Los viajes: primera aproximación

Hoy, después de mucho tiempo, escribo aquí para tratar uno de los temas que más tiende a gustar: los viajes. Sin embargo, lejos de hacer una defensa a ultranza de la manera en la que se conciben habitualmente, de lo que pretendo hablar es del modo en el que suelen afrontarse y de lo que considero que es, a todas luces, una falacia. Pongámonos en situación. Hay una especie de tendencia generalizada desde la que se considera que uno viaja para ‘encontrarse a sí mismo’; cuando lo que realmente ocurre es que uno más bien viaja para no pensar demasiado y para desconectar de los problemas que le preocupan. Además, ¿qué es eso de ‘encontrarse a uno mismo’?

Es curioso que en un mundo donde la puesta sobre la mesa de ciertos esencialismos molesta tanto, haya una especie de necesidad de que los sujetos ‘se encuentren a sí mismos’. De entrada, ya esa predisposición por encontrar algo nos quiere decir que, de suyo, ese algo no está dado de manera clara y distinta. Y aquí es donde entrará en juego una práctica tan extendida en la actualidad como es la de viajar. Según muchas personas, los viajes son capaces de abrirnos los ojos, de extender nuestra humanidad al ver otras formas de vida y de permitirnos encontrar aquello que nos define de manera individual. Vamos: la panacea. Sin embargo, ¿es esto realmente así? Puede que en otros tiempos, donde viajar resultaba algo digno del disfrute de unos pocos y donde el camino resultaba parte fundamental de la experiencia del viaje, esto tuviera algo de sentido; pero, a día de hoy, donde viajar se ha convertido, en la mayoría de las casos, en un consumismo más, regido por la cantidad y no tanto por la calidad, esto debería ponerse en duda. 
 
Cuando organizamos un viaje, casi todos buscamos llegar lo antes posible al destino elegido y evitar todo contratiempo que pueda surgir. A su vez, tratamos de visitar la mayor cantidad de cosas del sitio al que vamos. Esta manera de viajar ya nos da una idea de a qué suelen quedar reducidos los viajes: un ir de aquí para allá aceleradamente para poder ver todo lo que nos ofrece nuestro destino. Cabe señalar también que, habitualmente, la gente va de vacaciones cuando está en su tiempo de ocio, pero, lejos de reposar tranquilamente, se encuentra más ocupado que en los días en los que propiamente trabaja. Esto también recalca una de las problemáticas a las que nos enfrentamos en una sociedad tan sumamente acelerada como la nuestra: la necesidad de llenar constantemente nuestro tiempo de actividades. En la actualidad, las vacaciones se suelen entender como un período de tiempo en el que uno no cesa de hacer cosas. Y, de hecho, aquel que justamente se dedica a descansar es tachado de aburrido o acusado de no aprovechar y exprimir las vacaciones al máximo. Eso sí, el ridículo más absurdo se produce cuando uno debe explicar su decisión de dedicarse a descansar en el periodo vacacional.
 
Por tanto, como ya apuntábamos más arriba, viajar se ha convertido en una nueva forma de consumismo, que se extiende a la única esfera sobre la que parecía que aún podíamos elegir: nuestro ocio. Sin embargo, una vez que también ésta ha sido absorbida, podemos decir que nos hallamos completamente inundados por la constante ocupación de nuestro tiempo, pues ya no contamos con espacios libres que nos permitan pensar profundamente sobre el sentido de nuestras vidas. Por mucho que haya quienes crean que por viajar uno es más abierto de mente y entiende mejor a las personas y el mundo, esto es algo que está por ver. De hecho, cabe tener dudas razonables acerca de la inevitable relación que algunos plantean entre quienes han viajado más y quienes se esfuerzan con mayor ímpetu por entender a las personas. Los hay muy viajados y con ningún tipo de empatía y solidaridad por los demás; y los hay que, sin haber viajado apenas, se esfuerzan encarecidamente por entender a la especie humana. Por eso no comparto en absoluto esa idea tan extendida de que viajar le hace a uno más sabio e inteligente. Es más, creo que si te tienes que ir a la Conchinchina para desarrollar mejor tu solidaridad hacia ciertos hombres de diferente nacionalidad que la tuya, muy listo no es que seas.
 
Otra cuestión relevante a tener en cuenta es la indefinición característica del mundo actual, donde la diferencia entre la cotidianidad y la festividad es a veces tan sutil. Cuando uno hace del viaje, que debería ser una actividad ocasional y, por ende, ajena a la rutina, el eje de su vida, pierde tanto lo especial de la experiencia del viaje como la ocupación meditada de aquello a lo que se dedica en su vida habitual. Cuando lo excepcional pasa a ocupar el lugar de lo normal, lo ordinario pierde su sentido y también se descuida la correcta manera de afrontarlo. La gente busca cada vez más que su vida sea una continua fiesta; y el problema es que, en el momento en el que las celebraciones se suceden de manera ininterrumpida y no queda espacio para el reposo, estamos dejando que el ritmo que marca la dinámica incesante de satisfacer deseos se apodere de cada esfera de nuestra vida.  

Sin ser yo una persona detractora de los viajes (¡faltaría más!), creo que merece la pena que meditemos de manera profunda y sincera sobre cómo nos los solemos tomar y sobre qué nos dan y qué nos quitan. La idea de una continua actividad desbocada nos debe hacer reflexionar sobre aquello de lo que estamos intentando huir; porque, por mucho que haya cuestiones a las que prefiramos no prestar atención, dichos asuntos no van a desaparecer por no fijarnos en ellos. Probablemente, aquel que necesita llenar constantemente su vida es porque no se ha parado a pensar profundamente sobre ella. Quienes exigen adrenalina ininterrumpida o experiencias nuevas constantemente no se han dado cuenta todavía de que la vida, por sí sola, ya tiene mucho de eso; o, quizá, porque lo saben de sobra, tratan de llenar su tiempo para que no les quede ni un mísero segundo que lo constate.


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