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Togetherness (2015-2016)

Hoy os vengo a hablar de otra de mis series predilectas: “Togetherness” (2015-2016). Sin embargo, tal y como pasaba con “Love” (2016-2018), tampoco es demasiado conocida, ni suele aparecer entre las típicamente citadas. Por eso, espero fervientemente que este pequeño artículo sirva de humilde aportación para que todos aquellos que no la hayáis visto aún os animéis a hacerlo; y para que, entre los que la hemos visionado ya, consigamos que llegue a un público más amplio. “Togetherness” —disponible en HBO— es una serie creada y escrita por Mark Duplass, Jay Duplass y Steve Zissis. No sé hasta qué punto estaréis al tanto de quiénes son, pero yo tengo que reconocer que cualquier cosa que hacen los hermanos Duplass me genera siempre mucho interés; así que, sin duda, les dedicaré en algún momento —espero que no muy lejano— un capítulo aparte, ahondando en sus distintos proyectos audiovisuales. Pero, por ahora, toca centrarse en “Togetherness”, que motivos no me faltan.
 
“Togetherness” se compone únicamente de dos temporadas, de 8 capítulos cada una, y de unos 25 minutos de duración. Dado que cancelaron su continuidad, nos tenemos que conformar con este poco metraje, que, sin embargo, tiene muchísimo que ofrecer. Desde luego que es una pena que no haya podido seguir, porque seguramente que habría estado a la altura con creces; pero, al menos, podemos deleitarnos con casi 7 horas de gran calidad cinematográfica. “Togetherness” es una serie que ahonda, fundamentalmente, tanto en las relaciones de pareja como en las de amistad. Sabemos de sobra que estos temas no son novedosos en absoluto, pero sí lo es la manera en la que esta producción audiovisual consigue abordarlos, y ahí reside, en buena medida, su notable mérito y aporte respecto a otras series o películas de contenido similar. Por eso espero que dicha temática —por otra parte, tan relevante y, sin duda, inagotable (sobra mencionar mi obsesión con ella)— no os haga huir despavoridos, y le deis una oportunidad. Además —a ver si consigo engancharos por aquí—, he de decir que las canciones de los cierres de capítulo suelen estar muy bien escogidas (en realidad, toda la banda sonora, sin ser nada del otro mundo y sin destacar en exceso, es bastante acertada en general). Por señalar algunas, me quedo con: “Never going back again”, de Fleetwood Mac (1×01); “Come to me”, de Lily & Madeleine (1×07); “Little river”, de The Tallest Man on Earth (2×02); “All right now”, de Angel Olsen (2×04); “Walk alone”, de Laura Marling (2×07); y “Downtown”, de Majical Cloudz (2×08).
 
Para poneros un poco en situación, cabe señalar que es una serie cuyo núcleo duro son sus personajes, extremadamente bien definidos y, por eso, también tan sumamente grises. Éste es uno de los paralelismos más relevantes que guarda con “Love”, y que es muy digno de agradecer, sobre todo en unos tiempos como los actuales, donde los extremos se han acentuado en todas las esferas de la vida pública y social, provocando la reducción de los seres humanos a ‘buenos’ y ‘malos’ (de acuerdo con los propios intereses, claro) y, por tanto, evitando afrontar la dura complejidad de la condición humana. De ahí que aquí no nos vayamos a encontrar ni héroes ni villanos, sino a unos personajes que cometen infinidad de errores, pero a los que, pese a todo, cuesta condenar de manera taxativa, pues lo hacen más por debilidad o incapacidad que por maldad o por sacar algún tipo de provecho o rédito. De hecho, es una serie capaz de hacernos sentir compasión por sus protagonistas, porque nos vemos reflejados en muchas ocasiones en sus fragilidades e imperfecciones, aunque en nuestras propias vidas tomen otras direcciones o emerjan de distintas maneras. Y, si consigue hacer eso, es, entre otras cosas, porque se toma muy en serio la flojedad del hombre; pero, a la par, logra ser excesivamente tierna, al exhibir también la parte más caritativa y afable del ser humano. Ésta es su principal grandeza: ser dura y delicada, mostrando la tragicomedia intrínseca a la vida humana, y atendiendo tanto a sus luces como a sus sombras. Hasta aquí, creo —o, al menos, espero— haber dibujado un pequeño esquema de lo que os vais a encontrar a lo largo de su visionado. Sin embargo, a aquellos que estéis leyendo esto y aún no la hayáis visto, os aconsejo que paréis aquí, porque será a partir de ahora cuando entraré en harinas, hablando de cuestiones más concretas respecto a cada uno de los personajes y a las situaciones en las que se irán viendo envueltos a medida que avanza la trama.
 
“Togetherness” es una serie cuyo principal interés redunda en sus personajes, en aquello que les pasa y en la manera en la que van modelando sus relaciones. Nos encontramos con el matrimonio Pierson, conformado por Brett y Michelle, con una relación de unos diez años a sus espaldas, que no está en su mejor momento: se junta la crisis de los 40 (ambos están cerca de cumplirlos), las rutinas, los hijos, la pérdida de novedad, etc. Por circunstancias de la vida, tanto Alex Pappas —mejor amigo de Brett desde que eran pequeños— como Tina Morris —hermana de Michelle— van a tener que pasar una temporada en casa de la pareja. A raíz de esta coyuntura, los conflictos, pero también los buenos momentos, se van a suceder uno detrás de otro, y vamos a asistir a un estudio profundo y pormenorizado de cómo funcionan las relaciones humanas, así como a un ejemplo gráfico de la sofisticada manera que tienen las personas de mentir —sobre todo, a sí mismas—. La forma en la que esta serie nos hace pasar de un estado de ánimo a otro resulta magistral, y encuentra una correspondencia muy certera en el modo en el que los hombres funcionamos. Esta serie no es ni una comedia ni un drama, sino que es un equilibrio perfecto entre ambos estados, capaces de congeniar de tal manera que la risa será susceptible de emerger en la desdicha, y el punto de tragedia siempre estará al acecho en los momentos apacibles. Y es ahí donde se mueve a lo largo de sus capítulos, encontrando un tono muy particular que nos hace estar algo inquietos en todo momento.
 
De hecho, creo que una de sus virtudes fundamentales es la de hacer fácil lo difícil. Porque, sin duda, habrá quien vea esta serie y considere que no aporta más que ciertas vicisitudes que le ocurren a este grupúsculo de treintañeros que se acerca velozmente a los temidos 40. Sin embargo, ser capaz de elevar la concreción a la universalidad es una de las tareas más complejas que se le pueden exigir a un ser humano; y esta serie lo consigue hacer a muchos niveles. Por eso, que una producción austera, que no utiliza muchas localizaciones, y que se apoya en sus cuatro protagonistas y en un guion muy trabajado y cuidado, consiga profundizar en cuestiones tan importantes como éstas es algo muy encomiable y digno de admiración. Y, como siempre, vuelve a poner sobre la mesa la insustituible importancia de las ideas y de la escritura en toda creación audiovisual. Toda reiteración a este respecto es poca, pues muestra lo bien que debe estar diseñado algo para que no se note el esfuerzo y la dedicación que hay detrás. Y, sin duda, creo que esta serie es un ejemplo muy claro de ello: sin ser en absoluto pretenciosa, consigue llegar a unos puntos de sensibilidad muy reseñables. Esa Tina —interpretada por una maravillosa Amanda Peet—, siempre al borde del llanto y de la risa, no puede estar mejor dibujada, ni transmitirnos más con su mirada; Brett —encarnado por el propio Mark Duplass—, tan serio y torpe en ocasiones, y, al tiempo, tan divertido, juvenil y paternal en otras; Alex —Steve Zissis—, siempre con el comentario justo para levantar la carcajada, pero, a su vez, con una gran inseguridad; Michelle —Melanie Lynskey—, tan sumamente tranquila y apacible, y, a la par, al borde del colapso todo el tiempo. Somos testigos de la fragilidad de todos ellos, pero también de sus particulares maneras de sobrellevarla. Es ahí donde se juega el núcleo duro de la serie, y es ahí donde se nos hace partícipes de la vida de estos cuatro personajes, que resultan tan sumamente inolvidables, y que no son fácilmente dejados de lado una vez acabamos de visionar la serie.
 
A lo largo de sus 16 capítulos, vamos a asistir a una serie de encuentros y desencuentros entre los protagonistas. Las idas y venidas en la relación entre Alex y Tina es uno de los puntos fuertes de una serie que nunca nos deja indiferentes, y que consigue zarandearnos de una emoción a otra a un ritmo vertiginoso. Desde el principio, vemos a un Alex secretamente enamorado de Tina, que, sin embargo, no le concibe más que como a un amigo. Pero éste será sólo el comienzo de una relación que irá dando muchos tumbos, y que se moverá entre el cariño, la necesidad, los celos y el apoyo mutuo. Y, sobre todo, es una relación que sirve magistralmente para poner sobre la mesa un asunto clave, que resulta tan conocido por todos, pero que no deja de sorprender: la capacidad que tenemos, en muchas ocasiones, de buscar fuera lo que tenemos tan sumamente cerca, y de dedicar demasiado tiempo a personas que no lo merecen, mientras descuidamos a aquellas que nos quieren y que siempre están ahí para nosotros. Esta tendencia viene encarnada maravillosamente bien en el personaje de Tina, una mujer muy atractiva que siempre se acaba juntando con hombres que sólo la quieren por su físico. De cualquier modo, ella, aun sabiendo de sobra eso, no deja de ilusionarse con cada lío con el que comienza, tropezando una y otra vez con la misma piedra. Y, entre tanto, tiene en todo momento a Alex cerca, que no puede dejar de sufrir por ella, y al que le encantaría poner remedio a una vida que no consigue reposar en ningún lado y que está excesivamente falta de comprensión. Sin embargo, no dejamos de asistir a ese fenómeno tan peculiar de personas que parece que disfrutan siendo golpeadas por la vida, y a las que les resulta sumamente ajeno el concebir que las puedan querer bien y de manera sana. En cualquier caso, a lo largo de la serie, donde vamos a ver numerosas ocasiones en las que afloran los celos de Tina por la nueva circunstancia en la que Alex se halla inmerso en un determinado momento, apreciamos que hay claramente una molestia en saber que está renunciando a algo que, seguramente, haría su vida bastante menos desgraciada. Al final, lo que le pasa a Tina con Alex es el clásico «ni contigo ni sin ti»: no quiere empezar una relación con él, pero no soporta verle tontear con otras chicas (a este respecto, véase, por ejemplo, cómo le corroe a Tina la envidia en Houston, cuando Alex está bailando con Pam en el bar, y la situación que posteriormente tendrá lugar).
 
Por otro lado, tenemos a Alex, un actor fracasado que sólo consigue que le den papeles de amigo regordete y gracioso; pero que, sin embargo, en un cierto punto de la serie, consigue bastante éxito, lo que provoca que su actitud cambie, sobre todo respecto a los personajes de Brett y Tina. Tiene algún que otro encontronazo con Brett, pues considera que éste, en vez de alegrarse por su nueva situación, no hace más que meter el dedo en la llaga, dando a entender que se ha vendido al capital. Alex, por mucho que le cueste reconocerlo, sabe que, de algún modo, Brett tiene razón, pero, en vez de admitirlo, evita coger sus llamadas durante el rodaje que le conseguirá catapultar a la fama. Por su parte, Brett es un hombrecillo un tanto peculiar, que trabaja como editor de sonido para películas de poca monta. Al tiempo, es una persona que trata de sacar a flote su matrimonio, pero sin demasiado éxito. Es algo serio, gruñón y aburrido, características todas ellas que están empezando a hacer mella en Michelle, que se muestra cada vez más distante con él, y cuyo tedio está incrementado también por el hecho de haber dejado de lado su carrera profesional para dedicarse al cuidado de sus dos hijos (Frank y Sophie). Estos personajes, tal y como hemos señalado antes, están en ese limbo delicado desde el que ven que, poco a poco, se van acercando a los 40 años, sin que sus vidas acompañen de una manera satisfactoria. Algunos de ellos parecen haber conseguido lo que se suele esperar a una edad como ésa (estar inmerso en una relación estable, tener hijos…); otros, en cambio, parecen haber tomado caminos poco convencionales (no haber encontrado un trabajo estable, continuar emparejándose fatal…), estando, sin duda, bastante alejados del lugar en el que se supone que deberían de estar a su edad. Sin embargo, por mucho que esto parezca así de puertas para fuera, lo cierto es que el matrimonio formado por Brett y Michelle está muy lejos de ser favorable; y esta serie también nos va a mostrar los vaivenes por los que va a pasar a lo largo de la trama.
 
De cualquier modo, “Togetherness” no sólo va sobre las relaciones amorosas, sino también sobre las relaciones de amistad. En el fondo, lo que late entre Alex y Tina, manteniéndose a lo largo de casi toda la serie, es una camaradería muy especial; y es que, ciertamente, hay una química muy singular entre ellos, que podría reducir aquí nombrando infinitos momentos, pero que no conseguiría hacerle justicia. A su vez, se nota la amistad tan fuerte que hay entre Alex y Brett, aunque también viva momentos de flaqueza (sobre todo, cuando Alex se va al rodaje de la película y casi cuesta reconocer al Alex graciosete y simpaticón del que habíamos disfrutado hasta ese momento). Pero lo cierto es que, a pesar de sus más y de sus menos, se nota que hay un cariño muy intenso y que se necesitan mucho mutuamente, además de entenderse y conocerse a la perfección. De hecho, otra de las escenas donde se aprecia mejor su relación de amistad es cuando, después de que Michelle le confiese a Brett lo que ha hecho, y Alex decida llevarle a Detroit (de donde son ambos), vemos cómo Brett se mete en el baño del avión, mientras Alex le está esperando en la puerta, preocupado porque pueda cometer alguna estupidez. En ese momento, Brett se derrumba y se dan un abrazo que ejemplifica muy bien cómo las verdaderas amistades o relaciones amorosas no son aquellas que están cuando las cosas van bien —eso es lo sencillo y agradecido; en esas circunstancias, surgen ‘amigos’ o ‘parejas’ hasta de las piedras—, sino, sobre todo y fundamentalmente, cuando las cosas no vienen tan bien dadas.
 
A lo largo de la primera temporada, asistimos al desmoronamiento del matrimonio Pierson, siendo el último capítulo un claro ejemplo de cuántas maneras hay de hacer las cosas mal y, sin embargo, qué pocas de hacerlas bien. El contraste de ese capítulo entre Michelle, que está a punto de enrollarse con David (compañero suyo del proyecto del colegio concertado), y Brett, que, tras la conversación con Alex en el aeropuerto, decide ir a Sacramento a demostrarle a Michelle que realmente quiere luchar por mantener a flote su matrimonio, resulta muy significativa, y nos apunta ya hacia dónde van a ir las cosas en la segunda temporada. Es un final muy triste, con una canción muy acorde a lo que está pasando: “The wilhelm scream”, de James Blake. De hecho, la segunda temporada se va a abrir con esos mismos acordes que nos dejaron con el corazón en un puño al final de la primera temporada. Es una canción que acompaña todo lo que está a punto de ocurrir. Cada uno de los personajes se encuentra descompuesto por una diferente razón: Alex empieza a ver que su carrera de actor empieza a despegar, pero no puede compartir su alegría con Tina, que le ha rechazado ante su propuesta de que se fuera con él y dejara a Larry; Tina sabe que ha tenido una gran oportunidad de hacer las cosas bien y de dejar de volver a caer en los mismos errores de siempre, pero que la ha desaprovechado; Michelle es consciente de que se está jugando mucho al liarse con David, pero, a la vez, está realmente quemada y mal en su matrimonio; y a Brett, en cambio, el día de la playa con sus hijos (una secuencia, por cierto, maravillosa) y la conversación con Alex en el aeropuerto le han servido para abrirle los ojos respecto a su vida y a su relación con Michelle. El problema de Brett es que no se da cuenta de que está llegando demasiado tarde. Además, no es en absoluto baladí la conversación que tienen Brett y Alex antes de que este último se vaya al rodaje, pues ya habíamos visto cómo Alex, durante la fiesta en casa de los Pierson, se da cuenta de que es muy posible que pase algo entre Michelle y David. De hecho, si hay otra cosa que cabe resaltar de “Togetherness” es cómo se sostiene muchísimo con los silencios y las miradas. Es una serie que juega mucho con el lenguaje cinematográfico, y que, en vez de dárnoslo todo bien masticadito, sugiere mucho a través de lo que no dicen sus personajes o de aquello que ven e imaginan. Al final, esa conversación está muy bien traída, contrarrestándose con lo que está a punto de pasar entre Michelle y David.
 
La segunda temporada es un ejemplo soberbio de cómo, a medida que Brett se esfuerza más y más en hacer las cosas bien en su matrimonio, la culpa de Michelle aumenta exponencialmente. Esa ducha que se da Michelle en el primer capítulo de la segunda temporada, después de que lleguen Brett y ella al hotel (cuando van a visitar a Alex por su cumpleaños), y tras el bonito gesto que ha tenido Brett de pedir comida al servicio de habitaciones, es muy significativa, pues apreciamos lo sumamente descompuesta que está; y es que le resulta de una impotencia atroz el hecho de que Brett se comporte de esta manera justamente cuando ella ya ha cometido un error de dimensiones insospechadas. A este respecto, es maravillosa, a la par que tristísima, la escena en la que Michelle vuelve a casa, en el capítulo 2 de la segunda temporada, tras decirle a David que lo que pasó entre ellos fue un error y que no volverá a repetirse, y ve cómo Brett está decorando con Sophie la casa para la fiesta de Alex. La ternura con la que le mira y el beso que le da ponen de manifiesto lo mal que se siente por haber cometido semejante desatino. De hecho, será a partir de esa escena cuando veremos entre Michelle y Brett una relación que no habíamos visto hasta ese momento. Sin embargo, toda la coyuntura nos hace estar en constante tensión, porque sabemos que, en un cierto punto, va a estallar la verdad, con todo lo que eso conlleva. De algún modo, Michelle se encuentra en una encrucijada: no puede soportar más el hecho de guardarse semejante secreto, pero, al mismo tiempo, no quiere romper la conexión tan agradable que están teniendo ella y Brett, y que les está transportando a sus primeros años de noviazgo. Al final de este capítulo, a raíz de lo ‘bien’ que están, se produce una conversación que recuerda mucho a una de “Love” en la que, en una cafetería, Mickey y Gus hablan de que están en un punto de su relación en el que podrían superar cualquier hipotético obstáculo que se interpusiera entre ellos; la diferencia radical, claro está, es que en “Togetherness” hay un secreto muy gordo entre medias, que se descubrirá poco después en una escena con bastante toque de humor (uno de tantos golpes de gracia entre tanto dramatismo).
 
Por otro lado, Tina vive en la eterna contradicción de esas personas que no están acostumbradas a que las quieran bien; pero que, sin embargo, no pueden soportar ya más sus vidas y lo solas y tristes que están. Además, en un cierto momento, a toda esta confusión y perdición, tan inherente a su personaje, se le suma el hecho de que, por pasar tanto tiempo con sus sobrinos —sobre todo, a raíz de la crisis entre Brett y Michelle—, empieza a desarrollar un instinto maternal que le hace replantearse —nuevamente— su relación con Larry, que, entre otras cosas, por su ya avanzada edad, no tiene en mente tener hijos. De hecho, en un cierto momento de la serie, se produce una conversación muy dura entre Tina y Brett, donde ésta le comenta cómo le da la sensación de que lo único que se le podría dar bien es tener hijos y cuidarlos; pero cómo, sin embargo, nada apunta a que lo vaya a poder conseguir. Aquí emerge también otro de los núcleos clave de toda vida humana: lo difícil que resulta que todo marche bien —o, al menos, decentemente— al mismo tiempo. Se puede querer tener hijos, pero no tener los medios económicos o la persona con la que tenerlos; o tener ambas cosas, y no querer tenerlos; o, peor aún, tenerlos, pero no querer a la persona con la que los has tenido. Esto resulta difícil de digerir, pero es uno de los problemas fundamentales que inundan tantas vidas, y que, ejemplificado en el caso de Tina, resulta muy desolador de ver.
 
Al fin y al cabo, “Togetherness” trata sobre el desmoronamiento, la frustración, la decepción, la costumbre, la repetición, etc., pero sin dejar de lado tampoco la amistad y el amor incondicional. Es una serie muy dura y triste, a la par que tierna y divertida, que jamás elude las dificultades y los sufrimientos consustanciales a toda vida. Nos habla sobre cómo lidiar con el fracaso, pero teniendo siempre presente que no hay ni fórmulas exactas ni recetas mágicas. Por eso, entre otras tantas cosas, me resulta tan acertado el final: porque creo que asume esa dificultad inherente a todo aquello que merece la pena. He leído alguna reseña que afirmaba que el final de “Togetherness” era feliz, y que, de algún modo, se alejaba del tono que había tenido la serie durante su recorrido. No tengo nada en contra de esta aseveración, salvo el hecho de que me parece que está completamente errada en la manera de entender esa felicidad. Pues éste no es un final de felicidad enlatada, sino, justamente, una decisión que se hace cargo de todo lo que nos ha ido poniendo la serie sobre la mesa, y que, en buena medida, se podría resumir en cuidar lo que uno tiene, y en no malgastar la vida queriendo estar constantemente en otra parte y buscando algo en otro lado, en vez de ponerse a trabajar en mejorar aquello con lo que uno cuenta, y que, sin embargo, siempre es susceptible de perderse. Por eso, cuando Brett le dice a Michelle al final del último capítulo de la segunda temporada: «Intentaremos que funcione, ¿vale?», se está apostando por el esfuerzo y el sacrificio que esta trama se ha esmerado en resaltar. Por otro lado, tenemos a Alex y a Tina, cuyo final no puede estar mejor hilado, por ser una relación que se lleva cociendo desde el primer capítulo. Además, es un cierre muy esperanzador, porque Tina acaba dándose cuenta de que lo bueno lo tenía muy cerca, aunque se empeñara constantemente en no querer asumirlo. Podría seguir y seguir, y nombrar otras muchas secuencias extraordinarias…, pero creo que ya he abusado suficiente de vuestra paciencia. Espero, sinceramente, que la disfrutéis tanto como yo.

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