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¿No hay, en verdad, belleza? (1968). Star Trek: La conquista del espacio. Temporada 3: capítulo 5 (60)

Hoy toca hablar del mejor capítulo de la tercera temporada, lo que, en un principio, encierra cierta dificultad porque, como veníamos adelantando, es la peor de todas. Después de pasar por los 24 episodios que componen esta última temporada, hay que reconocer que ninguno supera el 7 y que, en torno a esta nota, sólo hay 6. Antes de comenzar esta crítica habrá que cribar y ver cuál es el mejor. Para ello, hemos procedido a volver a cada uno de los mencionados capítulos, lo que nos ha permitido matizar y llegar a la conclusión de que el episodio protagonizado por Diana Muldaur, encarnando a la enigmática Miranda Jones, es el más redondo. Sin más introducciones, comencemos, pero no sin antes dar un pequeño repaso rápido a los cinco descartados.

«—¿No es un suicidio relacionarse con algo tan feo que puede llevar a un hombre a la locura?, ¿por qué lo hace?

—Veo, doctor McCoy, que usted sigue suscribiendo la anticuada noción, promulgada por los antiguos griegos, que dice que lo que es bueno debe ser también bello. (Comenta Spock.)

—Y también al contrario, por supuesto: que lo que es hermoso es de esperar que sea bueno. (Matiza Marvick.)

—Sí, creo que la mayoría de nosotros nos sentimos atraídos por la belleza y rechazamos la fealdad. Y aun a riesgo de parecer lleno de prejuicios, caballeros: por la belleza, por Miranda Jones, el ser humano más hermoso que ha pisado una nave estelar. (Asevera Kirk mientras se levanta y propone un brindis.)

—¿Cómo puede alguien tan hermoso autocondenarse a pasar el resto de sus días entre la fealdad? ¿Vamos a permitirlo? (Insiste McCoy mientras sostiene su copa.)

—Por supuesto que no. (Dicen todos los caballeros al unísono.)

—¿Cómo puede alguien tan lleno de amor por la vida como usted, doctor, condenarse a vivir entre la enfermedad y el dolor el resto de su vida? ¿Podemos permitirlo, caballeros? (Responde Miranda con un toque de ironía.)

—Por su mayor deseo, Miranda. (Reconoce McCoy antes de que todos beban.)».

[…]

«—Doctor, ¿qué es lo que le preocupa de esa mujer?

—No es como cualquier otra mujer, capitán: no se confunda.

—Oh… No lo he pensado ni por un momento. ¿Qué más?

—No sé qué es exactamente… Parece muy vulnerable.

—Todos… lo somos. De una forma u otra.

—Por supuesto; pero hay en ella algo perturbador.

—Se trata de toda una mujer… Estoy de acuerdo.

—Uhm… Buenas noches, Jim.

—Buenas noches».

El primero de ellos es el titulado “Los espectros” (6/61): un capítulo compacto, sin grandes problemas y con una puesta en escena que nos recuerda mucho a “Dogville” (2003), del camarada Lars von Trier. Respecto a la historia que nos cuenta, en cambio, estaríamos mucho más cerca de “Matrix” (1999) o de “Westworld, almas de metal” (1973), sin olvidar que le he pillado a Tarantino uno de sus robos de guante blanco. No es un capítulo carente de interés, pero encierra alguna trampa —las muertes en el cine, salvo honrosas excepciones, deben ser definitivas—; y aun no pudiendo decir que tenga estrictamente relleno, sí que es cierto que la historia peca de contar con demasiados valles, de los cuales se puede sacar poca sustancia, además de que se entretiene un poco en la mera acción, se cargan demasiado las tintas en un suspense un pelín exagerado y, al final, se pierde de vista el foco, que, a su vez, se vuelve excesivamente dependiente del giro final. No puedes evitar pensar que la premisa, tan original, podría haber sido mejor encauzada. Aunque es un soplo de aire fresco después de los cuatro primeros, tiene también la mala suerte de ir justo a continuación del mejor de la temporada, lo que te deja con la sensación de que la cosa puede volver a ir para abajo.

«—Algún día necesitará la compañía y el amor humano. (Asevera Kirk.)

—¿Quiere saber lo que significa para mí la compañía humana? Una batalla, una defensa frente a las emociones de los demás. A veces, las emociones me hacen daño: el odio, el deseo, la envidia, la piedad… La piedad es la peor de todas. Estoy de acuerdo con los vulcanianos: los sentimientos violentos son una especie de locura. (Responde Miranda.)».

El siguiente que destaca es “Los hijastros de Platón” (10/65), pero no hay que pasar por alto que, después de arrancar de una manera muy interesante, se pierde en el ridículo y el surrealismo, para terminar conduciendo a una moraleja un poco superficial respecto a la tolerancia por el débil o el diferente; elevándose así como otro buen ejemplo de una premisa desperdiciada. Después de una segunda vuelta, sin lugar a dudas está más cerca del 6 que del 7, aunque tenemos que reconocer que, en general, es una buena pieza cinematográfica que superaría el 5’5 gracias a que encierra cierta originalidad en su planteamiento. Lo curioso de todo es que este capítulo es famoso, dentro de la esfera anglosajona, porque se ve al capitán Kirk besar a Uhura. Lo más divertido es el debate que hay en torno a si fue, o no, el primer beso entre razas en el cine…; porque, claro, esta gente tiene una sensibilidad para distinguir colores que sorprende a cualquier hispano. Y es que no sólo es que se pusieran nerviosos por el hecho de que un occidental besara a una negra, sino que también les parece reseñable si es china o de ‘origen chino’, porque los mestizos tampoco se salvan aunque a ojo de buen cubero parezcan perfectamente blancos, como es el caso de la argentina Bárbara Luna —a la que ya vimos besar al capitán en el famosísimo “Espejo, espejito” (4/33), un episodio de la segunda temporada—, que, para nuestros amigos los norteamericanos, es algo así como ‘multi-racial’. Por esta regla de tres, no te sorprenda que, si has nacido en Murcia, para un alemán o un inglés —o un francés— seas poco más que un gitano; quizá no negro, vale, pero, con toda claridad, tampoco tan blanco prístino, limpio y puro como se creen ellos.

«Es estupendo. Les conozco, a todos. James Kirk, capitán y amigo durante tantos años; y Leonard McCoy, jaja, le conozco desde hace tanto tiempo. Y Uhura, cuyo nombre significa libertad; ella pasea la belleza como la noche».

El siguiente que merece la pena por todo menos por su final es “El parpadeo de un ojo” (11/66). Este capítulo presume también de ser un maravilloso ejemplo de malgastar una premisa para no terminar de cerrar ni de construir algo verdaderamente significativo. Es cierto que el personaje de Dela, interpretado por una bellísima, y con 39 años espectacularmente bien llevados, Kathie Browne —que es como una imaginativa mezcla entre Uma Thurman y Carrie Fisher—, tiene mucho intríngulis, sobre todo de cara a dar una vuelta al carácter de ‘don Juan’ del capitán Kirk… El problema es que, a pesar de que no está mal, o, mejor dicho, de que tiene cosas que están muy bien, éstas se ensombrecen cuando llega el último cuarto de cinta y, especialmente, el final (como esto es una crítica, no quiero destriparlo; pero, vamos, es un auténtico despropósito del tipo de que, llegados a un determinado momento, se destroza a un personaje al servicio de una escena).

«Qué compactos son sus cuerpos, y qué variedad de sentidos tienen. Lo que ustedes llaman lenguaje es algo… muy notable; pero dependen… muchísimo de ello. ¿Alguno de ustedes lo domina? Es increíble… la soledad; están… tan solos. Viven sus vidas en esta coraza de carne, aislada, separada… Qué solos están, qué terriblemente solos».

Llegamos al maravilloso “Elena de Troya” (13/68), para cuyo visionado sería conveniente estar versado en la obra homérica, y… un servidor no se atreve a especular en torno a la influencia de dicho clásico en este capítulo. Al margen de las influencias, se puede decir perfectamente que es compacto y, más allá de todo, es indudable que, cinematográficamente, tiene calidad. Sin embargo, por la historia que trata y por el carácter de su protagonista —encarnada por una guapísima France Nuyen—, resulta un poco complicado hacer una crítica sin mostrar todo el pastel y sin enzarzarnos en un análisis más pormenorizado. Algo parecido pasa con “Réquiem por Matusalén” (19/74), que, al margen de que notamos al principio algún problema de coherencia muy general respecto a la historia de Star Trek —¿a que no dirías que “Toy Story” (1995) es una mala película aun cargando con un error de coherencia flagrante?—, es un capítulo asombroso, aunque muy complicado de comentar por encima sin destriparlo. Además, tiene el honor de ser el último episodio que se emitió de la serie y, por lo tanto, cuenta con un aire de despedida que lo hace muy especial. Por todo esto, muy probablemente nos reservemos comentar algo más sobre él hasta, por lo menos, el artículo del análisis general de la tercera temporada.

«Está en la oscuridad… Y si él muere…; si… él… muere, ¿cómo podré saber que no le he matado yo?, ¿cómo sabré si ella no ha soportado escuchar la verdad?».

Llegamos, por fin, al que debería ser el foco de este artículo: el capítulo quinto de la tercera temporada, y el número 60 en general, “¿No hay, en verdad, belleza?” (1968). La clave de este episodio, que ya os hemos ido sugiriendo a través de los extractos que hemos seleccionado, es que consigue un par de cosas que pocos capítulos de Star Trek llegan a tener: hablamos de, nada más y nada menos, cerrar el episodio arriesgándose a no proponer una moraleja y conseguir desde el principio moverse entre grises a la hora de insinuarnos quién es el villano de esta historia. Es uno de esos episodios inolvidables por la sutileza de cada situación, cada mirada… Además, cada diálogo está perfectamente meditado y cuenta con una fotografía que va un paso más allá respecto a la media, resultando mucho más cuidada y atrevida que en otras ocasiones —lo que nos ofrece perspectivas del Enterprise nunca antes filmadas—. En suma, nos brinda una reflexión, cual juego de espejos, sobre el amor y los celos, planteando cuestiones como aquella que ahonda en qué es merecedor de quererse y qué no, pero sin descuidar tampoco el punto más importante, a saber: la pregunta acerca de si uno es digno de ser querido. A su vez, aparece una meditación sobre las diferentes formas y facetas que contienen el mérito y la valía suficientes para considerarse como bellas y envidiables. La verdad es que no quiero desmontar la gracia del episodio, pues verdaderamente es uno de esos que merece la pena ser visto. Ya lo analizaremos más en detalle, pero es de agradecer que, ante la evidente situación de desgaste de la serie, que llega a su límite en la tercera temporada, donde encontramos infinidad de episodios fallidos, uno brille con tanta fuerza. Deseamos haberos persuadido para que dediquéis un rato a disfrutar de esta pieza.

«—Hemos llegado al final de un viaje lleno de acontecimientos, capitán. (Concluye Miranda.)

—Pensé que no querría hablar conmigo.

—Tengo que darle las gracias por mi futuro: sus palabras me han permitido ver.

—Miranda, buena suerte; y salud. Tengo algo para usted. (Y le da una rosa roja.)

—Supongo que tiene espinas.

—Nunca he visto una rosa que no las tenga».

[…]

«—Le comprendo, señor Spock: la gloria de la creación está en su infinita diversidad. (Dice Miranda.)

—Y en el modo en el que nuestras diferencias se combinan para crear un sentido y la belleza.

—Paz y larga vida, señor Spock.

—Larga y próspera vida, Miranda.

—Paz. (Concluye el capitán justo antes de que Miranda deje la nave.)».

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