Anatomía de una caída (2023)

Hoy os traigo otra de las películas de las que más he oído hablar recientemente y que despertaba mi curiosidad cada vez que me cruzaba con su cartel o con algo de su argumento: “Anatomía de una caída” (2023). Con un título muy bien escogido y dirigida por Justine Triet, nos narra el periplo posterior a la muerte del padre de una familia, cuyo cuerpo sin vida aparece enfrente de su casa casi al inicio del metraje. Pero lo importante de la historia vendrá poco después, cuando se pretenda esclarecer qué es lo que ha ocurrido: ¿se trata de un suicidio?, ¿puede que estemos ante un accidente?, ¿hay terceras personas implicadas? Poco a poco, y a raíz de este trágico suceso, iremos conociendo mejor qué es lo que se cocía en esta vivienda aislada en un pueblito remoto de Francia en la que vivían un matrimonio, compuesto por Samuel y Sandra, y su hijo de 11 años, Daniel.
Tras hacer una reconstrucción de los momentos previos al fatal desenlace y descartar el suicidio por la autopsia que se le realiza al cuerpo y por ciertas salpicaduras de sangre, la primera hipótesis que se baraja es que fuese su mujer la que lo empujara por la ventana del piso de arriba, donde él estaba trabajando. De hecho, la cinta, a través de la asistencia al propio juicio, va a estar continuamente contemplando la idea de si ella fue quien lo mató o si él decidió acabar voluntariamente con su vida. Aunque durante las alegaciones de uno y otro lado iremos contextualizando mejor la coyuntura particular de cada personaje, donde habrá espacio para infidelidades, egocentrismos propios de escritores, resentimientos, culpas, etc., nada es tan contundente como para decantarse por una u otra alternativa, siendo las dos viables, lo que mantiene al espectador en vilo sobre cuál va a ser el desenlace final. Eso sí, tengo que decir que, si bien yo disfruto bastante de las películas en las que parte de la trama se desarrolla en un tribunal, asistiendo a las razones que dan unos y otros para defender su causa, quizá ciertos discursos del fiscal, que es el que más participa, se me hacen en ocasiones excesivamente largos, a lo que hay que sumar que me resulta un poco exagerado y sobreactuado. Pero esto son minucias si nos centramos en lo verdaderamente importante: la imposibilidad de apartar la vista de la acusada, que no sabemos si es o no culpable (pese a que podamos tener nuestras sospechas).
Sea como fuere, y aunque Sandra Hüller hace un papel espectacular de contención, me parece que el personaje del niño, interpretado por Milo Machado Graner, es el más fundamental y difícil de todos. ¿A quién creer? Tanto una opción como la otra le ponen en contra de alguno de sus padres, y eso es algo muy incómodo para cualquier criatura que aún no es lo suficientemente mayor como para elaborar juicios tan complejos y desagradables. Le resulta tan doloroso pensar que su padre se suicidara, sabiendo lo que le quería y que eso le iba a complicar mucho la vida, como que su madre fuese la que le matara, pues es una idea terrible asumir que alguien que debe cuidar de ti y protegerte sea capaz de hacerte un daño tan atroz e irreversible. Y, sin embargo, tiene todo el sentido que finalmente acabe por decidir creer que su madre no le mató; y es que, a fin de cuentas, ya que ha perdido de forma irrecuperable a su padre, qué menos que querer tener a su madre cerca —a pesar de la posibilidad de que pueda ser una asesina—. Al final, aunque el niño no tenga una certeza total, probablemente no le quede más remedio que apostar por la idea de que ella sería incapaz de hacer algo así (aun cuando pueda ser fruto de una elección bienintencionada o como forma de superar lo ocurrido y no empeorar más todavía su situación actual).
Por señalar otros aspectos relevantes de la película, hay que decir que la música ejerce un rol muy importante, lo que se agradece en una cinta europea de corte independiente, donde siempre parece que se descuida algo que narrativamente puede ser tan fundamental (como, de hecho, es el caso). Ya el empiece, en el que se masca una gran tensión en el ambiente, incrementada además por esa melodía que tantas veces oiremos a lo largo de la cinta y que, a ese volumen, es sumamente agobiante y despierta en uno instintos muy violentos —pocas cosas más molestas que escuchar una canción a todo trapo que tú no has elegido y mientras estás intentando concentrarte—, nos dice que algo se va a torcer de manera inminente. Y no nos equivocábamos. A su vez, esas secuencias de Daniel tocando el piano reflejan del mismo modo la tirantez que se respira en ese ambiente tan frío y desolado. Por otra parte, la cinta explora la idea de si uno se puede recuperar después de que toda tu vida íntima y tu relación conyugal se hayan hecho públicas y también de cómo muchas veces desconocemos tanto a las personas con las que compartimos techo. En este sentido, no sólo asistimos a la descomposición de un matrimonio en vivo y en directo, sino también a la pérdida de la inocencia de un niño que descubre, quizá demasiado pronto y de golpe y porrazo, que sus padres tienen poco de héroes.
No podemos dejar de señalar que es una película muy gris que nos tiene con el corazón en un puño y que cuenta con unos personajes ambiguos y oscuros. Asimismo, no sólo tiene el punto justo de sensibilidad, sino que también la introducción que hace del llanto me resulta muy adecuada, pues aparece en momentos inesperados e inoportunos, como cuando Sandra abre la nevera poco después de la visita de su amigo Vincent, que va a ejercer como su abogado (una secuencia que yo he interpretado, puede que de manera algo entusiasta, como un guiño a otra muy similar que aparece en “Manchester frente al mar” [2016], película que me encanta y que recomiendo mucho), o cuando él la lleva en coche tras la decisión de Daniel de que prefiere que no esté en casa antes de testificar, y ella se derrumba de repente. Al mismo tiempo, y sin desvelar la resolución, creo que hay dos escenas de una risa nerviosa que se junta con el llanto, una protagonizada por Daniel y otra por Sandra, que son gloriosas y que contienen ese mensaje final de «¿y ahora qué?». En resumidas cuentas, una película que sigo con interés, que creo que va ganando contundencia hacia el tramo final, que me parece que trata temas difíciles sobre los que conviene pensar y que, a diferencia de “Vidas pasadas” (2023), que no os animo a ver porque no contiene nada que destaque, sí que creo que la podéis dar una oportunidad y que no saldréis decepcionados (aunque tampoco esperéis, obviamente, ninguna obra maestra).
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