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El hombre del traje blanco (1951)

Antes de invitaros a descubrir esta obra maestra, si no la conocéis ya, vamos a dedicar un par de líneas a pensar qué está pasando en los años 50 respecto al cine de ciencia ficción. La moda de las películas de terror de baratillo con reanimaciones y cerebros parece ir llegando a su fin, no sin antes dar sus últimos coletazos en la frontera con el nuevo tema: la velada —o no tan velada— referencia a la Guerra Fría y lo nuclear. Encontramos en el primer lustro de los años 50 muchas peliculillas de monstruos, siendo en este caso fundamental lo nuclear o la radiación (el caso más conocido es la primera de “Godzilla”, de 1954). Con todo, hay una película de este subgrupo que merece una mención. Antes de comenzar a repasar el resto de las películas interesantes que no llegaron a ser las más representativas, he de reconocer que, salvo “Ultimátum a la Tierra”, de 1951, y la película del lagarto japonés, el resto de obras aquí comentadas —el caso del capitán Nemo lo cuento también como novedad porque la vi hace 20 años y se me podía pasar— se las debo al mismo que el análisis de la década de los 60. Y, en el caso de “La humanidad en peligro” (1954) —una película que se sustenta en la premisa de la aparición de hormigas mutantes gigantes—, ni jarto del más canónico Vodka podría haber sospechado que podría merecer la pena. De igual manera, pero con menos radicalidad, ha ocurrido con la película que hoy os vengo a recomendar, dado que mi corta experiencia me sugería no acercarme demasiado a todo lo que mezclara comedia y ciencia ficción; pero claro, la comedia inglesa no es cualquier comedia, y esta es una de esas realidades que sólo se empieza a descubrir con la edad. Entremos ya en materia, aunque comentando primeramente un par de cosas más sobre la obra de Gordon Douglas y acerca del resto de cintas que se han quedado fuera.

De entrada, vamos a hablar resumidamente de una cuestión a caballo entre lo técnico y lo artístico: el tema de las remasterizaciones. Antes de los años 50 suele ser menos problemático, ya que las películas de esa época acostumbran a ser compradas por cinéfilos de primera clase y, dado que este mundo se enfoca por y para sus clientes, las remasterizaciones tienden a respetar el estilo original de las cintas a todos los niveles. Pero ¿qué pasa llegados mediados de siglo? Que ya nos encontramos películas mucho más vistosas, algunas ya en color, que pueden tener más tirón dentro del publico masivo y, por lo tanto, las reediciones suelen hacerse no de manera descuidada, pero sí atendiendo en buena medida a los gustos de un público más inculto. Imágenes que borran todo resto de la textura celuloide en el paso a la alta definición, así como un maltrato del audio, provocan que se le reste toda la calidez propia de las grabaciones de la época. La parte sonora resulta ser la más dolorosa, dado que dispara antes al alma. Ese audio desprovisto de todo calor, que suena casi con eco y que cuenta con una gravedad impostada, da una sensación de pertenecer a un tiempo mucho más contemporáneo, produciendo una evocación desagradable entre lo nostálgico y lo melancólico (siendo lo último fruto de la falta de respeto que entraña maltratar así a los clásicos). Peor es un recocido como los que abundan a día de hoy, eso está claro…, pero a la vez es casi mejor, porque dejas el original en paz y el nuevo queda para quien lo quiera consumir; no es lo óptimo, pero es preferible. Y es cierto que en las buenas ediciones en Blu-ray vienen todas las versiones y pistas de audio, pero claro, a mucha gente no le queda otra que disfrutar del cine por internet, y allí suele no tenerse piedad a causa del afán de ahorrarse unos euros en derechos. Por eso, muchos aspirantes a cinéfilo se educan con las peores versiones como si fueran las únicas disponibles. (Por mi salud cardiaca, voy a hacer como que los redoblajes no existen de cara a este artículo, pero ya hablaremos de ello y del equivalente de todo esto en los videojuegos y la música.)

Volvamos con la introducción: hormigas gigantes mutantes —no tamaño perro, sino elefante—, finura en la fotografía y gran despliegue técnico. Pero maniquea en su mensaje —evidentemente, antinuclear y simple—, llegando en determinados momentos a rozar la torpeza en el guión. James Whitmore quizá haya encarnado en esta película a uno de los policías más inconscientemente incompetentes de la historia del cine, además de construido con dejadez, pues igual tiene cuidado a la hora de coger una pistola, que se detiene a limpiarse las manos con un trapo lleno de sangre en la escena de un crimen o mete la manita en un montoncito de azúcar que, obviamente, forma parte de la misma. Quizá sean estas unas apreciaciones quisquillosas, pero son errores garrafales que le restan verosimilitud a la cinta… Es de sobra conocido que, en los primeros compases de toda película como cineasta, te debes esforzar en ganarte al público. Es razonable perdonar a una película decente un desliz, pero lo que no se puede permitir es que, antes de haberte ganado el respeto del espectador, cometas estos errores. Es una película que tal vez pudiera aspirar en un año bajo a mejor película de ciencia ficción, pero, por lo demás, no será recordada, salvo por ser un buen ejemplo de película explícitamente feminista e inteligente y, lo más importante, ser el lugar donde James Cameron roba cual genio una de las escenas más icónicas de “Aliens: El regreso” (1986) —otro buen ejemplo de película feminista; en este caso, ya no explícita y bastante más completa—.

No hace falta irse muy lejos para llegar a la siguiente película que podría haber coronado esta crítica; pero, al final, por pequeños detalles, por el conjunto y por ser bastante conocida se ha quedado fuera, pasando a formar parte del limbo de los artículos por hacer. Hablamos de “20.000 leguas de viaje submarino” (1954), de Richard Fleischer, una película de notable alto que cualquiera que guste de este tipo de cine, o de cualquier otro, debería conocer y volver a ver. Esa historia, esos diálogos, ese apartado artístico, ese color, esos personajes… Está muy bien. Por lo demás, habría miga para un análisis…; y dado que para hablar bien siempre hay tiempo, la dejamos para otro momento, quizá dentro de un estudio más pormenorizado de la obra e influencia de Julio Verne.

Estamos en 1951, y me vuelvo a enfrentar a una película que sí recuerdo haber visto con conocimiento de causa: “Ultimátum a la Tierra”, de Robert Wise, la cual recuerdo perfectamente que fue una de las primeras que analicé —en una web de cuyo nombre no quiero acordarme— en comparación con el fallido, protagonizado por Keanu Reeves, que tuve el placer de disfrutar en la pantalla grande. Ya por aquel entonces reconocí la superioridad, en líneas generales, del clásico protagonizado por el escalofriante Michael Rennie. Lo más importante es su poderosa influencia: ese estilo visual y ese apartado artístico han permeado en todas las películas de invasiones alienígenas posteriores, sin olvidar que ha sido el objeto de ácidas parodias, como la que hizo Tim Burton en “Mars Attacks!” (1996). Con una fotografía del más alto nivel, reverberaciones del —oscuro— expresionismo alemán y una historia sólida con unos personajes muy bien cincelados, nos encontramos ante un hito de la historia del género.

Nuestro problema con esta cinta es que, en cuanto a su mensaje de fondo, dispara con inocencia una idea muy buena, precariamente entendida. El hecho de poner encima de la mesa la imbecilidad humana siempre está bien, pero atacarlo desde la fe en la ciencia es un error miope en el cual ya caía “La vida futura” (1936) —o no, dado que este antecedente es mucho más ambiguo en su mensaje—. La obra de Wise, al final, termina siendo medio kantiana (así para entendernos); cosa que se agradece, dado que, como dijo alguien que sabía lo que se decía: «Por lo menos, sé kantiano». A su vez, la idea de que no se puede permitir que un grupo de bárbaros —en este caso, nuestro propio planeta— sea un peligro para la paz universal es razonable, así como inevitable la idea de imponer a través de una policía interespacial la ley. En el fondo, el imperio de la ley es algo irrenunciable, e igual que en la antigüedad pasamos de la ciudad a la provincia y de la provincia al imperio, previendo que esta es una tendencia que se repite y que podemos entender que es lo natural en la evolución de la civilización, es coherente plantear la hipótesis de que, si en algún momento una especie dominara un planeta y pudiera entrar en contacto con otros, se volviera a replicar esta estructura, dado que por su abstracción es virtualmente expansible en escalas de organización cada vez más grandes. Esta idea es parecida a la que está en “Star Trek”. El único camino para la concordia es pacificar civilizadamente a todos aquellos que no respetan los principios para que se mantenga. Estos fundamentos son muchos y ya los trataremos, pero no cabe duda de que el imperio de la ley, junto con el monopolio de la violencia, es uno de ellos. Seguro que el mundo de Gort y Klaatu tiene sus problemas, pero por lo menos son conscientes de ellos y saben cómo paliarlos. (La cuestión es que, por mucho que la idea sea superficialmente buena, hay que ir al fondo de ella; y, viendo el optimismo cientificista de los guionistas, podría deshacerse el plan como un castillo de naipes.) En resumen: es triste asumirlo, pero es una posibilidad que en el futuro de este, nuestro planeta Tierra, nos espere un suicidio como especie; por eso, tomar ciertas medidas duras para asegurar que los hijos de nuestros nietos puedan disfrutar de la cómoda vida que disfrutamos nosotros hoy es una posibilidad que debemos valorar. (Y, por este juego de ideas, “Ultimátum a la Tierra” es un buen punto de comparación con la ya analizada “Punto límite” [1964].)

Llegamos —por fin— a la película protagonista de esta sucinta crítica después de una introducción un poquito larga. La cuestión es que “El hombre del traje blanco” (1951), de Alexander Mackendrick, es una de esas pequeñas grandes obras que, sin ningún tipo de pretensión aparente, con un despliegue que no llama demasiado la atención y por medio de la sutileza y la más afilada inteligencia despega hasta el Olimpo sin que te des cuenta. La fotografía, al igual que la banda sonora, no destaca especialmente, pero sí aporta al conjunto. Los personajes, entrañables y sencillos, se mueven por las escenas con gracilidad, sin tener que hacer uso de nada más allá de lo habitual, atravesando situaciones con diálogos que no necesitan ni de épica ni de gravedad para servir, junto con el resto de los elementos, a un todo maravilloso. Es una de esas comedias cariñosas e irónicas sin malicia que te hablan de los problemas más fundamentales del ser humano con normalidad y con la mínima dosis de drama necesaria. Es difícil hablar sobre tal delicadeza fílmica sin destriparla.

Centrándonos un poco más en el elenco, estamos totalmente de acuerdo sobre la insultantemente elegante presencia de Alec Guinness, que, además de eso, cuenta con una melancólica calidez que encaja a la perfección con esta cinta. Tampoco podemos olvidarnos ni de la bellísima Joan Greenwood ni del resto de secundarios; todos a la altura del talento de los dos protagonistas. Esta es una crítica imposible, porque lo más probable es que la gran mayoría de los lectores de la misma no la hayáis visto, y no queremos romper la magia. Por eso, damos este lustro por terminado. Sin embargo, posiblemente, si nos vemos capaces de juzgar y analizar algo tan complicado como la mejor película de ciencia ficción de los años 50, lo haremos en junio, junto al cierre de esta serie de artículos y del curso (fecha para la que deseamos que la situación sanitaria, social y económica esté algo más controlada).

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