Vidas pasadas (2023)

De entrada, tengo que empezar esta crítica con una aclaración y una disculpa. Debido a los otros menesteres que ocupan mi tiempo y que, para mi desgracia, manejan fechas estrictas que me es imposible revertir, me veo en la necesidad de aplazar los análisis que me faltan de las adaptaciones cinematográficas de “Orgullo y prejuicio” (1813) hasta que me libere y pueda dedicarles el detenimiento que requieren. Hasta entonces, y para no descuidar mi aportación a esta web, tengo intención de hacer artículos muy cortos en los próximos meses de cosas que nada tienen que ver con Jane Austen. En este caso, la elección ha sido “Vidas pasadas” (2023): una película con la que no dejaba de cruzarme y que he decidido visionar para comprobar por mis propios medios si su fama es o no merecida. Ópera prima de Celine Song, nos cuenta la historia de un amor de juventud de dos niños de 12 años en Corea del Sur que se ven forzados a separarse cuando la familia de ella —Na Young o Nora Moon, como será conocida después— decide emigrar a Canadá. Doce años después, cuando ya cada uno ha rehecho su vida —él, Hae Sung, como estudiante de ingeniería en Seúl, y ella en Nueva York ejerciendo de dramaturga—, logran contactar por internet y empiezan a retomar su relación a través de videollamadas. Aunque consiguen mantener este régimen durante algún tiempo, Nora decide que lo mejor es que dejen de hablar y que cada uno se centre en la deriva que ha elegido, dado que ninguno parece tener intención de dejar su ciudad y mudarse con el otro a ver qué pasa. Doce años más tarde, y cuando ambos parecen haber pasado página, Hae Sung, que lo acaba de dejar recientemente con su novia, viaja a Nueva York y decide reencontrarse con Nora, casada desde hace siete años con Arthur.
“Vidas pasadas” es una cinta que explora la idea de «¿qué habría pasado si…?», pero que no es lo suficientemente valiente como para llegar hasta el final de la pregunta. De algún modo, aunque se nos pretende reflejar que ambos personajes desearían estar juntos, lo cierto es que los dos anteponen sus respectivas carreras profesionales, por lo que el supuesto interés no era tan grande como para que conllevara un sacrificio a nivel laboral. De hecho, llama la atención que, precisamente en el momento en el que ambos están solteros y parecen tener curiosidad por ver si lo suyo habría funcionado, ninguno es capaz de arriesgarse y, en cambio, cuando ya Nora está asentada con su marido, Hae Sung se decida a hacer tantos kilómetros. No cabe duda de que hay quienes tienen muy desarrollada la capacidad de removerlo todo cuando las cosas han seguido su curso y otros que tampoco cierran definitivamente asuntos del pasado y permiten que estos entorpezcan y fastidien aspectos valiosos del presente. El hombre es una criatura que, por su capacidad de rememorar y de proyectar, siempre idealiza universos que podrían haber sido y no fueron, mientras que suele tirar por tierra las bondades que le rodean. La imaginación es tramposa y tiende a creer que personas que se cruzaron en nuestro camino en un momento dado y con las que no pudimos llegar a más eran las adecuadas para nosotros, pero eso es mucho suponer si tenemos en cuenta lo difícil que es encajar con alguien (¡y ya no digamos en un sentido más íntimo!).
Y, sin embargo, el problema que tengo con “Vidas pasadas” no es tanto en relación con la idea que maneja, sino más bien respecto a la resignación por la que al final opta. Si el marido de Nora pone sobre la mesa de una manera tan cruda su situación en este trío amoroso, ¿por qué los dos acaban conformándose con eso? Seguramente porque está actuando por detrás algo que tiene mucho poder: el miedo del hombre a quedarse solo (un temor que, para colmo, le conduce con una facilidad pasmosa a juntarse con cualquiera sin pensarlo demasiado y, en numerosas ocasiones, a sabiendas de lo mucho que está errando el tiro). Y lo peor de todo es que esa falta de compromiso en la decisión de con quién pasar nuestra vida acarrea un reverso muy grave: que luego podemos hacer mucho daño si optamos por una opción sin abandonar completamente otras tantas que quedaron sin explorar. De algún modo, elegir es renunciar, y ser adulto consiste en eso. Como bien dice el sabio refranero español, «no se puede estar en misa y repicando». El problema es que no siempre nos tomamos esto en serio y muchas veces la vida termina eligiendo por nosotros, lo que nos hace autoconvencernos de que, aunque sepamos que podríamos haber aspirado a algo mejor, lo que tenemos, a fin de cuentas, no es tan malo como podría haber sido. Sea como fuere, y por muy triste que sea su trasfondo, veo esta película con cierta distancia, pues me resulta todo un poco frío y anodino; además de que, con esas secuencias infinitas en las que apenas pasa nada, se me termina haciendo lenta y larga en algunos momentos. De hecho, si se me permite una recomendación, una cinta que trata estos mismos temas, pero de una manera mucho más conseguida, es “Blue Jay” (2016), que, pese a su terrible portada de película genérica de Netflix, consigue reflejar de una forma muy fiel el dolor que acarrean ciertas equivocaciones, especialmente aquellas que tienen que ver con las relaciones amorosas.
Eso sí, aunque tampoco me arrepienta de haberla visto, pues creo que no está del todo mal, el éxito desmedido que ha tenido es algo que se me escapa. Es cierto que me parece que está bien incorporado el mundo de los móviles, de los ordenadores y de las redes sociales que hoy en día habitamos y que a cierto sector audiovisual le ha costado bastante introducir en sus producciones, pero en muchas ocasiones tengo la sensación de haber visto ya lo que se me está contando, y quizá con algo más de pasión y destreza. En cualquier caso, considero que la mejor secuencia es aquella en la que los tres están en el bar, especialmente por la cara del marido en todo momento, que sabe lo que se cuece y comprende perfectamente su papel (y, sin embargo, se conforma con ser el segundo plato, sabiendo que no va a poder complacer realmente a Nora y que ella está con él como podría estar con cualquier otro; y es que su relación se basa mucho más en un mero seguir por costumbre que en lo que debería consistir el auténtico amor). Además, también cabe destacar el diálogo incómodo y triste que comparte Arthur con Hae Sung mientras suponemos que Nora está en el baño, así como alguna sentencia puntual en la conversación entre los que en su momento fueron jóvenes enamorados. De ahí que me parezca todo un acierto el empiece de la cinta, pues permite desgranar cómo se ha llegado hasta ese preciso momento. En resumidas cuentas, una peliculilla que se deja ver, aunque le falta algo de sangre en las venas, pero que dudo mucho que recuerde de aquí a unos meses —por no decir semanas o incluso días—, sobre todo porque no consigo involucrarme en ningún momento con sus protagonistas y con aquello que les pasa.
Categorías