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La década de la Edad de Oro del cine y la ciencia ficción. Consideraciones finales

Hemos llegado al final de esta serie de artículos sobre las películas más representativas del cine clásico de ciencia ficción, y nos encontramos en una encrucijada inevitable si tenemos en cuenta la estructura general que nos habíamos planteado en un principio. Estamos en el artículo que correspondería a la década de los años 50 y, a la vez, ya hemos tocado dos grandísimas películas de los lustros que la componen: “El hombre del traje blanco” (1951) y “La hora final” (1959); representantes de los dos mayores imperios occidentales anglosajones, al ser una inglesa y la otra yanqui. Ambas son de una calidad incuestionable y, al mismo tiempo, se erigen como ejemplos magistrales de lo que podía hacer el cine en su momento de mayor esplendor; aunque, eso sí, desde dos enfoques muy diferentes, a pesar de estar bajo un mismo género y de tocar los mismos temas. Mientras que la primera es una película de ciencia ficción con toques de comedia romántica británica; la segunda, en cambio, toma un tono mucho más grave, pudiendo inscribirse dentro de la ciencia ficción dramática —muy dramática—. No pretendemos engañaros… Como casi siempre en la vida, uno sabe cómo empiezan las cosas, pero nunca cómo acabarán; y, en este caso, nos hemos visto superados por la necesidad de conocer a fondo el cine negro americano, junto con sus precedentes ‘oscuroimpresionistas’ alemanes, antes de emprender este análisis. El tiempo del que hemos dispuesto este curso ha sido limitado, y documentarnos en este sentido antes de poder meter mano a estas dos películas, con un mínimo de autoridad, era una imposibilidad. Por lo tanto, nos vemos en la obligación de dejar los análisis de estas cintas para un futuro, que esperamos que no sea muy lejano, a la vez que reconocemos que nunca se sabe suficiente de un tema; así que no desechamos seguir comentando películas del género de la ciencia ficción en algún otro momento, ni descartamos tampoco una segunda serie de artículos dentro de unos años.  Ahora proseguiremos con un pequeño desglose de lo que os hemos traído durante estos meses, para aclarar un poco la visión de conjunto, y cerraremos volviendo a las ideas que hemos ido manejando, comprobando si después de todo lo trabajado conseguimos sintetizarlas de una manera más depurada. Comencemos.

El plan general era centrarnos en ejemplos representativos de los diferentes tipos de películas de ciencia ficción, a la vez que marcábamos la evolución histórica de temas y formas, fijándonos al mismo tiempo en películas relativamente desconocidas. Como veis, el proyecto era ambicioso. La estructura consistía en hacer todos los meses una crítica por lustros desde 1900, tratando de no destripar las películas (dado que las más antiguas suelen ser menos vistas); y, luego, realizar también unos análisis de las diferentes décadas cada dos meses, empezando por el fin del cine clásico: los 90. El fracaso más evidente, además del ya mencionado, fue cuando nos dimos cuenta de que entre 1902 y 1924 apenas había nada reseñable, sobre todo si no queríamos ponernos demasiado arqueológicos (también el cine mudo es un punto débil a reforzar); eso sí, «haciendo de la necesidad virtud», esto nos ayudaba a cuadrar el plan abstracto en un curso concreto (las matemáticas no son el punto fuerte del autor de estas líneas). Después de mucho investigar y planificar nuevas indagaciones, junto con la obtención de las películas, llegamos a septiembre de 2019 y a “Viaje a la Luna” (1902), donde aprovechamos para presentar la serie de artículos que íbamos a hacer, destacando lo característico del género —su poder metafórico—, al tiempo que hablábamos de la primera película propiamente dicha de ciencia ficción. Ya en octubre atacamos el primer análisis con la década de los 90, subrayando que en esos momentos el cine clásico se encontraba entre estertores de muerte, pero también haciendo alusión a que, como siempre ocurre en los momentos crepusculares de un periodo, habían surgido obras curiosas, entre las que cabía destacar “Tank Girl” (1995): un ejemplo muy digno del poder de la ironía y la metáfora de la ciencia ficción en una película distópica de serie B. Además, también funcionaba como un ejemplo de cómo se puede instrumentalizar una película con los años; resultando todo esto muy interesante.

Ese mismo mes pegamos un salto e hicimos una crítica de “Aelita: Reina de Marte” (1924): la primera película completa de ciencia ficción con el lenguaje cinematográfico plenamente desarrollado. Esta cinta resulta ser todo un ejercicio de buen cine mudo, además de estar llena de ideas frescas y temas fundamentales —como el carácter eminentemente propagandístico que va a tener el cine—. Brilla también por ser uno de los lugares donde se puede disfrutar de uno de los mejores ejemplos de constructivismo ruso, el cual luego daría lugar al maravilloso art déco. Este movimiento, que debe su estilo a estos orígenes, sigue resultando eminentemente futurista incluso mirado con ojos del siglo XXI. Esta paradójica circunstancia la analizaremos, seguramente, en un artículo futuro. Llegamos a noviembre con la crítica a “La mujer en la luna” (1929)de Lang: un clasicazo del género que asentó las bases del resto de películas que la precedieron. No se puede resumir nada de tal grandeza fílmica en tan poco espacio; eso sí, por poner un caramelito para algún lector novel en nuestro blog, sólo voy a decir que es una de las primeras películas eminentemente feministas, siendo de las más inteligentes de la historia del cine a este respecto (y esto da mucho que pensar si tenemos en cuenta que está rodada en 1929).

En el último mes de 2019 tratamos dos películas muy diferentes: “Threads” (1984) y “La Atlántida” (1932). La primera es un ejemplo muy representativo de la ciencia ficción, en clave de falso documental; mientras que la segunda, de fantasía, aparece como el reverso de la ciencia ficción cuando la ciencia ya no es ciencia, sino magia. Acabamos agridulces el año…, dado que la primera es un drama duro —muy duro—, con uno de los mejores finales dentro de la historia del cine dramático, al tiempo que la segunda es un viaje casi onírico, rozando lo experimental, pero que, visto desde la distancia, es bastante evasivo, aunque no por ello menos sugerente. Empezamos 2020 con la crítica a “La vida futura (1936)”: una muestra muy buena del juego que se puede dar entre distopía y utopía (maniobra, por lo demás, muy recurrente dentro de la ciencia ficción). Además, esta última cinta es una de esas obras presuntamente irónicas, pero que no termina nunca de mostrar sus cartas. Este es un juego peligroso, pues puede encerrar el interés espurio de querer ocultar las carencias del guión…, pero realmente creemos que es una película honesta, y que esa ironía pretende criticar los dogmas progresistas y cientificistas de la época, siendo sutilmente ambigua a propósito, para mover subrepticiamente las voluntades del público más acomodado de su época. ¿Un preludio de “Starship Troopers” (1997)? Sin lugar a dudas. Nos topamos con un mes que toca los cielos y los infiernos. En febrero nos dedicamos en cuerpo y alma a un análisis de “Solaris (1972)”, del maestro Tarkovsky, y a un serial cutre, pero no por ello menos influyente, llamado “Flash Gordon conquista el universo” (1940). Esta creación del gran director ruso es una obra maestra indiscutible del género, muchas veces maltratada por pedantes posmodernos e injustamente desconocida por la masa palomitera. Este análisis es de los que más se acercaría a lo que un servidor hubiera querido escribir en todos los casos, pero las coyunturas materiales y personales, junto con el hecho de que aún no me puedo dedicar a este proyecto al 100%, no lo permitieron. Defiendo tesis tan arriesgadas como la segunda llegada de Jesucristo en forma de mujer… La verdad es que está divertido (aunque quizá quede un poco mal que yo lo diga). Por otro lado, aparece una crítica a ese folletín cinematográfico, que es el padre de “La guerra de las galaxias” (1977) y, por lo tanto, cómplice del principio del fin; además de que, como serial, es un precedente de las series actuales; lo cual, al margen de su baja calidad cinematográfica a todos los niveles, hace que se convierta en una obra sobre la que merece la pena pensar.

Llegamos a marzo, ese mes conocido por la plebe como el del feminismo, el agua y el Síndrome de Down —para el resto, de ser algo, sería el mes del asesinato de Julio César—; aunque, a partir de este año, supongo que se le recordará por el coronavirus… O, quizá, no; quién sabe. En cualquiera de los casos, hicimos una crítica a “Repeat Performance” (1947), que es una de las primeras obras de ciencia ficción con viajes en el tiempo, además de ser una de esas películas olvidadas injustamente por la historia del cine. Es muy difícil de encontrar, pero os invitamos a emprender tal empresa, pues pocas películas tienen unos personajes tan grises y sufridos. Muchos dirán que todo lo contrario…, sin embargo, para alguien crítico, realmente es una gran película; y, encima, también es feminista e inteligente.

Llegamos al abril negro con dos megatones —nunca mejor dicho—, empezando por el análisis de “Punto Límite” (1964)de Lumet, que es una lección de buen cine en toda regla: fondo, ideas, dominio del arte… Lo tiene todo. Asimismo, cabe señalar que está muy relacionada con la ya comentada “Threads”. Después, nos encontramos con las conocidas “El hombre del traje blanco” y “La hora final”, con las cuales ajustaremos cuentas a su debido tiempo cuando metamos mano con alevosía al cine expresionista alemán y a su continuación en el cine negro americano.

Llegados a este punto…, ¿qué podemos decir después de tantísimas horas de visionado, reflexión, documentación y escritura?

Realmente, lo primero que confirmamos es que la historia es un horizonte casi infinito donde uno puede siempre conquistar nuevas tierras. Además, en este caso concreto, acudir a la historia material tiene siempre la ventaja de ser una fuente original, sin mediaciones ni interpretaciones; y, por dicha razón, permite ver con tus propios ojos el desarrollo original de lo que estás estudiando, y así poder formarte tus propias ideas. Centrándonos ahora en el tema, y como siempre suele ocurrir, a medida que uno sabe más, va descubriendo también lo mucho que aún le falta por saber. Por eso, después de realizar esta serie de críticas y análisis, las ideas de alguna manera se han aclarado, pero con la advertencia de que el objeto estudiado es mucho más complicado de lo que parecía, y que sería posible ahondar en otros tantos decimales y matices muy distintos de los que en un principio podríamos haber soñado. Y ahora sí que sí, podemos señalar que hemos visto cómo la metáfora de la que hablamos en un principio está siempre presente en la ciencia ficción cinematográfica, pero que es necesario conocer más y mejor cine para comprender las implicaciones más profundas de esta teoría. Otro tema es que la ciencia ficción existe también en la literatura, antes y después del cine; sin olvidar que, al mismo tiempo, tiene desarrollos posteriores muy interesantes en el tebeo y los videojuegos (los cuales tendremos más en cuenta en futuros análisis). A su vez, resulta fundamental conocer más y mejor otros géneros, como la comedia romántica o el cine negro, para así comprender de manera más profunda las interrelaciones de estilos y temáticas que pueden nutrir el propio objeto de nuestro análisis. Lo que más hemos constatado han sido nuestras limitaciones; por ello, dejaremos suspendido el juicio, en la medida de nuestras posibilidades, y ahondaremos en este tema en una segunda parte que vendrá, muy probablemente, en uno o dos años. Porque, claro, “Metrópolis” (1927), “2001: Una odisea del espacio” (1973), “Alien: el octavo pasajero” (1979), “Blade Runner” (1982), “Starship Troopers” (1997) y “Matrix” (1999) son grandes películas sobre las que mayúsculos pedantes han dicho monumentales estupideces; lo cual precisa de un ajuste de cuentas que, no os preocupéis, llegará a su debido tiempo —junto con un par de notas respecto a esa tragedia, producto y farsa llamada “La guerra de las galaxias” (1977-2019)—.

Perdonadnos el capítulo recapitulatorio…: la vida en confinamiento está siendo dura.

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