La Navidad: entre la nostalgia y Love Actually (2003)

Ahora que se acercan estas fechas tan señaladas, compruebo con cierto estupor cómo el mundo se divide entre quienes disfrutan de las navidades y quienes las aborrecen sin piedad. Para tener las cosas claras y no llevar a error, aunque se me vaya a notar claramente durante este escrito, yo soy, indudablemente, del primer tipo de personas. De hecho, aquellos que se muestran muy críticos con estas fiestas me producen, de entrada, cierto rechazo. No puedo evitarlo.

Creo que, si lo pienso un poco, hay ciertas cuestiones que favorecen mi afán por esta festividad: soy una persona excesivamente golosa; soy casera y familiar; me encantan las luces y la decoración; y tengo una tendencia inevitable e irresoluble hacia la melancolía y la nostalgia. Como podéis comprobar, todos estos ingredientes los comparto con la Navidad; por eso, es una festividad con la que siento una mímesis particular y curiosa. De ahí que me resulten extremadamente sospechosos aquellos que no gozan con semejante jolgorio. Bromas aparte, tengo también ciertos ritos que hago todas las navidades y que, en vez de acercarme a los más versados cinéfilos, me vinculan, más bien, a lo ñoño del panorama audiovisual. Sí, amigos, en vez de decir que la película que veo todos los diciembres es “Qué bello es vivir” (1946), voy a dar rienda suelta a mi sinceridad: es “Love Actually” (2003). Ya lo he dicho.

Por mucho que haya quienes consideren que esta película es el paradigma de la comedia romántica estúpida y sin fondo, yo la defiendo como un buen ejemplo de los sentimientos encontrados que generan estas fiestas en algunos de nosotros. Al ser varias historias entrelazadas, hay gran diversidad de planteamientos respecto al amor. Eso sí, lejos de ser una retahíla de vidas maravillosas e historias sencillas y amables, hay algunas de ellas que esconden gran dureza y dolor (conviene resaltar una escena fantástica, a la vez que tristísima, donde uno de los personajes descubre la infidelidad de su pareja). Además, en contra de lo que suele pasar en las películas corales, en este caso, todas las historias tienen similar interés para el espectador, lo que facilita la inmersión en la cinta y evita los incómodos altibajos. Al final, por mucho que la sensación que deja en uno sea bastante agradable, la realidad es que el tono de la película es agridulce, aunque sin pecar de ser demasiado deprimente o cursi. De cualquier manera, en lo que creo que todo el mundo puede coincidir tras su visionado es en el efecto tan reconfortante que deja. Sin embargo, hay un punto amargo en ella o, si se quiere, un regusto nostálgico.

Tras reflexionar sobre ello, me he dado cuenta de que la razón por la que no concibo unas navidades sin ver “Love Actually” es porque considero que es un ejemplo audiovisual maravilloso de lo que genera en mí esta tradición tan sumamente irrenunciable. Lo cierto es que estas fechas se diferencian significativamente de otras: parece que todos hacemos esfuerzos por paliar esas disconformidades que durante el resto del año se hacen tan sumamente evidentes. Sin embargo, tampoco es que lo hagamos de manera forzada, sino que, de alguna manera, emerge en nosotros una especie de necesidad por acordarnos más de lo que nos une que de lo que nos separa. Pero, eso sí, la nostalgia siempre está ahí esperando a hacer su aparición: recordamos navidades pasadas más luminosas y divertidas y, sobre todo, navidades donde había ciertas personas que a día de hoy ya no están. Por eso, inevitablemente, no puedo dejar de reconocer la traición que hay escondida en estas fechas: para quien no ha tenido una fácil relación con su familia durante tantos y tantos ratos, reunirse con dichas personas y aparentar que todo está perfectamente y que no laten enfados y malentendidos por debajo, es, en ocasiones, complicado y molesto.

Asimismo, la nostalgia y melancolía propia de estas fechas desemboca en una enorme tristeza cuando estas llegan a su fin; pues a veces se han sustentado en un estado tan poco coherente con lo que luego vendrá y con lo que hubo previamente, que volver a él se hace, en ocasiones, bastante cuesta arriba. Sin embargo, eso no carece de cierto atractivo. La Navidad parece un pequeño reducto del año donde los malos ratos, las desilusiones, las traiciones y las decepciones parecen quedar en un segundo plano para dar pie al disfrute y a la celebración, es decir, al desentendimiento, por momentos, de nuestra propia vida ordinaria y carente de tantas luces. Es una ilusión, una especie de espejismo que ocurre una vez al año y que dota a nuestras vidas de una cierta esperanza de que, quizás, las cosas pueden ir bien esta vez. Al final, ”Love Actually” es un poco eso: sabes que tu vida nunca va a parecerse a muchas de las historias que aparecen en pantalla; pero, al mismo tiempo, no puedes dejar de entrever el encanto que hay en todas ellas

Desde luego que “Love Actually” no es la película más profunda que nos podemos encontrar, pero es que en ningún momento pretende serlo. Además, creo que sólo por ver a tal ristra de actores en escena ya merece la pena verla. Es una película redonda en lo que se propone, que no es mucho más que hacernos pasar un buen rato y ver distintas manifestaciones donde aparece el amor de manera muy diferente. Tampoco le sobra ninguna escena, lo que favorece que la constante vuelta a ella sea tan tentadora. Puede que muchos no compartáis conmigo este afán por la película, pero espero que reconozcáis la capacidad que tiene de reflejar un ambiente que sólo emerge en estas fechas. De hecho, me está resultando algo complicado decir cosas sobre ella; porque lo que consigue esta película cada vez que la veo es intensificar esa añoranza de algo que hubo y ya no está, de lo que pudo ser y no fue, de todo lo que a veces no se dice… pero, también, de lo que uno tiene y parece que sólo en Navidad se esfuerza por recordar.

Creo que los que tenemos una tendencia a ver una y otra vez ciertas películas o series lo hacemos por encontrar algo de orden y repetición en el caos y la angustia con la que solemos identificar nuestras vidas. Al final, volver a lo que sabemos cómo va a terminar y, por ende, a algo que sabemos que es cerrado y que no varía, pase lo que pase, nos devuelve algo de seguridad y de paz. La ficción es un poco eso: una compañía que no cambia, que siempre se mantiene impertérrita. En todo caso, los que cambiamos somos nosotros cada vez que volvemos a ella. Ese desahogo que nos aportan personajes que no modifican su manera de actuar y situaciones que se repiten de la misma manera es algo a lo que uno nunca se puede acostumbrar en el día a día. Al final, buscar refugios inamovibles se hace necesario para encontrar anclajes que nos aporten sosiego y reposo; pues hasta lo que más estabilidad y confianza nos da en la vida real puede cambiar de un día para otro por avatares del destino. En cambio, esa película o serie a la que no puedes evitar volver te da justo lo que puedes esperar de ella. Ni más ni menos. Y ese respiro, ese saber que en el rato que pases viéndola no va a ver sorpresas, confusiones o desconciertos es algo que, de vez en cuando, uno necesita. Y más en Navidad.

Puede que haya quienes puedan vivir sin ficciones, pero no es mi caso. Tanto a unos como a otros… ¡felices fiestas!


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