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American McGee’s Grimm (2008-2009)

La noche es más oscura justo antes de amanecer (o eso dicen los incautos). Hoy seguimos con el repaso informal de la obra de American McGee, poniendo la atención esta vez en ese videojuego llamado “American McGee’s Grimm” (2008-2009), que se vende, 14 años después de su salida, en 23 episodios, a 0’99€ la unidad digital. Esta obra consiste en que nuestro personaje recorra mapas, inspirados lejanamente en los cuentos de los hermanos Grimm, mientras vamos convirtiendo el escenario, de cuento de hadas estereotipado, en uno oscuro (aunque en el que sigue funcionando, eso sí, la misma simpleza de miras que ya regía en el origen). Siguiendo esta línea, cuanto más cutre volvemos el mapa, siendo siempre la estrategia ganadora la de empezar recorriendo los bordes, mayor será el área de efecto; y, llegados a un límite marcado en una barrita, podremos ir avanzando hasta terminar el nivel. Cada uno de los 23 episodios tiene una media de entre 6 y 8 niveles, separados por una pequeña escena cinemática, donde, en perfecto inglés, con subtítulos en el mismo idioma, se intenta hacer una interpretación satírica de estos cuentos clásicos, que siempre cae del lado de lo pueril y lo predecible. La fórmula se repite inclementemente a lo largo de unas seis horas del más absoluto tedio. Y, como tengo un par de cosas más que decir para justificar el 0´5 que se ha ganado esta chapucilla, aunque no se lo merezca, vamos a dedicarle un párrafo más a este despropósito. No demos más vueltas, pues, y entremos en materia.

Como ya hemos comentado en otras ocasiones, uno de los puntos fuertes de todas las obras de este autor reside en el cuidado puesto a la hora de que estén correctamente localizadas, siendo esta característica algo que ha ido sumando a favor desde el primero de Alicia hasta el pésimo “Bad Day L.A.” (2006). En esta nueva entrega, sin embargo, nuestras ganas de tocar fondo aparecen desde el inicio, cuando nos percatamos de que no sólo no encontramos doblaje alguno, sino que ni tan siquiera hay localización escrita. Después, otra cosa de la que el jugador perspicaz se da cuenta bien rápido es de que el tutorial no acaba nunca; y es que, desde el minuto uno hasta el último, te van a estar diciendo todo el rato a dónde tienes que ir, te van a marcar con un cartel en qué lugar debes saltar para avanzar y vas a tener recurrentemente contadores, en la línea del ya famoso «Mata o cura zombis 0/10», pero sin tanta literatura, con un dibujito del objetivo y un simple «0/X» —porque queremos que esto sea accesible hasta para los vegetales—. Estamos ante un intento recreativo, sin reto alguno, que cansa pasados los cinco minutos y que se hace tan sumamente repetitivo que incluso consigue que uno se plantee el suicidio. Miento. Sí que hay ‘desafío’ cuando, de repente, en el capítulo quinto, “La doncella sin manos”, el viento te lanza al vacío en un determinado momento, impidiéndote continuar y poder terminarlo; o cuando, de manera semejante, en el episodio 14, “Iron John”, no se pueden superar tampoco los tubos de gas. Seguimos encontrando problemas en el capítulo 17, “El príncipe rana”, donde cae una bola y, aleatoriamente, te quedas pillado, teniendo que repetir la misma operación una y otra vez hasta que tienes la suerte de que no salte el error. Así que podemos decir que, a nivel mecánico, esto está tan afinado como “Bloodborne” (2015).

Vamos a ser generosos, dedicándole finalmente tres párrafos, por aquello de la cuestión pitagórica (que no conviene pecar de tacañería en cuanto a protección simbólica se refiere). Hablemos un poquito más del arte, porque lo cierto es que existen obras videolúdicas que suspenden en casi todo, pero que se dejan querer por sus elementos decorativos, como pueden ser unos ‘matamarcianitos’ dignos —tipo “Cuphead” (2017)—. Éste, sin embargo, no es el caso de “American McGee’s Grimm”. A nivel estético, este videojuego es feo, rozando lo desagradable, al límite de llegar a ser de mal gusto. Respecto al sonido, a lo largo de los 23 capítulos tienes que sufrir una música cargante y los mismos cuatro comentarios del mañaco enano que manejas, junto con las cuatro líneas, una y otra vez, de los monigotes secundarios; lo que termina provocando que llegues a odiar con toda tu alma esas ocho frases en inglés. (Por cierto, empleo «mañaco» por su acepción segunda, por mucho que no salga en la RAE, a saber: «dícese de aquella persona con comportamiento inmaduro», así como por su sonoridad.) Lo mejor de todo es que, en la recta final, repasas, a lo largo de un mapa más largo de lo normal, todos los escenarios; y…, claro, si hubiera algo que recordar, sería esta escena trivialmente memorable, pero, como no es el caso, lo que verdaderamente te encuentras es algo así como cuando Rambo tiene recuerdos de Vietnam. Pero… ¿por qué no le pongo entonces un 0? Primero, porque la nota mínima hay que ganársela tanto como la máxima —no todo el mundo es Jean-Luc Godard, Michael Haneke, Lars von Trier o Alejandro Jodorowsky Prullansky; ¡por Dios!—; y, segundo, porque no todo es malo, dado que, en el episodio 11, el del rey Midas, pasas a convertir el escenario en oro. Puede ser que éste sea el único brillo de inteligencia a lo largo de toda la obra…, y sería muy injusto por mi parte no reconocer que me hizo arquear una ceja, complementada poco después con la primera —y última— marca positiva en mi libreta. Enhorabuena, “American McGee’s Grimm”, te has ganado un merecido 0’5.

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