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Life (2020)

A veces me gusta alejarme de aquellos cuyas opiniones estimo y valoro e inmiscuirme a solas y a tientas en los catálogos de las plataformas de vídeo bajo demanda. Es cierto que uno nunca tiene el suficiente tiempo como para hacer de esta tarea la regla, sobre todo porque lo mediocre abunda y lo excelso escasea; pero, en ocasiones, es también gratificante silenciar el murmullo al que tan habituados estamos e ir más allá de las cuatro series de moda de las que todo el mundo habla. Hago este pequeño inciso porque la miniserie que hoy nos ocupa, “Life” (2020), ha sido fruto de esta caótica y entretenida investigación. Dirigida por Kate Hewitt, y creada y escrita por Mike Bartlett —también creador y guionista de “Doctor Foster” (2015-2017); serie que yo no he visto, pero de la que, al parecer, rescata el personaje de Anna Baker, trayéndolo aquí como uno de los principales—, cuenta con 6 episodios, rondando cada uno la hora de duración. Estamos ante una miniserie inglesa que nos cuenta las vicisitudes —especialmente las amorosas— de los inquilinos —Belle (Victoria Hamilton), Hannah (Melissa Johns), Gail (Alison Steadman) y David (Adrian Lester)— que residen en una antigua casa victoriana en Manchester, reformada y dividida ahora en cuatro estancias distintas.
 
Sin ser nada del otro mundo, nos va narrando con tacto e interés las historias de nuestros protagonistas, que se mueven en edades muy distintas: desde veinteañeros que casi rozan la treintena hasta septuagenarios, pasando por otros que se encuentran alrededor de los temidos cuarenta o que casi tocan los irremediables cincuenta. Sin embargo, pese a la evidente disparidad de generaciones, lo cierto es que hay algo en lo que todos se encuentran bastante a la par: ninguno está satisfecho con su vida. Las razones, si bien son muy diferentes en los distintos casos, tienen como punto de referencia la cuestión del matrimonio. Esta miniserie ahonda en aquellos matrimonios sobre los que nos mentimos, pero también aquellos sobre los que nos mienten; matrimonios que nacen corruptos, y otros que poco a poco se van pudriendo. Es una constante reflexión sobre aquello que lleva a dos personas a decidir compartir su vida para siempre: ¿el interés?, ¿el amor?, ¿un proyecto futuro?, ¿el dinero?, ¿la comodidad?, ¿el no saber estar solo?, ¿el creer que ya no se tendrá otra oportunidad? Además, y como tema secundario —aunque, sin duda, fundamental—, se explora el afán que tienen algunos de engañar —a sí mismos, pero también al resto—, hasta llevar su pantomima a un extremo que provoca un daño que bien podría haberse evitado con un mínimo de honestidad. A veces es mejor cortar a tiempo, para evitar que el embuste se vuelva intolerable (como pasa aquí con algunas de las coyunturas de la trama, que no especificaré para evitar destripes innecesarios).
 
Por otro lado, también es una serie que explora los conflictos que generan las nuevas maneras de entender las relaciones. Al final, todo tiene un precio; y por mucho que los adalides de esta moderna forma de concebir el amor crean asistir a una liberación, terminan por ser esclavos de algo que va más allá de su impostado adanismo: la necesidad humana de crear vínculos sinceros y duraderos. De hecho, al hilo de esto, creo que viene al caso traer a colación una reflexión que no sólo engloba la cuestión de las relaciones y del matrimonio, sino que resume además muy bien el fin al que apunta “Life”. Viene de la mano de un cura con el que se está confesando uno de los personajes, y hace alusión a aquello sobre lo que suele tratar él con las parejas que van a casarse: «Hablamos de la flexibilidad que requiere una vida en común. Si buscamos una vida auténtica, debemos permitir también la autenticidad del otro. Pero no será perfecto. Nuestras vidas son un proceso. Lo intentamos, fallamos y volvemos a fallar. Y fracasamos otra vez. La gente cambia y madura. Un buen matrimonio debería permitir eso». Pero también la que le dice otro cura a otro de los personajes: «No se pueden tener bendiciones sin sufrimientos. Te ha sido arrebatada, pero se te dio una relación feliz». Y ahí está uno de los ejes fundamentales de esta serie: las cosas buenas traerán consigo infinitos dolores y angustias, pero es mejor eso que empecinarse en no querer intentar algo por miedo al fracaso o a que le hagan daño a uno.
 
La verdad es que una cosa que me hace bastante gracia de esta serie es que, de algún modo, parece que tiene que cumplir con el cupo de todas las minorías (si alguien diera con esta producción audiovisual en un futuro podría servirle perfectamente como un fiel reflejo de la sociedad desde la que fue creada). Sin embargo, lo que más me gusta es que casi funciona como un mero pretexto para tener entretenidos a los espectadores más pesados con esa constante obsesión por la ‘diversidad’, mientras se va planteando el núcleo duro de la serie: elige bien con quién te juntas y qué decisiones tomas, pues, en muchos casos, arrastrarás con las consecuencias a lo largo de toda tu vida. También es una serie que trata sobre la culpa, que es un estado anímico muchísimo más desagradable que el de sentirse traicionado (incluso aun cuando esa deslealtad pueda provenir de la persona en la que uno más confiaba). Uno asume infinitamente mejor las tragedias sobre las que sabe que no podía haber hecho nada y, por tanto, que no dependía de él evitar, que aquellas que han surgido de una mala decisión o de una acción errónea. Y, por eso, hay ocasiones en las que el que aparentemente debería estar peor, por el supuesto infortunio que le ha caído en desgracia, vive con mayor tranquilidad de espíritu que el que de cara al exterior muestra una perfección que se desmorona cuando cierra la puerta de su casa y, por fin, puede respirar tranquilo y dejar de fingir (me es inevitable aludir aquí a lo que llevo ya comprobando desde un tiempo a esta parte: aquellas parejas que se muestran más acarameladas en público suelen ser las que luego tienen más problemas en la intimidad; ya se sabe: «dime de qué presumes y te diré de qué careces»).
 
También está muy presente la idea de llegar tarde a las cosas que uno habría querido hacer —¿pero realmente tanto las quería, o sólo se ilusionaba con la idea abstracta que tenía de ellas?—; de no haber tomado las decisiones adecuadas cuando aún uno estaba a tiempo; y, sobre todo, de que la vida nunca espera, y que aquello que no intentaste en tu juventud es muy difícil que puedas llevarlo a término en la vejez. Sobre todo, porque lo que se esconde en esa repentina idea de querer cambiar radicalmente de vida, y recuperar esos sueños de juventud que quedaron enterrados quién sabe dónde, es un cierto resquemor. Por eso hay una especie de resentimiento tan extendido entre las personas de una cierta edad: llevan casi toda su vida aborreciendo lo que hacen y dedicándose meramente a ganar dinero; y, de repente, se dan cuenta de su anodina existencia, de su paso por el mundo sin ton ni son, y de que ya es demasiado tarde para remediar el tedio. Aquí, por ejemplo, asistimos a un matrimonio que lleva casado casi 50 años, y donde ella ha sido completamente relegada a un segundo plano; y no es que haya vivido penando todo ese tiempo, pero, por un encuentro fortuito e inesperado, se percata del poco valor que se le ha dado a su perpetuo esfuerzo —ése que pasa desapercibido y que, sin embargo, es sumamente fundamental—. Y es que, mal que le pese a algunos, para que uno brille, hay siempre alguien por detrás que hace el trabajo menos vistoso, que se tiene que quedar en la sombra. Y eso es inevitable. El problema está en no saber valorar el lugar del otro, o en dar por sentado que ese orden ha de ser así necesariamente; a lo que hay que sumar también la difícil empresa de tratar con el orgullo, que impide muchas veces agradecer lo que se tiene.
 
En resumidas cuentas, esta miniserie de vidas entrecruzadas resulta agradable de ver —aunque tengo que reconocer que hay cierta frialdad en ella que me impide disfrutarla de una manera completa—, y resulta recomendable para quien quiera comprender las tortuosas existencias de varios individuos que no han encontrado su lugar en el mundo —o que, aun cuando creían haberlo hecho, algo les ha demostrado cuán profundamente equivocados estaban—. Además, refleja bien la debilidad del ser humano, tanto cuando da demasiadas cosas por sentadas —grave error que tarde o temprano terminará pagando— como cuando dificulta la posibilidad de que, de vez en cuando, algo pueda salir bien —no queriendo asumir muchas veces su fragilidad y su soledad—. A su vez, aparece la clásica figura que carga con más peso del que le corresponde, y que siempre suele haber en todas las familias. Y es que…: ¿quién cuida al abnegado, al sacrificado, al que se pliega para que el otro consiga destacar? Por otro lado, cabe hacer alusión a la estupenda canción de inicio, “My Angel”, de Guy Garvey, que te deja una sensación extraña e incómoda, como de misterio e incertidumbre, que casa bastante bien con una de las principales tramas de la serie, que es la que aporta un cierto gancho con un hallazgo que le pilla a uno un poco desprevenido (aunque probablemente habrá más de uno que lo descubrirá con mayor rapidez que quien escribe estas líneas).
 
Por encontrar algún que otro paralelismo que pueda resultar de interés al hipotético lector, hay que decir que comparte algo con la también inglesa miniserie “Years and Years” (2019) —ambas, por cierto, producidas por la BBC—: la estética y la forma de contar guardan un considerable parecido, así como la confluencia de diferentes historias de personas interrelacionadas entre sí —aunque por razones distintas en uno y otro caso—; y también, claro está, la importancia que las casas juegan en ambas, en tanto que funcionan como nexo de unión de sus protagonistas y de sus coyunturas, teniendo un papel fundamental en la narración, y sirviendo, precisamente, para hilar vidas tan dispares. Por último, y como detalle final, no puedo dejar de aludir al guiño nada velado a la secuencia final de “El graduado” (1967), aunque aquí pierda por completo la seriedad del inconfundible gesto de los personajes de la cinta dirigida por Mike Nichols, que no puede reflejar mejor ese vértigo ante el porvenir, siempre misterioso e inescrutable. Ya sólo me falta desearos a todos unas felices navidades, y esperar que entréis con buen pie en este nuevo año que comienza pronto; confiando en que, por lo demás, nos recuerde más bien a otros que dejamos atrás hace ya alguna que otra Nochevieja.  

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