Seminario Wittgenstein Complutense. Quinta sesión: Javier Vilanova Arias. “Los chistes de Luisito. Humor y lenguaje en Wittgenstein” (30 de marzo del 2023)
Vamos con el comentario a la quinta sesión de este seminario en el que al principio fuimos 15, pero que llegó a duplicar esa cifra a los 10 minutos. Si bien estos números no fueron suficientes para que los responsables los comentaran por las redes sociales, lo que sí quisieron dejar claro es que les cae muy bien el profesor Vilanova —del cual ya vimos algo en 2019 y en la segunda sesión—, dado que le dedicaron una foto por Tuiter (eso sí, como tampoco éramos tantos, la tomaron desde primera fila para que no se viera una clase medio vacía). Por lo demás, el profesor Javier Vilanova participa también en el proyecto de los payasos y, al parecer, pertenece a su vez a un proyecto un tanto cutre (y no decimos lo de ‘cutre’ a la ligera, sino que resulta un poco ridículo que la web oficial sea un WordPress gratuito). Pero lo más gracioso es que dicho proyecto se llama “Cognitive Vulnerability, Verisimilitude and Truth” (FFI2017-84826-P) —por supuesto, no podía faltar el titulito en inglés, claro; y es que no sólo son cutres, sino que además son unos paletos acomplejados—. Por cierto, en este proyecto nos encontramos con algunos de los sospechosos habituales: Óscar L. González-Castán, Ángeles Jiménez Perona e Isabel Gamero. Para terminar con esta introducción e intentar que no nos quede demasiado larga, destacamos, atendiendo a su currículum, que se encuentra de libre acceso en línea, que es profesor titular en la UCM en el departamento de Lógica y Filosofía Teórica de la Facultad de Filosofía y que el presupuesto del proyecto anteriormente mencionado era de 31.800€, lo que quiere decir que son cutres de corazón, porque, con ese presupuesto, si vas a hacer una paginita sencilla, no supone nada gastarse los 100€ al año que puede costar tal servicio. En fin, sea como fuere, hechas ya las presentaciones pertinentes, comencemos.
Antes de meternos de lleno, os recordamos que la manera de encarar estos artículos ya la comentamos en el primero de la serie. Dicho todo esto, lo primero que nos encontramos en esta charla es al ponente haciendo publicidad de su último libro mientras se considera, con mucho orgullo, un filósofo —recomendación: arquear una ceja cada vez que alguien se presente así—, algo que, sin embargo, más adelante tratará de arreglar con esa estimación de sí mismo como un ‘teórico del humor’. Más allá de estas tonterías y de que es el típico profesor que se desvive por caerle bien a sus alumnos, pudimos rescatar de la charla unos puntos con cierto brillo. El primero de todos es que defiende que el humor es una herramienta dialéctica y que los chistes son una forma de caricatura empleada habitualmente por los filósofos, los cuales, cuando se ríen, suele ser de otros de su misma escuela. Otra idea que nos resultó interesante es su defensa de que una reducción al absurdo, que es una de las herramientas más potentes a la hora de razonar, es, en el fondo, una reducción al ridículo. Por este camino va trazando una serie de parecidos, más o menos acertados, entre la filosofía y el humor, donde destaca su afán trastocador —el cual no tiene por qué ser necesario en el caso de la filosofía, dado que, aunque muchos de los que se dedican a ella, buscando la verdad, pueden terminar secundariamente siendo ‘trastocadores’, no es algo que tenga que venir de suyo ni que sea imprescindible de base—, su capacidad de abordar cualquier asunto, su disposición a que cualquier opinión pueda plantearse —aunque de poco sirve tener libertad de expresión si luego vamos a obviar aquellos juicios que no nos agraden— y el requisito de que ambas deben entenderse y tener gracia —dado que, para este profesor que va de tu amigo, las ideas en filosofía te gustan no porque te convenzan las razones que hay detrás de ellas, sino simplemente en la medida en la que te hacen ‘gracia’; demostrándose en este punto como un cínico sin pudor—. Por último, argumentó en esta charla que tanto el humor como la filosofía sacan a la luz verdades incómodas que nos sirven para comprender las auténticas leyes que rigen este mundo, que suelen diferir de las escritas. (Quizá en este punto hayamos cargado las tintas con un extra de existencialismo malvado que no estaba en el original.) En suma, si bien estamos de acuerdo con la idea de que el humor tiene una función productiva y necesaria, tampoco nos parece que haya que hacer siete tesis para llegar a estas conclusiones, pues el tema del humor está entre nosotros desde el mismo origen de la filosofía y de la ironía socrática.
Por lo demás, al margen del contenido teórico de la ponencia, resultó muy desagradable, rozando la vergüenza ajena, que se le desgobernara la clase con tanta facilidad. Vale que eres el típico profesor que va de ‘majete’, pero si, por no quedar mal, no eres ni siquiera capaz de llamar la atención a un grupito que está todo el rato hablando y terminas aguantando, con dolor mal disimulado, cómo se burlan de ti y te arrebatan el control de la ponencia, destruyendo tu trabajo, apaga y vámonos. En este punto se demostró como un hombre blandengue, como el típico profesor que, por caer bien a sus alumnos, es capaz de hacer casi cualquier cosa, incluyendo, como queda patente, que la charla se le vaya a pique. Más allá de esto, comentó no sé qué de la ‘democracia dialéctica’ o algo por el estilo; y es que si hay algo que sabemos que siempre queda muy bien en estos contextos académicos es lo de hacer demostraciones de virtud. Además, lo de que eligiera la figura de Franco para hacer el chiste no puede denotar menos originalidad en el contexto actual, careciendo de cualquier efecto trastocador. Mira que podría haber sido mucho más ilustrativo respecto a que se puede hacer humor de todo y que cualquier opinión puede plantearse… Sin embargo, con esta falta de creatividad, o exceso de miedo, pocas verdades ocultas incómodas van a descubrirse y poco vamos a producir que sea verdaderamente valioso. Pero, claro, todo esto es un pequeño juego de espejos, una charlatanería para quedar bien y ganarte el aplauso de tus alumnos, porque, en el fondo, a este profesor poco le interesa la verdad, ya que lo importante para él, como para muchos otros, es lo que le hace ‘gracia’. Y si hay que ser, además de cínico, un poquito hipócrita para que todo esté bien engrasado, qué más da. A fin de cuentas, ¿quién se va a acordar de esta charla?
En resumen, una ponencia muy normalita. Evidentemente, en comparación con el desastre de la de los payasos que comentamos la última vez, parece que se han abierto los cielos y ha bajado Dios a iluminarnos con su infinita sabiduría; pero, en el fondo, nos encontramos con una exposición que, para un tipo de 55 años que lleva más de 25 dando clase en la universidad, no puede sino resultar mediocre. Otro gallo cantaría si estuviéramos ante un contable hablando con sus amigos en un bar entre cañas, pues en ese caso incluso podríamos pensar que es un tipo culto que le ha sacado partido a su edad y comprenderíamos que absorbiera la atención de los parroquianos durante media hora un miércoles por la tarde. De cualquier forma, lo que es indudable es que ganaría un tanto si fuera capaz de quitarse de encima la presión social y pusiera orden en el abrevadero, porque así por lo menos veríamos la ponencia tal como se la preparó y no la chapuza que queda cuando un grupito de niñatos domina una clase ante la inacción del responsable de turno. En suma, quizá se merezca un 4 sobre 10; pero, claro, sospechamos que dar una charla de calidad no era el objetivo y, por tanto, que el error es más bien nuestro por venir aquí a buscarla.
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