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COVID-19. Segunda parte: consecuencias personales y sociales de la pandemia

En esta segunda parte de lo que pretende ser una mera aproximación a las consecuencias de la pandemia originada por el coronavirus ahondaremos en las cuestiones ligadas al ámbito personal y social. Sin embargo, no va a ser esta una recopilación de datos de lo ya dicho en infinidad de artículos de muy diferentes maneras, sino más bien una reflexión propia de aquello que he podido apreciar en esta coyuntura, tanto a nivel individual como observando a mi alrededor. Por eso, no busco ni sentar cátedra ni hacer un análisis pormenorizado o estadístico. Lejos de ello, mi intención será la de intentar dar forma a las sensaciones por las que uno ha podido pasar durante este confinamiento, tratando de enfocarlas desde un contexto más amplio, que se extiende más allá de esta circunstancia concreta y que nos permitirá entender mejor —en la medida de lo posible— la forma característica que tenemos de funcionar. Comencemos.

La primera cuestión a la que me gustaría aludir en relación con nuestro tema de hoy es a la poca costumbre que tenemos de afrontar los cambios producidos de un día para otro. A pesar de que la vida nos demuestra una y otra vez que las cosas son volubles, nosotros tendemos a no centrarnos en este asunto y a vivir fijándonos constantemente en lo que hubo y en lo que vendrá. Esto, evidentemente, no es algo que compartamos con los animales, pues ellos no tienen proyección ni del pasado ni del futuro, pero es determinante para que nuestro grado de sufrimiento, aunque también el de alegría, sea infinitamente mayor. Traigo esta cuestión a colación para entender mejor lo que nos cuesta encajar una situación como la que nos ha mantenido confinados durante estos últimos meses, pero también para comprender de manera más profunda cómo nos ha ayudado —perjudicándonos, en parte, al mismo tiempo— esa forma tan peculiar de pensar en el futuro. Deteniéndonos en el lado positivo de esta especie de esperanza de que esto era temporal y de que recuperaríamos aquello que perdimos de un día para otro, es evidente que, de algún modo, nos ha ayudado a no derrumbarnos y a no decaer. Sin embargo, también es verdad que, si nos hemos dedicado continuamente durante el confinamiento a querer recuperar la vida que teníamos antes del mismo, hemos descuidado la gran cantidad de cosas a las que podíamos haber destinado nuestro tiempo —incluida, por supuesto, la bendita ociosidad—, y que muchas veces nos pasan desapercibidas en nuestra vida cotidiana, cuando vamos de aquí para allá sin ton ni son.

Creo que el hecho de que a gran parte de las personas les haya costado hacer frente a una coyuntura como esta responde a una falta de reflexión detenida respecto a lo efímero de todo lo que nos une a la vida. Además, en el mundo de hoy en día, donde parece que cualquier cosa está al alcance de nuestra mano, y que dicha disposición está establecida a prueba de balas, la pandemia del coronavirus ha hecho temblar los cimientos de aquello que se creía inamovible e indestructible. Ya sólo por eso permite que algunos nos replanteemos —y a quienes no lo habían hecho con anterioridad se les ha hecho evidente de golpe— lo poco que nos solemos parar en seco a pensar sobre aquello que damos por sentado y que nunca habríamos podido imaginar que se nos podía arrebatar de una manera tan drástica y repentina. Al mismo tiempo, me da la sensación de que las diferentes maneras de sobrellevar una cuestión como esta —sobre todo, claro está, entre aquellos que están en una posición acomodada y que no han visto peligrar su trabajo y, por lo tanto, su sustento— da cuenta de lo sujetos o no que podemos llegar a estar a infinidad de cosas que se extienden mucho más allá de tener un lugar donde vivir, alimento suficiente y pequeños entretenimientos (libros, cine, series, música, etc.). Y otra de las cuestiones relevantes que emergen a raíz de esto es que uno no se da cuenta de cuán sometido está a cierta forma de vida hasta que no se ve despojado de ella y descubre lo mucho que la necesitaba y lo poco capaz que es de funcionar sin su amparo.

Por eso, si hay también algo importante que ha emergido durante este confinamiento es lo mucho o poco que uno se aguanta a sí mismo y a las personas con las que convive. De alguna manera, respecto a estos últimos uno ya tenía una ligera idea, pero esta cuarentena no ha hecho más que confirmar sospechas. Durante este período en el que hemos estado encerrados en nuestras casas sin tener libertad de movimiento, uno ha tenido que cohabitar con personas con las que no necesariamente se relaciona demasiado en la vida normal, y esto, inevitablemente, ha hecho resurgir viejos resentimientos o asombrosas simpatías. De hecho, después de este confinamiento, uno ha podido corroborar —si no tenía demasiadas señales aún o suficientes signos fiables— qué mueve fundamentalmente a las personas. De cualquier manera, dudo que este confinamiento haya sido un mero punto y aparte en el vínculo de ciertas personas, y más bien apuesto porque, en vez de afrontar los problemas de manera radical, en cuanto uno pueda recuperar la vida tal y como la solía conocer —o, al menos, en parte—, las cosas volverán a su punto de origen, y esta lupa que ha conseguido ser el confinamiento, que nos ha permitido ver los defectos o las virtudes de nuestras personas cercanas de una manera nunca antes experimentada, quedará olvidada y relegada a un segundo plano. Porque no olvidemos que lo que menos le gusta a la gente es meterse en conflictos, prefiriendo con muchísima diferencia seguir viviendo una vida mentirosa y encubierta, aun a sabiendas de que lo es.

Con relación a uno mismo, creo que también hemos tenido el suficiente tiempo como para darnos cuenta de si nos aguantamos o si sólo soportamos pasar tiempo con nosotros mismos cuando estamos acompañados de otras personas o de algún tipo de instrumento u ocupación. De hecho, por mucho que haya quien lo rebata, no resulta nada fácil dedicarse a pensar y a estar parado; y es por eso que hay una casi absoluta homogeneización respecto a optar por la continua distracción, y así evitar el enfrentamiento que supone sobrellevar ciertos sufrimientos y problemas. Dependiendo del tipo de vida que uno llevara antes del confinamiento, conocerá mejor o peor qué tipo de relación lleva con su persona, pero este encerramiento forzoso ha sido concluyente para ratificarlo. Y no sólo eso, sino que también ha servido para comprobar cómo somos, en base a cómo nos hemos comportado. Uno, habitualmente, tiene una visión bastante más optimista de sí mismo que la que luego realmente es percibida por los demás, salvo que sea excesivamente autocrítico —algo, sin duda, muy loable, pero poco recurrente, pues siempre se tiende a serlo con uno mismo y no se deja tanto ver a los otros—; y, por eso, durante esta pandemia hemos sido infinitamente más conscientes tanto de nuestras debilidades como de nuestras capacidades. Este camino, desde luego, no siempre ha sido ni el más sencillo ni el más gratificante, pero ha tenido consecuencias indiscutibles en nosotros.

Además, si algo hay que agregar a esto es que, normalmente, uno cree que sabe cómo va a actuar dada una situación; pero, hasta que dicha coyuntura no llega y nos vemos inmersos en los conflictos que trae consigo, desconocemos realmente cómo lo vamos a gestionar. Uno puede tener una ligera idea, sí, pero esta no siempre es fiel a la realidad. Por eso, muchas veces nos decepcionamos a nosotros mismos por no llegar a lo que creíamos que era digno de nuestra persona; aunque también es cierto que, en ocasiones —las menos, eso sí—, también puede ocurrir justamente lo contrario: sorprendernos por la manera en la que hemos conseguido atacar ciertos problemas que nos han ido surgiendo, y que, si nos los hubiéramos planteado hipotéticamente en nuestras cabezas, habríamos desechado un buen comportamiento por nuestra parte. A esto, claro está, hay que añadirle cuestiones como la responsabilidad y la prudencia o, en su defecto, el egoísmo; todas ellas muy importantes en general, y en esta circunstancia en particular.

También, sin duda, podríamos hablar aquí de una actitud como la hipocresía, que tan bien ha sido adoptada por aquellos que, ni cortos ni perezosos, y mientras que ellos, a su escala, tenían un comportamiento deleznable, no dudaban en tirar piedras contra el gobierno o contra los políticos de turno que no fueran de su cuerda. Esto no es nada nuevo, por supuesto, pero da cuenta de cómo la corrupción y la mediocridad permea en todas las escalas de la sociedad —desde los más altos puestos hasta las esferas más humildes—, y cómo uno no tiene reparos en señalar siempre al contrario por arriba, mientras que, desde la propia esfera de actuación, se aprovecha de cualquier privilegio que le sea otorgado en beneficio suyo y en perjuicio del otro. Por eso, aquellos que consideran que la responsabilidad sólo reside en nuestros gobernantes, y en los políticos en general, pero luego disfrutan —y, en muchas ocasiones, abusan— de aquellas cosas que les favorecen, deberían mirar un poco hacia sí mismos y darse cuenta de que, cuando uno se rige meramente por la legalidad, tampoco necesariamente siempre está haciendo lo que es mejor. Ni toda la culpa es de los políticos, ni toda la culpa es de los ciudadanos. Lo que desde luego es una estupidez es que los de arriba no hagan más que echar balones fuera, y los de abajo, o bien no critiquen la actuación del gobierno, por estar justamente conformado por aquellos que han elegido para representarles, o bien la critiquen constantemente, mientras ellos hacen mucho menos de lo que podrían hacer. Esto responde, sin duda, a la idea de «ver la paja en el ojo ajeno y no ver la viga en el propio». Aquí hay responsabilidad para dar y regalar, así que uno debería ser lo suficientemente coherente como para darse cuenta de hasta dónde llega la suya y hasta dónde la del resto.

Si hay algo que también quiero traer a colación hoy aquí —aunque los que ya hayáis leído algo mío sabéis que es bastante recurrente en mí— es la cuestión de la enfermedad y de la muerte. Quienes hemos tenido la mala suerte de perder a alguien durante esta pandemia sabemos que las condiciones han sido de todo menos favorables. Como bien dice alguien a quien mucho aprecio, la muerte nunca viene bien; y, en este caso, la afirmación se volvía doblemente cierta. Si bien es verdad que cuando alguien se muere de repente perdemos la posibilidad de poder despedirnos, aquí la falta de despedida no iba por ahí, sino por la incapacidad de salir de nuestras casas. Por eso, la incertidumbre y el sufrimiento que hemos sobrellevado quienes sabíamos que teníamos a alguien querido pasando sus últimos momentos en soledad han sido tan desagradables. Porque sabíamos que, cuando llegara el momento, no serían nuestras caras ni nuestras manos las que estarían ahí, sino otras muy distintas. (En relación con esto, recomiendo leer el artículo “Una trenza”, de Laura Ferrero, dedicado a su abuela Elisa.) De ahí que considere que si a otra cosa nos ha enseñado esta circunstancia es a valorar lo que es poder estar cuando ya no hay mucho que hacer, porque la tranquilidad que a uno le da ese último acompañamiento es bastante más serena que la que uno puede adoptar desde la distancia y con la mera imaginación. Pero también sé que unos pocos meses —aun siendo los definitivos y últimos— sin la posibilidad de acompañar no son equiparables a otros infinitos días —muchas veces, prescindibles y olvidables— que uno sí que pudo estar y, de hecho, estuvo. Y con eso tenemos que quedarnos todos los que, en una circunstancia de ‘antigua normalidad’, desde luego que hubiéramos estado ahí; pero no sólo en los momentos críticos, donde aparecen personas de la nada, sino, sobre todo y mucho más, en el resto del proceso hasta llegar a dicha coyuntura.

Afrontar la enfermedad, la muerte y el duelo posterior durante esta pandemia no ha sido tarea fácil, porque ni la vida de ahora es la misma que conocíamos, ni tampoco estábamos rodeados en ocasiones de quienes más necesitábamos. Y también porque hay una especie de doble duelo: el de ahora, que resulta algo irreal y extraño; y el que vendrá cuando las condiciones se normalicen y casi todo se recupere, salvo el poder estar con dicha persona (así como todo lo que eso conlleva entre medias). Este es un nuevo cambio que no nos queda más remedio que aguantar, y que vuelve a poner sobre la mesa la fragilidad de todo cuanto nos rodea. Por mucho que pensar demasiado en ello pueda hundirnos en una excesiva angustia, lo cierto es que evitar meditar detenida y profundamente sobre las cosas no las hace desaparecer. Encajar el sufrimiento del que está repleto el mundo es un primer paso para resistir mejor las desgracias que habremos de soportar de mil maneras diferentes a lo largo de nuestra existencia. Hacer del mundo un mero juego o un divertimento la mayor parte de nuestro tiempo no cubre la cantidad de pesares de los que hemos de hacernos cargo cuando las luces se apagan y la soledad nos desasosiega y oprime.

Por último, si hay otra cuestión acerca de la que también me gustaría hablar en este artículo es sobre si esta pandemia nos hará o no mejores. Yo, desde luego, me pregunto: ¿por qué nos iba a hacer mejores?, ¿acaso el dolor y el sufrimiento nos hacen mejores? Creo que estas son preguntas dignas de hacerse, hoy y siempre. Hay quienes consideran que, cuando uno tiene que hacer frente a una serie de desgracias, eso le convierte inmediatamente en víctima y no en verdugo; que, de algún modo, el hecho de haber sufrido tanto dota a esas personas de algún tipo de carácter moral que, rápidamente, tendemos a asociar con la bondad. Pero ¿y eso por qué?, ¿por qué el sufrimiento va a hacer a alguien mejor, y no, en todo caso, peor? A este respecto, me viene a la cabeza un artículo muy interesante que escribió Sergio del Molino: “Del dolor no se aprende nada”. Me parece absurdo pensar que de esta pandemia vamos a salir mejores; yo creo que, en todo caso, más bien lo contrario. Cuando la normalidad vuelva —no la ‘nueva normalidad’, sino la que conocíamos—, lo que vamos a tener es aquello mismo que teníamos, pero elevado a la décima potencia. Esto se nos va a olvidar más pronto que tarde —si, de hecho, no se les ha olvidado ya a muchos—, y volveremos a nuestra vida con más ímpetu y afán que nunca, porque uno quiere olvidarse de lo malo muy rápido y sólo quedarse con lo bueno. Las enseñanzas no vienen ni del dolor ni del sufrimiento ni de la alegría, sino tan sólo de cómo canalicemos dichos estados. Al que con poco ya le valga, quizá sea capaz de enfrentar mejor los cambios y las adversidades; el que, por el contrario, necesite demasiadas cosas para su tranquilidad y sosiego, ni con prácticamente todas cubiertas será capaz de estar a gusto. Por eso, que no os engañen: ni el dolor ni el sufrimiento hacen mejor a quien los padece. Pero, eso sí, la conciencia de su gravedad, y de que existe y está mucho más extendido de lo que nos gusta reconocer a veces, nos hace a algunos ser reacios con quienes viven su vida evitando toda clase de conflicto y sacrificio. Y eso, le pese a quien le pese, tiene más sentido del que parece. La pandemia del coronavirus no nos ha cambiado en absoluto —ni tampoco nos va a cambiar—, tan sólo ha agrandado lo que ya estaba de base, aunque, en ocasiones, quisiéramos evitar verlo o no tuviéramos la suficiente fuerza para asumirlo.

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