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Feminismo en el siglo XXI. Cuarta parte: qué no es el feminismo

Seguimos un capítulo más con nuestro repaso general del feminismo. Hoy nos aventuraremos a tratar la cara posterior del artículo anterior. Ya tenemos claro qué es el feminismo, lo que nos permite distinguir qué no lo es. Esto implica una facilidad y, a la vez, un problema: siempre es más sencillo decir qué no es algo, incluso cuando ni siquiera se posee un conocimiento claro sobre lo que es. Pero, a la par, significa que todo lo que se puede decir sobre lo que no es algo podría tender, a la larga y en un caso óptimo, a dar una infinidad de ejemplos, menos uno. La llamada vía negativa es un recurso extremadamente poderoso a la hora de pensar, pero también supone hacer fuertes concesiones. Vamos a ver a dónde nos lleva este camino.

Lo primero de todo será reformular otra vez nuestra primera aproximación a una definición, la cual rezaría algo así como lo siguiente: «El feminismo es la característica que define la cualidad de toda teoría o acción de respetar la igualdad que se da naturalmente entre el hombre y la mujer, siendo la crítica feminista la reflexión que busca juzgar la calidad de esta cualidad». Con esta definición, podríamos hacer crítica feminista, pero también juzgar la calidad de las críticas feministas materialmente dadas —atendiendo, valga la redundancia, a su respeto por la definición— y de aquellas acciones que se suponen como ‘feministas’, observando tanto sus motivaciones como sus presupuestos teóricos, medios efectivos, fines y consecuencias. Teniendo todo esto en cuenta, y emprendiendo la marcha por la vía negativa, nos encontramos, como ya adelantamos en el párrafo anterior, con una variedad indeterminada e inaprensible de ejemplos de todo pelaje: desde aquellos en los que sencillamente no aplica el feminismo —como en una manzana, el ciclo de Krebs o el efecto fotoeléctrico— hasta teorías concretas o acciones más o menos feministas, contradictorias, fallidas, falsas, engañosas, inoperantes, intolerables moralmente, desnortadas o que no merecerían la pena si atendiésemos a los costes o perjuicios materiales que traerían consigo. En resumidas cuentas, lo que tenemos son diversos casos, con sus respectivas y diferentes índoles. En este sentido, vamos a reflexionar sobre diez cuestiones que hemos creído significativas a la altura de nuestro tiempo, y que nos permiten, además, ver lo que no son, nunca han sido, ni podrán jamás ser ejemplos de buen feminismo. Están ordenados de mayor a menor gravedad en cuanto a importancia, incorrección y calidad moral.

Primer ejemplo: Ser base para leyes sexistas o discriminatorias, más allá de las excepciones propias de la maternidad

Ya hemos metido mano a este tema con contundencia en el segundo artículo de esta serie, y poco más se puede decir sin meterse en cuestiones legales en detalle. Recordaremos, pues, que no se debe juzgar a nadie atendiendo a quién es, sino que únicamente hemos de fijarnos en lo que ha hecho —siempre considerando las pruebas materiales y los principios del derecho—, salvo en casos de funcionarios de alto nivel, donde se exija el deber de ser lo más pulcro e íntegro posible en el desarrollo de sus funciones; o casos de delitos contra ciudadanos efectivamente débiles o vulnerables, como niños, enfermos o ancianos —teniendo en cuenta, también, los deberes de sus padres, tutores e hijos—. A su vez, es importante remarcar las excepciones referentes a los casos de derechos, ayudas y protecciones concernientes a la maternidad, que es una coyuntura crítica en la vida de toda mujer, además de una circunstancia capital dentro de una sociedad.

Segundo ejemplo: Ser excusa para mantener prejuicios negativos para con los hombres y/o positivos para con las mujeres

Este segundo ejemplo es parte del primero; pero, en este caso, queremos poner el acento en el resto de las circunstancias de la vida que no están reguladas legalmente —las cuales, por desgracia, cada vez son menos— o no tienen que ver con el derecho penal. El feminismo exige no ser sexista en todo aquello donde lo principal no es la diferencia sexual, siendo este caso, grosso modo, lo visto anteriormente con relación a formar una familia. Respecto del resto de situaciones, resulta tan execrable discriminar gratuita e injustamente a las mujeres por el mero hecho de haber nacido mujeres, tratándolas como inferiores respecto a los varones, como lo es a la inversa; con el agravante de que no estamos ni en el siglo V ni en Irán. No hay ni eximente ni excusa alguna para operar en la vida con prejuicios negativos contra los hombres y positivos a favor de las mujeres. En este sentido, toda discriminación —señalando concretamente, con un sentimiento de vergüenza ajena estomagante, a ese engendro que es la noción de ‘discriminación positiva’— es algo intolerable. Desde hace décadas, todos los hombres gozamos de igualdad de oportunidades en Occidente; y, en el caso de detectar problemas —que serían, más bien, de clase económica—, la clave no es discriminar positivamente con cupos y cremalleras, sino atacar al origen de dichos problemas con educación, educación y más educación, junto con servicios públicos de calidad, un mercado sano, buenas instituciones, un gobierno sensato, la aplicación de la ley y una persecución efectiva de los delitos por los cuerpos de seguridad del Estado.

Tercer ejemplo: Dar pie para desplazar la carga de la prueba cuando un varón es sospechoso

Igualmente, este ejemplo está contenido en el primero, pero permea mucho más allá. En esta vida, hay infinidad de situaciones donde alguien es sospechoso de haber hecho lo que no debe, y uno ha de ser justo a la hora de juzgar estas coyunturas sin ningún tipo de prejuicio irracional. También es conveniente resaltar que no es lo mismo la sociedad civil que el ámbito privado. A diferencia de un juez, que debe ser imparcial, o un empresario —que, al menos, debería serlo, aunque sólo fuera por el bien de su empresa—, una persona cualquiera, con las pequeñas y grandes cosas de su vida diaria, puede juzgar a alguien conocido, apoyándose en prejuicios justificados, e incluso actuar, atendiendo a meras acusaciones sin pruebas, por la mera confianza en la veracidad de lo dicho por alguien querido. Lo que no tiene ni pies ni cabeza es partir del prejuicio sexista, azuzado por las modas de los tiempos que corren; de la misma manera que no tenía ningún sentido, siendo una injusticia gratuita grave, que las madres y hermanas de antaño, que solían estar —como también ocurre a día de hoy— rodeadas por quienes las querían, tuvieran que dedicarse en exclusividad y por defecto a las tareas del hogar.

Cuarto ejemplo: Ser principio para una comunidad distinta a las ya realmente existentes

Ya lo hemos tratado someramente en otros artículos, pero conviene recalcarlo. Es evidente que somos parte de un desarrollo histórico donde las diferentes comunidades tradicionales se van disolviendo, bajo el peso del modo de vida pragmatista, en una maraña de interacciones globales. Éstas cada día son más abstractas, intercambiables y meramente económicas, lo cual facilita la susodicha disolución. Y, en este sentido, la moda feminista no es nada más que otra de las posibles comunidades artificiales que se ofertan en el mercado. Por lo que, en este punto, la crítica es general; dado que no es sensato caer en ninguna de estas fantasmagorías. La categoría comunitaria no es una cuestión que se base ni en sentimientos ni en ritos, por mucho que sean elementos constitutivos. La base material y objetiva de estas estructuras está destinada a que los individuos nazcan dentro de una red sólida de relaciones con multitud de elementos, donde destacan la ayuda y la educación, que son necesarias para que los hombres se desarrollen plenamente. Es un conjunto de conocimientos del cual no nos podemos desprender sin comprometer cuestiones irrenunciables para el desarrollo feliz y completo de las personas. Cosas tan denostadas como la religión, las naciones canónicas, los oficios, etcétera, dan un soporte fundamental para mantener las sociedades estables y prósperas; por eso, al dilapidarlas, estamos arrojando a nuestros hijos a un desierto existencial y material, condenándoles a un sufrimiento innecesario, y favoreciendo que se dejen llevar por modas, sectas y grupúsculos vacíos de sentido, más allá de la ilusión de formar parte de un conjunto de personas (lo cual suele implicar, al mismo tiempo, pertenecer a un nicho de mercado). Ésta es la coyuntura general. Si, además, se promueven los grupos artificiales de ‘feministas’, y se fomenta que sean ‘no mixtos’, no sólo se está cayendo en un error, sino que, encima, es un error sexista y, por lo tanto, contrario al feminismo… Sobra decir que debemos esforzarnos en evitar estos laberintos de espejos contradictorios. Sea cual sea la comunidad a la que uno pertenezca —que no tiene por qué ser excluyente respecto a otras—, ésta siempre estará formada por hombres y mujeres, niños y ancianos e, incluso, es adecuado que también tengan su lugar pobres y ricos; todos ellos enfocados a esforzarse por el bien común.

Quinto ejemplo: Ser pretexto para algún tipo de censura

Ninguna censura es buena. La base de Occidente es el diálogo racional y, por lo tanto, éste no puede darse con plenitud si los prejuicios son tan poderosos como para que bandas facciosas censuren las ideas que les son molestas. La defensa radical de la pluralidad de ideas es fundamental para resguardarnos de toda forma de despotismo y totalitarismo; por esto, y por otras tantas razones —como la idea de perseguir sentimientos desagradables que todos tenemos—, no existe cosa más delirante y peligrosa que toda la farándula formada en torno a los ‘delitos de odio’. En este sentido, este quinto ejemplo estaría ligado con el anterior, en tanto que el feminismo no debería ser otra excusa, dentro de las que se utilizan ya por parte de los grupos de presión, para buscar la manipulación de los ciudadanos, consiguiendo que apuesten en contra de sus propios intereses más fundamentales. La censura es un problema muy grave dialécticamente, y aún peor políticamente; pero donde brilla con mayor perversidad es cuando se aplica al arte, dado que éste queda transformado en mera propaganda. La dignidad de la defensa de la libertad de expresión estaría a la altura de muy pocas cosas, entre las que cabría destacar también el amparo de la presunción de inocencia y demás bienes fundamentales de Occidente. Da vergüenza tener que recordar que todos tenemos derecho a tener ideas odiosas, y que dichas ideas deben poderse explorar en el debate público, ya sea de viva voz, por escrito o a través del arte, para que, efectivamente, podamos discutirlas y demostrar con claridad lo malas que son y, así, persuadir a quienes las defienden de que las abandonen. (Incluso en un sentido meramente pragmático, la censura, a la larga, lo único que consigue es que las ideas y sus portadores pasen a la clandestinidad; resultando más difíciles de controlar, siendo más peligrosas y dotándolas del aura y del atractivo de lo prohibido.)

Sexto ejemplo: Formar parte de una campaña publicitaria

Por dos razones muy claras. La primera es que no se debe jugar con cuestiones serias. La publicidad se puede tomar muchas licencias; pero banalizar y prostituir temas que, en otros lugares del mundo, aún están lejos de estar resueltos es una falta de delicadeza que no deberíamos tolerar. La segunda razón es que es un insulto a la inteligencia de todos los espectadores que nos vemos obligados a sufrir la omnipresente propaganda. Es comprensible y legítimo que las corporaciones nos quieran vender un móvil, un coche o un seguro; pero lo que no deberíamos tolerar es que nos mezclen la velocidad con el tocino. Y menos con ese tono más cercano a un sermón religioso que al propio de un anuncio de cuchillas de afeitar. Evidentemente, esto no se combate con censura, sino no comprando los bienes y servicios que se valgan de dichas estrategias (estrategias que, por cierto, se pueden aplicar a casi todo, incluidos los productos de comité que practican la autocensura y de los que hemos hablado ya en el ejemplo anterior).

Séptimo ejemplo: Ser algo que tenga que ver con la homosexualidad o demás parafílias y fetiches

Ciertamente, al margen de la cuestión de fondo, que ya trataremos cuando nos armemos de valor para meternos en un terreno tan minado, el feminismo no tiene nada que ver con la homosexualidad. Incluso podríamos decir que los homosexuales, con la necesaria discreción, lo han tenido mucho mejor que las mujeres, aunque sólo sea por la mera razón de que no eran discriminados desde el nacimiento; además de que la colección de prejuicios que históricamente cargaban las mujeres, y que aún pesan en muchos lugares del tercer mundo —como la de ser intelectualmente inferiores—, eran mucho peores. Y…, bueno, que estamos hablando de la mitad de la población, lo que evidentemente dota al problema de una gravedad muchísimo mayor. Dicho sea de paso, la homosexualidad y el feminismo sí se parecen en cuanto a temas superados: desde que es palmario el triunfo de las democracias liberales, no conlleva ningún problema serio, más allá del propio de una coyuntura amorosa que no comparte el 95% de la sociedad. Y, para colmo, en Occidente lleva de moda perfectamente 30 años, como signo de progresismo, intelectualidad y poderío económico. Por lo demás, lo bueno que tiene nuestra sociedad es que la libertad individual se respeta con mucha holgura y, por lo tanto, casi todos los fetiches y parafilias consensuados entre ciudadanos mayores de 18 años son tolerados en general, y siempre estarán protegidos por el dogma de la sacrosanta libertad individual y la no menos sagrada propiedad privada. Incluso se podría ir más allá; dado que, tras una breve investigación, se comprueba que, en ciertos sectores, es algo que da mucho juego y dinero.

Octavo ejemplo: Ser algo relativo a la disforia sexual u otras psicosis, patologías o síndromes

No vamos a caer en la mala costumbre de meter todo en el mismo saco —aunque reconocemos el sentido estratégico de hacerlo para sumar fuerzas desde los sectores más antioccidentales—; ya que, ciertamente, la disforia sexual tiene tanto que ver con la homosexualidad como con el feminismo, a saber, nada. No somos ni médicos ni psiquiatras, y, por mucho que por nuestro oficio tengamos licencia para inmiscuirnos en todo género de conocimiento…, no sería prudente hablar en términos particulares de la nebulosa de todas estas enfermedades. Tan sólo podemos apuntar un par de cuestiones de fondo. La primera es que el estudio médico debe estar exento de toda inferencia ideológica, para así tener vía libre para estudiar y tratar a los enfermos de la manera más adecuada. Lo segundo es que los occidentales tenemos empatía y piedad hacia los débiles, lo que implica no escatimar en cuidados y recursos a la hora de sanar o paliar el sufrimiento del hombre doliente. Y, en este sentido, resulta evidente que, si es necesario hormonar, e incluso operar, a una persona condenada por su psicosis al sufrimiento, evitando así el suicidio o el frenopático —destino peor, en muchos sentidos, que la cárcel…—, ha de hacerse; como se hace de hecho con otras enfermedades que implican tratamientos agresivos y peligrosos. Pero, eso sí —da vergüenza recalcarlo—, siempre que el diagnóstico sea serio y contrastado, se agoten las posibilidades de la terapia y de la medicación usual y, sobra decirlo, el paciente sea mayor de edad, sobre todo para poder ponderar los riesgos de los diferentes tratamientos. Porque pocas cosas son peores en esta vida que un diagnostico psiquiátrico erróneo.

Por lo demás, acerca del resto de patologías o síndromes de toda índole —cromosómicos, de malformaciones, etcétera—, lo único que se puede pedir es que los médicos actúen con seriedad y con ética —como con todas estas enfermedades extrañas—, caso a caso. Y, respecto a la moda ‘LGTBIQ+’, el tema queer, etcétera, es muy triste ver cómo clases económicamente pudientes banalizan problemas tan graves y que provocan tantísimo sufrimiento. Ciertamente, Miguel Ángel Quintana Paz —si la memoria no me falla— tenía razón con aquello del nuevo lujo de la élite posmoderna. Y ni hablar de que, en el mundo civilizado, estas cuestiones se pueden tratar; resultando muy duro de imaginar cómo debe ser fuera del orden occidental. Eso sí, lo importante es que una actriz de Hollywood, claramente femenina, se dice hombre, y que si en tal o pascual película de moda hay la suficiente ‘diversidad’ de ‘géneros’, colores y variantes sexuales. (Para terminar este punto, respecto a la cuestión de la disforia sexual, la transexualidad y demás, recomiendo tanto a legos como a expertos este vídeo; que, desde una perspectiva un poco diferente a la tratada aquí, resulta muy sencillo e instructivo.)

Noveno ejemplo: Ser fundamento para elogiar a alguien nacido después de 1950 (aunque, ciertamente, su ausencia es una vergüenza para todos los menores de 70 años)

No nos queremos alargar más de la cuenta, así que esperamos que valga un simple ejemplo, planteado a través de una reducción al absurdo. Qué opinarías, querido lector, de un veinteañero que te acaban de presentar, el cual —sin parar de ojear a cada rato su iPhone último modelo—, muy orgulloso de sus convicciones, siempre estuviera sacando a relucir que es un demócrata abolicionista, ecologista, vegano y animalista; partidario del Estado de derecho, contrario al abuso de menores y que se posiciona en contra del exterminio de judíos, los abusos policiales y la corrupción política. ¿Considerarías que estas afirmaciones son dignas de elogio?, ¿confiarías en esta persona?

Décimo y último ejemplo: Ser una razón para crear estructuras o instituciones paralelas a las ya existentes dentro de las democracias liberales occidentales

Una sociedad madura y civilizada consta de las estructuras e instituciones justas y necesarias; por una razón muy sencilla: las organizaciones demasiado complicadas se vuelven lentas, corruptas y caras. Y, dado que todos los ciudadanos son iguales ante la ley, no es necesario segregarlos institucionalmente. Vayamos al caso particular de los ministerios de los diferentes gobiernos: en 1978, teníamos 16 en España; llegamos a tener el mínimo, 13, con Rajoy; y a día de hoy contamos con 22. Todos estos ministerios se reducen, desde siempre, con diferentes nombres, condensaciones y duplicaciones, a 7; que se podrían simplificar en un caso óptimo a tres más uno: el Ministerio de Defensa —con competencias en asuntos exteriores—; el Ministerio de Medios —que englobaría temas de economía y hacienda, junto con capacidades en agricultura, industria, obras públicas, etcétera—; el Ministerio de Fines —donde encontraríamos las competencias en educación, sanidad y justicia, y con las funciones, a su vez, de lo que se conoce como Interior—; y, por último, el Ministerio de Gobernación —que englobaría lo concerniente a Presidencia y Administración Territorial—. Todos estos ministerios tienen su sentido sobre el conjunto de la ciudadanía; y, por eso, no hay necesidad alguna de crear quimeras, como, por ejemplo, el Ministerio de Igualdad. Esto podría también aplicarse a los juzgados y al sistema judicial en general, que resulta complicado y farragoso de entender. Como ocurre con todo, seguro que se podría simplificar, mejorando el rendimiento de la justicia a nivel nacional (este artículo está bien para hacerse una idea).

Lo que está claro es que añadir a un sistema, ya complicado en origen, ‘Juzgados de Violencia sobre la Mujer’ es un error logístico que, además, implica una discriminación sexista intolerable tanto intelectualmente como por lo que tiene de inconstitucional. Es un precedente peligroso crear juzgados de excepción que consideren, automáticamente, entre otras cosas, faltas, tipo lesiones, amenazas y coacciones, como delitos por defecto, si el presunto agresor es varón, por el mero hecho de serlo —siendo un agravante el que esta injusticia afecte potencialmente a la mitad de la población—. Tiene sentido diferenciar, por el carácter del delito, entre lo civil y lo penal. Igualmente, se puede justificar la existencia de Juzgados de Menores o Juzgados de Vigilancia Penitenciaria, al tratar ámbitos especialmente delicados. Incluso tiene mucho sentido que existan los Juzgados de Paz, para cuestiones menores, y así aligerar la carga del resto; o Juzgados de lo Mercantil o de lo Contencioso-Administrativo, por lo específico de los temas. De cualquier modo, todas estas divisiones son de carácter logístico, están enfocadas a mejorar la eficiencia del sistema o se basan en circunstancias efectivas y materialmente justificadas (como, por ejemplo, la existencia de Tribunales Militares). Resumiendo: a nivel administrativo e institucional, se pueden hacer muchas divisiones; pero no hay razones para defender la creación de estructuras paralelas para gestionar los temas propios de las mujeres, dado que no existen, en tanto que son igualmente compartidos por los varones. Entre otras cosas, porque somos feministas y reconocemos que hombres y mujeres son naturalmente semejantes en todo lo valioso, como la inteligencia o la capacidad de trabajo; pero también en todo lo bajo y ruin, como la violencia —aunque pueda tomar formas distintas, a priori, cualquiera de ellas es grave— o la tendencia a la maldad. Sin olvidar que, al final, lo determinante es que los individuos particulares pueden ser muy variados, teniendo que juzgar siempre caso a caso, hecho a hecho. Éste es un punto que vamos repasando continuamente, dado que lo consideramos casi siempre como una piedra de toque a la hora de refutar los delirios propios del feminismo indefinido; pero… basta ya por hoy.

Hemos intentado que los diez ejemplos pertenecieran a diez géneros, lo más abarcadores posibles, de cuestiones desde las que se manosea de una u otra manera al feminismo, envileciendo su sentido original. Reconocemos que, seguramente, la vía negativa nos ha hecho dejar alguna cuestión particular en el tintero, pero, con todo, deseamos que el tema vaya quedando claro. Antes de dar este capítulo por terminado, os dejamos un viejo escrito que os puede aportar matices respecto a lo dicho hasta este cuarto capítulo —su autor original tuvo a bien protegerse, censurando partes, y está claro que ha pasado por más de una mano; pero, aun así, creemos reconocer entre sus párrafos alguna idea rescatable que quizá os pueda resultar interesante—. Y… no tenemos mucho más que decir, salvo, quizá…:

¡Feliz Navidad! ¡Evitad las multitudes, mantened la distancia en las comidas —recordad a los más de 70.000 españoles muertos de mala manera junto a las familias que les lloran— y, sobre todo, nunca os olvidéis de la mascarilla!

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