La hora final (1959)

Nos vamos acercando al final de esta travesía, que, poco a poco, va quedando más como una primera aproximación a la historia del cine de ciencia ficción que como un análisis en profundidad. Con todo, somos jóvenes, así que ya habrá tiempo para volver, ser más rigurosos y enmendar errores. Hoy toca centrarse en una película representativa —y, probablemente, poco conocida— del lustro que va de 1955 a 1960. Estamos en ese momento de brillo cegador, cual efervescencia de almendro en plena primavera, imposible de delimitar con precisión… Ya veréis en el artículo final cómo nos va a costar decidir cuál sería esa película digna de considerarse la mejor de la década. Pero, antes, no descuidemos el contexto y comentemos algo del resto.

En lo más bajo encontramos cómo el cine de ‘terrorzuelo’, que toma elementos cercanos a la ciencia ficción, sublima la cuestión nuclear con los bichos gigantes, no sabemos si por culpa de la ya comentada “La humanidad en peligro” (1954) o por el lagarto japonés, que es también del mismo año. En este sentido, encontramos cintas como “¡Tarántula!” (1955), “El monstruo alado” (1957) o “El monstruo submarino” (1959); llegando la pereza hasta los nombres. Por otro lado, encontramos dos, “El ataque de la mujer de 50 pies” (1958) y “El asombroso hombre creciente” (1957), que están relacionadas con una tercera mucho mejor: “El increíble hombre menguante” (1957), a la cual vamos a dedicar un párrafo después. También encontramos alguna rareza como “Monstruos de piedra” (1957) o la protomorbosa “El monstruo que desafió al mundo” (1957) —aunque ya podríamos decir algo en este sentido, manteniendo todavía calidad y elegancia, sobre “La invasión de los ladrones de cuerpos” (1956) y sus asquerosas vainas—. Y de “Plan 9 del espacio exterior” (1959), del polifacético Ed Wood, hablaremos cuando tengamos la paciencia de meternos en otros jardines. Antes de la que corona el artículo, hay otras dignas como “Planeta prohibido” (1956), la mencionada de Jack Arnold y la de Don Siegel, sobre las cuales diremos un par de cosas más.

Empecemos por la peor para quitárnosla rapidito. La obra de Fred M. Wilcox es un muy buen mal ejemplo cinematográfico, de esos que casi te roban la cartera. Los primeros tres cuartos de la película son muy buenos, casi geniales. Encontramos atmósfera, intriga y unos efectos especiales que marcan un antes y un después (todo eso, y un aire raro para el observador avispado). Sería una película de notable, en vez de quedarse a las puertas del aprobado, si no fuera por un último cuarto que se hace tedioso y una conclusión realmente ominosa —y cobarde— que se da la mano tibiamente con Freud. Con todo, es una muy buena mala película, dado que está hecha con esa agudeza propia de los aspirantes a genios del mal; y es un ejemplar muy puro y original de una estrategia que veremos después modulada de muchas maneras. Ese arte sofista de juntar elementos atractivos e ideas afiladas con verdades, medias verdades y falacias, consciente de las debilidades y bajezas de un público muchas veces cómplice…, da para mucho que hablar. Por todo esto le dedicaremos un análisis en profundidad en otro momento, para así no aburriros ahora con lo mal que huele juntar psicoanálisis con feminismo tipo Gayle Rubin.

La siguiente en discordia es mucho más digna, pero, a la vez, es bastante más mediocre. “El increíble hombre menguante” podría ser perfectamente hoy candidata a mejor película del año, pero en 1957 es toda una segundona. Recordándola con cuidado, comparte algo estructural con la anterior: perder fuelle peligrosamente, siendo en este caso prácticamente a partir del segundo tercio de cinta. Termina siendo una peliculilla de acción, con un final horrorosamente malo, que podría sin embargo haber sido un buen estudio sobre los cambios que se dan en ese recuerdo en vida de lo que es la muerte —a saber, la enfermedad—; y todo dentro de una relación amorosa en el marco del pragmatismo americano. Pero esto sólo queda esbozado, dando pie a que alguien mucho más genial que Jack Arnold venga a robar ideas para una película con más pretensiones.

Subimos el nivel: en “La invasión de los ladrones de cuerpos” (1956) ya estamos ante un monumento de notable. Con unos muy buenos y guapísimos actores, como Kevin Mccarthy o Dana Wynter (aunque esta afirmación es casi innecesaria, dado que en los años 50 holibudienses [«hollywoodienses» es la forma aceptada por la RAE, pero hay razones, que dejamos para otro artículo, para preferir la forma españolizada] encontramos un vergel de bellezones elegantemente vestidos, con modales de damas y caballeros, y bajo una fotografía expresionista refinadísima que los eleva casi a la categoría de dioses), y una historia muy bien construida, nos encontramos ante un ejemplo clarísimo de buen hacer cinematográfico, donde se ve cómo se puede jugar con la metáfora que nos brinda la ciencia ficción para sugerir criticas e ideas de manera parabólica. Además de que se puede relacionar con facilidad con los estudios respecto a la abducción del profesor Duarte Calvo. Sería la película del día si no fuera porque, en comparación con la obra magna de Stanley Kramer, se queda 20 pisos por debajo. En suma, hay mucho que decir de esta cinta y será el objeto de nuestro bisturí muy pronto, no dentro de demasiados años.

Por fin llegamos a esta grandísima película, protagonizada por Ava Gardner, Gregory Peck, Fred Astaire, Donna Anderson y Anthony Perkins —difícil que sea mala—, que no sólo ejemplifica muy bien qué es la mejor ciencia ficción a la altura de la edad dorada, sino que es, de facto, una muy buena representante de dicha edad radiante al margen del género. No tengo la más mínima intención de destripar sus secretos —tiene un 9 como mínimo—, aunque sí apuntaré que no recuerdo que ninguna otra película haya doblado tanto mi infranqueable sistema categorial —que no por estar en fase α es menos duro. Tan sólo voy a comentar que existe una carrera muy peligrosa y que la película que me vino a la cabeza cuando la estaba viendo, entre otras —algunas analizadas hace muy poco—, fue “Love Actually” (2003). “La hora final” es una de esas películas que vienen muy bien en tiempos de pandemia y confinamiento.

«Lo que pasa es que quieren una respuesta simple, y no la hay».


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