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Sobre el anonimato en general, y a la altura de los tiempos internáuticos en particular

Hoy toca una pequeña reflexión, con cierto interés en general, aunque con especial relevancia para todos aquellos que dan el paso de actuar en Internet. Hace unos años estuvo muy de moda la cuestión en torno a los insultos, las ofensas y las amenazas en la Red, existiendo un sector de defensores de la idea de asegurar la identificación a la hora de escribir, por ejemplo, en Tuiter. Esto, a priori, podría parecer funcional, dado que el paisanaje más tosco se suele esconder detrás de un seudónimo para decir barbaridades que nunca diría en la vida analógica. Pero, como toda solución fácil…, resulta demasiado simple; escondiéndose detrás de ella peligros que no sólo destruirían la gracia del mundo internáutico, sino que, de facto, y teniendo en cuenta la importancia de este medio de comunicación, provocarían también armar de herramientas muy eficaces a los movimientos que juguetean con maneras totalitarias. Al mismo tiempo, creemos que es de recibo que todo hombre que se anime a hacer una página web como ésta, o parecida, dé razones de por qué ha tomado una determinada decisión al respecto. Por ello, ahí van las nuestras.

Antes de entrar con las cuestiones más sutiles, tanto a favor como en contra, acerca del anonimato en la Red, estaría bien delimitar las características definitorias del mundillo digital frente al analógico, para así poder entender mejor por qué no se deben traspasar las reglas de un terreno al otro sin hacer los ajustes necesarios. Para este primer acercamiento, vamos a tomar un ejemplo de lo más mundano de la vida analógica: la circunstancia de interactuar con un desconocido en un bar y entablar una conversación con él.

Pongamos que hemos quedado con unos amigos en un bar y estamos contando algo al grupo especialmente interesante, provocando que unas miradas desconocidas de otro grupo se posen en nuestra conversación. Pasa el tiempo y, como somos gente afable, acabamos por referirnos a los otros y terminamos la tarde compartiendo una charla agradable con ellos. Vamos a analizar qué hemos hecho. De entrada, conocemos de nuestros interlocutores sus nombres —pero lo más probable es que no sepamos sus apellidos—, sus pintas —cuestión muy importante, dado que, intuitivamente, dice muchísimo de la calidad humana—, y, como hemos hablado de varios temas, presumiblemente podemos tener también alguna noticia acerca de sus vidas; aunque lo cierto es que no sabemos casi ningún dato privado de dichos desconocidos (quizá sepamos vagamente algún detalle, pero nada demasiado importante). Y lo más significativo de todo: lo dicho ha quedado en nuestras respectivas memorias, las cuales, al ser falibles e imaginativas, y si no volvemos a encontrarnos con esas personas, posiblemente no retengan casi nada, salvo, en el mejor de los casos, alguna peculiaridad especialmente llamativa. Las palabras se las lleva el viento… y, por eso, presentarte con tu propio nombre a un desconocido conlleva un riesgo muy bajo, siendo algo completamente normal, razonable y humano. Ahora, en cambio, vamos a pensar este mismo encuentro en los mares internáuticos. Imaginemos que estamos hablando tranquilamente en nuestro círculo de seguidores y seguidos de Tuiter y, de repente, a través de un retuit aleatorio, entra un nuevo seudónimo en la conversación, con el cual terminamos intercambiando pareceres agradablemente. Tras la sospecha de no estar ante alguien muy raro, y apoyados en el hecho de no haber recibido insultos, decidimos seguirle. De entrada, el contenido teórico de ambas situaciones podría ser idéntico, incluso con las mismas palabras; pero el resultado y sus efectos, sin embargo, pueden llegar a ser muy diferentes.

Vamos a centrarnos en lo más importante y definitorio de Internet: todo queda registrado. En el encuentro analógico, por mucho que vayamos a cara descubierta y con nuestro nombre, es difícil que alguna de las partes rastree a la otra, porque, entre otras cosas, no se posee el contenido literal de la conversación. En cambio, en la Red, todo lo dicho y hecho queda registrado, resultando escalofriantemente fácil rastrear a alguien. Incluso aunque nos protejamos detrás de un seudónimo y un avatar, recabando la suficiente información a través de todo lo subido a Internet se pueden empezar a cruzar datos, aumentando así las posibilidades de llegar a deducir información personal. Por eso, ir con el nombre por delante y con una foto de nuestra cara facilita este proceso de rastreo, otorgando quizá las pistas que faltaban para comprobar la veracidad de la información recopilada. Otro tema es que esos datos están disponibles para cualquiera en el momento en el que desee consultarlos. De algún modo, en el bar éramos plenamente conscientes del entorno en el que nos movíamos, estando éste limitado temporal y materialmente. En cambio, en la Red el tiempo es potencialmente ilimitado, sin tener tampoco ningún control sobre quién accede a nuestros datos. En el bar nos pueden engañar, claro está, pero, evolutivamente, tenemos la intuición suficiente como para valorar lo que arriesgamos frente a alguien; no así en los mares internáuticos, donde podemos estar hablando con las personas más ominosas o chaladas del mundo sin tan siquiera darnos cuenta. Resumiendo: la vida analógica y la vida digital son sustancialmente distintas, por mucho que ambas sean —evidentemente— reales e interdependientes; de ahí que, atendiendo a estos principios, debamos entender y pensar nuestras acciones en ambos escenarios.

Pero, eso sí, todo lo dicho no quita en absoluto que el anonimato sea algo poco decoroso, e incluso que roce lo deshonesto si se emplea para la crítica mordaz. Y esta es una verdad como un templo, así como algo a sopesar, teniendo sobre todo en cuenta los riesgos ya mencionados. En este sentido, una persona cualquiera que no pretenda llegar a mucho debería mantenerse en el anonimato, pues, realmente, el riesgo al que se expone no compensa los posibles beneficios. En cambio, alguien que busque trascender y tener cierta repercusión deberá asumir dejar el anonimato atrás para reforzar su autoridad y, a su vez, por una cuestión práctica; ya que, llegado a cierto punto de notoriedad, alguien —sí o sí— va a conseguir su nombre, acompañado probablemente de una foto (ergo está bien adelantarse y ser uno mismo el que tome esa decisión). Partiendo de todo lo dicho, aunque yendo ahora un poco más allá, se podría decir que el anonimato no tiene como punto positivo meramente el factor defensivo, sino que, al mismo tiempo, puede ser también, por mucho que suene paradójico, algo que denote un mayor grado de trasparencia y honestidad en un sentido sutil, pero no por ello poco importante. Todo lo que se sube a Internet es una elaboración y, por lo tanto, es ficción. De esta manera, por mucho que parezca muy real un hipotético usuario, de nombre Manolito Fernández García, y su respectiva foto de carnet, éste puede ser tan personaje como uno que se hace llamar Mano69 y que tiene un avatar de un payaso; con un agravante: la fachada de veracidad que viste al primero. En este sentido, hay infinidad de periodistas, escritores y demás gentecillas de la Red que, aun revistiéndose de honestidad a través de sus nombres y caras, no son una pizca más honestos que los anónimos (sin olvidar el olor a reality y ‘prensa del corazón’ que exudan ciertas tendencias, que vienen permenando desde EE.UU., como la locura de Twitch). Y esto conlleva otro peligro más: el hecho de mezclar el personaje internáutico con el real que escribe detrás del monitor; siendo un seudónimo acertado, y bien diferenciado de su creador, un muro de contención para que el personaje no se coma a la persona (una de las peores consecuencias de dedicarse a ser autor). Por último, no podemos olvidar este placer kierkegaardiano, así como tampoco las posibilidades que abre el juego de espejos que implica desarrollar personalidades paralelas.

En resumen, fue una buena decisión instaurar la cultura del anonimato en Internet, y no debemos consentir que se pierda; primero, por una cuestión práctica de rebeldía anti-totalitaria y, segundo, por defender todo el juego que puede dar. De hecho, tanto el viejo YouTube como 4chan nos permiten apreciar cómo este invento requiere de mayoría de edad y de piel dura, pudiéndonos encontrar las peores creaciones e ideas, compartiendo espacio con las mejores y más geniales. La Red siempre será un lugar en el que el timo está a la vuelta de la esquina, la ofensa es la orden del día, y donde los seres humanos pueden dar lo mejor y lo peor de sí mismos. Además, es imposible controlarlo, o, por lo menos, muy difícil; sobre todo si no queremos ejercer una violencia inasumible. Internet es enorme y se rige bajo la regla aquella de no ponerle verjas al mar. Por lo demás, es cierto también que, para todos aquellos que quieran ir más allá de algo informal y anárquico, es inevitable dejar el anonimato atrás en un cierto punto. Y, por nuestra parte, podéis contar con ello. Llegado el momento, tendréis nuestros nombres, alguna foto…; y todos descubriremos que no era para tanto. Porque una cosa es dejar el anonimato, y otra muy distinta, subir tu vida entera a la Red. Eso, y que… por una cuestión estética, de honestidad metafísica y por el bien de nuestra vida privada, nunca dejaremos estos personajes, por mucho que todo el mundo tenga ya claro quiénes son sus padres.

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