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Mujercitas (1868-1869) y sus tantas adaptaciones

A raíz del estreno de una nueva versión cinematográfica de “Mujercitas” (1868-1869) —como si ya no hubiera suficientes—, me percaté de que no había leído un libro que había sido tan sumamente adaptado al espacio audiovisual. Por eso, consideré oportuno, antes de ver la nueva película, y al no haber coincidido nunca con ninguna de las otras versiones —lo cual, dicho sea de paso, es sumamente raro dada la frecuencia con la que las han puesto en la televisión—, leer el libro en cuestión y ver qué podía ser aquello que provocaba que se volviera tantas veces a él. En este análisis, por tanto, pretendo ahondar, sobre todo, en el libro, pero también hacer alusión a cuatro de las veces que este clásico literario se ha llevado al cine: en 1933, en 1949, en 1994 y en 2019. A pesar de que también sé que ha sido llevado al formato de las series, dejaré este aspecto de lado para que dicho análisis no se haga excesivamente largo, repetitivo o pesado. 

Este libro, escrito por la estadounidense Louisa May Alcott, retrata la vida de la familia March y las vicisitudes por las que ésta pasa, con el telón de fondo de la Guerra de Secesión (1861-1865) en la que el padre está combatiendo. De entrada, parece un libro costumbrista, no demasiado ambicioso, ligero y ameno; sin embargo, cuando uno se va a adentrando más y más en sus páginas, descubre la sabiduría que se desliza a través de ellas y, sobre todo, la ternura que se respira en esta familia. De hecho, cuando uno termina el libro no deja de sentir el vacío que dejan las buenas novelas, las películas inolvidables o las series irrepetibles. Por eso he querido traer este clásico de la literatura aquí: porque creo que el hecho de que haya sido llevado al medio audiovisual tantas veces tiene una razón de ser muy poderosa y, a la vez, esperanzadora. También profundizaré en aquellas cuestiones que creo que se han dejado por el camino en las adaptaciones hechas, así como en ciertas ideas que considero que se han exagerado en dichas versiones hasta hacer indiscernible o muy vago lo que realmente se nos está queriendo contar.

Meg, Jo, Beth y Amy son las hermanas March; y todas consiguen que, en algún momento de la novela, coincidamos con ellas de alguna forma. Si bien es cierto que cada uno de nosotros tendremos nuestras preferencias y personajes a los que nos sintamos más cercanos o con los que tengamos una mayor afinidad, desde luego que todas ellas nos revuelven y nos hacen volver los ojos sobre nosotros mismos. Esto es algo valioso que consigue la ficción de una manera ligeramente excepcional y milagrosa con respecto a los ensayos; pues, si bien aquello que se nos plantea son personajes ficticios, la similitud que encontramos con ellos es tan sumamente real y certera que sentimos una empatía muy real, que nos hace alegrarnos y sufrir por lo que les pasa. Esto, por supuesto, tiene lo bueno de que es un espacio cerrado que no permite nuestra introducción en él; pero también tiene el contrapunto de no poder cambiar el curso de ciertos acontecimientos que, desde luego, de haber sido por nosotros, habrían sido radicalmente diferentes a como sucedieron en la historia.
 
Este libro que, aparentemente, está repleto de meras escenas cotidianas, va más allá de la simple anécdota, buscando la moraleja de cada suceso y de cada comportamiento. Apuesta porque las virtudes vayan siempre vinculadas a la modestia y a la humildad, y nunca a la vanidad o al orgullo. Cuando uno se da importancia por contar con ciertas virtudes, está perdiendo justamente su cualidad de virtuoso. De hecho, esta idea está muy vinculada a la de que uno es lo que hace y no tanto lo que dice; por eso, no hay que ir de nada —ni de bueno, ni de leal, ni de honesto—, sino que hay que actuar de manera tal, que dichas características emerjan en nuestra persona sin necesidad de pregonar que contamos con ellas. La idea del sacrificio, del ser bueno sin esperar nada a cambio —por mucho que esto sea excesivamente difícil de sobrellevar— es constante a lo largo del libro. El ejemplo de todas ellas es la madre; que, sin embargo, en una conversación con Jo da cuenta de cómo ha luchado —y sigue luchando día a día— por hacer frente a un carácter también muy impulsivo y carente de paciencia, y cómo su marido y padre de las hermanas March le ha ayudado muchísimo a lograrlo, además del deseo de que sus hijas vieran en su persona a alguien digno de admiración.
 
El feminismo que se atisba en estas páginas no es aquel que quiere a la mujer libre, independiente, rebelde y sola; sino, más bien, aquel que quiere que las mujeres sean reconocidas por hombres que las respeten, las admiren y las aprecien. Aquí, desde luego, se apuesta por unas relaciones amorosas sanas, en cuyo seno sus miembros se reconozcan mutuamente y se ayuden de manera bidireccional a afrontar mejor los momentos duros de la vida y a modelar su carácter para hacerse mejores. Considero que la defensa de ese tipo de relaciones amorosas no puede ser más recomendable y más certera, en tanto que se hace cargo de la limitación del hombre autosuficiente y aislado, a la par que busca el perfeccionamiento moral —sin caer nunca, eso sí, en la ingenuidad de no reconocer la dificultad de dicha empresa—. De hecho, hay una defensa muy importante en este libro de la necesidad de sentir el apoyo de nuestros seres queridos en aquellas tareas que buscamos emprender. Sin embargo, a falta de encontrar una relación con dichas características, Louisa May Alcott no duda en decir que «más vale ser una solterona feliz que una esposa desgraciada o una jovencita desvergonzada ávida por encontrar marido». Esto también apoya la idea, descrita en el libro, de que cuando el primer amor falla, no hemos de precipitarnos con el segundo.
 
La compañía de alguien bueno se eleva como la mayor de las riquezas y, del mismo modo, como la forma más adecuada de superar las durezas y las penas, pero también de disfrutar de las alegrías y los logros. Al final, un hogar humilde y sencillo, donde se trabaja para tener lo que se tiene, también es un hogar que valora más aquello con lo que cuenta, pues sabe el esfuerzo y el tiempo que se ha invertido en ello. También hay un afán de resaltar la artesanía, las cosas hechas con las propias manos o con las manos de personas queridas, frente a aquello cuyo origen desconocemos. Tal y como se apunta en el propio libro: «Sin duda la riqueza es deseable, pero la pobreza también tiene sus virtudes y uno de los aspectos más dulces de la adversidad es la satisfacción que produce el trabajo, sea manual o mental. Muchas veces la sabiduría, la belleza y otras bendiciones de este mundo nacen de la necesidad».
 
Del mismo modo, cabe destacar también la defensa que hay tanto del trabajo como del ocio: tan mala es una vida dedicada única y exclusivamente a trabajar como una vida dedicada a la pura holgazanería. De hecho, justamente los momentos de diversión y de tiempo libre adquieren la relevancia adecuada cuando han sido esperados y uno siente que los merece. Al mismo tiempo, con esta idea se pretende también señalar cómo, casi siempre, el ocio va ligado, sobre todo, al placer de uno, mientras que el trabajo que uno hace suele beneficiar de distintos modos a los demás. Al final, esta idea no es otra que la de hacernos conscientes de nuestro tiempo para no perderlo: trabajar cuando uno debe dedicarse a sus tareas, pero también ser capaces de disfrutar en los momentos de recreo.
 
“Mujercitas” plantea cómo, en la juventud, las ambiciones alocadas que uno tiene suelen ir unidas, fundamentalmente, a unos fines egoístas; mientras que, a medida que uno va a acercándose a la madurez, son otras las cuestiones que se tornan fundamentales. Es este un libro que busca reflexionar sobre el sentido que le damos a nuestras vidas, sobre la orientación hacia la que queremos dirigirnos. Por mucho que Jo afirme en un momento dado: «Estoy muy bien así, valoro mi libertad y no tengo prisa por perderla a cambio de ningún hombre», lo cierto es que la novela, a medida que avanza, demuestra cómo esta es una idea ingenua de juventud. Por eso, Jo, cuando pasan unos años, reconoce que valora más el hecho de ser amada que cuando Laurie se marchó tras declararle su amor y no ser correspondido. Es muy significativo ese cambio que se produce en ella, ese reconocimiento de que antes le bastaba con algo que ahora ya no le sirve. De hecho, a la propia Jo le resulta molesto este cambio de parecer, y tiene miedo de que los demás se rían de algo que, sin embargo, sabían que iba a ocurrir antes o después. Tal como le advirtió el propio Laurie tras su declaración fallida, encontraría tarde o temprano a ese hombre que consiguiera que se saliera de sí misma y le mereciera la pena ser amada y amar.
 
Una y mil veces hay referencias a lo duro de crecer, a lo rápido que pasa el tiempo, sobre todo, a partir de una cierta edad (esto está muy bien reflejado en las diferentes etapas por las que pasa la relación de Jo y Laurie). Y cómo a uno, cuando se va echando años encima, le da la sensación de que su existencia es limitada y de que debe hacer aquello que dote de sentido a su vida. También hay una constante referencia a la idea de que, en un cierto momento, uno teme por quedarse solo. Por mucho que a veces uno tenga ese miedo cuando llega a una cierta edad, siempre tiene la esperanza de que su suerte cambie de un momento a otro. Sin embargo, hay un cierto punto —casi de no retorno— donde las personas que han llegado sin compañía empiezan a asumir su vida como tal y tratan de «envejecer con elegancia». A este respecto, cabe señalar lo maravilloso que es el texto que dedica Louisa May Alcott a las solteronas.
 
El retrato que se hace del amor me recuerda —del mismo modo que ya salió en otro artículo que escribí— al que plantea Kierkegaard en “Las obras del amor”: el amor como algo que necesita de una paciencia inmensa, de una capacidad de sobrellevar los defectos del otro y, sobre todo, de reconocer las propias faltas. De hecho, la propia autora, personificando esta idea en la figura de John, el marido de Meg, da cuenta de cómo la pobreza le ha hecho ser un luchador incansable y, a la vez, le ha permitido tener más paciencia para encajar mejor las carencias de los seres amados. Después de que Marmee le haga ver a Jo que una relación amorosa entre ella y Laurie no funcionaría, le señala de una manera muy certera que «para que una relación prospere hacen falta una paciencia y templanza infinitas, además de amor».
 
El matrimonio de Meg y John, junto a sus niños, sirve para ejemplificar de una forma magistral cómo, en muchas ocasiones, ciertas mujeres son las que perpetúan que se mantenga un modelo de familia en el que ellas se encargan de todo, pero no necesariamente porque el marido voluntariamente no quiera colaborar —lo que, evidentemente, claro que ocurre en muchas ocasiones—, sino, más bien, porque ellas son las que no quieren que lo haga. Ahí hay una falta de confianza muy perjudicial que les hace sentir a ciertos padres que no tienen nada que ver con esos niños —que, paradójicamente, son también sus hijos—. A su vez, los consejos de la madre a Meg acerca de que, por el hecho de ser mujer, no debe descuidar conocer qué ocurre en el mundo —dado que dichos cambios le van a afectar a ella tanto como a los hombres—, resultan completamente revolucionarios en la época en la que fueron escritos. También es muy interesante la idea de que los hijos pueden ayudar a los padres a no dejarse llevar en un mundo que nos tienta tantas veces a seguir el camino equivocado, además de enseñarles a quererse y a conocerse más el uno al otro.  
 
La reflexión sobre el amor —muy presente en el libro— se acentúa en ideas como la de que el amor «cubre todos los fallos», que «es lo único que nos llevamos cuando morimos y hace que el final sea mucho más dulce», que «obra milagros» y que es lo único que «vence a la muerte». También resulta dolorosa, aunque muy certera, la reflexión en la que se nos dice que «es fácil prometer abnegación cuando vivimos entregados al cuidado de otro y su dulce ejemplo purifica nuestro corazón y nuestra alma, pero cuando la voz que tanto nos ayudaba se acalla, la lección diaria termina, la presencia amada desaparece y lo único que queda es soledad y dolor, descubrimos que mantener la promesa resulta muy duro». De algún modo, cuando aquel que nos ayuda a ser mejores está presente, se nos hace infinitamente más fácil serlo que cuando deja de estar a nuestro lado; porque, como muy bien se nos dice en “Mujercitas”: «Está muy bien decir que vamos a ser buenos, pero eso no se consigue de inmediato, hay que hacer un gran esfuerzo, un esfuerzo en el que es precisa la ayuda de otros, para situarnos en el buen camino».
 
En un momento del libro se afirma que «las dificultades sirven para poner a prueba el carácter», y creo que esta es una idea muy sabia. Cuando las cosas vienen bien dadas es fácil tirar para adelante y sobrellevar el paso de los días; pero cuando los días duros llegan, entonces la cosa cambia. De hecho, es ahí donde vemos cómo es de verdad nuestro carácter y cómo de bien sabemos adaptarnos a las vicisitudes y a los problemas que se nos presentan. Por mucho que sea una idea recurrente del libro la que plantea lo cómodo que sería no tener conciencia ni corazón para no sufrir tanto, al final siempre hay una apuesta por la importancia de unos principios morales sólidos y una imperiosa intención de hacernos mejores a partir del perfeccionamiento de nuestro carácter y de nuestros comportamientos.
 
El dinero adquiere, a su vez, una relevancia fundamental en esta obra. Pero no se busca plantear una oda al dinero, sino, más bien, proponer una crítica a hacer cosas “por dinero”: ya sea escribir textos en los que no creemos sólo porque sabemos que se venden bien; casarnos con hombres ricos, aun a sabiendas de que no nos van a hacer el menor caso, etc. Está también constantemente presente la tan manida idea de que la felicidad no la da el dinero, aunque claramente éste sea una buena ayuda si va acompañado de las cosas realmente importantes, es decir, de cuestiones como el amor o la confianza. A partir de las figuras de Amy y Laurie, que cuentan con una gran fortuna, se plantea la razonable idea de que los ricos no deben limitarse a disfrutar de su dinero o malgastarlo, sino que, lejos de ello, deben ayudar a aquellas personas que, aun teniendo talento, carecen de medios y no pueden desarrollar sus capacidades de la manera más plena.
 
De igual forma, resulta también interesante la diferenciación que se hace entre el talento y el genio a través del propio personaje de Amy, y tiene sentido traerla a colación en un mundo como el nuestro, donde a las personas constantemente se les pretende convencer de que son genios y que, quizá, lo que ocurre es que aún no han descubierto aquello en lo que son extraordinarios. Considero que esta idea es completamente falaz. Si bien es cierto que todos somos más talentosos para algunas cosas que para otras, la gente es, por lo general, mediocre, y lo que no abunda bajo ningún concepto son los genios. El viaje por Europa de Amy supone una cura de humildad para ella: se da cuenta de que, por mucho que tenga talento para la pintura, no llega a la categoría de genio. Por eso decide dejar sus planes de convertirse en una artista reconocida a un lado: no soporta la idea de convertirse en una pintora mediocre más. Es la infinidad de obras de arte que ve en Roma la culpable de que se dé cuenta de su insignificancia y de lo lejos que está de llegar a hacer algo de dicha envergadura.
 
Después de haber visto las versiones cinematográficas de “Mujercitas” de 1933 y 1949, sin duda, me quedo con la primera de ellas. Por mucho que la versión de George Cukor sea en blanco y negro y se pierda, de esta manera, parte del encanto de la ambientación y del vestuario; me parece que la segunda de ellas peca de un exceso de ñoñería que, francamente, considero que el libro dista de tener. Al mismo tiempo, cabe hacer una alusión al guion, que en numerosas ocasiones la cinta de 1949 calca literalmente de su predecesora. A su vez, hay escenas reproducidas exactamente igual en ambas películas, lo que inevitablemente hace dudar de la originalidad de la versión de 1949. Así como la película de 1933 creo que conseguía captar el lado tragicómico de este clásico de la literatura, la de 1949 resulta excesivamente edulcorada, cursi y ligera. Además, el hecho de que los personajes sean bastante más planos y predecibles que en la novela provoca que se pase por encima de los momentos duros y delicados planteados durante la trama. La ambientación de la adaptación llevada a cabo por Mervyn LeRoy es tan sumamente naif y colorista que se pierde de vista el núcleo duro de la novela: la pérdida de la niñez y el paso a la vida adulta. Además, durando ambas versiones prácticamente lo mismo, la segunda resulta infinitamente más torpe y menos hilada que la primera. Creo que el desarrollo y evolución de los personajes, tan sumamente radical e importante en el libro,  queda desdibujado completamente en la versión de 1949, para abrazar una trama costumbrista que bien podríamos ver cualquier domingo por la tarde en la televisión.
 
Otro de los puntos flojos de la cinta dirigida por Mervyn LeRoy es que resulta extremadamente explícita y poco sutil, y eso es algo que al cine no se le puede perdonar, al contar con algo tan importante como la presencia de los personajes en la pantalla. Ciertas cuestiones que podrían haberse enriquecido a través del lenguaje audiovisual quedan acentuadas mediante diálogos poco sugestivos y muy evidentes. La cinta de 1933, siendo mucho menos ambiciosa y pretenciosa, consigue calar más en el espectador amante del texto de Louisa May Alcott, logrando reflejar de manera más certera las razones que mueven a los personajes. La película de 1949 se ve como una película a trompicones y hay demasiado afán por retratar a Jo bastante más que al resto de las hermanas March, por mucho que también haya algo de esto último en la película de 1933. No puedo evitar reconocer que esto me produce cierta molestia, pese a que el personaje de Jo sea de mis preferidos de “Mujercitas”; porque, aunque uno se lleve la sensación de que Jo es la principal de todas las hermanas si sólo ha visto las películas y no ha leído el libro, en el texto de May Alcott no ocurre de este modo. De hecho, cada una de las hermanas March, así como el resto de personajes secundarios que hacen su aparición en la narración, tienen un peso fundamental en aquello que se nos quiere contar y, por eso, cuando se les reduce tanto, lo que se acaba reflejando es una mera caricatura de ellos, que los hace infinitamente menos interesantes de lo que son. Otra de las cosas que está mucho mejor reflejada en la cinta de 1933 que en la de 1949 es la química que hay entre Jo y Laurie.
 
Creo que en la versión de 1949 cuesta bastante empatizar con los personajes o, incluso, que lleguen a conmoverle a uno. Me molesta especialmente que una novela con tanto contenido y profundidad quede reducida a personajes bastante predecibles en los que no se aprecia una evolución demasiado sustancial. A su vez, la madre de las hermanas March en la cinta de 1949 dista infinitamente de la Marmee que aparece en la obra de 1868-1869. De hecho, es justamente la recuperación del personaje de la madre en la versión de 1994 la que me resulta especialmente interesante. La Marmee encarnada por Susan Sarandon evoca de manera mucho más honesta el carácter de la madre de las hermanas March, tan primordial en el libro de Louisa May Alcott y que, sin embargo, había pasado desapercibido en las dos versiones anteriores a la dirigida por Gillian Armstrong. Esta es una de las razones por la que la adaptación de 1994 resulta más profunda que sus dos predecesoras, pero también lo es el hecho de que se aleje de ellas para hacer hincapié en situaciones recuperadas del libro, que no habían sido rescatadas en las anteriores películas y que, sin embargo, resultaban fundamentales. Además, la ambientación y los vestuarios están muy cuidados, notándose el énfasis puesto en este aspecto, pero sin que resulte excesivo, como sí ocurría en la de 1949. Otra de las cuestiones a resaltar de esta versión de los años 90 es el encanto con el que se recupera la relación de Jo y Laurie, que tiene un peso muy importante en el libro y que aquí está integrada de una manera muy natural. A su vez, creo que Winona Ryder aporta al personaje de Jo el carácter, pero también la dulzura y la bondad, tan magistralmente descritas por Louisa May Alcott. A nivel personal, para mí es el personaje que más se acerca al libro y que mejor describe las contradicciones con las que tiene que convivir dada su naturaleza impulsiva y su infinita ternura. A pesar de que en esta versión considero que se rescata de manera más fiel al personaje del profesor Bhaer, creo que se toma ciertas licencias no acontecidas en el libro y que resultan innecesarias. La sutileza de la relación de Jo con el profesor alemán, que tan bellamente aparece descrita en el libro, emerge aquí de manera mucho más forzada y obvia. Sin embargo, al menos agradezco que aparezca y no que se la meta con calzador, como ya comentaremos que ocurre en la versión de 2019.

Por empezar a ir introduciendo la última versión audiovisual de este clásico de la literatura norteamericana, cabría destacar la distancia que toma con respecto al resto de las cintas que hemos ido comentando a lo largo de este análisis. Ni corta ni perezosa, empieza por la última parte del libro. Para los que no estén muy puestos en la historia o se hayan leído el libro hace tiempo, resultará difícil entrar en ella o entender de qué manera está jugando su directora, Greta Gerwig. De hecho, incluso para los que estamos muy puestos, cuesta al principio entender hacia dónde va y por qué ha elegido esta manera tan críptica de contar una historia que, en su versión escrita, resulta poco compleja y lineal. Sin embargo, a medida que avanza, uno alcanza a comprender qué le ha llevado a esta directora a contar así la historia de las hermanas March; y, de hecho, puede incluso hasta resultar interesante las razones que le han podido llevar a narrarla de este modo. Dejando de lado el embrollo en el que se nos introduce desde un inicio, yendo de atrás hacia delante de la historia como si tal cosa, al final, la sensación que le queda a uno es que lo que se nos ha pretendido decir con esto es cómo influye la infancia en los acontecimientos del futuro y cómo, cuando estábamos en los momentos buenos, no atisbábamos a vislumbrar lo que estaba aún por venir. Puede que la manera de introducirlo —a través de saltos en el tiempo algo liosos— sea demasiado sutil y no haya conseguido lo buscado de la manera prevista, pero creo que es digno de mención señalar, en todo caso, la originalidad de intentar transmitir por medio del lenguaje audiovisual una idea que está presente en todo el libro a través de conversaciones, situaciones o reflexiones.
 
La idea del paso del tiempo es fundamental en “Mujercitas”, y creo que a esta versión cinematográfica, al menos, hay que reconocerle el valor de haber conseguido trasladar esto por medio de las imágenes, el montaje, los colores y la música. Es cierto, eso sí, que esta última peca de ser un tanto excesiva y constante, provocando en el espectador una cierta sensación de pesadumbre. Reconozco que, a pesar de todo lo dicho, a mí consigue conmoverme más que otras versiones, y esa es una de las razones por las que me resulta tan molesto encajar ese final tan torpe, burdo y contradictorio con todo lo que se nos ha contado a lo largo de la cinta y con lo que nos quiere transmitir este libro. De hecho, es claramente una versión de su tiempo: se regocija constantemente en la idea feminista —tan presente en el libro, pero de una manera infinitamente más sutil y velada que la que aquí se nos muestra—, recreándose una y otra vez en la mujer independiente, rebelde y libre que es Jo. Sin embargo, ¿acaso es esto a lo que apunta el libro? Esta es una película que quiere huir de la reflexión tan clara sobre el amor que hay a lo largo de “Mujercitas”, para refugiarse en la idea contraria. Esto lo consigue rescatando al personaje superficial de Amy, tan maltratado en las demás versiones, para centrarse, sobre todo, en su evolución —lo que es digno de agradecer, pues ninguna otra versión le ha puesto tanto mimo a esto—, pero al tiempo que relega a un segundo plano a un personaje como Meg, que, al final, abraza una vida sencilla —a pesar de lo mucho que tiene que luchar contra sus deseos de caprichos y lujos— con un marido que la quiere y con el que tiene una relación profundamente sana y envidiable. Se suele decir que Amy ha sido el personaje más maltratado por las múltiples versiones de “Mujercitas”, pero yo creo que, sin duda, el personaje más relegado siempre ha sido el de Meg, cuando su evolución es igual de reseñable que la del resto de sus hermanas.
 
¿Cómo puede ser que una película que había conseguido transmitir el espíritu de “Mujercitas” acabe de una manera tan desastrosa? Muy sencilla: cediendo a las exigencias actuales del mercado de una forma excesivamente evidente, explícita y estúpida. Mientras uno está viendo la película, y antes de llegar al final, se asombra de lo bien captados que están ciertos planteamientos del libro; por mucho que, claramente, se hayan amplificado o exagerado cuestiones más de moda a día de hoy (lo que resulta en ocasiones bastante molesto o impostado). Sin embargo, ¿de verdad merecía “Mujercitas” ese final tan bobo? Si durante la película se ha ahondado una y otra vez en la evolución del personaje de Jo, que pasa de ser una rebelde que no se quiere casar a alguien que, finalmente, siente que está sola y que quiere la compañía de alguien, ¿por qué de repente se juega con el espectador para convencerle de que esto no es más que una exigencia a la que tuvo que hacer frente Louisa May Alcott para publicar su libro? ¿En qué cabeza cabe que, de repente, Jo sea un alter ego de la mujer que escribió su personaje, la cual nunca se casó? ¿Acaso es consistente con el resto de la novela? Definitivamente, no. Por mucho que Greta quiera hacer un guiño al espectador actual, tan feliz con el individualismo tan de moda y que se siente tan libre e independiente, lo hace de una manera excesivamente tramposa. Me estaba sorprendiendo gratamente la película hasta que llegó este final, que me hizo entenderlo todo. Greta ha cedido y se ha quedado en la superficialidad y frivolidad, cuando podía haber hecho algo mucho más interesante, profundo y contrario a la racionalidad que rige el mundo actual. De hecho, después de ver el final, uno entiende el por qué se le da en esta adaptación tan poca importancia al profesor Bhaer: porque luego va a quedar reducido a una mera caricatura, a un simple peón, a un personaje meramente creado para que a la Louisa May Alcott dibujada en la película le dejaran publicar su libro. Pero ¿acaso merecía este personaje esto?, ¿merecía “Mujercitas” ese ridículo final? Yo creo, sinceramente, que no. Pero juzguen vosotros mismos.
 
Al final, la idea que mueve “Mujercitas” es la de que uno alcanza la felicidad cuando hace las cosas con bondad, esfuerzo, humildad y amor. Desde luego, Beth incorpora todo esto en su persona, y es tan sumamente contraria a la racionalidad actual y a lo que hoy en día se nos vendería como adecuado, que resulta sumamente agradable leer sobre ella. Como se dice en un cierto momento del libro: «El mundo está lleno de mujeres como Beth, tímidas y tranquilas, que aguardan sentadas en un rincón hasta que alguien las necesita, que se entregan a los demás con tanta alegría que nadie ve su sacrificio hasta que el pequeño grillo del hogar cesa de chirriar y la dulce y soleada presencia desaparece para dejar tras de sí silencio y oscuridad». ¡Qué poca recompensa tienen los que, como Beth, están siempre ahí, pero pasando desapercibidos; aquellos que nunca desaparecen de nuestro lado, pero que jamás se hacen notar; los que siempre ponen por delante de ellos mismos el bienestar de los demás!
 
“Mujercitas” es, en parte, una novela de formación, pero que siempre da cuenta del duro camino que es crecer y de la cantidad de dificultades y problemas que nos pone la vida en nuestro paso por el mundo. Sin embargo, también es una novela de la voluntad de seguir al pie del cañón, de la importancia de no ceder ante las durezas con las que nos vamos encontrando y, sobre todo, del heroico esfuerzo por permanecer, por trabajar, por ser buenos y por no holgazanear. Aparece una oda muy clara a las labores bien hechas y una crítica muy feroz al querer siempre estar en otra parte y anhelar en todo momento lo que uno no tiene, en vez de apreciar lo que sí tiene y podría dejar de tener. También es este un libro que critica atrozmente tanto la idea de deseo insaciable como la necesidad que suele tener el hombre de querer más cuanto más le dan. Al final, la clave de la infelicidad es eso: querer siempre lo que no se tiene y que a uno nunca le satisfaga nada lo suficiente como para conformarse con ello y ser feliz. Es una novela que incide mucho en no dar nada por sentado y, por lo tanto, en agradecer lo verdaderamente valioso de la vida. Los valores de la familia son los que se buscan realzar frente a otros bienes como el dinero, la fama o el lujo. Es una novela que, en vez de recrearse en las diferencias evidentes entre ricos y pobres, pretende subrayar que el dinero es incapaz de suplir aquello que nos une a todos por igual, a saber: el amor, la muerte, las preocupaciones, la tristeza, la angustia, etc. Creo que la frase del propio libro que mejor resume su contenido es la de que «el amor expulsa al miedo y la gratitud doblega al orgullo». Háganme el favor y léanla… ¡lo agradecerán infinitamente!

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