver a ser profesor asociado —quedando de por vida escritas las razones de esto en su voluminoso currículum—. Todo este castigo sería, evidentemente, después de un procedimiento garantista, donde habría un acalorado debate para dilucidar si realmente ha habido una mentira interesada, ha sido un simple error o no era más que una broma —como se podría hacer de igual forma con un periodista según el código deontológico de su profesión—. Esto me recuerda a aquel que afirmó una vez, sin ningún rastro de cachondeo, que había un millón de hombres viviendo fuera del planeta Tierra; pero la diferencia con el caso que nos ocupa es que, lejos de tener intereses espurios, la suya era una paparrucha mucho más inocente… No debería permitirse esto en una facultad de Filosofía que no pretenda hacerse el haraquiri y terminar siendo una escuela de sofística donde lo único que prime sea aparentar que se dicen cosas razonables y ganarse los aplausos del público sin ningún tipo de compromiso con la verdad o… siendo éste dependiente del momento o el lugar. Esto no puede ser (y lo desesperante es que, de hecho, es). La verdad es que, estando así el panorama occidental, sin duda que los chinos, los indios o los musulmanes van a tener barra libre. 

Para sorpresa de todos, el plan original era grabar la sesión, pero el vídeo falló y no lo subieron tampoco a Internet. Nunca sabremos si fue por la torpeza habitual y el desinterés que exuda esta facultad o porque sabían que la charla había terminado especialmente incómoda para su eminencia —menos mal que siempre hay santos en primera fila que graban las clases—. Por lo demás, vamos ya concluyendo con muy poco más que decir. Si te interesa mucho Ludwig Wittgenstein o quieres aprender algo de él desde cero, este profesor es una opción si te lo cruzas un día muy ocioso, pero seguro que existen otras alternativas mejores si te lo trabajas un poco. En términos globales, le pondríamos un 4 a la charla y un 0 a la organización por su oscuridad: no olvidemos que no sólo no hay actas ni memorias, ni vídeos ni documentos que acrediten la mera existencia del seminario, sino que han borrado hasta la cuenta de Tuiter —¿por qué harían esto?—, no quedando prácticamente nada de todo este evento (más allá de este humilde artículo). Acabamos con la pregunta que más nos intriga: ¿los organizadores y los ponentes habrán cobrado algún dinero o recibido algún mérito por participar en esto?

«Para la sociedad secular de hoy en día, la incredulidad no se limita únicamente a las suposiciones espirituales, sino también a sus propias suposiciones seculares. No sólo ha roto la ventana de la iglesia o asediado la torre de la tradición; también ha apartado a patadas la escalera del progreso por la que subió. La Declaración de Independencia, en su momento el estatuto de la democracia, comienza diciendo que ciertas cosas son evidentes por sí mismas. Si trazáramos la historia del pensamiento estadounidense desde Thomas Jefferson hasta William James, descubriríamos que cada vez menos cosas son evidentes por sí mismas, hasta que finalmente casi nada lo es. Así que, en lugar de ser obvio para el moderno que los hombres son creados iguales, no es obvio ni siquiera que los hombres sean creados, o incluso que los hombres sean hombres. A veces se supone que son monos que se abren paso a través de una etapa de transición antes de llegar a ser Supermán. Pero no sólo hay dudas sobre cosas místicas, ni siquiera sólo sobre cosas morales. La mayor duda recae sobre las cosas racionales. No quiero decir que yo sienta estas dudas, ya sean racionales o místicas; pero quiero decir que un número suficiente de personas modernas las sienten como para hacer de la unanimidad una suposición absurda. La razón era evidente por sí misma antes del Pragmatismo. Las matemáticas eran evidentes por sí mismas antes de Einstein. Pero este escepticismo está llevando a miles a un estado de duda, no sobre cosas ocultas, sino sobre cosas obvias. Pronto estaremos en un mundo en el que se puede abuchear a un hombre por decir que dos y dos son cuatro, en el que se levantarán enérgicos clamores partidistas contra cualquiera que diga que las vacas tienen cuernos, en el que la gente perseguirá la herejía de llamar a un triángulo una figura de tres lados y colgará a un hombre por enloquecer a una multitud con la noticia de que el césped es verde».

G. K. Chesterton. (1926, 14 de agosto). Our Notebook. The Illustrated London News, p. 2.

2 comentarios sobre “Seminario Wittgenstein Complutense. Primera sesión: Óscar González Castán. “Interpretación, borrosidad y reglas” (9 de febrero del 2023) Deja un comentario

    • Gracias por tu comentario. Me ha sido de ayuda para aclarar alguna cosilla sobre el autor vienés.
      (Por cierto, a lo tonto, éste ha sido mi artículo 100. ¡Quién lo iba a decir!)

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