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Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas (1865)

«¡Vaya! —pensó Alicia—, después de una caída como ésta, bajar rodando por las escaleras de casa me parecerá de lo más natural. ¡Qué valiente van a pensar que soy!».

Hoy vamos a dedicar un ratillo generoso a uno de los libros más conocidos de la literatura universal, nada más ni nada menos que “Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas”, publicado de la mano de Lewis Carroll en 1865 —nuestro anteayer—. Sobre esta obra, como de toda mínimamente conocida, se ha escrito casi todo y desde todas las perspectivas, por lo que, de entrada, puede resultar un poco intimidante de cara a la realización de un análisis por parte de un cualquiera, que apenas acaba de empezar en esto de rendirle justa estima a todo género de conocimiento digno. Pero, en aras de aspirar a nutrir a esta nuestra humilde página web de unas bases sólidas para hablar de otros temas, es preciso dar una vuelta original e independiente a ciertas obras maestras, aunque suene osado o arriesgado; porque, a diferencia de lo que opinan los sectores más especializados de nuestra intelectualidad…, no pasa nada, e incluso se podría decir que es muy sano volver varias veces sobre según qué obras —recurso, eso sí, muy empleado por nuestras claraboyas intelectuales para desdecirse y pedir disculpas cuando el viento cambia, o en el momento de proceder a la repetición de lo mismo para poner la mano—. No será la última vez que nos enfrentemos a las aventuras de la pequeña Alicia —que se parece, pero no es lo mismo que una Alicia pequeña—, aunque lo que es seguro es que ésta es, y siempre será, la primera vez que lo hagamos. El movimiento se demuestra andando, así que comencemos.

Por si acaso se encuentra entre nuestras filas algún despistado que no se ha leído aún esta obra, vamos a darle un par de ideas, antes de comenzar el deshuesado que hoy nos ocupa, para que se haga primero con este librito, y pueda proseguir así con la lectura del artículo. En resumen, y puede que sea un resumen poco original, la obra de Lewis Carroll se caracteriza por la belleza y el interés que despierta lo surrealista de sus imágenes oníricas, así como por un estilo sobrio y cercano que busca la elegancia, la naturalidad y la humanidad a la hora de transmitir un mensaje muy bien pensado a través de un personaje que transpira carácter: Alicia. Es imposible no encariñarse de esta niña de 10 años y, una vez que empiezas a descubrir su brillante personalidad, no dejarás de leer hasta que alguna imposición mundana te obligue a parar. Teniendo en cuenta que se puede encontrar por menos de 5 euros, y que se lee fácilmente en dos tardes de fin de semana, no cabe duda de que entra en esa exclusiva categoría de obras maestras —tipo “Bartleby, el escribiente” (1853) o “La metamorfosis” (1915)— que no pueden ser más baratas. Dicho esto, ahora sí, entremos en materia.

El libro

«¡Cómo me gustaría poder plegarme como un telescopio!».

La clave fundamental para entender “Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas” es comprender la razón de su génesis. En origen, fue un regalo del autor, de nombre real Charles Dodgson, a la hija de su amigo Henry Liddell, Alicia Liddell, con la que trabó una hermosa relación de amistad desde que la conoció, a la tierna edad de 4 años. El libro, en principio, era un regalo de Navidad para su pequeña amiga, cuando ésta tenía 10 años. Por lo tanto, es clave no perder de vista que es una historia pensada para un niño y, por lo tanto, que se define por ser entretenimiento didáctico. En esta línea, el tema fundamental para atraer la atención de su querida amiga, a la par de ser un muy buen tema educativo que vertebra toda la obra, es la cuestión del crecimiento y del peliagudo tema de hacerse mayor. En este sentido, la edad de 10 años no puede ser mejor, dado que es el comienzo de una década de cambios después de una década de infancia. Todos los recuerdos que guardamos los adultos de aquellos largos veranos son de esta etapa; sobre la que, inocentemente, algunos llegamos a pensar que parece eterna, mientras que otros, imprudentes, desean que pase rápido y crecer antes de tiempo. En cambio, llegados los 10 años, nos encontramos, de media, en la frontera de la pubertad —especialmente las niñas—, y esto implica empezar a vivir una serie de cambios de tamaño, forma y formas, sobre todo dentro de la más profunda intimidad, y con consecuencias irremediables de cara a nuestro entorno familiar y social.

«—Pues verá usted, señor…, yo…, yo no estoy muy segura de quién soy, ahora, en este momento; pero al menos sí sé quien era cuando me levanté esta mañana; lo que pasa es que me parece que he sufrido varios cambios desde entonces».

Estos cambios producen un choque que puede provocar mucha extrañeza en el niño, dado que el mundo de los adultos no se parece en casi nada al mundo infantil. Esta cuestión, maravillosamente simbolizada con los cambios literales de tamaño de Alicia, se encuentra a lo largo y ancho de toda la obra junto con la sensación de desazón que va envolviendo a la niña al no «sentirse la misma», pues, literalmente, está abandonando la niñez y empezando a ser mujer. La gracia del asunto es que la pluma del autor consigue moverse a dos niveles; y es que, más allá del objetivo infantil, es incapaz de eludir una cierta nostalgia sutil, posiblemente la propia de un hombre con 33 años —esa edad en la que la juventud queda tan cerca de uno como la vejez—, y que coincide también con la que cualquier adulto mínimamente sensible y sincero no puede evitar sentir. Si a todo esto le sumamos que el autor toma una perspectiva muy crítica con respecto al mundo de los adultos, de forma que advierte a Alicia, a la par que dialoga con el lector más maduro, ya tenemos las claves para comprender el éxito de dicha obra. En el fondo, es la apuesta por una nueva educación de los niños, que implique una transformación del mundo adulto; quedando claro que el reverendo Dodgson sueña con un futuro más libre y coherente que el que le tocó vivir, un futuro donde Alicia pueda llegar a ser el ejemplo a seguir de una nueva generación —y no es una generación cualquiera la que conforma a nuestros tatarabuelos, dado que ellos fueron los responsables directos del mundo que vivimos hoy—.

«¡Ah! ¡Tú! —dijo la Oruga con desdén—. ¿Y quién eres tú?».

Otra cuestión que llama mucho la atención es lo inteligente, culta y madura que es Alicia con tan sólo 10 años, sobre todo para los estándares actuales; dado que cosas como que lea el periódico resultan sorprendentes y muy inspiradoras de cara a repensar nuestra avanzadísima ‘pedagogía’. Partiendo de esta base, tan propia del entorno decimonónico de clase acomodada y, a todas luces, envidiable, una cosa que nos encontramos siempre en esta obra son los pequeños acertijos y coyunturas, que resultan tan divertidos, a la par que te hacen pensar y siempre te enseñan algo, pero que no olvidan nunca marcar el reverso oscuro y el drama inherente a la vida, que requiere de madurez y templanza para conllevarla. Muchos de ellos giran en torno al sentido de las reglas sociales, ejercitando una sana crítica, que criba todo el exceso propio del puritanismo de la época, al tiempo que se afana por conservar aquello que es valioso, y que incluso se atreve a promover alguna novedad interesante —como ya veremos un poco más adelante—. El autor no escatima tampoco esfuerzos en plasmar el amor por el conocimiento y el orgullo intelectual de la joven Alicia, sin dejar de lado tampoco el tema de la libertad y lo difícil que resulta tomar tus propias decisiones sin la tutela de tus padres. Vamos a pararnos unos instantes en todos estos temas, dando rienda suelta al gusto que cualquiera sentiría a la hora de sacar fragmentos de esta obra. Comenzando por los acertijos y juegos que motivan el pensamiento, que tienen una moraleja muy clara, cabe destacar, en primer lugar, la divertida problemática que se encuentra Alicia cuando tiene que tomar dos trozos de la seta que le recomienda la Oruga:

«Alicia quedóse contemplando pensativamente la seta durante algún rato, intentando adivinar cuáles serían sus dos lados, pues, como era absolutamente redonda, se trataba de un problema harto difícil de resolver».

La cuestión que se plantea —que comer de un lado de la seta la provocará crecer y, del otro, menguar; siendo la seta perfectamente homogénea y circular…—, más allá de servir para que aquellos que buscan al matemático que fue el autor sean felices en su infecunda empresa, transmite la idea, fundamental para cualquier proyecto de adulto, de la dificultad de ciertos problemas, que pueden llegar a ser directamente irresolubles, siendo muchas veces las circunstancias las que nos obliguen finalmente a decidir (pues es peor no tomar una determinación que el hecho de aceptar un grado muy alto de riesgo al no conocer todas las variables). Otro ejemplo muy bueno de esto es una aparente obviedad como la siguiente:

«Aún no lo he abierto —confesó el Conejo Blanco—; pero parece que se trata de una carta escrita por el prisionero a…, a alguien.

—Ha de ser así —dijo el Rey—, porque de lo contrario habría estado dirigida a nadie, lo que, como ya se sabe, no es nada usual».

Muchos pensarán que es un diálogo baladí, que pivota entre lo trivial y lo surrealista, por el mero deleite de alimentar el tono estético; pero, en el fondo, encierra una enseñanza importante que no se nos debe escapar. El núcleo de esta pequeña conversación es que muchas cosas de esta vida tienen una forma de ser «usual», y que es preciso comprender cuál es en cada caso, para, así, saber distinguir las anomalías y prevenirnos de caer en accidentes o engaños. Dentro del apartado de los juegos intelectuales, se le da una importancia clara a la cuestión del tiempo, sobre todo en el tramo del encuentro con el Sombrerero y la Liebre de Mayo mientras estos toman té. Esta parte, y su reflexión de fondo, matiza muy bien el tema general del crecimiento de niño a adulto, dado que medita sobre la diferente manera de vivir la temporalidad que tienen ambas etapas; pero también refleja la apuesta del autor por que Alicia Liddell comprenda el valor del mismo e intente vivir el tiempo adulto de una manera más consciente. En este sentido, el ejemplo del reloj del Sombrerero es todo un poema.

«Mientras tanto, Alicia había estado mirando el reloj por encima del hombro de la Liebre con bastante curiosidad.

—¡Qué reloj más raro —observó—, en vez de las horas del día marca los días del mes!

—¡Y por qué no habría de hacerlo! —masculló malhumorado el Sombrerero—. ¿Acaso tu reloj señala los años?

—¡Claro que no! —concedió Alicia de buen grado—. Pero eso es porque se está mucho tiempo dentro del mismo año.

—Que es precisamente lo que le pasa al mío —dijo el Sombrerero.

Alicia se quedó muy desconcertada: lo que acababa de decir el Sombrerero no parecía tener ningún sentido, y, sin embargo, no se podía decir que no fuera perfecto castellano».

El Sombrerero, siendo una caricatura de un adulto promedio, a todas luces loco a los ojos de un niño inteligente, vive como adulto un tiempo cada vez más acelerado —tanto, que su reloj cuenta los meses y no las horas— y, a la par, repetitivo —con la maravillosa alegoría de tomar siempre el té, que funciona como metáfora no sólo de la repetición propia de la vida del adulto en el trabajo, sino también en el ocio; lo que fomenta que se ahonde en esa sensación de aceleración—. Con todo, el Sombrerero, como buen adulto, encierra una sabiduría de la cual Alicia carece; dado que, desde la perspectiva de la niñez, el tiempo tiene poco valor porque parece que es ilimitado, mientras que, en cambio, este curioso personaje comenta lo siguiente:

«¡Ay! ¡Si conocieras al Tiempo tan bien como lo conozco yo —exclamó el Sombrerero—, no hablarías de malgastarlo, y mucho menos de matarlo! Se trata de un tipo de mucho cuidado, y no de una cosa cualquiera».

De esta manera, le deja muy claro a Alicia que el tiempo que ahora le parece una levedad no dentro de mucho alcanzará una importancia capital; de ahí que ahondar en la actitud de malgastar el tiempo o matarlo sea un error muy grave, en tanto que es de los bienes más preciados de los que disponemos. Por eso, no debe matarlo de manera infantil con distracciones que no lo merezcan ni pensar que las actividades de ocio implican un malgasto. Resulta muy interesante el juego de contradicciones y aparentes aporías que presenta el autor, y es que, en este caso, parece que dedicarse a tomar té cabría como ocio y no sería una pérdida de tiempo; pero, a la vez, el Sombrerero vive en él, siendo un claro exceso y, por lo tanto, una forma de matarlo. La reflexión que encierra esta parte implica aprender el valor del tiempo y la necesidad de pensar un término medio virtuoso a la hora de decidir cuánto tiempo le dedicamos a qué; ya que, una vez pasada la niñez, el espejismo de eternidad caerá, y nos encontraremos de golpe y porrazo con una escasez de tiempo alarmante. En esta parte, también encontramos una pequeña enseñanza sobre la cuestión temporal, aparentemente menor en comparación, pero que encierra una oda a la curiosidad y anima al niño a no tragar cualquier historia, motivándole a pensar por sí mismo la coherencia y verosimilitud de lo que se le está contando:

«Érase una vez… —comenzó apresuradamente el Lirón— tres hermanitas que se llamaban Elsi, Cielo y Tilde; las tres vivían en el fondo de un pozo…

—¿Y de qué se alimentaban? —preguntó Alicia, siempre interesada en todo lo que fuera comer y beber».

Los mayores engaños y los secretos más interesantes que encierra cualquier actividad humana se suelen ocultar en los presupuestos, sobre todo en los presupuestos implícitos que se apoyan en lo que se considera aceptable de manera acrítica por el común de los mortales o en aquellos que, sencillamente, son pasados por encima en una narración aviesamente formulada. En este sentido, la actitud despierta y un poco impertinente de Alicia es todo un ejemplo para un niño, dado que le anima a no perder la curiosidad y a moverse cuando cualquier detalle le suscite una sospecha. El mundo de los adultos se aprovecha y explota continuamente la situación en la que uno, muy confiado en su poder, cuenta una película a otros, que, por miedo, interés egoísta, complejos varios o por la costumbre afianzada de tragar lo intragable, se la comen, y afirman estar ante una película de sobresaliente; cuando, palmariamente, ante la inocencia de un niño inteligente, estaríamos aprobando algo que, a todas luces, es un suspenso bajo.

«—Pero ¿por qué vivían en el fondo de un pozo?

—Sírvete un poco más de té —le dijo muy ansiosamente la Liebre de Marzo.

—¡Si todavía no he tomado nada —replicó Alicia con tono ofendido—, de forma que no podría tomar más!».

Más allá de estas pequeñas lecciones, otra nota característica de esta obra, que se nota desde el principio y que no se abandona nunca, es cierto aire de pena y drama, capaz de acompañar al niño lector en la necesidad de madurar y practicar la templanza, a la vez que repasa junto al adulto la nostalgia y la melancolía que provoca la niñez perdida, así como el hecho tedioso del drama que debe asumir y que deberá aguantar el resto de su vida. Como dijo don José Ortega y Gasset, llegados a los 30 años, todas las decisiones importantes ya las hemos tomado, y éstas medirán las cadenas que nos atan al suelo, limitando el margen de acción que tendremos el resto de nuestra vida —y que me perdone Ortega desde el cielo si mi parafraseo ha destrozado su estilo—.

«”¡Vamos! ¡De nada sirve llorar de esa manera! —se dijo Alicia a sí misma con bastante firmeza—. ¡Será mejor que pares ahora mismo, si sabes lo que es bueno!” Es que Alicia solía darse por lo general muy buenos consejos (ahora, que rara vez los seguía), y a veces se regañaba tan severamente que se le saltaban las lágrimas».

La sugestión y la imagen, apenas hemos comenzado el libro, que provoca la situación donde Alicia, después de llorar, encoge y tiene que nadar en sus propias lágrimas no puede ser metafóricamente más fuerte y clara:

«¡Ojalá no hubiera llorado tanto! —dijo Alicia mientras nadaba en derredor intentando encontrar una manera de salir—. Supongo que ahora sufriré el castigo que me merezco por haberlo hecho ¡ahogándome en mis propias lágrimas!».

Esta gravedad, expresada de tal manera que no pierde un ápice de su dureza, pero que, a la vez, se nota que está elaborada de modo que un niño pueda entenderla perfectamente, toma otras formas más abstractas para plantear matices sutiles, como el problema que plantea el Sombrerero con su amigo el Tiempo:

«—Y desde entonces —siguió diciendo el Sombrerero, cada vez con más pena—, el Tiempo no quiere saber nada conmigo ¡y para mí son siempre las seis de la tarde!».

Esto lo podemos considerar, por otro lado, como la única referencia al amor y al sufrimiento inherente que éste conlleva, así como a la problemática que arrastran muchos adultos —sobre todo a partir de cierta edad— cuando entran en pugna con el paso del tiempo a causa de lo que han hecho con él y lo poco que les queda ya por hacer. Muchos, al igual que este personaje, sufren este conflicto dentro de una locura muy particular, que suele parecerse mucho al vicio que tiene este personaje con el té y con quedarse anclado en un momento dado. La reflexión sobre la pena y el drama también se afronta desde otra perspectiva, no tan profunda, pero sí muy importante. Aquí es donde empieza la parte más crítica de la obra de Carroll con la sociedad de su época. El tema de los modales y las ofensas es otro que siempre vuelve a aparecer en mayor o menor medida. Se destaca en muchos pasajes que, igual que a veces está bien ser un poco irreverente para evitar que nos engañen, otras veces toca controlar nuestros sentimientos y sacrificarnos; cuestión muy importante de cara a madurar. A colación de esto, tenemos, por un lado, un ejemplo muy bueno cuando Alicia se encuentra con la Duquesa en la partida de croquet —esa partida totalmente irracional, amañada e injusta… que a lo poco que sirve bien es a contentar a la Reina—.

«Tener a la Duquesa tan cerca no era precisamente lo que más le gustaba a Alicia, pues, primero: era sumamente fea; y segundo: porque tenía una estatura que le permitía apoyar la barbilla sobre el hombro de Alicia, y se trataba de una barbilla particularmente puntiaguda, por lo que resultaba muy incómoda. Pero como tampoco quería ser grosera, soportó tan bien como pudo el sacrificio».

El ejemplo de la Duquesa ejemplifica muy bien esos momentos en los que no se gana nada violentándose ante una situación molesta, siendo lo más sensato aguantar el chaparrón. Todos nos hemos visto alguna vez sentados junto a alguien extremadamente desagradable, obligados a soportarle con educación… en una boda o una clase. No tiene mucho sentido malhumorarse con un extraño en esas circunstancias —siempre que no se pase de la raya, claro; cosa que no se le escapa a Carroll, como veremos más adelante—. En cambio, hay otras veces que la motivación para guardar una consideración extra debe ser la mera piedad y, en ese sentido, la tragicómica historia de la Tortuga Artificial es todo un retrato de situación ante la que tenemos que luchar por ser todo lo compasivos que podamos:

«—Hubo una época —rompió por fin a hablar la Tortuga Artificial con otro gran suspiro—, en que yo fui una auténtica tortuga.

Estas solemnes palabras fueron seguidas de un profundo y prolongado silencio, que sólo interrumpía algún que otro graznido del Grifo y los sollozos mal reprimidos de la Tortuga Artificial. Alicia estaba a punto de levantarse y de decir: “Muchas gracias, señora, por su interesante historia”, pero estaba convencida de que tenía que haber algo más, así que se quedó sentada sin rechistar».

A un niño se le perdona perder la paciencia ante según qué situaciones, pero el adulto debe saber guardar las formas; y, en este sentido, el autor busca poner ante los ojos de su amiga una variedad de situaciones lo suficientemente heterogénea como para despertar la propia reflexión de la niña, y que así pueda comprender cuándo uno debe quejarse y cuándo uno tiene que aguantarse. Todos hemos vivido la situación en la que un amigo nos ha contado una historia muy triste, alargada en exceso, y que, en el fondo, nos interesa muy poco —o nos parece ridícula por exagerada—; en estas situaciones, debemos aguantarnos las ganas de estrangularlo con nuestras propias manos y debemos esforzarnos por compadecernos de él. Todo drama ajeno puede parecer menos grave si nos dejamos llevar por nuestros impulsos caprichosos; sin embargo, cuando la pena nos domina, agradeceremos tener una mano amiga que nos sostenga, aunque nos pongamos extremadamente pesados…, y que, con un cariño especialmente compasivo, y una considerable paciencia, nos haga ver que estamos sacando las cosas de quicio y haciendo el más absoluto ridículo. Más allá de la reflexión sobre la buena educación y la paciencia, tenemos que pararnos a repasar el amor que profesa Alicia por el conocimiento, así como el sano orgullo intelectual que no se corta en llevar a gala.

«Creo que debiera de escribirse un libro sobre mí. ¡Y tanto que debiera de escribirse! Lo escribiré yo misma cuando sea mayor, pero… ¡Si ya no puedo ser mayor! —añadió lastimera—. Al menos ya no me cabe ser mayor aquí dentro.».

Alicia se ha aventurado a meterse en la casa del Conejo Blanco, con la mala suerte de que ha empezado a crecer en su interior hasta quedarse atorada. Ante dicha situación —y lo que viene ya siendo un cúmulo de situaciones extraordinarias—, nuestra protagonista nos obsequia con esta corta, y en apariencia inofensiva, idea. Está claro que Lewis Carroll está invitando a la señorita Liddell a escribir, lo cual es toda una declaración de intenciones en unos tiempos en los que, si bien ya empezaba a haber cierta apertura respecto al reconocimiento de las capacidades intelectuales connaturales de las mujeres, aún su defensa era algo rompedor. Porque, más allá de saber leer y escribir, e incluso de recibir una buena educación general en otras materias, como la que seguro que recibió ella, esta educación, a mediados del siglo XIX, era muchas veces un adorno, un símbolo aristócrata, algo que se entendía que servía para ser buena madre —lo cual es cierto, pero de una manera parcial—, y no como base para abrir la posibilidad a una futura carrera dentro de los nacientes oficios liberales. Y, sin ánimo de volver al manido tema feminista…, la situación es mucho más evidente a nivel metafórico. Alicia se ve encerrada dentro de una casa al crecer, siendo la misma Alicia la que afirma que le gustaría escribir cuando sea mayor, para luego manifestar, tristemente: «ya no puedo ser mayor», «al menos ya no me cabe ser mayor aquí dentro»; dejando claro que, si se queda encerrada en una casa, casándose con un bruto demasiado joven, y quedando relegada a ser meramente ama de casa, su crecimiento se verá coartado y ya no podrá escribir, porque, en el fondo, será considerada el resto de su vida como menor de edad, como tantas mujeres de su época. La moraleja de este momento de la trama es vital y afiladísima, dado que está avisando a Alicia Liddell de que, al crecer, empezará a gustar a lo chicos, y que, como se descuide, acabará mal casada y encerrada, no pudiendo crecer más. Lewis Carroll se significa con claridad en esta línea como defensor de las mujeres, por si alguien aún guardaba alguna duda; practicando lo que hoy llamaríamos el auténtico feminismo, tan necesario en esa época. Más allá de esta idea, el ánimo por parte del autor de potenciar y motivar las capacidades intelectuales de su amiga no cesa:

«Se sintió muy satisfecha al ver que sabía el nombre de casi todo lo que veía. “Ése es el Juez —se dijo a sí misma—, porque lleva puesta esa peluca tan larga.”

A propósito, el Juez era el mismo Rey, y, como llevaba la corona encima de la peluca (mirad el dibujo que figura al principio de este libro, si queréis ver cómo lo hacía), no tenía precisamente aspecto de sentirse demasiado cómodo, y en todo caso no le sentaba bien.

“Y ése debe ser el estrado del jurado —pensó Alicia—, y esas doce criaturas —no tenía más remedio que llamarlas así, ¿comprendéis?, pues había de todo: animalitos y pájaros— me supongo que son los miembros juramentados del jurado.” Estas últimas palabras las repitió Alicia para sí misma varias veces, muy orgullosa de lo imponentes que sonaban, pues pensó, con toda la razón, que muy pocas niñas de su edad podrían comprender su significado».

Además del sutil apunte, que dispara con bala contra el problema de la ausencia de separación de poderes, la clave de este fragmento es el sano orgullo intelectual que transpira Alicia, que no sólo sabe mucho, sino que se enorgullece de saber; disfrutando de una sana felicidad de sí misma. Destaca más adelante cómo se alegra de comprobar aquello que ha leído en los periódicos. No debemos olvidar que hablamos de una niña de 10 años que, al margen de que sea un personaje de ficción —y, más allá de las hermanas Brontë, habría que ver cuántas niñas leían tanto de media—, lo que aspira a ser es un ejemplo para niños de la misma edad:

«”Cómo me alegro de ver cómo han hecho eso —pensó Alicia—, siempre estoy leyendo en los periódicos que al final de los juicios ‘el público prorrumpió en aplausos que fueron inmediatamente reprimidos por los ujieres de la sala’, y nunca comprendí qué significaba todo eso hasta ahora.”».

Vamos viendo que el modelo educativo del niño a las puertas de la pubertad que propone Lewis Carroll se perfila como despierto, con apetito de conocimiento y con orgullo intelectual; curioso, con un punto de irreverencia y rebeldía ante el sinsentido, capaz de valorar el tiempo y con capacidad para distinguir por sí mismo cuándo debe aguantar y cuándo debe sacrificarse. Nos damos cuenta de que el modelo que ofrece Alicia no es una destrucción de la educación victoriana, sino una evolución y perfeccionamiento, que pone el foco en la libertad de criterio que ofrece potenciar una visión crítica por parte del niño, y que, por tanto, va más allá de aprenderse los contenidos de las materias sin ponerlos en tela de juicio (por algo el libro está lleno de poemas moralizantes, propios de la época, modificados con tanta ironía). Los jóvenes deben aprender, una vez abandonada la más tierna niñez —donde la repetición y la persuasión más trivial deben ser la norma a la hora de instruirse—, que todo es susceptible de burla y sorna, que la ironía siempre es legítima, y que es ésta la forma de crítica más humana que existe. Una vez aprendidas las materias y las buenas formas a través de la imitación, deben ser motivados a dudar de quien no duda, de quien no da razones, del que cuenta las historias a medias o del que no atiende a réplicas como paso intermedio, de cara a convertirse en adultos libres y responsables de pleno derecho…, hombres que den la talla como ciudadanos en una sociedad como la que se estaba conformando a mediados del siglo XIX. De alguna manera, y puede que existan otros precedentes que desconozco, está claro que, dentro de las aventuras oníricas de esa niña pequeña llamada Alicia, en apenas 150 páginas de la prosa más amena, se encuentra el germen del nuevo hombre occidental. Pero, claro, la libertad tiene un coste alto; lo que tampoco queda fuera de este pequeño libro, como veremos ahora.

«—Y ¿qué tengo que hacer yo para entrar? —volvió a preguntar Alicia con más fuerza.

—Pero ¿es que tienes que entrar? —le respondió el lacayo—. Eso es lo primero que debieras de preguntarte, ¿no?

Así era, en verdad; sólo que a Alicia no le gustaba que se lo dijeran».

Resulta muy difícil tomar tus propias decisiones sin la tutela de tus padres. Cuando eres pequeño, estos te cercenan tu libertad, pero, a la vez, absorben también el peso de las consecuencias, contando con la ventaja de la experiencia de muchos más años vividos. En cambio, el joven debe empezar a pensar y a decidir por sí mismo, como el que empieza a montar en bicicleta sin ruedines, con la inseguridad que provoca desconocerlo casi todo y no haber vivido de primera mano casi nada. Esto termina provocando una angustia profunda, que, junto con los cambios hormonales y la maduración de los roles respecto al sexo contrario, nos da pistas de los porqués de lo complicada que suele ser esta época. En esta línea, los problemas que tiene Alicia a la hora de decidir hacia dónde se mueve en el país de las maravillas son una muy buena alegoría de esto, destacando sobre todos los ejemplos su primer encuentro con el Gato de Cheshire, ese personaje que tuvo la suerte nuestra protagonista de tener como amigo…, porque, con sus capacidades de aparecer y desaparecer a placer, y… con esa sonrisa…, yo no lo querría como enemigo.

«¿Me podrías indicar, por favor, hacia dónde tengo que ir desde aquí?

—Eso depende de adónde quieras llegar —contestó el Gato.

—A mí no me importa demasiado adónde… —empezó a explicar Alicia.

—En ese caso, da igual hacia adónde vayas —interrumpió el Gato.

—…siempre que llegue a alguna parte —terminó Alicia a modo de explicación.

—¡Oh! Siempre llegarás a alguna parte —dijo el Gato—, si caminas lo bastante.

A Alicia le pareció que esto era innegable».

Respecto a cuestiones generales, la historia de Alicia está plagada de buenas recomendaciones y aprendizajes —como hemos ido viendo—, pero, sobre estos, se perfilan también otros temas precisos y sutiles que, aun estando presentes a un nivel básico para la lectura del niño, sólo el adulto, o el joven que vuelve a leer su cuento favorito con los años, será capaz de apreciar. Es en estas partes donde el autor nos muestra su crítica a la sociedad del momento, y marca ciertos detalles sobre Alicia y su coyuntura, que parece que son meras anotaciones para darle matices y color al conjunto, pero que, en el fondo, sirven para afilar la crítica al mundo de los adultos que se ensaya a lo largo de todo el libro, sobre todo en sus últimos compases.

«Soy Mabel, después de todo, y tendré que vivir en esa casucha horrible, casi sin un solo juguete ¡y con tantas lecciones que aprender!».

Más allá de lo evidente, derivado por sus formas y educación, no sabemos el nivel de vida de Alicia hasta que, con la línea anterior, única en su contenido, nos queda claro que nuestra protagonista no vive en una casucha ‘horrible’, tiene más de un solo juguete, y que, por alguna razón, no la fuerzan tanto a aprender las lecciones o, al menos, se las enseñan de tal manera que las aprende mejor. A partir de esta línea, ya no hace falta que conjeturemos que Alicia pertenece a la clase acomodada victoriana, sino que podemos considerarlo un hecho. Esto le da a Alicia los medios intelectuales y la confianza en sí misma necesarios para afrontar muchas situaciones que alguien de cuna más humilde, o no sabría afrontarlas, o no se atrevería. Pertenecer a una buena casa imprime carácter, y es un detalle interesante que el autor no se olvide de ello, sobre todo cuando la resistencia ante según qué sinsentidos del mundo adulto es una de las claves en las que se sustenta la fuerte personalidad de Alicia. Un ejemplo muy claro de esto lo encontramos al principio del libro, cuando Alicia se encuentra con las criaturas que están nadando en la laguna que han generado sus lágrimas, empezando por la conversación con el Loro:

«Alicia se enzarzó incluso en una larga discusión con un Loro, que acabó enfadándose y no quiso decir más que “tengo más edad que tú y por tanto sé todo mejor que tú”. Esto, desde luego, era algo que Alicia no iba a conceder si el Loro no le decía antes qué edad tenía, y como éste se negaba rotundamente a recelársela, se acabó la conversación».

Ésta es una de las caricaturas más directas de la posición que suelen adoptar ciertos adultos frente a los niños (y los ya no tan niños). También cabe mencionar, por ejemplo, cuando Alicia no para de ofender al Ratón, y demás criaturas, con sus alusiones a su gata Dina:

«¡Ojalá no hubiese mencionado a Dina! —se dijo, melancólica—. ¡Aquí no le gusta a nadie! ¡Y, sin embargo, estoy segura de que es la mejor gata del mundo!».

Ésta resulta ser una alegoría muy clara de la ofensa impostada y exagerada, a la par que siempre a la orden del día, propia de las sociedades puritanas, que tienden a ponerse demasiado estrictas con la calidad moral de lo que se puede decir…

«—¡Ha sido sin querer! —se disculpó Alicia—.

Pero es que te ofendes con tanta facilidad…».

Lo interesante de la reflexión de Lewis Carroll sobre los modales y lo que es digno de ofensa es que Alicia también se ofende; de hecho, podríamos decir que se ofende lo mismo, o más, que aquellos a los que nuestra niña, siempre sin querer, termina ofendiendo. El fondo de esto es que muchas veces la ofensa es, más bien, una forma de legítima defensa dialéctica ante una falta de respeto, de consideración o, directamente, ante el desprecio más injustificado; porque no son pocas las veces que Alicia es ninguneada e insultada gratuitamente. Y, si algo no está dispuesto a permitir el reverendo Dodgson, es que alguien ose maltratar a su ojito derecho; siendo lo más inteligente y práctico enseñar a la señorita Liddell, a través de su alter ego, cuándo debe enseñar los dientes, para, así, defenderse por sí misma y desalentar a las malas compañías. Y, en este sentido, el Sombrerero es el personaje que parece que le tiene más ojeriza a la pobre Alicia; dado que, al poco de conocerla, le hace la siguiente apreciación:

«—¡Lo que tú necesitas es un buen corte de pelo! —Era lo primero que se le había ocurrido decir en un buen rato.

—¡Debería usted acostumbrarse a no hacer comentarios personales! —contestó Alicia—. ¡Es de muy mala educación!».

Pero no se queda ahí este odioso personaje, sino que, más adelante, la insulta directamente:

«—De un pozo de agua puede uno sacar agua, ¿no? —dijo el Sombrerero—. De forma que no sería muy difícil sacar melazas de un pozo de melazas, ¿eh? ¡Boba!

—Pero ¡es que estaban dentro del pozo! —insistió Alicia dirigiéndose al Lirón y no queriendo darse por enterada del calificativo que le acababa de propinar el Sombrerero».

Poco después, vuelve a insultarla en la misma línea, que, en resumen, viene a ser llamarla tonta; ante lo cual Alicia se termina por hartar:

«Sí, todo lo que empieza con la letra M, como matarratas, el mundo, la memoria y lo mucho…, ya sabéis —añadió refiriéndose a esto último—, como cuando se dice “un mucho más que menos”. ¿Habéis visto acaso algo tan impresionante como un mucho bien dibujado?

—En verdad, ya que me lo pregunta —dijo Alicia muy confusa—, no pienso

—¡Entonces no hables! —atajó el Sombrerero.

Esta grosería era más de lo que Alicia estaba dispuesta a aguantar, de forma que se levantó de la mesa muy disgustada y se alejó con paso decidido».

La diferencia fundamental entre las ofensas que comete Alicia y las que cometen contra ella radica en que Alicia no pretende ofender, y los que se ofenden por cosas dichas por ella no tienen verdaderas razones para sentirse ofendidos. En cambio, el Sombrerero empieza tomándose demasiadas ligerezas con Alicia, para terminar insultándola directamente y poniendo en tela de juicio su inteligencia. Este tipo humano no es para nada ficticio y, de hecho, su forma de cortejo es relativamente habitual entre ciertos listillos subidos de ego, ante los cuales Alicia debe aprender a defenderse y saber cuándo no debe aguantar más una grosería contra su persona; incluso si se encontrara frente a un adulto. Y es que, si alguien con más edad que ella se comporta así, es que pretende aprovecharse de su posición, pensando que una jovencita bien educada debe aguantar; lo cual implica una razón doble para no ser tolerado: por la falta de respeto y por caer en un prejuicio tan odioso. Más allá de este episodio, es continua la crítica a los excesos e irracionalidades del mundo de los adultos; de hecho, para el final de la trama, esta cuestión se especifica bastante en un par de puntos importantes en torno al juicio, los cuales terminan por sacar de quicio a Alicia.

«—Es un amigo mío…, un gato Cheshire —explicó Alicia—. Voy a presentárselo.

—No me gusta nada el aspecto que tiene —confesó el Rey—; pero, en fin, puede besarme la mano, si quiere.

—Prefiero no hacerlo —observó el Gato.

—¡No seas impertinente! —replicó el Rey—. ¡Y no me mires de esa manera! —añadió parapetándose detrás de Alicia.

—Un gato bien puede mirar a su rey —sentenció Alicia—; lo he leído en alguna parte, pero no recuerdo dónde…».

Aparte del bonito homenaje a la ya mencionada obra de Herman Melville, la resistencia ante la irracionalidad y el sinsentido empieza a tomar un tinte mucho más profundo, incluso épico; dado que la afrenta frente al poder ya no es meramente ante los adultos, sino que llegamos al punto de enfrentarnos ante un Rey y su Reina —en este caso, más bien una Reina y su Rey—. El primero que rompe la baraja es el inaprensible Gato siniestro —perdón, ‘Cheshire’—, siempre muy sonriente, el cual se encuentra por encima de toda esta situación, en tanto que su forma de vida resulta incompatible con la decapitación, no puede ser ajusticiado y, por lo tanto, el poder que ofrece dicha amenaza desaparece y, consecuentemente, el dominio que parecía efectivo se vuelve totalmente infecundo para él. Y, ante esta situación, tanto Alicia como la señorita Liddell, así como el lector juvenil y el adulto, tomamos buena nota, casi como si nos encontráramos ante la muerte de Sócrates.

«—Intrascendente, naturalmente, es lo que quise decir —se apresuró a corregir el Rey, y continuó mascullando por lo bajo: “Trascendente…, intrascendente…, trascendente…, intrascendente…”, como si estuviera intentando decidir qué sonaba mejor.

Parte del jurado escribió “trascendente” y la otra parte “intrascendente”».

El juicio prosigue, plagado de sinsentidos y arbitrariedades, que van dejando claro a Alicia, y a todo su púbico confidente, que ‘el país de las maravillas’ poco a poco se va pareciendo más a un espejo distorsionado de ‘el país de las desilusiones’ o, más triste aún, de ‘el país de las bajedades’, que cada vez nos recuerda a todos más a ‘el país’ a secas.

«—¡Silencio! —y leyó a continuación lo que acababa de anotar—: Regla Número Cuarenta y Dos: Todas las personas que midan más de una milla de altura habrán de abandonar la Sala.

Todos miraron a Alicia.

—Pero ¡si yo no mido una milla de altura! —dijo Alicia.

—¡Ciertamente que sí! —declaró el Rey.

—Casi dos millas —añadió la Reina.

—Pues lo que es yo, no me marcharé en ningún caso —anunció Alicia—; además, esa regla no vale porque se la acaba de inventar usted».

Al igual que 80 años después otras criaturas, aunque no demasiado diferentes, modificarán las leyes a placer, ajustándolas de esta manera: «ningún animal dormirá en una cama con sábanas», ni «beberá alcohol en exceso» o «matará a otro animal sin motivo»; terminando por resumirlas en: «todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros». Alicia no puede tolerar tal nivel de arbitrariedad y despotismo, que poco a poco irá yendo a más…

«Este hermoso discurso motivó una ronda general de aplausos, y en verdad que era la primera vez que el Rey había dicho algo sensato en aquel día.

—¡Eso prueba su culpa, naturalmente! —exclamó la Reina—. De forma que… ¡que le corten…!

—¡No prueba nada de eso! —gritó Alicia—. ¡Vaya! ¡Si ni siquiera sabemos lo que ha escrito!».

Hasta que en el momento del veredicto…

«¡Que el jurado considere su veredicto! —ordenó el Rey por enésima vez aquel día.

—¡No, no! —atajó la Reina—. ¡La sentencia primero!… ¡Ya habrá tiempo para el veredicto después!

—¡Qué insensatez! —exclamó Alicia en voz muy alta—. ¿A quién se le ocurre cosa semejante? ¡La sentencia antes que el veredicto!

—¡A callar! —vociferó la Reina poniéndose morada de rabia.

—¡Pues no me callo! —respondió Alicia.

—¡Que le corten la cabeza! —chilló la Reina con toda la fuerza de sus pulmones; pero nadie hizo el menor movimiento.

—¿Quién les va a hacer caso? —dijo Alicia (que para entonces ya había recobrado su estatura de todos los días)—. ¡Si no son más que un mazo de cartas!

Al oír esto, la baraja entera se elevó por los aires y empezó a caer desordenadamente sobre Alicia, que dejó escapar un pequeño grito, mitad miedoso mitad indignado, y empezó a defenderse a manotazos».

Al final, Alicia comprende el sentido de las enseñanzas que le había mostrado su amigo el Gato Deus ex machina —perdón, ‘Cheshire’—, entendiendo también la irrealidad del mundo que está viviendo; que, en el fondo, implica comprender metafóricamente la verdad del mundo en el que está a punto de empezar a vivir. Es “Matrix” (1999), pero codificado para las cabezas de los jóvenes de hace más de 130 años. Y no sé vosotros, pero un servidor cada día lo comprende mejor.

Un par de ideas sobre el prólogo y el traductor

Ya nos hemos alargado bastante, y no sin cierto desorden —que espero haberlo mantenido bajo control—; y es que resulta difícil reflexionar sobre esta obra y, más aún, no dejarse llevar. Por lo tanto, voy a intentar ser sintético en esta parte. El tema que nos ocupa en este apartado es que, intuitivamente, se me ha ido despertando cierta sospecha sobre la calidad de la traducción de Jaime de Ojeda, no tanto a nivel técnico, sino a nivel de fondo. Tampoco es que sea una cosa demasiado evidente que pueda demostrar con el propio libro, dado que ha sido, de algún modo, cierto aroma sutil, y desagradable, del cual no he sido capaz de encontrar el origen —aunque, en las notas del traductor, éste ya nos deja claro su exagerado desprecio por los poemas que Carroll parodia—. Lo bueno es que, una vez acabado el libro, he procedido a leer el prólogo del traductor y… he comprobado que, desde el minuto uno, no tiene ninguna intención de ocultarse. Hay tres tipos de traductores: el mecánico, el pesimista y el optimista. Nos despacharemos rápido al mecánico, ya que nunca debería traducir otra cosa que no fuera el manual de un motor diésel. De los otros dos, el pesimista se caracteriza por considerar el fruto de su trabajo como un «naufragio irreparable y doloroso» en el camino hacia «guardar intacto» el «significado vernáculo» de la obra en el idioma original; mientras que el optimista considera, bajo la máxima de «hacer de la necesidad virtud», su trabajo como la creación de una obra nueva y paralela a la original, que debe ceñirse, no tanto al sentido ‘vernáculo’, sino al espíritu de la obra de origen, traduciéndolo a otro idioma —lo que puede dar como resultado una obra peor, pero también mejor—. Dentro de esta distinción, Jaime de Ojeda sería un orgulloso pesimista. Lo de ‘orgulloso’ se lo gana al final, cuando viene a decir que lo ha traducido como ha querido, dado que su subjetividad manda, y que, si no te gusta, ‘ajos comes’; lo cual es normal, ya que, si traducir es, en el fondo, un desastre imposible, sólo queda hacer lo que te salga del corazón; y, como es tu propia experiencia emotiva…, nadie te podrá criticar. Dicho más bonito: «Es una traducción que ofrezco con humildad, advirtiendo que, evidentemente, toda traducción de Alicia ha de estar cargada de un alto grado de impresiones subjetivas. “Mi” Alicia es la que me entró por los ojos del alma en mi infancia, con todo lo que esto significa, y mi única credencial para haber emprendido esta traducción es haber conocido a Alicia y haber convivido con ella desde entonces. Si el resultado gusta, vale; y si no; lo siento, mis razones he tenido para traducirlo así». Y esta traducción data de 1970…; dato para los que piensan que los males que vivimos a día de hoy acaban de aparecer.

Pero, claro…, ¿qué se puede esperar de alguien que tiene tanto la palabra ‘cultura’ en su repertorio, y que viene a considerar este libro como «el sueño de toda una cultura», que no el «sueño de un individuo, sino el orgánico y objetivo de toda una cultura»? Siguiendo con sus propias palabras, pregunta: «¿qué ha de hacerse en cambio con esos elementos que afectan en lo más profundo a situaciones anímicas de toda una cultura?». A su vez, se refiere tanto al escritor como al dibujante en los términos de que las aventuras de Alicia «fueron creadas por una mano que escribía y otra que dibujaba, ciegamente guiadas por esa conciencia profunda y común de una cultura» o que Carroll consigue no dejarse llevar gracias a el «mundo del País de las Maravillas, sus personajes y su revelación cultural», que son los que dominan «al narrador, a modo de evangelista». En fin, menos cultura individual y más conciencia universal. “Alicia” es una obra hecha por manos inglesas, pero, si ha llegado a ser lo que es, es porque ha trascendido sus fronteras originales; entre otras cosas, porque Lewis Carroll habla de problemas y cuestiones de fondo capitales, que afectan a todo hombre en cualquier momento o lugar, sin caer en particularismos folclóricos, que pueden ser muy exóticos, pero que, en el fondo, no interesan a nadie salvo a los nativos y a los turistas.

Más allá de sus cavilaciones como traductor y amante de la ‘cultura’, también hay que reconocer que se deja llevar un poquito demasiado por las descripciones floridas, con consideraciones como que este libro tiene una «fuerza hipnotizante», que las situaciones narradas crean «autenticas “moradas”, situaciones eminentemente emotivas» o que la historia que comienza con el Conejo Blanco desata «la emoción intensísima de quien descarta la realidad sin ninguna reserva para seguir la atracción irreprimida del impulso, la alegría de su decisión, el miedo y el temor de su acontecer…». El máximo de la pedantería más cursi llega cuando se le ocurre aquello de que el ritmo de las aventuras de Alicia se le «antoja “musical”» —idea que seguro que le llenó de orgullo y satisfacción, pensando que, en el fondo, estaba hecho todo un poeta—. A partir de esa genialidad, suelta que «a pesar de esta sucesión de “tempos”, Carroll nunca pierde el equilibrio» y que el libro es, «desde el comienzo de estos instantes “musicales” hasta su explosión final», algo así como un «auténtico “vivace con furore”». Llegados a este límite, no voy a apostillar que suena mejor «aficionado» que «amateur»; aunque seguro que el lector más sofisticado, y bien empapado en la ‘cultura’ anglosajona, sabe ‘apercibir’ el misterio vernáculo de ‘toda una cultura’. O que pensar que el Gato cumple una «función “abstracta”» y que, en el fondo, es el «auténtico Carroll que se asoma de golpe a su propio sueño, como despertado» es un delirio que ni siquiera resulta sugerente o bello como mero adorno.

Todo esto no es lo peor, ni siquiera el hecho de que considere a Alicia como una niña «estereotipada» y «odiosa». No, hay algo aún peor —y tampoco me refiero al ejercicio de onanismo de la página 24, de la séptima reimpresión de Alianza, en relación al ‘los juegos de palabras’ y ‘sus mecanismos oníricos’, que me parece en exceso obsceno y explícito, siendo demasiado de cara a aparecer en este nuestro blog—. No. Hay un detalle mucho más odioso: el jugueteo y manoseo deshonesto con la acusación gravísima de que Lewis Carroll era pedófilo. No puede ser que, al principio del prólogo, Jaime de Ojeda deje caer que «Carroll siempre sintió una extraña devoción» por Alicia Liddell, a la vez que, en la nota 30, afirma que un poema de Carrol «respira la profunda melancolía de ese amor imposible» y que alude de manera «medio inconsciente medio confesa» a su relación con Alicia, para soltar justo antes del final del prólogo una defensa del mismo, con puntos muy bien argumentados, pero, a todas luces, hipócrita:

«El mundo del alma es complejo e imprevisible, y la vida nos obliga a atravesar circunstancias no menos complejas e ingobernables. Cada uno procura encontrar su propio camino en esa dicotomía laberíntica del propio ser y de la vida. Quien no ama no lo encuentra, hundiéndose en la ciénaga de su propio egoísmo y del desequilibrio anímico que éste motiva. Son los que no logran encontrar este equilibrio amante los únicos que merecen ser clasificados en el campo de la «anormalidad» —y seguro que en él entrarán no pocos de los que se han dedicado a hacer juicios temerarios sobre Carroll—, y no aquellos que lo han obtenido, aunque sea en una dirección poco usual. Todo indica en la vida de Carroll un alma original, especial, poco ordinaria; pero no desprovista de madurez y de equilibrio. Respétese lo primero: apréciese lo segundo».

Y más allá de que en este punto es de los pocos en los que estoy, al menos a grandes rasgos, de acuerdo con Jaime de Ojeda, no puedo evitar revolverme ante su deshonestidad, por el mero afán de salar sus notas y su prólogo —porque…, compañero, el primero que ha hecho juicios temerarios sobre Carroll has sido tú—. Y es que, además, por mucho que el fondo del fragmento que acabamos de señalar sea razonable, éste acaba muriendo y no puede ser ameno por un exceso de flema, que hasta en este punto tan delicado rebosa toda la exposición del traductor.

Finalmente, tengo que reconocer que… la verdad es que seguro que pensaría, en el hipotético e improbable caso de que leyera mis cavilaciones, que soy parte de esa «raza odiosa», formada por algunos estudiosos «trituradores y marchitadores de frescuras y encantos», y…, en parte, le tendría que dar la razón; dado que, en el momento en que te paras a analizar con cuidado algo artístico, hay cierto parecido con una disección o, incluso, con una autopsia. Una película, cuando la paras, está muerta por un instante; al igual que cuando detienes la lectura para tomar una nota al margen. Eso sí, al final, con práctica, consigues mantener al sujeto de experimentación vivo en una especie de vivisección al estilo del doctor Moreau; y, honestamente, tengo que reconocer que… puede ser incluso más gratificante que disfrutar de la obra sin más, además de ser extremadamente clarificador a nivel intelectual. En resumen: nos encontramos ante un caso claro de sospecha razonable ante un supuesto traductor traidor —problema que resolveré cuando llegue el momento de comparar traducciones y meterle mano al original, y, si me apuras, a su germen en “Las aventuras subterráneas de Alicia” (1864), que está íntegro, y de dominio público, en la Biblioteca Británica, y que es una preciosidad que puede hacerme superar la pereza de leer en inglés—.

Conclusión

Ameno, interesante…; en suma, muy agradable de leer y con ideas sencillas, pero no por ello menos valiosas o afiladas. Un libro que vale tanto como un cuento emocionante para un niño inquieto como para el adulto atento que sepa leer una crítica a los sinsentidos, la hipocresía y el afán de poder del mundo adulto de la época —y de casi cualquier época—; crítica, además, que está inteligentemente codificada dentro de lo que, en apariencia, es algo que no puede ser más inofensivo, como es el sueño de una niña de 10 años en una tarde de verano. Y lo más gracioso de todo es que Lewis Carroll, cuando la creó, no tenía ni idea de que la pequeña Alicia, y todas sus maravillosas aventuras, iban a ser el foco de atención de tantos; y que hoy, 156 años después, sería el motivo de este artículo. Es ciencia ficción. Y supongo que Lewis Carroll estaría relativamente conforme con lo conseguido, dado que, aun siendo imposible esperar que muchos siguieran las enseñanzas de Alicia y tomaran su ejemplo en serio…, sí es cierto que, gracias a su obra, muchos que tenían la potencialidad, y los medios, tuvieron algo con lo que inspirarse, crecer mejor y, así, perfeccionar la educación de sus hijos. Y los hijos de los hijos de los hijos de los hijos de Alicia somos nosotros…, así que sintámonos orgullosos por el esfuerzo de nuestros ancestros, tanto reales como espirituales, porque, en el fondo, se lo debemos casi todo.

Apéndice

«Inopinadamente» significa que sucede sin haber pensado en ello o sin esperarlo. «Pero de pronto torció hacia abajo, tan inopinadamente que Alicia no tuvo tiempo ni para pensar en detenerse». Los guantes blancos de cabritilla, esos que lleva el Conejo Banco, son los típicos que recordamos de antes de 1950; el ratón Mickey gasta un par, así como también los llevan los legionarios cuando van con el uniforme de gala. Hablando de trajes, el de librea es el propio de los criados de los príncipies y señores, que suele ser un uniforme adornado. «A Alicia le pareció que era un lacayo porque iba vestido de librea». «Arrullar» se refiere al ruido característico que emplea una paloma, o una tórtola, para atraer a su pareja; y también se usa para referirse a una manera de dormir a un niño pequeño haciendo un sonido semejante, que se conoce como arrullo. «—¡Ea! ¡Tómalo y arrúllalo tú un poco, si quieres! —exclamó la Duquesa mientras le arrojaba al niño a Alicia por el aire—». «Oblonga» se refiere a que algo es más largo que ancho, como las cartas antropomórficas que se encuentra Alicia. «Contristar» es una manera muy bonita de decir entristecer; y «estentóreo», una muy bella de referirse a una voz muy fuerte y retumbante, que, además, toma su sentido en honor al héroe Esténtor de la “Ilíada”. A colación de esto, la Tortuga Artificial estaba muy contristada, mientras que la voz que proclama el juicio, al final del capítulo décimo, lo hace estentóreamente. Y, para terminar, «prorrumpir» significa salir con ímpetu o estrépito o decir repentinamente con fuerza una voz, un suspiro o alguna demostración de dolor o pasión vehemente; tal como vimos con los aplausos del juicio. Otra cosa sería aquella composición de tres filas de asteriscos, siendo la superior e inferior de siete y la interior de cinco, que se presenta, supongo, a modo de descanso o separación dentro de un capítulo, o… quizá es un símbolo de la magia que se produce cuando Alicia bebe, o come, algo que le hace cambiar de tamaño —esto tendría que pensarlo con más cuidado, dado que me sugiere cuestiones pitagóricas—. Esta manifestación gráfica me recuerda que no he hecho casi mención a las impecables ilustraciones de John Tenniel —y su relación con los originales de Carroll—, las cuales son, a todas luces, una faceta indivisible de la obra y, por lo tanto, parte de nuestro bagaje como civilización… Alargarnos más sería excesivo, así que estas partes pictóricas serán atendidas con más esmero la próxima vez que vuelva Alicia a dejarse caer por estos lares.

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10 comentarios sobre “Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas (1865) Deja un comentario

  1. Por cierto, hay un matiz curioso, que no he sabido dónde encajar en el cuerpo del artículo, respecto al uso del «tú» y del «usted». Es interesante seguirlo a lo largo del libro y ver cómo, algunas veces, más allá de usarse en tono de respeto o cortesía, se utiliza como una manera veladamente agresiva de tratarse; lo cual recuerda mucho a ciertas maneras, sobre todo por parte de la clase sénior, que se suelen emplear en las riñas actuales en redes sociales. En fin, una idea más. Aprovecho este espacio, ya que estamos, para disculparme por la longitud del artículo —lo he sintetizado tanto como humildemente he podido— y para agradecer a quien dedique un poco de su tiempo a leerlo. ¡Gracias!

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  2. De momento, un diez al video. Lo demás son demasiadas letras, con argumentos detrás, supongo, que exigen tiempo y esfuerzo intelectual. Y, lo mismo, para nada.
    Lo dicho: de momento y en esta noche de otoño: un diez para el video.
    Nota: Posteo tan pronto porque he oído que de los primeros posteadores será el Reino de la Tierra. ( O lo mismo era simplemente que entrabamos en el sorteo de una muñeca pepona (y ni siquiera, hinchable). No sé, la noche me confunde.)

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    • Con la cantidad de buen cine que ha dado el siglo XX, no tiene mucho mérito encontrar una escena interesante en Internet. Lo que quizá es un poco más difícil es integrar dicha escena en una reflexión. Te invito a leer el artículo completo y, entonces, veremos si ‘sirve’ o no para algo.
      Nota: Y respecto a «los primeros posteadores»…, casi. Lo que reciben es más presencia, atención y… el oro de nuestro tiempo, a saber, visitas; pero, claro, para que eso funcione bien, deberías registrarte en WordPress y enlazar tu perfil a un receptáculo para las susodichas visitas.

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  3. Acabo de empezar a leer una versión del libro (que estoy casi segura que es la misma que usted ha leído) y, en el primer párrafo, dice:
    Alicia estaba empezando ya a cansarse de estar sentada con su hermana a la orilla del río sin hacer nada: se había asomado una o dos veces al libro que estaba leyendo su hermana, pero no tenía ni dibujos ni diálogos, y ¿de qué sirve un libro si no tiene dibujos o diálogos? se preguntaba Alicia.
    Y “lo mismo” debería haber dicho:
    Alicia estaba empezando ya a cansarse de estar sentada con su hermana a la orilla del río sin hacer nada: se había asomado una o dos veces al libro que estaba leyendo, pero no tenía ni dibujos ni diálogos, y ¿de qué sirve un libro si no tiene dibujos o diálogos? se preguntaba Alicia.
    (Y los dos puntitos y el “y” antes de la pregunta, “como que” tampoco me molan mucho…).
    Y “que” estaba yo pensando, como mi tocaya Alicia, que a lo mejor el libro no me está gustando mucho por la traducción… (Porque dibujos y diálogos, si tiene…)
    Pero por otra parte: Yo, mucho inglés, “como que” no sé… “¡Vaya fastidio!, pensé yo…

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    • Si no aclara que se asoma al libro de «su hermana» queda un poco ambiguo, dado que podría ser un libro que estuviera ella misma leyendo —aunque esta posibilidad sea poco verosímil—. Quizá poniendo en la segunda parte «ésta» o «la susodicha» hubiera sido mejor, aunque tampoco hay que obsesionarse con no repetir palabras, pues puedes terminar podando de más o cayendo en sinónimos demasiado rebuscados. Y respecto a los dos puntos y el «y»…, quizá te lo deberías hacer mirar. Con relación a lo último que apuntas, como bien comento en el artículo, y partiendo de la base de que no tengo la autoridad para juzgar la parte técnica de la traducción —la cual, intuitivamente, juzgo entre normal y buena—, los problemas son de fondo.

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      • Lo primero. No es frecuente que alguien se asome a un libro que está leyendo el mismo con su mecanismo, a no ser que sea idiota.
        Lo segundo. Sí, se podrían haber puesto más palabritas para dejar claro el tema pero hay que suponer que los lectores no son idiotas, salvo que el libro esté destinado a oligofrénicos, claro está. (Y no parece estar dedicado a oligofrénicos sino, en parte, a niños.) Y es principio y salvo mejor doctrina, en literatura y en general, repetirse no es bello. (Y salvo excepción, como la menstruación. Y las hay muy notables.)
        Lo tercero (y aquí van dos puntos): Me voy a mirar (también yo misma y con mi carisma), lo del y y lo de los dos puntos porque no lo tengo claro, aunque no me mole.
        Y para terminar. Los problemas en arte son de fondo o de forma según se mire y se aprecie y yo no reconozco autoridad en cuestiones de arte ( y en otras, poco). Cuestión distinta es entender el arte como una trasmisión (o transmisión) de ideología, que no es lo que a mi especialmente me pone pero que respeto porque, cada cual, se la casca como le place.
        ¿A que soy una niña muy despierta?

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        • Creo que has dejado claro lo que te parece, así como que no reconoces ni la autoridad del traductor ni la de un servidor —todo ello sin dar la menor pista de haber leído el artículo—; y, más allá de seguir el subjetivismo y la racionalidad propia de nuestra época, no tengo claro qué más te puedo decir… Porque supongo que intentarte convencer, por ejemplo, de que lo que sugieres respecto a la ‘ideología’ no tiene ni pies ni cabeza, después de todo lo que venimos demostrando con nuestro trabajo, es un esfuerzo infecundo. Quizá tenga más sentido comentar que noto una sospechosa coincidencia en fondo, forma y formas, e incluso horarios, respecto a otros comentarios. Lo que no tengo claro es si realmente muchos sois un único individuo, o si, triste y sencillamente, es un ejemplo más de que la variedad de perspectivas en el mundo en el que vivimos está muy limitada.

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          • Estimado señor BarbaRoja de guarismo 898:
            Que al menos una cuestión quede cristalina: Sí, he leído el artículo y además, lo he valorado con cuatro estrellitas, como las esquinitas que tiene mi cama. Cuestión distinta es que me case con él. (Ni con nada, ni con nadie, nunca).
            Deduzco sin embargo y por otra parte que a usted le parezco una niña subjetivista, rebelde, con poca racionalidad, cabezona (difícil de convencer) y corriente, por no decir vulgar o mediocre. No pasa nada porque, como soy muy joven, todavía tengo mucho tiempo para mejorar. Y por otra nueva parte, para comerme la oreja (por decir algo), creo que nunca me faltarán pretendientes.
            Lo que no sé, ahora, es si he sido un poco blanda… ¡Cáspita, vuelvo a desobedecer, nuevamente!

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            • Te tengo que reconocer dos cosas: primero, que me has enseñado una nueva palabra, «guarismo» (lo cual no me ocurre todos los días y es algo digno de agradecer); y, lo segundo, que, con tu particular prosa, me has provocado una sonrisa (lo cual es aún más raro —sobre todo, viniendo de Internet—). Y, la verdad, siempre que se considere la posibilidad de mejora, creo que nuestro trabajo ha merecido la pena.

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