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El Partido Socialista Obrero Español (PSOE 2019)

“Precisamente lo que ahora mismo más necesitamos. Es lo que no se ha hecho. Es lo

que hay que hacer.”

Volvemos con un capítulo más de nuestro recorrido sobre las diferentes formaciones políticas; hoy, con un invitado especial: el PSOE. Vamos a intentar predicar con el ejemplo e intentar hacer una labor de síntesis de cara a comentar las 387 páginas de su programa electoral de 2016. Es cierto que aún no está la versión de 2019, pero creo que nos vamos a tener que acostumbrar a esta incómoda situación. Eso sí, adelantando acontecimientos y desde la dura experiencia de leer dicho programa, en el fondo no parece que se hayan alejado demasiado del espíritu que en él se respira; pues, ciertamente, el señor Sánchez parece un candidato acorde y a la altura del mismo. Resulta apropiado precisar también un matiz importante a la hora de afrontar este análisis y los que están por llegar: debido a que hay muchos temas recurrentes y con el objetivo de aligerar la densidad de estos artículos, contaremos con que nuestros potenciales lectores tengan los deberes al día. Es decir: si se han leído los programas, qué menos que sumar unas decenas de páginas más; y, si no, qué menos que leer la opinión de alguien que sí se los ha leído.

Vamos a ser claros: la fundamental característica que se puede desentrañar de este programa es su extensión y densidad; características que encierran una cantidad enorme de paja en forma de buenas intenciones, ideas generales, mucha demagogia y alguna buena idea. Esto nos puede hacer sospechar que no existía demasiada intención de que fuera leído y, de serlo, probablemente se pretendía ahogar al lector en un mar de reiteraciones e ideas que suenan muy bien, pero que ocultan los temas que no tienen buena publicidad (en especial, la cuestión de subir los impuestos). Una de las estrategias más fáciles de cara a seducir al lector, y que es empleada también por el PP, es aprovecharse del ambiente futbolístico en el que se encuentra el votante medio y, antes de decir nada, cargar contra el contrario sin ningún tipo de rigor o consideración. De hecho, por mucho que resulte aburrido, existen muchísimas páginas en las que sólo se malmete sin orden ni concierto.

Pero claro, resulta muy divertido comprobar que, aunque se intentan desmarcar todo lo que pueden de lo que implica ser el PP, a la hora de plantear la política se les nota que están pensando de la misma manera. No es un secreto que el PSOE nunca ha sido un partido especialmente socialista en lo económico; lo cual, siendo serios, es no cumplir en uno de los campos más importantes para el socialismo. En este programa encontramos cómo se les desliza parte de la jerga capitalista (posiblemente, a propósito) para no asustar a los liberales socialdemócratas. Hablan sin problema de “competitividad” y “sostenibilidad económica”, alagando la innovación en todo y para todo, y apostando por un incremento del consumo a través de la liberalización de sectores como el ferroviario. También hay un largo etcétera de otras cuestiones que no escapan en ningún momento a la racionalidad capitalista. Pero, eso sí, quieren estar a la moda a toda costa.

Empezamos con la idea de una economía más democrática e inclusiva, la cual suena muy bien, pero, a poco que se piense, nos damos cuenta de que no quiere decir nada; y, si nos ponemos serios, nos percatamos de que es contradictoria. Bajo esta misma forma, aparecen cantidad de discursos que se venden como sociales, pero que no escapan a la mentalidad liberal. Por ejemplo: se les llena la boca (mucho más que al PP) con el tema del cambio climático, pero incurren en las mismas contradicciones, en tanto que es imposible pensar políticas genuinamente ecológicas y sostenibles desde la primacía del capitalismo. En este punto comentan que pretenden cerrar las nucleares, aunque éste es un apunte que parece más una golosina de cara al electorado más influenciable que una cuestión de coherencia interna. Resulta especialmente alarmante su reiterativa lucha contra la pobreza infantil; pues, a pesar de ser un problema grave, se nota que dentro de este programa está mercantilizado como un dardo contra las políticas del PP. También es muy gracioso y significativo cuando dejan claro que las políticas dirigidas a ayudar a estos niños no sólo deben valorarse como justas socialmente, sino que, en última instancia, impulsan el crecimiento económico.

Se nota todo el rato esa intención de no querer perder votos de algunos ciudadanos que se planteen votar a Podemos, ni tampoco de perder los votos de los socialistas de este país (que suelen serlo cuando les conviene y que no suelen contemplar lo de subir los impuestos). Este problema queda retratado en esa idea de buscar un estado del bienestar ágil y flexible, que también encontramos en los mismos términos en el programa del PP. En el del PSOE, se suele hablar siempre de unos servicios públicos y ayudas tremendos, mucho mejores y más universales que los del PP. Sin embargo, cada vez que se habla de impuestos es para bajarlos, salvo en un párrafo especialmente oscuro y patético dentro del juego de malabares que es la zona donde se habla de las pensiones. Parece que con ser más eficientes y perseguir la corrupción se pagan de sobra todos los servicios públicos e, incluso, se mejoran. Demagogia pura y dura.

En el fondo, se rigen por el mantra liberal de que con tecnología e innovación se aumenta la producción, se crean puestos de trabajo y, así, se recauda más. El problema es que, si quieres ser competitivo y que esto funcione, tienes que liberalizar el sistema; y esto limita el crecimiento de los servicios públicos, la protección de los trabajadores y un largo etcétera. Nadie duda que es muy difícil pensar al margen de este paradigma predominante, pero, por lo menos, seamos coherentes y no vendamos humo. Sobre todo, resulta terrorífico prostituir ideas y valores que pueden ser interesantes, y reducirlos a mera demagogia propagandística.

Hemos comentado el barniz socialista, pero aún queda comentar el barniz de progresismo social (por llamarlo de alguna manera). En este segundo caso, la cuestión no será tan demagógica, pero sí ridícula y sintomática del poco fondo crítico de este partido, que pretende sumarse a las nuevas modas y presentarse como el paradigma del progresismo más acrítico, cumpliendo con todos los tópicos que vienen extendiéndose por el mundo angloamericano. Dicho rápido y mal, comulgan con todo lo que venga de las teorías de “género”, el multiculturalismo más superficial y, en general, el auge de los identitarismos. Consideran, por ejemplo, que la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres es insuficiente, y que lo que tienen que hacer es buscar una suerte de igualdad de resultados. Esto queda patente en su apuesta por las políticas de cuotas y cremalleras; que, por cierto, no pueden ser más anti-feministas: en primer lugar, por negar la igualdad de oportunidades en base a un sexismo pro-mujer; y, en segundo lugar, por considerar que, de alguna manera, las mujeres no pueden alcanzar dichos puestos con su propio esfuerzo y valía en igualdad de oportunidades. Aquí encontramos similitudes con el PP, pues aparece “el papá estado” que cuela a “las niñas tontas” porque por sí solas no pueden. A ver si el feminismo “de género” anti-patriarcal va a terminar fomentando estados paternalistas. No sé si reír o llorar.

Otro ejemplo de esto es la defensa de la multiculturalidad y todo lo que va en esa línea. Manifiestan que, por un lado, les parece fatal la situación preferente de la Iglesia católica (cuestión que ya no menciona ni el PP) y que creen que debe estar en pie de igualdad con el resto de las religiones; pero, a su vez, los valores de igualdad y respeto de “género” les parecen lo más importante. Esto es incompatible. La única cultura que puede defender la igualdad de oportunidades de los hombres y las mujeres (por ir a algo concreto) es la occidental. Mezclar esto con el racismo (propio, por cierto, de países anglosajones) es mezclar la velocidad con el tocino, y también es ser cómplice del suicidio civilizatorio que estamos viviendo en los últimos tiempos. Al afirmar estas cosas, se pierde toda la credibilidad que uno pueda tener. Pero, hay más: se considera como un hecho que las mujeres no tienen plenos derechos de ciudadanía (cosa que es una mentira) o que el 50% de la población, las mujeres, están discriminadas (otro disparate). El problema de estas aseveraciones es que, entre otras cosas, se carga tácitamente contra el otro 50%, posicionándolos como discriminadores; lo que resulta una exageración ridícula. Llegados a este punto, podemos hablar de cómo en el programa se desdobla a veces el lenguaje en masculino y femenino, y otras veces no se hace; resultando, cuanto menos, gracioso. Sin embargo, este dato es un tanto insignificante, si lo comparamos con lo que resulta realmente importante aquí, que es el insulto tanto a nuestra Constitución, que ya en el 78 dejaba clara la igualdad entre hombres y mujeres, como a la sociedad española, que ya desde hace años tiene superado este tema.

Llegados a este punto, poco más hay que decir sobre la situación del PSOE. Puede ser que en un futuro analicemos el desarrollo histórico de la democracia en España y, así, veremos cómo ha sido la auto-inmolación que ha ido viviendo este partido hasta el día de hoy. Con todo, vamos a repasar alguna cuestión más, por aquello de favorecer la comparativa y no perder una visión global.

Con respecto a la familia, van a favorecer la conciliación (¡cómo no!), y favorecer igualmente todos los modelos familiares habidos y por haber. Gustan de favorecer la memoria histórica (como si eso no fuera una contradicción), y están a favor de fomentar la persecución y aumentar el radio de efecto de los delitos de odio, tal y como defendía el PP. Están también en contra de la “radicalización”, pues ya se sabe que ser radical es algo muy peligroso… Me parece que nos van a aplicar la ley antiterrorista, ¡ah, no, perdón!, va a ser “la Comisión de la Verdad” la que nos va a condenar por enaltecimiento del odio. Menos mal que no están a favor de la prisión permanente revisable.

Respecto a la educación, van a favorecer, a diferencia del PP, los estudios humanistas sin perjuicio de las ingenierías (pues de algo hay que comer), y van a favorecer la economía del conocimiento en las universidades, asegurando su excelencia y calidad a través de evaluaciones sobre su potencial inserción laboral. La educación pública, que empezará a los 0 años, pretenderá asegurar el correcto desarrollo de capacidades y competencias en las nuevas generaciones, que tendrán acceso a multitud de actividades extra-escolares durante el curso y en vacaciones. ¡A esto se le llama conciliar vida laboral con familiar!

Llegando, por fin, después de 334 páginas a la política exterior, nos encontramos que queda patente un profundo europeísmo, que no le tiene ningún miedo a perder soberanía por una Europa federal, y que está abierto a América Latina y/o Iberoamérica. A su vez, consideran que eso de poner exámenes de castellano a quienes quieran la nacionalidad está demodé.

Dejan para el final la guinda en forma de una hipotética reforma constitucional, que podrían haberse ahorrado cambiando la Constitución sin más, como ya hicieron con el artículo 135. En líneas generales y centrándonos en lo más divertido, esta reforma pretende fomentar el peso de los particularismos periféricos; volver con el 135 (no sé si para empeorarlo aún más); incluir a la mujer en la Constitución porque, evidentemente, no está; olvidarnos de la Iglesia católica, porque eso nada tiene que ver con nuestro país; favorecer el poder del paciente sobre el medico apostando por la bioética; abolir la pena de muerte en caso de guerra; reconocer el carácter vinculante del derecho europeo y su primacía respecto al interno (lo cual ya está de facto en el 135); y, por último, facilitar futuras reformas constitucionales, porque seguro que los que están por venir al poder son mejores que nosotros e infinitamente más competentes que los señores “tardofranquistoides” del 78.

Y sí, en las 380 páginas del programa también hay muy buenas ideas: medidas para controlar las puertas giratorias, la pretensión de que la eficiencia económica no esté por encima de la ciudadanía, propuestas interesantes sobre educación y sanidad, la neutralidad de la red (aunque sobre la copia privada mande Europa), que los programas electorales sean vinculantes, la reivindicación de la negociación colectiva como piedra angular para evitar la proletarización de los trabajadores, o la afirmación de que pretenden mantener y extender el impuesto de sucesiones. Sin embargo, no dejan de ser caramelos demagógicos. Muchos de ellos son imposibles desde las coordenadas desde donde se plantean (las cuales son muy liberales), y otros resultan insignificantes y de segundo orden, en comparación con el disparate de otras muchísimas afirmaciones que se dan por incuestionables.

El PSOE no está en condiciones, con este programa, de hacer frente al PP, que gana en coherencia, sentido común y claridad; ni mucho menos puede pretender ser un partido serio a tener en cuenta. Ya está en 2016 lo que vendría después y, por ello, no sorprende la figura de Pedro Sánchez. El programa es demagógico en aquellas partes donde se pretende evitar que se vote a Podemos, y el resto son ideas para que los liberales socialdemócratas se sientan solidarios y generosos votándoles. 

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