La peor parte: Memorias de amor (2019)

Este va a ser el primero de una serie de análisis que versarán sobre dos de las cuestiones que considero más fundamentales: el amor y la muerte. En este caso, ahondaremos en el último libro escrito por Fernando Savater, dedicado a su mujer Sara Torres, que falleció en el año 2015, con 59 años, a causa de un tumor cerebral. El título, “La peor parte: Memorias de amor”, ya nos da una idea de hacia dónde irá dirigido el texto; pero creo que encierra mucho más de lo que podríamos pensar a simple vista. Puede que el hecho de que Fernando Savater sea filósofo tiene parte de culpa de esto; pero, más que todo eso, la ternura con la que escribe sobre su gran amor es la que dota a este libro de una densidad característica y muy meritoria.

Si bien es cierto que suelo acercarme a las autobiografías (o a los textos que hablan de la vida de uno) con cierto recelo, me llamó la atención que Fernando Savater, en muchas de las entrevistas que leí en las que hablaba de este libro, también criticara un fenómeno de estas características. De hecho, el propio autor se jacta de decir que él no viene a hablar de sus tristezas, pues con estas ya nos cruzamos todos en nuestras vidas particulares. Tras leer el libro, puedo confirmar que se aleja de contarnos con pelos y señales cómo vive ahora que ya no cuenta con la compañera de viaje con la que compartió 35 años de su vida. Más que eso, este libro busca ser una recapitulación de la vida que llevaron juntos y, sobre todo, pretende ser una carta de presentación de una mujer, Sara, a la que, al menos en las 243 páginas que contiene el libro, podemos llegar a intuir. Creo que este libro es, ante todo, una especie de recopilación de la forma de ser de Sara, que permite, tanto para aquellos que la conocieron como para los que no la conocimos en absoluto, un acercamiento particular a su persona; que, si atendemos a lo que se nos cuenta aquí, debió ser de un carisma excepcional.

Supongo que, como ocurre con todo libro, habrá quien empatice más con aquello que se cuenta y habrá quien no lo haga en absoluto. En cualquier caso, creo que lo que hace valioso a este libro es que logra elevarse desde algo muy concreto hasta algo extremadamente elevado y universal. A pesar de que no todas las autobiografías consiguen esto, creo que esta lo hace con creces. Es evidente que aquel que no haya sentido nunca un amor como el que siente Fernando por Sara, creerá que el autor está exagerando o siendo extremadamente cursi en su manera de concebir su relación con ella; pero, muy a diferencia de esta opinión, yo considero que el autor se muestra muy certero en su descripción, siendo capaz de expresar de una manera muy bella, pero sin grandes aspavientos ni enredos, cómo es querer de verdad a alguien.
 
El libro, desde luego, tiene un tinte tragicómico, aunque sólo sea por el desenlace que sabemos que ya ha tenido lugar. Sin embargo, lejos de recrearse en ese aspecto, busca dar luz a aquellos momentos que dotaron de sentido a dos vidas unidas por tanto tiempo. De hecho, es justamente el recorrido por esos viajes, rutinas y maneras de comportarse el que nos deja entrever el hueco de la pérdida en aquel que tiene que seguir en el mundo, pero que ya no puede hacerlo de la misma manera. Al final, cuando uno ha compartido de una forma tan íntima la vida con alguien, y esa persona deja de estar, uno siente que no puede seguir. Los días pasan, todo parece continuar, pero uno es incapaz de afrontar el paso del tiempo cuando aquella persona con la que compartía todo ya no está. Cuando uno vive a través de sus ojos, pero también con ayuda de los ojos de otro, perder estos últimos es perder buena parte del sentido. En cualquier caso, como bien dice Savater, uno puede perder las ganas de vivir sin por ello acercarse a las ganas de morir; pues, para vivir, basta la mera inercia.
 
La oda al amor encerrada en estas páginas resulta un soplo de aire fresco en estos tiempos donde se critica tanto a quienes se entienden más allá de sí mismos o, más bien, a aquellos que necesitan justamente a otro para dotar de sentido a sus vidas. Es posible que haya personas que sientan (o, al menos, que crean) que se valen consigo mismas para tener una vida plena; pero hay quienes necesitamos a alguien más. Es evidente que Fernando necesitaba a Sara, y Sara a Fernando; que su relación fue una suma de personalidades fuertes, imaginativas, creativas y sinceras. Cuando das con alguien así, que suma más que resta, pese a todos los esfuerzos que uno tiene que hacer por el camino, sientes que tu vida tiene sentido, que tienes a alguien por el que seguir cuando la angustia y los tormentos pretenden hacer mella. Expresar esta sensación con palabras, tal como consigue el autor en este libro, resulta digno de mención.
 
Creo que el esfuerzo hecho por Savater en este libro para no obstinarse en la tristeza solitaria de alguien que ha perdido a quien más quería es asombroso. Consigue trasladar su vida con Sara y, con ella, una profunda reflexión sobre el amor y la muerte, a través de un retrato sincero, tierno y real de alguien que, con sus defectos, aciertos y peculiaridades, consiguió hacer mucho más rica y excepcional una vida que habría sido mucho más aburrida y mediocre. Esta idea de dos vidas entrelazadas que juntas consiguen funcionar mucho mejor que por separado es maravillosa; además de ser extremadamente contraria a la que habitualmente se nos dice que debemos aspirar. A colación de esta idea, Savater citará a Cioran en su libro “En las cimas de la desesperación” (1934): «La única cosa que puede salvar al hombre es el amor. Y si muchos han acabado por transformar esta aserción en una banalidad, es porque nunca han amado verdaderamente».
 
El peso que también tienen la lectura y el cine en este texto resulta muy interesante. Las películas, a diferencia de los libros, son algo que se puede compartir. De hecho, por mucho que la experiencia de ver un largometraje sea personal, no requiere de estar solo. Además, ver a alguien que quieres disfrutar con algo que tú también estás presenciando evoca una sensación especialmente gratificante, y en ella va a ahondar mucho también Fernando Savater respecto a Sara. De alguna manera, esta idea de multiplicar el placer cuando ves disfrutar a tu pareja, así como la idea de un crecimiento atroz del desahogo cuando algo no te gusta, está muy bien descrita en este libro. Que la mirada del amado complemente a la de uno es algo a lo que no se suele hacer referencia, pero que, sin embargo, resulta extremadamente fundamental en las parejas. De repente, cuando uno ama verdaderamente, ya no es sólo sus ojos, sus manos, sus oídos y sus pensamientos, sino que estos son perfeccionados por los del otro. De este modo, el enriquecimiento es total, y uno siente que es infinitamente más fuerte de lo que era cuando no contaba con esa ayuda. Como afirma Savater en un momento dado: «Sólo el ser amado es un paisaje inagotable y el don de su compañía la única gracia que convierte al afortunado en repentino artista».
 
Por mucho que Savater pudiera haberse centrado en todo lo que Sara se llevó consigo, habla infinitamente más de todo lo que le dejó en vida. Esta manera de enfocar este retrato me parece increíblemente generosa; pues, en vez de profundizar (de una manera un tanto egoísta) en la desidia de quien se queda, nos habla de todo lo que supuso la compañía del que se va en el que ahora persiste desolado sin ella. Al final, aunque sólo sea como contraste, intuimos cómo debe ser estar sin esa persona cuando lo compartido y lo vivido fue tanto y tan bueno. Como las buenas películas, este es un libro que nos permite imaginarnos ese vacío, pero no porque el autor describa explícitamente (o no todo lo que podría haberlo hecho) la terrible tristeza en la que se encuentra sumido, sino porque, a medida que avanza la trama, nos percatamos de que todo lo que nos ha sido contado ya nunca podrá volver a ser. Aquí se cuenta casi todo lo bueno y, por eso, pensar sobre cómo es la vida de Savater a día de hoy resulta tan desolador. Este es un libro que retrata lo que hubo, para que el lector se figure la sensación que le queda a uno cuando ya no cuenta con todo eso. De esta manera, ahonda en el pasado, en el recuerdo y en la memoria, para que uno pueda reflexionar sobre cómo se puede seguir en el mundo cuando la vida que conocías ya nunca volverá a ser como era.   

El sufrimiento de ver cómo se apaga poco a poco aquella persona cuya vitalidad y fuerza nos supo mantener con vida es la cosa más dura a la que uno puede asistir. Y, de hecho, también es este un libro a contracorriente en cuanto a la manera en la que uno debe afrontar el duelo. Por mucho que a día de hoy la rapidez de todo lo que nos rodea se quiera aplicar también a la velocidad con la que uno debe superar la crueldad de ver morir a personas a las que quiere, en este libro se apuesta justamente por lo contrario: aprender a sobrellevar una tristeza incapaz de ser sustituida o reparada. Esta idea casa muy bien con una frase de la película “Tierras de penumbra” (1993): «El dolor de entonces es parte de la felicidad de ahora». Al final, la intensidad y la grandeza del amor que uno haya vivido durante su vida se trasladará de manera proporcional a la tristeza que sentirá tras la pérdida de dicho amor. Sin embargo, y por mucho que haya quienes prefieran no darse al otro de manera tan sincera para evitar el futuro dolor que esto supondrá en un momento dado, este libro es, sin duda, una confirmación de que semejante dolor se compensa con todo lo bueno vivido. De hecho, ese dolor no es más que la certeza de que lo que se tuvo mereció la pena. Como dirá Savater en un momento dado: «Un amor que no desazona y perturba cuando está vivo, que no aniquila cuando pierde irrevocablemente lo que ama, puede ser afición o rutina, pero no auténtico amor».

El amor debe acompañar, pero dejando espacio al otro; el amor debe potenciar lo que ya estaba de base, pero nunca aniquilar. Esa idea de un amor que no quiere sólo las cualidades y virtudes del otro, sino que, aun queriéndolas, las quiere a pesar también de las deficiencias, limitaciones e imperfecciones, es la que se pretende señalar aquí. Y es justamente al amor que permanece a pesar de todas ellas, como dirá Kierkegaard en “Las obras del amor” (1847), al que podemos considerar amor auténtico. Este libro tan honesto, sincero y generoso señala el amor como lo único que puede hacer más llevadera la angustia y desidia del hombre. Nos presenta el amor como una especie de milagro que emerge de una manera extremadamente arrolladora; pues, tal y como señala Savater citando a Goethe: «Da más fuerza saberse amado que saberse fuerte».

Por mucho que este libro retrate algún episodio político, reflexione a veces sobre cuestiones filosóficas de gran contenido existencial, y tenga una manera muy particular de ver ciertos aspectos de la vida; es, sobre todo, un canto al amor en mayúsculas, a ese amor que, cuando das con él, sabes que lo has hecho. También es un canto contra el dogmatismo, que tanta falta nos hace en estos tiempos tan radicales, simplistas y populistas. Por último, este es también un libro que ahonda en la idea de no haber podido saber afrontar la muerte de la persona a la que más querías. Y, sobre todo, de la culpa que viene después, de la sensación de no haber sabido sobrellevar algo que uno no estaba sufriendo en sus propias carnes, pero que, sin embargo, casi habría preferido sufrirlo él que verlo padecer en la persona a la que más estimaba. Por todo lo dicho hasta ahora, recomiendo encarecidamente la lectura de este libro tanto a aquellos que les interesa la figura de Savater como aquellos a los que no. Si después de hacerlo alguien no es capaz de apreciar la suerte que tienen aquellos que encuentran un amor de estas características, o está muy muerto por dentro, o se está mintiendo a sí mismo.


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